Capítulo II
Probablemente era un sábado por la noche. Aventuremos también que fue a finales de agosto; poco importa, pero sí que hacía calor y que ya se había abierto la temporada de caza. Serían alrededor de las doce y la partida de cartas se había interrumpido momentáneamente en la azotea de Patro.
Mi padre se había levantado al finalizar la última mano y se había despedido para bajar a acostarse. Al día siguiente debía madrugar para salir de caza.
Patro, Paco y otros dos hijos de la señora Inés, Rita y Rafa, estaban recogiendo la mesa de la cena.
La partida de cartas se jugaba en otra mesa más bajita, redonda y pintada de blanco, de las que se usaban en las terrazas de las cafeterías.
Eran unas mesas de varilla soldada, rematadas por una plancha de hierro agujereada siguiendo un patrón de diminutas flores.
Las sillas eran de diferentes estilos. Había una o dos a juego con la mesa; otras eran igualmente de terraza, pero de tubo de hierro, y tanto el respaldo como el asiento eran de lona amarrada y tensada.
Las que faltaban simplemente se tomaban de la cocina: las típicas de tubo de acero inoxidable, con el asiento y respaldo de tablero laminado con una capa de baquelita de color verde claro.
La cafetera italiana estaba ya al fuego para elaborar una segunda ronda de cafés.
Todo se preparaba para una nueva mano de naipes, pero entre tanto la señora Inés estaba sentada en una de las sillas anchas.
Una ligera brisa soplaba de forma intermitente, ayudando a soportar el calor.
De vez en cuando, la mujer se abanicaba con esmero.
Rafa, que todavía era bastante niño, contaba a los demás un chiste sobre un fantasma con los ojos azules. No recuerdo especialmente el chiste, pero sí que era bastante infantil. Nos reímos todos cuando terminó, incluida su madre, quien casi al momento dejó el abanico sobre su regazo…
—¡Ahora que dices de fantasmas! ¡Cuando yo era niña viví en una casa en la que había fantasmas de verdad!
Aquello fue como si de pronto hubiera sonado la sintonía de la película del sábado por la tarde; todos los niños nos acercamos a ella con cara de interés.
—¿De verdad, señora Inés? —dije yo, esperando que aquella introducción continuara con una historia escalofriante.
Rafa se había sentado ya en el suelo, delante de su madre. Rita, mi hermana Matilde y yo le imitamos.
Patro apareció con la cafetera humeante en una bandeja de aluminio y Paco iba colocando tazas en la mesa playera donde habíamos cenado. Mi madre se acomodaba en otra de las sillas y se disponía a servirse café. Paco le llevó un vaso de café con hielo a su suegra, sentada frente a todos los niños.
—Gracias, hijo —dijo la mujer mientras le daba un sorbo.
Paco y Patro se acomodaron también para tomar sus tazas de café, dispuestos a escuchar lo que seguramente sería una historia de las que de vez en cuando nos regalaba la señora Inés. La hija mayor asintió, pues ya conocía esa vivencia, y secundó:
—Es cierto, a los mayores nos lo ha contado muchas veces. No es un cuento, le pasó de verdad.
—¡Y tan de verdad! —respondió la señora Inés—. A mí aún se me pone la piel de gallina cuando recuerdo algunas cosas. Si vamos caminando de noche por Inca y pasamos por alguna casa vieja y oscura, me cambio de acera porque me acuerdo de aquello.
Ni que decir tiene que en este punto los niños estábamos con los ojos como platos, esperando el relato. La mujer comenzó a narrar aquella historia que por momentos nos erizaba el vello de la nuca.
Contó que ella debía tener unos diez años y vivía con su madre, Rita Arce, y sus tíos: Esteban Antequera y Conrada Arce. Eran tíos maternos y tenían dos hijos: Alfonsa, que era algo menor que Inés, y Paco, que contaba alrededor de cinco años.
Residían en la vinícola localidad de Valdepeñas, en la provincia de Ciudad Real, donde habían nacido todos ellos.
Esteban era un hombre de talla media, de alrededor de 1,65 metros, delgado a la par que duro y fibroso.
Trabajaba como jornalero en el campo. Cuando era hora de segar, a la siega; cuando era hora de recoger aceituna, a ello; y si había que recoger uvas, pues a vendimiar.
Cualquier trabajo del campo le cundía. A ninguno temía con tal de sacar un salario decente con el que defender su casa.
A pesar de no ser un hombre corpulento, pues rondaba los 62 kilos, estaba fuerte.
No tenía los hombros demasiado anchos, pero sí la cara alargada, algo estrecha, surcada por arrugas y quemada por el sol que incinera esas llanuras cerealistas de La Mancha.
Y, a pesar de ello, tenía un semblante bonachón, humilde, amable, de hombre trabajador.
El cabello, blanco como la cal, le asomaba bajo la boina, dando la impresión de que representaba más edad de la que en realidad tenía.
Sus manos, grandes, ásperas, curtidas y llenas de callos, sujetaban con firmeza el azadón o la hoz, o desgranaban ramas de olivo al verdeo, llenando los capachos de aceitunas con una destreza que solo proporcionan años de experiencia.
Vestía siempre pantalón de pana color marrón, casi como si quisiera mimetizarse con los terrones de los bancales en barbecho.
La camisa, de un blanco roto, sufrido, de gruesa tela para que durase y pudiera remendarse bien si hubiera necesidad.
Llevaba alpargatas de suelas de esparto, frescas y ligeras en verano.
En invierno usaba unos zapatos rústicos, tipo botín, de cuero vacuno para aislarlo de la escarcha, atados con gruesos cordones.
Los calcetines eran de lana y tenían algún que otro tomate que Conrada remendaba hacendosa de noche, junto al fuego.
Esteban era un hombre delgado pero fuerte.
Conrada era bajita, por ello la apodaban Chiquitina.
Apoyado en el mango de la azada, Esteban era una figura camuflada en el paisaje rural de la meseta.
No en vano él contaba, harto divertido, que en cierta ocasión agarró un conejo con la mano.
Los demás hombres de su cuadrilla segaban trigo y él había ido a echar un trago de agua al botijo.
De pie junto a un olivo, el hombre vio salir del trigal al conejo, huyendo del ruido y las hoces de los segadores.
Se acercó hasta sus pies, despistado, y Esteban no tuvo más que agacharse rápidamente y asirlo por las orejas.
Buena anécdota que narraba a sus amigos y mejor pitanza ese día a la hora de comer, pues la carne no era el ingrediente más abundante en el plato de aquellas gentes.
Conrada era una mujer diminuta, compacta y rechoncha. Parecía que toda la carne que le faltaba a los huesos de Esteban se la hubiera quedado ella. La apodaban la Chiquitina debido a una estatura tan corta que rayaba el metro y medio, no más.
Tenía cabeza y cara grandes, con orondos mofletes y una nariz extremadamente chata. Poseía una tez oscurecida y curtida, en la que destacaba un rubor casi permanente.
Su cabello era oscuro, corto, algo escaso y habitualmente desordenado. Trabajando en el campo y en casa no tenía demasiado tiempo para entretenerse con el peine.
Tenía el cuello corto y los hombros y los brazos gruesos; los pechos prominentes. La cintura, poco marcada, daba paso a unas caderas y unas piernas fuertes de matrona manchega.
Vestía de forma muy austera, con colores discretos.
Llevaba falda hasta los tobillos y blusas con algún detalle de fantasía, sin estridencias.
Chaqueta de lana y un delantal, un imprescindible delantal, como todas las señoras del pueblo, para evitar las manchas y rozaduras.
Que dinero había poco como para andar comprando ropa cada año.
Los hijos del matrimonio, Alfonsa y Paco, se llevaban unos cuatro años. Alfonsa debía rondar los nueve, puesto que era algo menor que la señora Inés, y Paco estaba entre los cinco y seis años.
Alfonsa era una niña rellenita, sana, con el cabello largo para que su madre pudiera hacerle coletas. Tenía la carita redonda, con ese aire angelical de la inocencia infantil.
Paco, Paquito, era diminuto, delgaducho, seco; un niño inquieto deseoso de explorar todo su entorno.
Sus tiernas piernas le llevaban corriendo la mayoría de las veces de un lado a otro de la casa, del corral, de la huerta o de donde fuera; siempre explorando, siempre queriendo enterarse de todo cuanto acontecía.
La señora Inés era la mayor de los tres primos y quien les hacía las veces de tata cuando los mayores acudían al tajo.
Era curiosa como su prima, pero también prudente.
Tenía claro que era la mayor y los pequeños eran su responsabilidad.
Así era en aquellos años de la posguerra, un tiempo en el que la infancia era corta por pura necesidad y los niños pronto debían aprender y asumir tareas que no eran propias de su edad.
No estaban escolarizados y ayudaban en casa según sus posibilidades. La señora Inés nunca fue al colegio; nunca aprendió a leer y a escribir. Fue una niña más de la posguerra.
Su madre, Rita, no se parecía en nada a Conrada ni a su otra hermana, Encarna.
Era delgada, estilizada, casi tan alta como su cuñado; por descontado, bastante más alta que Conrada.
Tenía unas facciones dulces, con la cara alargada y una nariz fina y bonita.
Miraba al mundo con sus grandes ojos azules y lucía una media melena negro azabache con delicados tirabuzones.
Era una mujer hermosa, de rasgos dulces, que, a pesar de su humilde cuna, encandiló en su día a un apuesto y joven médico, su marido, Pedro. Era un amante esposo y buen padre que perdió al finalizar la guerra y por él siempre vistió de luto hasta su muerte.
Rita poseía una gran belleza; cabello largo y ojos azules.
Rita llevaba todos los días un hábito negro hasta los tobillos y una crónica tristeza en su rostro que, aun así, no lograba opacar su hermosura.
Valdepeñas no era muy distinto de muchas zonas rurales de España a finales de los años cuarenta.
Deprimido, había perdido el tren del desarrollo industrial, viéndose anclado en la agricultura y la industria del vino tradicional y familiar, un fenómeno común de la España interior, a excepción de los polos industriales.
Esto provocó que muchos valdepeñeros emigrasen hacia las grandes ciudades, haciendo que su población disminuyera y se estancara.
La precariedad general del pueblo se instaló de forma particular en el hogar de los Antequera Arce.
Como un molesto invitado no deseado, campó a sus anchas junto a sus colegas, la escasez y el frío, y obligó a Esteban y Conrada a tomar una decisión.
Probablemente la última palabra la tuvo la esposa, pues decía la señora Inés que su tía era una mujer de carácter; una señora con redaños suficientes como para imponerse al bonachón de su esposo.
Esteban supo por un conocido que, en época otoñal, había algunos grandes propietarios de la provincia de Teruel que demandaban mano de obra para la cosecha de la aceituna. Lugares que fueron muy castigados por la guerra y que habían quedado despoblados.
Municipios como Calaceite estaban necesitados de brazos para recuperarse de una caída poblacional que ya arrastraban desde 1930.
—¿Qué nos espera aquí, Esteban? —le espetó Conrada a su marido—. No tenemos tierras y hay poco trabajo en el pueblo. ¿Por qué no probar en otro lado ahora que aún tenemos unos ahorros? Mejor que esperar a perderlos aquí. ¿O no?
—Silvino, el Acequero, partió hace un mes para un pueblo de Teruel y le escribió a su hermano Emilio diciendo que allí piden brazos y pagan bien.
Mañana me acercaré a la casa de los Acequeros y hablaré con Emilio.
Si Silvino le escribió diciendo que allí piden brazos y pagan bien, será mejor saber exactamente qué hay de cierto —respondió el marido.
Al romper del alba, Esteban se levantó y acudió a la cocina. Del cremallo de la chimenea colgaba sobre las ascuas un caldero de latón, viejo y tiznado, con agua hasta el borde. El hombre sacó un balde de aquella agua caliente para lavarse la cara y afeitarse.
—Me voy a acercar a casa del Acequero para ver eso de irnos con él —dijo mientras se enjabonaba la cara ante un pequeño espejo colgado a la derecha de la chimenea.
Conrada asintió apenas, musitando algo que su marido no entendió, pero que interpretó como que estaba de acuerdo. La mujer, que llevaba ya más de media hora levantada preparando el desayuno, estaba atenta a la cazuela donde hervían unos dos cuartillos generosos de leche de cabra.
Tras la casa familiar había un amplio patio con un escusado, una pocilga para cuando hubo cerdos que engordar y un chambao pequeño donde tenían a buen resguardo una cabra. Rita y Conrada se encargaban de pastorear a ratos a la chiva por las lindes de los caminos y del río.
La cabra iba ramoneando las zarzas, los jaramagos y cuanto brote tierno encontraba a su paso. Esteban completaba la dieta del animal con algún manojo de hierba, hinojos o carrizo, que también cundía, y que le ponía en la comedera del establillo cuando llegaba a casa al caer la tarde.
La Frasquilla, que así la llamaban, era la que abastecía la casa de leche fresca para los niños y para cuajar algún queso de cuando en cuando.
Conrada había calentado aquella mañana un pucherete de café de achicoria para las dos mujeres adultas y para Esteban y colocó junto al puchero, en la mesa, una hogaza de pan de cebada de miga prieta y color parduzco.
Su hermana Rita entraba en ese momento por la puerta. Desde el zaguán saludó a sus parientes mientras se quitaba de los hombros una gruesa saca de lona, de las de guardar la harina, que había usado para guarecerse del aire frío.
Miró con sus azules ojos al matrimonio mientras se sacudía los pies, como intentando entrar en calor.
—¡Buenos días! —saludó, acercándose a la lumbre y alargando las manos hacia el fuego. Había dejado antes un pequeño cesto sobre la mesa con unos racimos de uva fresca.
—He llegado hasta la viña del tío Laurencio; están a punto de vendimiar y Manolo, el Pinga, me ha dado unos racimos a escondidas para los niños.
—¡Buen hombre el Pinga, y agradecido! Siempre recuerda cómo Padre le salvó una vez, siendo niño, de ahogarse en una crecida del río —respondió Conrada—. Bueno, sentaos, que el día es largo y hay que llenar la tripa.
Los tres adultos desayunaron aquella achicoria de olor a cereal tostado, cálido y ligeramente dulce. Se trataba de un brebaje que sustituía al carísimo café en muchos hogares del pueblo, cuyo intenso sabor era a veces amargo o presentaba matices terrosos.
Guardaron la mayor parte de la leche para los niños y ellos echaron solo un chorrito para manchar de blanco su oscura bebida caliente.
Acompañaron la infusión con una rebanada de pan mojada en vino tinto, que el aceite andaba escaso; y el que lo tenía lo guardaba escondido como un tesoro, temeroso de que se lo requisara la Guardia Civil.
Ese día se permitieron agregar a su pedazo de pan una tajada de tocino salado, gruesa como un dedo y más corta que el rabo de una liebre. Fuera, el día avanzaba frío y el cuerpo necesitaba calorías.
Completaron el desayuno con un racimo de uva cencibel de granos oscuros, gordos y dulces. Bien madura, tenía la piel de un granate tiznado, casi negro, y la pulpa jugosa.
Les pareció una inyección de azúcar directamente al paladar; una delicia.