Capítulo I
No sabía leer ni escribir ni mucho más, sobre todo lo que no fuera vivir con esfuerzo.
No dejó más que el recuerdo de una vida llena de avatares en las mentes de sus hijos, y muchos recuerdos, no siempre felices.
Yo no debía superar entonces los catorce o quince años y la llamaba señora Inés, como nos habían enseñado a tratar a las personas mayores.
Siempre fue ama de casa, pues jamás supe que hubiera desempeñado trabajo alguno fuera del hogar. Suficiente trabajo le llevaba sacar a su familia adelante. Lo hacía como sabía, como le habían enseñado en otra época, en un tiempo muy difícil.
Nació en 1937, en mitad de la Guerra Civil. Creció sin padre, con una madre viuda, después de un conflicto fratricida tan cruel y sanguinario como el que asoló España desde 1936 a 1939.
Supe, muchos años después, que su padre, Pedro Linares, había sido fusilado, probablemente en Cuelgamuros.
Me lo contó su hija mayor, Patro, quien me explicó que había sido prisionero del bando sublevado y trasladado al citado lugar, donde se supone que participó en la construcción del complejo monumental del Valle de los Caídos.
Patro supo de esta circunstancia por las tías de su madre, quienes, según le contaron, visitaban de vez en cuando a Pedro y le refirieron que posteriormente había sido fusilado.
Es fácil imaginar las penurias que tuvo que pasar Rita Arce, la madre de la señora Inés, viuda de un represaliado en una España de posguerra y con una niña de unos dos años.
Y es fácil explicar también por qué la señora Inés creció en mitad de una dura precariedad, muy común en aquellos días; sin escolarizar, con lo mínimo para vivir, solo con el ejemplo diario de la digna humildad de su madre, sus tíos y tías.
Se trasladó a Mallorca, donde se casó muy joven. En Inca tuvo a sus hijos, en unos años en que la ciudad mallorquina vivió
una de sus épocas más florecientes económicamente, con una potente industria del calzado que aseguraba un trabajo y una fuente de ingresos segura y estable para muchas familias.
Fui muy amigo de uno de sus hijos y acudía regularmente a su casa. Al fresco de muchas noches veraniegas escuchamos historias del pasado que la señora Inés nos contaba. La mayoría eran viejas leyendas transmitidas de generación en generación: cuentos, anécdotas, vivencias.
Lo curioso es que ahora, transcurridos más de cincuenta años, recuerdo solo una de las vivencias que nos narró; una que me dejó tan impactado que ni el paso implacable del tiempo ha logrado borrar de mi mente, ni siquiera en el más mínimo detalle: la historia de aquella vieja casa de Calaceite.
La señora Inés era mujer voluminosa, aunque supongo que, si ahora me escuchara, probablemente diría:
—¡Joselito! —que así me llamó toda la vida—. ¿Qué dices, voluminosa? ¡Estoy gorda y a mucha honra!
Y lo más seguro es que acabara con una gran carcajada. Así era ella: siempre con buena cara al mal tiempo, riéndose de la mala suerte y de sí misma, en el más sano ejercicio de sinceridad.
Estaba acostumbrada a la cocina de aprovechamiento.
Sabía que legumbres y pan llenan los estómagos mejor que la carne.
Así pues, en su casa no faltaba nunca una buena olla o puchero: lentejas, alubias, judiones, habas, garbanzos, habichuelas y arroz, por supuesto, un cereal que combina a la perfección con todo lo anterior para llenar la panza.
Nunca faltaba de nada en su mesa, que bastante necesidad había pasado ella siendo niña.
Siempre hacía comida de más y siempre caía algún invitado a comer, sabiendo de su mesa bien surtida.
De vez en cuando elaboraba unas monumentales paellas con sus langostinos, mejillones, su pollo, su conejo y todos sus etcéteras.
Mis padres habían adquirido hacía unos años una vivienda en la segunda planta del inmueble contiguo. Con tiempo y esfuerzo lograron tener en propiedad toda la planta: dos viviendas que unieron en una sola.
Los dos hijos mayores de la señora Inés se habían independizado a principios de los años ochenta y vivían con sus parejas: Pedro, en Selva, y Patro, junto a su esposo, Paco, en el ático situado sobre mi casa.
Al hablar de Paco esbozo siempre una sonrisa de cariño, puesto que probablemente es el hombre más humilde, prudente y buen tipo que haya conocido en mucho tiempo.
Es de corta estatura y es tan bonachón que la señora Inés le bautizó con el mote de Cuchi Cuchi, en alusión al popular personaje de la serie televisiva infantil Los Picapiedra.
Lejos de enfadarse, Paco sonreía cuando le llamábamos Cuchi Cuchi.
La vivienda del joven matrimonio disponía de una amplia azotea con acceso directo. Era el lugar donde, en las calurosas noches de los fines de semana de verano, se reunían con sus suegros, mis padres y, por supuesto, los niños para pasar la velada.
Lo habitual era organizar una partida de naipes.
Brisca o siete y media; daba igual el juego, así como la apuesta simbólica, a peseta o a duro la mano; ya no recuerdo bien.
Era allí donde, entre la cena familiar y la partida de cartas, nos sentábamos en el suelo a escuchar alguna de las historias que contaban los mayores.
Las baldosas de la terraza estaban aún calientes tras haber soportado todo el día los rayos del sol y recuerdo que Patro las regaba abundantemente antes de salir a la azotea.
El agua las refrescaba para que pudiéramos sentarnos a la luz de aquella bombilla que colgaba de un travesaño: un viejo tubo de hierro que cruzaba de pared a pared y que también ayudaba a sustentar una tela de sombreo de color negro,
un intento por minimizar la fuerza con que Lorenzo bombardeaba Inca las tardes de julio.
En una mesa de playa que abríamos se cenaba de lo que cada familia aportaba. Indefectiblemente, y sin temor a equivocarme, puedo describirlo con precisión, pues, en Mallorca, improvisar una cena entre vecinos implica cenar pan con aceite, tomate y otras cosillas: fer un pa amb oli, como decimos.
Así pues, se ponía un pan payés sobre la mesa, del que se cortaban rebanadas; tomates de ramillete, la aceitera o directamente la botellita de plástico de Olis Caimari, que venía con un piquito muy útil para dosificar el untuoso contenido; por supuesto, la sal y algunos embutidos: jamón, chorizo,
salchichón, camaiot, queso…
La botella de vino, a veces un porrón, y el agua y gaseosa para los niños.
El café era sagrado. No tanto para mi madre, que por la noche no gustaba demasiado de él, pero sí para la familia Linares. No obstante, en esas noches de verano, mi madre se sumaba también, con una curiosa práctica: ella tomaba su café con hielo y leche condensada o con una cucharada de helado.
Patro y la señora Inés secundaban a mi progenitora, mientras los caballeros, habitualmente Paco y mi padre se inclinaban por un pequeño cubilete de café, corto, y un chorrito de Centenario Terry.
Mi padre solía ausentarse pronto; bajaba a casa para dormir después de jugar un par de manos a la brisca. Le apasionaba la caza. Se levantaba a las cuatro de la mañana para salir con su escopeta al monte y tratar de abatir algún conejo, paloma o perdiz.
Los mallorquines somos gente práctica: a menor número de cacharros para lavar, más tiempo para dedicar a la velada. Y es que lo importante no es la cena en sí, sino el valor de la convivencia.
En aquel tiempo, con una televisión que apenas disponía de dos canales públicos, las relaciones entre amigos y vecinos eran más frecuentes.
Esas veladas de charla ayudaron a preservar una gran cantidad de cuentos, leyendas, sucesos y recuerdos transmitidos por vía oral que, de otra forma, se habrían perdido para siempre hace muchos años.