Aquella vieja casa de Calaceite PRELUDIO
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Aquella vieja casa de Calaceite

Aquella vieja casa de Calaceite

Por Pep Corcoles

© inepub.com

PRELUDIO

Aquella noche…

​La casa estaba en silencio. Era un silencio distinto al de las otras noches. Inés abrió los ojos y permaneció inmóvil en la oscuridad, tratando de averiguar qué la había despertado.

​Durante unos segundos no oyó nada.

​A su lado, Alfonsa dormía profundamente. Desde la otra cama llegaba la respiración pausada de Paquito. Inés volvió a cerrar los ojos. Quizá había sido un sueño.

​Entonces lo escuchó. Un ruido leve. Como si alguien hubiese arrastrado algo en la habitación de arriba. La niña abrió nuevamente los ojos. Permaneció quieta, con las manos sobre la manta.

​Esperó.

​Nada.

​Después volvió a escucharlo. Un roce largo y apagado. Inés se incorporó lentamente. La casa parecía contener la respiración. Desde la habitación de sus mayores no llegaba ningún sonido. Tampoco desde la cocina. Solo aquel silencio.

​Y, arriba, otra vez:

​Clac.

​Inés sintió un pequeño escalofrío.

​Recordó las palabras que le había dicho su madre tantas veces: que no subiera al desván, que allí no había nada que hacer, que era mejor no acercarse a las escaleras.

​Pero aquella noche no tenía intención de subir.

​Solo quería saber qué era aquel ruido. Bajó los pies de la cama y caminó descalza hasta la puerta. La abrió apenas unos centímetros. El pasillo estaba oscuro.

​Una débil claridad entraba por alguna de las ventanas y dibujaba sobre las paredes unas manchas pálidas que parecían moverse.

​Inés salió. Avanzó unos pasos. Entonces se detuvo. Había algo en el suelo. Una sombra.

​No.

​No era una sombra. Era un pequeño objeto que alguien había dejado allí. Inés se agachó y lo recogió.

​Era un trozo de madera.

​Lo miró durante unos segundos sin comprender. Entonces escuchó algo procedente de la escalera. La niña levantó la cabeza. Nada. La oscuridad permanecía inmóvil.

​—¿Hay alguien? —preguntó muy bajito.

​Nadie respondió.

​Inés sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

​Retrocedió.

​Quería volver a la habitación. Pero antes de hacerlo recordó algo.

​La fotografía.

​La había visto aquella misma tarde mientras ayudaba a su madre a ordenar algunas cosas.

​La fotografía de su padre.

​Inés no sabía por qué, pero en aquel momento sintió la necesidad de verla. Volvió sobre sus pasos y entró en la habitación. Abrió el cajón. Rebuscó entre los pañuelos y las pocas cosas que guardaba su madre. Finalmente la encontró. La pequeña fotografía tenía algo dobladas las esquinas.

​Inés se sentó en el borde de la cama. Durante unos instantes contempló aquel rostro que conocía sin haberlo conocido nunca.

​Su padre.

​Pedro.

​Acercó la fotografía a la luz que entraba por la ventana.

​—Papá...

​La palabra salió de sus labios casi sin sonido. Sonrió débilmente.

​—Soy Inés.

​Guardó silencio.

​—Tu hija.

​Afuera, el viento comenzó a mover las ramas de los árboles.

​La niña continuó hablando. Le contó que ya llevaba un tiempo viviendo allí. Le habló de Alfonsa, de Paquito, de las cosas que hacían durante el día.

​Después miró alrededor.

​—La casa es muy grande.

​Se quedó pensativa.

​—Y un poco rara.

​Una corriente fría recorrió la habitación. Inés levantó la cabeza. La ventana estaba cerrada.

Volvió a mirar la fotografía.

​—La otra noche nos asustaste mucho, papá.

​Esperó.

​Nada.

​—Yo no quiero que estés enfadado con nosotros.

​La niña apretó la fotografía contra el pecho.

​—¿Estás aquí?

​El silencio pareció hacerse todavía más profundo.

​Inés permaneció inmóvil con la fotografía entre las manos.

​Durante unos segundos no pasó nada.

​Entonces ocurrió.

​La claridad de la habitación comenzó a cambiar. Primero fue apenas un resplandor débil, casi imperceptible. Después la luz aumentó.

​Inés no se movió.

​Una luminosidad blanca y suave parecía surgir de ninguna parte y envolvía lentamente las paredes, los muebles, la cama.

​La niña sintió calor. Un calor agradable. Familiar. Como si alguien la abrazara. Cerró los ojos. Y entonces sintió una caricia sobre el cabello. Una sola. Suave.

​Inés abrió los ojos.

​No había nadie.

​Pero la fotografía seguía entre sus manos.

​Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

​—Papá...

​Sobre la mesita de noche había una pequeña vela.

​La mecha estaba apagada.

​Inés la miró.

​Durante unos segundos no ocurrió nada.

​Entonces, en el interior de la mecha, apareció una diminuta luz rojiza.

​La niña dejó de respirar.

​La pequeña luz creció. Y, sin que ninguna mano la tocara, la vela se encendió.

​Inés contempló la llama.

​No sintió miedo.

​Al contrario.

​Sonrió.

​Y apretó la fotografía contra su pecho.

Aquella vieja casa de Calaceite