Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 11. Diez días en Francia
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Capítulo 11. Diez días en Francia

Hay viajes que separan a dos personas.

Y hay viajes que te obligan a descubrir cuánto espacio ocupa alguien en tu vida, incluso cuando sabes que deberías alejarte.

Un regalo de otro hombre Diez días en Francia, con su marido.

No debería haberme sorprendido, DaiNa se había casado.

Era natural que Chang quisiera viajar con ella, compartir experiencias y construir recuerdos juntos.

Él tenía derecho a vivir su matrimonio.

Yo lo sabía, lo entendía perfectamente.

Pero comprender algo no significa que deje de doler.

Cuando DaiNa me contó lo del viaje, intenté responder con serenidad.

No quería convertirme en una persona que le reprochara cada decisión.

Tampoco quería competir con Chang.

Pero aquella noticia me hizo comprender algo que hasta entonces había intentado ignorar.

Mientras yo esperaba encontrar un hueco en la vida de DaiNa, ella estaba comenzando otra vida con alguien más.

Y no sabía cuánto tiempo podría soportarlo.

La decisión Hablamos, discutimos y volvimos a hablar.

Hubo momentos de ternura y otros de frustración.

Nos queríamos, pero cada conversación parecía conducirnos al mismo lugar.

Yo necesitaba una relación que no me hiciera sentir permanentemente insegura.

Ella no quería perderme.

Y ninguna de las dos sabía cómo conciliar ambas cosas.

Finalmente decidimos que lo mejor sería quedarnos como amigas.

Pronunciar aquellas palabras fue doloroso.

Amigas.

Una palabra bonita.

Una palabra que había formado parte de mi vida desde siempre.

Pero que, en aquel momento, parecía demasiado pequeña para contener lo que sentía por ella.

—Quizá sea lo mejor —dije.

No recuerdo si conseguí sonar convencida.

Seguramente no.

DaiNa me dijo que respetaba mi decisión.

Y durante unos días dejamos de hablar.

Aprender otra vez el silencio No sabía cuánto ruido podía hacer la ausencia de una persona.

El teléfono permanecía quieto.

Ya no llegaban aquellos mensajes que me hacían sonreír.

No había conversaciones sobre comida china.

Ni fotografías.

Ni pequeñas bromas.

Ni preguntas sobre cómo había ido el gimnasio.

Yo seguía con mi vida.

Trabajaba.

Entrenaba.

Veía a mis amigas.

Sacaba a pasear a Max.

Pero a veces, cuando algo me hacía gracia, cogía el móvil instintivamente para contárselo.

Y entonces recordaba que habíamos decidido dejar de hablarnos.

Aquellos eran los momentos más difíciles.

No las grandes escenas dramáticas.

Sino las pequeñas costumbres que seguían existiendo cuando la persona ya no estaba.

Una noche me senté frente al congelador.

Miré nuestras fotografías.

Todavía seguían allí.

Me pregunté si debía quitarlas.

Pero no lo hice.

No estaba preparada.

El mensaje desde Francia Y entonces apareció su nombre en la pantalla.

DaiNa.

Me quedé mirando la notificación.

Sentí un vuelco en el estómago.

Había pasado días intentando acostumbrarme a no hablar con ella.

Y bastó un mensaje para que todos mis esfuerzos parecieran tambalearse.

Me decía que me echaba de menos.

Que quería estar conmigo.

Que los lugares que visitaba y las personas que veía le hacían pensar en mí.

Leí aquellas palabras varias veces.

Una parte de mí se emocionó.

Otra se entristeció.

Porque era precioso saber que me recordaba.

Pero también resultaba doloroso imaginarla recorriendo Francia con su marido mientras pensaba en mí.

No sabía qué responder.

Quería decirle que yo también la echaba de menos.

Que había pensado en ella todos los días.

Que todavía recordaba sus abrazos.

Pero tenía miedo de regresar al mismo punto del que acabábamos de intentar salir.

Al final respondí.

Y volvimos a hablar.

No porque hubiéramos encontrado una solución.

Sino porque, a pesar de todo, seguíamos queriendo escucharnos.

Una pregunta sin respuesta Durante los días siguientes pensé mucho en nuestra historia.

¿Era posible querer a alguien y aceptar que su vida siguiera un camino diferente al tuyo?¿Podía una relación sobrevivir sin un futuro compartido?¿Dónde terminaba la comprensión y empezaba el sacrificio?No tenía respuestas, solo sabía que DaiNa seguía ocupando un lugar enorme en mi corazón.

Y que yo necesitaba aprender a no desaparecer dentro de aquel sentimiento.

Cuando terminó su viaje a Francia, regresó a Barcelona.

Y volvimos a vernos.

No sé quién de las dos necesitaba más aquel encuentro.

Quizá ambas.

Pero cuando nos abrazamos, comprendí que la distancia no había conseguido apagar lo que sentíamos.

Solo había hecho más evidente todo lo que todavía estaba pendiente.