Capítulo 10. Volver no siempre significa regresar
Cuando alguien vuelve después de mucho tiempo, esperas encontrar a la misma persona.
Pero a veces quien ha cambiado eres tú.
Otra vez en mi puerta Cuando mi familia regresó a Andalucía, volví a mi rutina.
Barcelona.
Mi piso.
Mi trabajo.
El gimnasio.
Las calles que había recorrido tantas veces pensando en DaiNa.
Todo parecía familiar.
Pero yo no me sentía igual.
Ella estaba de vuelta.
Y yo tenía que decidir si quería verla.
La respuesta era evidente.
Por supuesto que quería.
La había echado muchísimo de menos.
Había imaginado su regreso durante semanas.
Había deseado abrazarla tantas veces que ya había perdido la cuenta.
Pero ahora también sabía que había regresado casada.
Que Chang estaba en Barcelona.
Que ambos iban a compartir una vida.
Y que mi lugar en aquella historia era mucho más incierto de lo que había creído.
Finalmente le dije que viniera a casa.
Cuando sonó el timbre, me quedé unos segundos frente a la puerta.
Respiré.
Abrí.
Y allí estaba.
DaiNa.
Después de casi dos meses.
La misma sonrisa.
Los mismos ojos.
La misma mujer que había conseguido alterar mi vida desde una cinta de correr.
No quise empezar hablando.
No podía.
Había demasiadas palabras acumuladas y ninguna me parecía adecuada.
Así que la abracé.
Y la besé.
Ella me correspondió.
Durante aquellos primeros instantes dejé de pensar en todo lo que nos separaba.
Solo podía sentir lo mucho que la había echado de menos.
Nos quedamos juntas, recuperando una cercanía que la distancia había convertido en recuerdo.
Pero cuando la emoción del reencuentro se calmó, la realidad seguía allí.
Esperándonos.
La conversación pendiente Nos sentamos.
Yo necesitaba hablar.
—DaiNa, no sé qué hacer.
Ella me miró.
—Estoy triste —continué—.
Estoy desilusionada.
Y muy confundida.
No quería hacerle daño con mis palabras.
Pero tampoco quería fingir que todo estaba bien.
—Cuando te fuiste, yo pensaba que estábamos empezando algo.
No sabía que ibas a casarte.
DaiNa me escuchó.
Le expliqué que me había enamorado sin esperarlo.
Que había intentado comprender sus circunstancias.
Que sabía que nuestra relación era muy reciente.
Pero que me costaba aceptar que ahora hubiera otra persona compartiendo su vida.
Me dijo que no estaba enamorada de Chang.
Que el matrimonio respondía a circunstancias y decisiones que sentía que debía asumir.
La escuché.
Quería comprenderla.
Pero había una pregunta que ninguna explicación conseguía borrar.
—¿Y ahora qué hacemos?DaiNa no tenía una respuesta sencilla.
Yo tampoco.
Así que decidimos darnos tiempo.
Seguir hablando.
Vernos cuando pudiéramos.
Intentar comprender qué lugar ocupábamos la una en la vida de la otra.
Pero algo había cambiado.
Antes, cada encuentro parecía abrir una posibilidad nueva.
Ahora, cada encuentro también nos recordaba todo lo que no podíamos tener.
El peso de lo que no se ve Volví al trabajo.
Mis compañeras me preguntaban cómo estaba.
Y yo ya no sabía responder con la alegría de antes.
—¿Qué tal la telenovela china? —preguntó Carmen intentando hacerme sonreír.
Suspiré.
—Ahora es un drama.
Cristina me miró con cariño.
—Alma, haz lo que tú creas que es mejor para ti.
Patricia asintió.
—No podemos decidirlo nosotras.
Tenían razón.
Podían escucharme.
Aconsejarme.
Acompañarme.
Pero la decisión era mía.
Y no se trataba solamente de elegir entre DaiNa y mi tranquilidad.
También tenía que pensar en Chang.
En una persona que formaba parte de aquella historia y que merecía conocer la verdad de su propia vida.
Aquello me pesaba.
Porque nunca había imaginado que acabaría en una situación semejante.
Yo siempre había deseado una relación sencilla.
Poder pasear de la mano de alguien.
Compartir planes.
Reírnos.
Discutir por cosas pequeñas.
Volver a casa y sentir que el amor era un lugar seguro.
No quería esconderme, pero tampoco sabía cómo dejar de quererla.
Y entonces llegó una noticia que volvió a poner a prueba mis sentimientos.
Chang le había regalado un viaje a Francia, diez días, los dos juntos.