Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 9. Mientras tú decías «sí»
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Capítulo 9. Mientras tú decías «sí»

El verano tenía olor a mar, a crema solar y a noches interminables.

Para mí, aquel julio también tenía el sabor amargo de una pregunta que no sabía responder: ¿cómo se deja de querer

a alguien que todavía te dice que te quiere?Tarragona Mi familia llegó de Andalucía para pasar dos semanas en un camping de Tarragona.

En otras circunstancias habría esperado aquellas vacaciones con una ilusión enorme.

Me encantaba reunirnos, ver a mis hermanas, compartir tiempo con mi sobrino.

Disfrutar de esos días en los que las obligaciones parecían quedarse un poco más lejos.

Pero aquel verano necesitaba algo más que descansar.

Necesitaba salir de mi propia cabeza.

Hacía días que mis pensamientos giraban alrededor de DaiNa.

De Chang, de la boda, de las conversaciones que habíamos mantenido, de todas las preguntas que no sabía cómo formular.

Así que preparé mis cosas, cogí lo necesario para Max y me marché con mi familia.

Pensé que cambiar de escenario me ayudaría.

Y, en parte, así fue.

Mi hermana Una de las primeras cosas que hice fue hablar con mi hermana mayor.

Necesitaba contarle lo que estaba pasando.

No quería seguir intentando ordenar aquella historia yo sola.

Le hablé de DaiNa.

De cómo nos habíamos conocido.

De los meses de miradas.

Del primer beso.

De lo feliz que había sido.

Y después le conté lo de Chang.

La boda.

El futuro que DaiNa tenía previsto con él.

Mi hermana me escuchó.

Yo hablaba deprisa, como si llevara semanas conteniendo palabras que por fin podían salir.

—Es que no lo entiendo —le dije—.

No entiendo cómo hemos llegado hasta aquí.

Ella no tenía una solución mágica.

Y quizá eso fue lo mejor.

No necesitaba que alguien me dijera qué hacer.

Necesitaba sentir que podía estar triste sin tener que justificar cada una de mis emociones.

Que podía querer a DaiNa y, al mismo tiempo, estar decepcionada.

Que podía comprender sus circunstancias sin aceptar necesariamente todo lo que estaba ocurriendo.

Aquella conversación me alivió.

No resolvió el problema.

Pero me permitió dejar de cargarlo sola.

Dos semanas para recordar quién era Decidí disfrutar de mi familia.

Y lo hice.

Bailé.

Reí.

Jugué con mi sobrino.

Compartí comidas, conversaciones y momentos que me recordaron que mi vida era mucho más grande que aquella historia.

Alguna noche bebí más de la cuenta.

Y, por unas horas, conseguí olvidarme de todo.

También recibimos visitas de familiares.

Mis amigas vinieron un día al camping.

Y aquello fue maravilloso.

Porque no necesitábamos hablar constantemente de DaiNa.

Podíamos bromear.

Recordar anécdotas.

Reírnos de cualquier tontería.

Disfrutar del verano.

Max también parecía encantado con aquella nueva rutina.

Lo observaba descansar y pensaba que quizá los perros tenían algo importante que enseñarnos.

Vivían el momento.

No se preguntaban qué iba a pasar dentro de tres años.

Ni imaginaban conversaciones que todavía no habían sucedido.

Ni revisaban mentalmente cada frase de una videollamada.

Simplemente disfrutaban de estar con las personas que querían.

Yo intenté hacer lo mismo.

No siempre lo conseguí.

Pero hubo días en los que volví a sentirme Alma.

No la mujer que esperaba mensajes desde China.

No la mujer enamorada de alguien que acababa de casarse.

Solo Alma.

La que reía demasiado fuerte, la que bailaba.

La que adoraba a su familia.

La que llevaba a Max a todas partes.

La que había construido una vida que merecía seguir disfrutando.

El regreso inesperado Entonces DaiNa me dijo que había adelantado su vuelta.

Quería sorprenderme.

No soportaba seguir tanto tiempo sin verme.

Sentí una emoción inmediata.

Y después apareció la confusión.

Porque una parte de mí deseaba salir corriendo para abrazarla.

Pero otra parte necesitaba distancia.

Yo todavía estaba disfrutando de unos días con mi familia.

Me quedaba aproximadamente una semana.

Y no quería abandonar aquellos momentos para regresar precipitadamente a una situación que seguía sin comprender.

DaiNa quería venir a verme.

Yo le dije que prefería que no.

Que ya nos encontraríamos cuando terminara mis vacaciones.

Discutimos.

No fue una conversación agradable.

La distancia, la tristeza y las expectativas diferentes terminaron convirtiendo algo que debería haber sido una alegría en un nuevo motivo de tensión.

Hubo un instante en el que sentí una alarma interior.

No porque DaiNa fuera igual que las personas de mi pasado.

No lo era.

Pero aquella sensación de tener que justificar mis límites me resultó demasiado familiar.

Y me asustó.

Había trabajado mucho para aprender a decir que no.

Para comprender que querer a alguien no significaba estar siempre disponible.

Y aquella vez necesitaba mantener mi decisión.

Me quedé con mi familia e intenté seguir disfrutando.

Pero sabía que, cuando regresara a Barcelona, tendría que enfrentarme a una conversación que llevaba demasiado tiempo aplazando.

Porque DaiNa ya estaba de vuelta, y ahora la distancia entre nosotras no se medía en kilómetros.