Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 8. El hombre con el que iba a casarse
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Capítulo 8. El hombre con el que iba a casarse

Creí que lo más difícil sería aprender a echarla de menos.

No sabía que tendría que aprender a quererla mientras ella preparaba una boda con otra persona.

Chang No recuerdo qué estaba haciendo exactamente cuándo comprendí que había otro hombre en la historia.

Pero sí recuerdo la sensación.

Fue como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno.

De repente, todo el calor de aquellos meses desapareció.

DaiNa iba a casarse.

Con un hombre llamado Chang.

Un hombre con el que después regresaría a Barcelona.

Un hombre con el que tenía previsto vivir.

Y con el que existía un proyecto de formar una familia y tener hijos.

Me quedé mirando la pantalla.

Leí lo que me estaba contando.

Intenté ordenar las palabras.

Matrimonio, Chang, hijos, Barcelona.

Había escuchado cada una por separado.

Pero juntas formaban una realidad que no conseguía comprender.

Yo creía que DaiNa estaba pasando unas vacaciones en China.

Creía que regresaría y que podríamos seguir descubriendo qué estaba naciendo entre nosotras.

No sabía que aquel viaje también formaba parte de un futuro que ya tenía otro protagonista.

—¿Vas a casarte? —le pregunté.

La respuesta confirmó lo que más temía.

Sentí una presión en el pecho.

No sabía si estaba enfadada, triste o simplemente desconcertada.

Probablemente todo a la vez.

¿Y yo?Aquella fue la primera pregunta que apareció en mi cabeza.

No porque creyera tener derecho a decidir sobre su vida.

Sino porque, sin darme cuenta, había empezado a imaginar que podía formar parte de ella.

Una historia que no entendía DaiNa me habló de sus circunstancias.

De su familia.

De lo que esperaba de ella su entorno.

De una decisión que sentía que debía cumplir.

Yo sabía que para ella la familia era importante.

También entendía que había diferencias entre nuestras experiencias y nuestras maneras de concebir el futuro.

Pero no podía reducirlo todo a una cuestión cultural.

DaiNa era una mujer adulta.

Tenía sus propias decisiones, sus dudas y sus responsabilidades.

Y yo necesitaba comprender cómo encajaba nuestra relación en todo aquello.

—¿Estás enamorada de él? —le pregunté.

No fue una pregunta fácil.

Ni para ella.

Ni para mí.

Me explicó que no sentía por Chang lo que sentía por mí.

Aquellas palabras, lejos de tranquilizarme, me dejaron todavía más confundida.

Porque entonces el problema no era simplemente que hubiera elegido a otra persona.

El problema era que decía quererme mientras avanzaba hacia un matrimonio.

Yo no sabía cómo sostener aquellas dos realidades.

—DaiNa, yo no puedo decidir por ti.

La distancia hizo que aquella conversación resultara todavía más difícil.

Me habría gustado mirarla a los ojos.

Sentarme frente a ella.

Escucharla sin interrupciones.

Pero nos separaban miles de kilómetros.

Y una decisión que ya estaba tomando forma.

Lo que mis amigas no comprendían Cuando se lo conté a mis amigas, las reacciones fueron inmediatas.

—¿Pero cómo que se casa? —preguntó Cristina.

—Con un hombre —respondí.

—¡Pero si está contigo!—Ya lo sé.

Carmen me miró preocupada.

—¿Y no puede decir que no?Era una pregunta lógica.

Y también una pregunta que yo me había hecho muchas veces.

—No es tan sencillo —contesté.

—¿Por qué?Me quedé callada unos segundos.

Porque ni siquiera yo sabía explicarlo completamente.

—Ella tiene su vida.

Su familia.

Sus planes.

Y nosotras llevamos muy poco tiempo.

Patricia intervino.

—Pero os queréis.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no intentáis estar juntas?Suspiré.

—Porque querer a alguien no significa estar preparada para irte a vivir con esa persona y formar una familia mañana.

Aquello era algo que tenía muy claro.

Después de mis experiencias anteriores, no quería precipitarme.

Necesitaba tiempo.

Conocerla mejor.

Aprender cómo resolvíamos los desacuerdos.

Descubrir si éramos compatibles más allá de los besos, las conversaciones y la ilusión.

No estaba preparada para una convivencia inmediata.

Y mucho menos para tomar una decisión sobre tener hijos.

No quería que DaiNa renunciara a un proyecto de vida únicamente porque nos habíamos enamorado en dos meses.

Pero tampoco quería perderla.

Esa era mi contradicción.

Y me estaba haciendo daño.

La boda Llegó el momento.

DaiNa se casó con Chang.

No estuve allí.

No formé parte de aquella ceremonia.

No conocía todos los pensamientos que pasaron por su cabeza.

Solo sabía que, mientras ella daba aquel paso, yo estaba en Barcelona intentando aceptar una realidad que todavía me parecía imposible.

Habíamos compartido una fiesta de cumpleaños.

Una despedida llena de ternura.

Una promesa implícita de seguir hablando durante su viaje.

Y ahora había un matrimonio.

Me quedé mirando una de nuestras fotografías.

Recordé sus labios.

Sus abrazos.

Las veces que me había dicho que me quería.

Y pensé algo que me dolió profundamente.

No puedo competir con una vida que ya estaba organizada antes de que yo apareciera.

Pero tampoco quería competir.

No quería ser la razón por la que alguien rompiera una relación.

Ni quería convertirme en una persona que viviera pendiente de decisiones ajenas.

Solo quería entender qué había pasado.

Y qué iba a hacer yo con todo lo que sentía.

Aquella noche lloré.

No de una manera escandalosa.

Lloré en silencio.

Con Max cerca.

Y con la sensación de que la historia más bonita que me había ocurrido en años acababa de transformarse en algo que no sabía cómo contar.