Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 7. A diez mil kilómetros de ti
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Capítulo 7. A diez mil kilómetros de ti

La distancia no siempre se mide en kilómetros.

A veces se mide en las preguntas que empiezas a hacerte cuando alguien deja de responder como antes.

El silencio de las mañanas La primera mañana sin DaiNa en el gimnasio fue extraña.

Todo seguía en su sitio.

Las máquinas.

Las luces.

La música.

La gente que entrenaba antes de ir a trabajar.

Pero faltaba ella.

Miré hacia las cintas de correr.

Por costumbre, por pura costumbre.

Y me sentí ridícula.

Sabía perfectamente que estaba en China.

Aun así, una parte de mí esperaba verla aparecer.

Alma, cariño, se ha subido a un avión.

No va a materializarse delante de la elíptica.

Sonreí con tristeza.

Continué entrenando.

Pero aquella mañana entendí que algunas ausencias tienen una forma muy particular de ocupar espacio.

La diferencia horaria Empezamos a comunicarnos desde países distintos.

A veces, cuando yo estaba terminando mi jornada, ella ya llevaba muchas horas de día.

Otras veces me encontraba mirando el teléfono antes de acostarme, esperando una respuesta que llegaría cuando yo estuviera dormida.

Aprendí a calcular horarios.

A imaginar qué estaría haciendo.

A alegrarme cuando aparecía su nombre en la pantalla.

Las videollamadas se convirtieron en pequeños refugios.

Verla era maravilloso.

Y también doloroso.

Porque podía escucharla.

Podía contemplar su sonrisa.

Pero no podía abrazarla.

En una de aquellas llamadas estaba paseando con sus padres.

Y me los presentó.

Yo intenté mantener una expresión razonablemente normal.

Aunque por dentro estaba completamente revolucionada.

¡Sus padres!¡Me está presentando a sus padres!Me dijeron que era muy guapa.

Y yo sonreí como si acabaran de entregarme un premio internacional.

Después, cuando terminó la llamada, me quedé mirando el teléfono.

—Max, ¡que he conocido a sus padres!Mi perro movió una oreja.

—Y dicen que soy guapa.

Me reí.

—¡Qué majos mis suegros chinos!Lo dije en broma.

O eso quise creer.

Porque en algún rincón de mi corazón aquella palabra empezaba a tener un significado que me daba miedo reconocer.

Lo que se dice cuando alguien está lejos La echaba muchísimo de menos, más de lo que esperaba.

A veces hablábamos de cosas sencillas, qué habíamos comido, cómo había ido el día, qué lugares estaba visitando.

Otras veces nuestras conversaciones se volvían más íntimas.

Empezamos a decirnos que nos queríamos.

Al principio aquellas palabras me parecían enormes.

Después se volvieron necesarias.

Me gustaba escucharlas.

Me gustaba pronunciarlas.

Y me gustaba imaginar que, pese a la distancia, seguíamos construyendo algo juntas.

Pero había momentos en los que DaiNa parecía diferente.

Algunas llamadas eran extrañas.

Había silencios.

Cambios de conversación.

Una sensación difícil de explicar.

Yo intentaba no darle demasiadas vueltas.

Estaba de vacaciones.

Había regresado a su país.

Tenía familia, amistades y compromisos.

No podía pretender que pasara cada minuto pendiente de mí.

Pero mi intuición empezó a inquietarse.

Y eso me asustaba.

Porque conocía demasiado bien la sensación de preguntarme si algo estaba ocurriendo sin que nadie me lo contara.

Una noche miré las fotografías del congelador.

Recordé su cumpleaños.

Su abrazo.

La manera en que había sonreído al descubrir la fiesta.

Y me dije que debía confiar.

Todavía no sabía que mi vida estaba a punto de dividirse en dos momentos.

Antes de conocer la verdad, y después.