Capítulo 6. Dos cumpleaños y una despedida
Hay despedidas que duelen porque sabes que tardarás en volver a ver a alguien.
Y hay otras que duelen mucho más cuando descubres, tiempo después, todo lo que ignorabas aquella noche.
La conspiración Organizar una fiesta sorpresa para DaiNa era una idea maravillosa.
También era una manera extraordinaria de poner a prueba mi sistema nervioso.
Josefina había ofrecido su casa y, entre varias amistades, comenzamos a preparar una celebración con detalles inspirados en China.
Queríamos que DaiNa se sintiera querida.
Que, aunque estuviera lejos de su país, pudiera encontrar en Barcelona un pequeño grupo de personas dispuestas a celebrar su vida.
Y, sobre todo, queríamos sorprenderla.
—Alma, tienes que tranquilizarte —me dijo Josefina.
—Estoy tranquila.
—Llevas diez minutos preguntándome si está todo preparado.
—Porque quiero que salga bien.
—Saldrá bien.
—¿Y si sospecha algo?—Pues improvisamos.
La miré.
—Josefina, sabes que yo no sé improvisar cuando se trata de ella.
Se echó a reír.
Tenía razón.
DaiNa conseguía que me sintiera valiente y completamente torpe al mismo tiempo.
Durante aquellos días habíamos compartido muchos momentos.
Ya no era solamente la chica que me gustaba del gimnasio.
Había empezado a conocer a mis amistades, a escuchar sus bromas y a formar parte de un pequeño universo que antes le era ajeno.
Pero aquella noche sería diferente.
Era su cumpleaños.
Y también nuestra despedida..
La sorpresa El 29 de junio llegó demasiado pronto.
Me arreglé con especial cuidado.
Quería verme guapa.
O guapo, como me gustaba decir cuando me ponía mis camisas y mi ropa masculina favorita.
Me observé en el espejo.
—Alma, hoy toca estar a la altura.
Max me miró desde su cama.
—Tú no vienes, cariño.
Pero mañana te lo cuento todo.
Cuando llegamos a casa de Josefina, la decoración estaba preparada.
Habíamos cuidado los detalles y reunido a personas que querían acompañarla en un día especial.
Solo faltaba ella.
Y yo tenía el corazón a punto de salírseme del pecho.
Cuando DaiNa entró, las voces estallaron a su alrededor.
—¡SORPRESA!Se quedó inmóvil.
Sus ojos recorrieron la habitación.
Las decoraciones.
Las caras conocidas.
Las sonrisas.
Y después me miró.
Aquella expresión fue uno de los regalos más bonitos que me llevé de toda la noche.
No se lo esperaba.
De verdad.
Nunca le habían organizado una fiesta sorpresa.
Y allí estaba, lejos de China, rodeada de personas que habían preparado algo especialmente para ella.
Me acerqué.
—Feliz cumpleaños, DaiNa.
Sonrió y me abrazó.
Durante unos segundos deseé que el tiempo se detuviera.
Porque sabía que aquella felicidad tenía una sombra: al día siguiente empezaría nuestra separación.
La última noche La fiesta transcurrió entre conversaciones, risas y momentos que quería guardar para siempre.
Me gustaba verla integrada con mis amistades.
Josefina estaba encantada.
Yo la observaba y pensaba en lo imposible que me habría parecido aquella escena unos meses atrás.
La mujer a la que no me atrevía a saludar en el gimnasio estaba celebrando su cumpleaños con las personas más importantes de mi vida.
Cuando terminó la fiesta, DaiNa vino conmigo a casa.
Aquella noche durmió a mi lado.
No voy a fingir que fue una despedida sencilla.
Nos abrazamos como si pudiéramos guardar algo de aquel calor para los días que vendrían.
Nos besamos.
Hablamos.
Y compartimos esa intimidad tranquila que aparece cuando dos personas empiezan a conocer también sus silencios.
Había momentos en los que quería preguntarle si me echaría de menos.
Pero no quería convertir nuestra última noche en un interrogatorio.
Preferí acariciarle el pelo y disfrutar de tenerla cerca.
En algún momento cerré los ojos y pensé:Dos meses.
Solo son dos meses.
Podemos con esto.
No sabía cuánto iba a cambiar el significado de aquella frase.
Los regalos escondidos Al día siguiente, después de que DaiNa se marchara, regresé a casa con una tristeza que intentaba disimular.
Había empezado el viaje.
Y yo ya la echaba de menos.
Me moví por el piso haciendo cosas cotidianas, intentando acostumbrarme otra vez al silencio.
Entonces descubrí algo.
Un regalo.
Escondido.
Me quedé mirándolo.
—¿Pero esto.
.
.
?Sonreí.
Había dejado un detalle para mí sin decirme nada.
Y no era el único.
Encontré un segundo regalo.
Después vi unas fotografías nuestras pegadas en el congelador.
Me llevé una mano a la boca.
—¡Pero qué torpe soy! No me había dado cuenta de absolutamente nada.
Aquella mujer había estado escondiendo regalos en mis treinta metros cuadrados y yo, que supuestamente estaba pendiente de cada movimiento suyo, no había visto nada.
Me reí.
Después me emocioné.
Me acerqué a las fotografías.
Allí estábamos, juntas, sonriendo.
Dos mujeres que apenas llevaban un par de meses compartiendo algo que todavía no sabían definir.
Pasé los dedos por el borde de una imagen, me pregunté si ella estaría pensando en mí.
Y entonces sentí con una claridad que me asustó que su ausencia no iba a ser fácil.
Aquellos regalos parecían decirme que quería dejar una parte de sí misma en mi casa, y yo deseaba creerlo.
No sabía que, al otro lado del mundo, la vida de DaiNa estaba a punto de tomar una dirección que yo ni siquiera imaginaba.