Capítulo 5. Treinta días para enamorarme
Hay personas que llegan a tu vida despacio.
Otras entran sin llamar.
DaiNa hizo las dos cosas: tardó siete meses en acercarse y apenas treinta días en cambiarlo todo.
Nunca había pensado que una relación pudiera medirse en táperes de comida china.
Pero la nuestra, de alguna manera, había comenzado así.
Primero fue una conversación en Instagram.
Después, los mensajes de WhatsApp.
Más tarde, una visita inesperada, un beso en mi sofá y aquella tarde en la que volví a sentir algo que creía dormido.
Y entonces empezamos a vernos.
Muchísimo.
Tanto que hubo días en los que me preguntaba si aquella mujer había descubierto alguna forma secreta de multiplicar las horas.
Por las mañanas coincidíamos en el gimnasio.
Después llegaban los mensajes.
Y cuando nuestras obligaciones nos dejaban un hueco, buscábamos la manera de encontrarnos.
Mi piso de treinta metros cuadrados empezó a parecerme el lugar más maravilloso del mundo.
Ya no importaba que fuera pequeño.
Allí cabíamos Max, DaiNa, yo y todas aquellas mariposas que parecían haberse instalado permanentemente en mi estómago.
A veces me descubría esperando el sonido del timbre con una ilusión casi adolescente.
Y cuando abría la puerta y la veía sonreír, se me olvidaba cualquier propósito de comportarme como una mujer adulta, independiente y emocionalmente equilibrada.
—Hola —decía ella.
—Hola, guapa.
Y entonces nos abrazábamos.
Había algo en sus abrazos que me gustaba especialmente.
No eran únicamente una forma de saludarnos.
Para mí significaban que podía dejar de imaginarla y sentir que realmente estaba allí.
Los besos llegaron a formar parte de nuestra rutina.
También las conversaciones largas, las risas, las caricias y aquella necesidad de estar cerca que ninguna de las dos parecía querer frenar.
Nos deseábamos.
Y nos estábamos conociendo.
Aunque todavía no sabíamos qué nombre darle a lo que estaba ocurriendo.
Una cuenta atrás que no queríamos mirar Una tarde DaiNa me contó que pronto viajaría a China.
Iba a pasar allí casi dos meses.
Era su autorregalo de cumpleaños.
—¿Dos meses? —pregunté.
—Sí.
—¿Dos meses enteros?Se rio.
—Alma, dos meses son dos meses.
—Ya, pero dicho así parece menos.
Intenté bromear, aunque la noticia me dejó un pequeño vacío.
Hasta entonces había vivido cada encuentro como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo.
De repente, nuestros días tenían fecha de caducidad.
El 29 de junio sería la última vez que nos veríamos antes de su viaje.
Y, además, era su cumpleaños.
DaiNa me había explicado que en China podían celebrarse los cumpleaños siguiendo el calendario solar o el lunar.
Aquel año, las dos fechas que ella reconocía como cumpleaños coincidían dentro del mismo mes.
Así que tuvimos dos oportunidades de celebrarla.
Dos cumpleaños.
Dos motivos para sonreír.
Y una despedida que se acercaba demasiado deprisa.
Intenté no pensar demasiado en ello.
Pero cada vez que la abrazaba me sorprendía preguntándome cuánto tiempo faltaba.
Treinta días.
Veinticinco.
Veinte.
No llevaba una cuenta escrita.
No me hacía falta.
Mi corazón parecía saberlo perfectamente.
El problema de acostumbrarse a alguien Había pasado cinco años sin pareja.
Cinco años acostumbrada a hacer las cosas a mi manera.
A comer cuando me apetecía.
A decidir mis horarios.
A compartir el sofá únicamente con Max.
Y de pronto me encontraba pensando en DaiNa mientras compraba en el supermercado.
Si veía algún alimento chino que no conocía, quería preguntarle qué era.
Si escuchaba una canción bonita, imaginaba cómo sería compartirla con ella.
Si me ocurría algo divertido en el hospital, tenía ganas de contárselo.
Lo más preocupante era que estaba empezando a sonreírle al teléfono como una idiota.
Mis compañeras lo detectaron enseguida.
—Alma, ¿otra vez hablando con la china? —preguntó Carmen durante uno de nuestros cafés.
— Tiene nombre.
—Ya lo sabemos.
Nos lo has repetido aproximadamente cuatrocientas veces.
Cristina soltó una carcajada.
—A ver, ¿qué ha pasado hoy?—Nada.
—Pues para no haber pasado nada llevas una cara de felicidad que no te cabe en la bata.
Patricia me miró por encima de su taza.
—Te estás enamorando.
Me reí.
—¡Qué exageradas sois!Pero cuando pronuncié aquellas palabras sentí algo extraño.
Porque, por primera vez, no estaba segura de estar diciendo la verdad.
Lo que no me atrevía a reconocer Había una parte de mí que seguía intentando mantener las distancias.
No físicamente.
Eso, desde luego, no se me estaba dando demasiado bien.
Me refería a las distancias emocionales.
No quería precipitarme.
Después de mis relaciones anteriores había prometido no volver a perderme dentro de otra persona.
Quería conocer a DaiNa sin imaginar una vida entera a su lado.
Quería disfrutar sin necesitar garantías.
Pero el corazón es un pésimo estudiante.
Puedes explicarle veinte veces lo que debe hacer y, cuando cree que nadie lo vigila, vuelve a cometer exactamente las mismas imprudencias.
Una noche, después de despedirnos, me quedé sola en el sofá.
Max se acomodó junto a mis piernas.
Cogí el móvil y abrí nuestra conversación.
Habíamos hablado hacía apenas unos minutos.
Y ya la echaba de menos.
—Esto no es normal, Max.
Mi perro cerró los ojos.
—Que no, que no puede ser.
Lo acaricié.
—Me parece que me estoy metiendo en un lío.
Él suspiró.
O quizá simplemente estaba cansado de escucharme.
Me reí.
Después volví a mirar la pantalla.
Tenía un mensaje suyo.
Y sonreí antes de abrirlo.
Ahí estaba la respuesta que llevaba días evitando.
Me estaba enamorando.
Sin permiso, sin haberlo planeado, sin saber si ella sentía lo mismo.
El último día se acercaba A medida que avanzaba junio, nuestros encuentros parecían volverse más importantes.
Nos veíamos siempre que podíamos.
A veces terminábamos agotadas, entre el trabajo, el gimnasio, las obligaciones y las horas que robábamos al descanso para estar juntas.
Pero nos costaba despedirnos.
Yo sabía que pronto no podría verla.
Que tendría que conformarme con mensajes y videollamadas.
Que la diferencia horaria convertiría nuestras conversaciones en pequeños encuentros entre dos rutinas distintas.
Y quería guardar tantos recuerdos como pudiera.
Su voz, su risa, la manera en que pronunciaba algunas palabras en español.
Sus abrazos.
El pequeño lunar de su cuello.
Aquellos detalles que una persona va descubriendo cuando deja de ser una desconocida.
Lo que no sabía era que estaba a punto de descubrir también una parte de su vida que cambiaría todo lo que creía entender sobre nosotras.
Pero entonces todavía era junio.
Todavía estábamos juntas.
Todavía podía abrazarla sin preguntarme qué ocurriría después.
Y decidí que su cumpleaños tenía que ser inolvidable.
Porque si DaiNa iba a marcharse durante casi dos meses, quería que se llevara algo más que una maleta llena de ropa.
Quería que se llevara el recuerdo de una mujer que había aprendido a quererla sin darse cuenta.
Y de unos amigos que ya empezaban a sentirla parte de nuestras vidas.
Lo que ella no sabía era que estábamos preparando una sorpresa.
Una sorpresa que comenzaría en casa de Josefina.
Y que terminaría dejando pequeños secretos escondidos en la mía.