Capítulo 4. Entre máquinas y silencios #3
La mujer que me daba vergüenza saludar acababa de besarme en mi propio sofá.
La telenovela china del hospital Al día siguiente llegué al hospital con una sonrisa que no podía ocultar.
Cristina me vio acercarme.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué ha pasado?—Nada.
—Alma.
—¿Qué?—Esa cara no es de nada.
Me senté.
Intenté mantener la compostura.
Duré aproximadamente cinco segundos.
—Me ha besado.
Cristina dejó de hacer lo que estaba haciendo.
—¿QUÉ?—Que me ha besado.
—¡¿QUIÉN?! La miré.
—¡Pues quién va a ser!Creo que su reacción se escuchó en medio hospital.
Carmen y Patricia no tardaron en incorporarse a la conversación.
Y entonces comenzó el interrogatorio.
—¿Cómo que te ha besado?—¿Dónde?—¿Cuándo?—¿Quién se acercó primero?—¡Pero cuéntalo todo!Yo intentaba explicar lo sucedido entre carcajadas.
—Vino a traerme comida.
—¿Comida? —preguntó Carmen.
—Sí, comida china.
—¡Madre mía, pues bendita comida china!Las cuatro estallamos en risas.
Cuando llegué a la parte de la pregunta sobre besar a otra chica, Cristina se llevó las manos a la cabeza.
—¡No me lo puedo creer!—¡Pues créetelo!—¡Siete meses sin atreverte a decir hola y ahora os besáis en el sofá!Patricia se reía sin parar.
—¡Ya tenemos telenovela china!Y entonces alguien pronunció una frase que me hizo todavía más gracia.
—Alma, ahora sí que tienes que escribir un libro.
Yo me reí.
Porque en aquel momento aquello me parecía una locura.
¿Quién iba a querer leer una historia sobre una mujer que tardó siete meses en atreverse a seguir a otra en Instagram?No podía imaginar que precisamente aquella historia acabaría convirtiéndose en una de las más importantes de mi vida.
Cuando un beso cambia las conversaciones Después de aquella tarde seguimos hablando.
Pero ya no era exactamente igual.
Había aparecido una complicidad diferente.
Una cercanía que antes no existía.
Los mensajes empezaron a tener otro significado.
Yo sonreía cada vez que veía su nombre en la pantalla.
Y recordaba aquel beso.
La suavidad de sus labios.
Su mirada.
La manera en que se había acercado sin que yo lo esperara.
Pero también aparecieron nuevas preguntas.
¿Querrá volver a besarme?¿Habrá sido solamente curiosidad?¿Se habrá arrepentido?¿Y si quiere algo más?Aquella última pregunta despertó una inseguridad que creía haber superado.
Llevaba cinco años sin tener relaciones íntimas.
Cinco años durante los que había aprendido a vivir sola, a disfrutar de mi espacio y a no necesitar el contacto de otra persona.
Pero ahora, de repente, volvía a sentir deseo.
Y con él llegaban los nervios.
Me preocupaba no saber cómo actuar.
No estar a la altura.
Que mi cuerpo no le gustara.
Que aquella seguridad que había conseguido construir se desvaneciera en cuanto alguien volviera a mirarme de cerca.
Intentaba recordarme algo que había aprendido durante la terapia.
No tenía que demostrar nada.
No tenía que ser perfecta.
Y mucho menos convertir la intimidad en una prueba que debía superar.
Si algún día volvíamos a acercarnos, quería que fuera porque ambas lo deseábamos.
Porque nos sentíamos cómodas.
Porque había confianza.
No porque yo tuviera que demostrar que merecía ser querida.
La segunda visita Hay mensajes que consiguen acelerarte el corazón antes incluso de abrirlos.
Y aquel fue uno de ellos.
DaiNa quería volver a traerme comida.
Sonreí al leerlo.
Empezaba a pensar que aquella mujer había descubierto la manera más deliciosa de acercarse a mí.
Acepté sin dudarlo.
Aunque, en cuanto confirmé que vendría, regresaron los nervios.
Me miré al espejo.
Me acomodé el pelo, repasé con los dedos las puntas blancas y me pregunté si aquella tarde volvería a besarme.
No quería hacerme ilusiones.
Pero era demasiado tarde para eso.
Cuando sonó el timbre, sentí el mismo cosquilleo que la primera vez.
Abrí la puerta.
Y allí estaba ella.
Con su sonrisa, su mirada dulce y aquella manera de observarme que conseguía que olvidara cualquier frase que hubiera preparado.
— Hola —alcancé a decir.
Pero apenas había terminado de pronunciar la palabra cuando se acercó y me besó.
Fue tan inesperado como maravilloso.
Esta vez no hubo preguntas sobre curiosidades ni excusas para romper el hielo.
Solo sus labios encontrándose con los míos y mis manos buscando instintivamente su cintura.
Cerré los ojos.
Le devolví el beso.
Y durante unos instantes desapareció todo lo demás.
Cuando nos separamos apenas unos centímetros, la miré sonriendo.
—Vaya manera de saludar.
.
.
Ella sonrió también.
Y volvió a acercarse.
Sentí que mis nervios empezaban a transformarse en una confianza nueva, todavía frágil, pero profundamente emocionante.
Nos desplazamos lentamente hacia el sofá, entre besos y pequeñas risas.
Mi diminuto salón parecía haberse vuelto todavía más pequeño.
Bajé la persiana para tener intimidad y le indiqué a Max que se acomodara en su camita.
Por una vez, mi pequeño compañero tendría que renunciar al protagonismo.
Nos sentamos juntas.
DaiNa volvió a besarme, y yo le acaricié suavemente el rostro, apartándole algunos mechones de pelo.
Me gustaba mirarla de cerca.
Descubrir los detalles que nunca había podido apreciar desde la elíptica: sus pestañas, la forma de sus labios, la delicadeza de sus facciones y aquel pequeño lunar del cuello que me parecía especialmente bonito.
Había imaginado tantas veces cómo sería estar cerca de ella que la realidad me resultaba casi increíble.
Y, sin embargo, allí estaba.
En mi sofá.
Besándome.
A mí.
A Alma.
La misma Alma que siete meses atrás ni siquiera se atrevía a saludarla.
Nos abrazamos y permanecimos muy cerca, disfrutando de aquella intimidad que empezaba a surgir entre las dos.
Yo sentía el corazón acelerado.
Pero no todo era deseo.
También había miedo.
Miedo a que mis inseguridades aparecieran de repente.
Miedo a no saber interpretar lo que ella quería.
Miedo a que aquella tarde tan bonita terminara convirtiéndose en otro recuerdo doloroso.
Entonces la miré a los ojos.
—¿Estás bien? ¿Quieres que sigamos?DaiNa asintió.
—Sí.
.
.
pero no sé muy bien qué hacer.
Su sinceridad me conmovió.
Le acaricié la mejilla.
—No tienes que saber nada.
Podemos ir despacio.
Y aquello pareció tranquilizarnos a las dos.
Volvimos a besarnos, esta vez sin la urgencia de demostrar nada.
Me gustaba sentir cómo la timidez iba dejando espacio a la confianza.
Cómo las pequeñas pausas se llenaban de sonrisas.
Cómo una mirada podía expresar lo que ninguna de las dos encontraba todavía la manera de decir.
La tarde fue avanzando y nos dejamos llevar por aquella cercanía, descubriendo una intimidad nueva para ambas.
No recuerdo cuánto tiempo pasó.
Solo recuerdo que, en algún momento, dejamos de hablar.
Y que aquella tarde terminó siendo mucho más especial de lo que había imaginado.
El abrazo después de la tormenta Cuando todo quedó en calma, nos acomodamos juntas.
Abrí el sofá cama y nos tumbamos.
DaiNa se acercó y apoyó la cabeza sobre mi pecho.
Yo rodeé su cuerpo con un brazo y empecé a acariciarle suavemente el pelo.
No quería moverme.
No quería romper aquel instante.
La luz tenue del salón dibujaba pequeñas sombras sobre su rostro y, por primera vez, pude observarla sin sentir la necesidad de apartar la mirada.
Me fijé otra vez en aquel lunar de su cuello.
Sonreí.
Pensé que había pasado siete meses admirándola desde lejos, sin imaginar que algún día estaría allí, abrazándola en mi propia casa.
Le acaricié el hombro.
Ella permaneció acurrucada junto a mí.
Y sentí algo que no esperaba.
Tranquilidad.
No la euforia del primer beso.
No los nervios de verla entrar por la puerta.
Sino una tranquilidad cálida, de esas que aparecen cuando por un momento no necesitas estar en ningún otro lugar.
Había pasado cinco años sin compartir aquella cercanía con nadie.
Cinco años aprendiendo a dormir sola, a cuidarme y a no depender emocionalmente de otra persona.
Y ahora descubría que podía disfrutar de un abrazo sin sentir que estaba renunciando a la mujer independiente en la que me había convertido.
Cerré los ojos.
DaiNa seguía apoyada sobre mí.
Y, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidas.
Cuando despertó, me miró y me dijo que tenía que regresar a casa.
—Claro —respondí, todavía medio adormilada.
Antes de levantarnos, quise asegurarme de que se encontraba bien.
—¿Estás bien? ¿Te ha gustado estar conmigo?—Sí, estoy bien.
Me ha gustado.
Sonreí.
No necesitaba escuchar nada más en aquel momento.
La acompañé hasta la puerta y nos despedimos.
Cuando se marchó, regresé al sofá.
Me senté en silencio.
Miré a mi alrededor.
Treinta metros cuadrados.
Un sofá cama.
Un pequeño chihuahua descansando tranquilamente.
Y una mujer que acababa de vivir una tarde que jamás habría imaginado posible.
Me llevé las manos a la cara y empecé a reírme.
—Madre mía, Max...
¿pero qué acaba de pasar?Max ni siquiera abrió los ojos.
Y yo seguí sonriendo.
Porque todavía no sabía qué lugar ocuparía DaiNa en mi vida.
No sabía si aquella experiencia sería el principio de una relación, una aventura pasajera o algo que ninguna de las dos estaba preparada para definir.
Pero sí sabía una cosa.
Después de tantos años intentando reconstruir mi corazón, aquella tarde había vuelto a abrirlo sin sentir que estaba perdiéndome a mí misma.