Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 4. Entre máquinas y silencios #2
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Capítulo 4. Entre máquinas y silencios #2

Pero, al parecer, el destino tenía un sentido del humor bastante peculiar.

Nos despedimos.

Ella entró en casa.

Y yo regresé con mis amigos sintiendo que flotaba.

No había pasado nada romántico.

No nos habíamos besado.

No habíamos hablado de sentimientos.

Pero había compartido una tarde con ella.

Había escuchado su voz.

Había visto su sonrisa de cerca.

Y había descubierto que vivíamos prácticamente en el mismo barrio.

Para mí aquello ya era suficiente para convertir el día en uno de los más bonitos de los últimos meses.

Lo que no sabía era que la verdadera sorpresa todavía estaba por llegar.

La pregunta que llevaba meses haciéndome Al día siguiente seguimos hablando por WhatsApp.

Después de la Fira Modernista, algo había cambiado en nuestra manera de comunicarnos.

Quizá era porque ya nos habíamos visto fuera del gimnasio.

Quizá porque habíamos compartido unas horas agradables.

O quizá porque ahora podía imaginar su voz cada vez que leía uno de sus mensajes.

Fuera como fuese, me sentía un poco más cómoda.

Y eso, tratándose de mí y de DaiNa, ya era todo un acontecimiento.

No recuerdo exactamente cómo llegamos al tema sentimental.

Solo sé que, en algún momento de la conversación, empezamos a hablar de relaciones.

Le conté que estaba soltera.

Que me gustaban las mujeres.

Y que llevaba aproximadamente cinco años sin tener pareja.

Cinco años.

Dicho así parecía muchísimo tiempo.

Pero para mí habían sido cinco años necesarios.

Cinco años para aprender a estar sola.

Para sanar heridas.

Para recuperar la confianza.

Para dejar de sentir que necesitaba una relación para que mi vida tuviera sentido.

DaiNa escuchó lo que le contaba, pero no dijo demasiado sobre sus propias preferencias.

Y, naturalmente, mi cabeza empezó a trabajar.

Seguro que es heterosexual.

Ya lo sabía.

Una mujer tan guapa.

.

.

Me detuve mentalmente.

Porque aquello último no tenía ningún sentido.

La belleza no determina a quién ama una persona.

Pero mis inseguridades seguían encontrando maneras absurdas de convencerme de que no tenía ninguna oportunidad.

Finalmente me atreví a preguntarle si tenía novio.

Era una pregunta aparentemente inocente.

Aunque, en realidad, llevaba siete meses queriendo conocer la respuesta.

Me dijo que estaba soltera.

Y que le gustaban los chicos.

Ahí estaba.

La confirmación.

Bueno, Alma.

Misterio resuelto.

Sentí una pequeña decepción, pero intenté tomármelo con naturalidad.

Al fin y al cabo, yo no había empezado a hablar con ella con ninguna garantía de que pudiera surgir algo romántico.

Me gustaba conocerla.

Me gustaba su compañía.

Y quería respetar lo que me estaba contando.

Entonces llegó un mensaje que no esperaba.

«Siempre he tenido curiosidad por saber cómo es una relación entre chicas».

Lo leí.

Me quedé pensativa.

Volví a leerlo.

¿Curiosidad? No sabía exactamente qué quería decir con aquello.

Y tampoco quería interpretar sus palabras como algo que quizá no eran.

Así que respondí con naturalidad.

«Pues si quieres, un día te cuento».

Y continuamos hablando.

Sin saber que aquella pequeña conversación iba a adquirir un significado completamente diferente muy pronto.

Una olla llena de sorpresas Aquella noche DaiNa tenía invitados en casa.

Unos amigos iban a cenar con ella y había preparado una comida china que me llamó muchísimo la atención.

Se llamaba hot pot.

Una olla que se coloca en el centro de la mesa, con un caldo caliente en el que se van cocinando distintos ingredientes mientras las personas comen y conversan.

Cuando me lo explicó, me emocioné.

—¡Anda! ¡Eso lo he visto un montón de veces en las series!Y era verdad.

En muchas de las series asiáticas que veía aparecían escenas en las que los personajes compartían aquel tipo de comida.

Siempre me había parecido una manera preciosa de reunirse alrededor de una mesa.

—¡Qué ganas tengo de probarlo algún día! —le dije.

No esperaba nada más.

Simplemente estábamos hablando de gastronomía.

Uno de mis temas favoritos, por cierto.

Pero al día siguiente me escribió.

Había sobrado bastante comida.

Y me preguntó si quería que me llevara un táper.

Me quedé mirando el mensaje.

¿Que quiere venir a mi casa?¿DaiNa?¿La chica del gimnasio?¿A mi casa?Respiré.

Intenté comportarme como una persona adulta.

Y respondí:«Sí, claro.

Te paso mi dirección».

Lo escribí con una tranquilidad extraordinaria.

Una tranquilidad completamente falsa.

Porque en cuanto envié el mensaje me levanté del sofá como si alguien hubiera activado una alarma de incendios.

—¡Max! ¡Que viene!Max levantó la cabeza.

—¡Que viene DaiNa a casa! Mi perro me miró.

Probablemente pensando que, si aquella tal DaiNa traía comida, sería bienvenida.

Treinta metros cuadrados y un millón de nervios Mi piso no era grande.

Treinta metros cuadrados.

Un espacio pequeño, sencillo, pero que había convertido en mi refugio.

Después de todo lo que había vivido, aquel lugar significaba independencia.

Paz.

Libertad.

Era mi casa.

El sitio donde podía ser yo misma sin tener que dar explicaciones a nadie.

Y ahora iba a entrar DaiNa.

De repente empecé a mirar alrededor como si estuviera viendo mi casa por primera vez.

¿Está todo recogido?¿El sofá está bien?¿Dónde dejo esto?¿Por qué hay una zapatilla aquí?Recogí algunas cosas.

Coloqué los cojines.

Miré el reloj.

Volví a mirar el móvil.

Y entonces sonó el timbre.

Mi corazón dio un salto.

—Ya voy.

Me acerqué a la puerta.

Respiré profundamente.

Y abrí.

Allí estaba.

Con aquella sonrisa suya.

Y un recipiente de comida entre las manos.

—Hola —me dijo.

—Hola, pasa.

Max apareció inmediatamente para investigar a nuestra visitante.

DaiNa lo saludó con cariño.

Y yo sonreí al verla agacharse para prestarle atención.

Otro punto a favor.

Aunque, siendo sincera, aquella mujer ya llevaba tantos puntos acumulados en mi cabeza que probablemente había ganado el campeonato sin saber que estaba participando.

Me entregó la comida.

—Muchas gracias —le dije—.

No hacía falta que vinieras hasta aquí.

La invité a sentarse un rato.

—¿Quieres tomar algo?—Agua está bien.

Fui a buscarle un vaso.

Y mientras abría el grifo intenté ordenar mis pensamientos.

Tranquila es una amiga.

Ha venido a traerte comida, no pasa absolutamente nada.

Regresé al salón, nos sentamos en el sofá y empezamos a hablar.

La pregunta que nunca debí hacer La conversación fue fluyendo.

Hablábamos de cosas cotidianas, de nuestras vidas y de pequeños detalles que empezábamos a descubrir la una de la otra.

Me gustaba escucharla.

Su voz tenía una dulzura especial.

Y ahora, sin el ruido del gimnasio ni la gente de la feria, podía disfrutar de cada palabra.

Estábamos sentadas relativamente cerca.

Max descansaba tranquilamente.

La tarde parecía completamente normal.

Hasta que mi boca decidió adelantarse a mi cerebro.

No sé por qué lo hice.

Quizá porque me sentía más cómoda con ella.

Quizá porque aquella conversación sobre las relaciones entre mujeres seguía rondándome la cabeza.

O quizá porque, después de siete meses de timidez, mi valentía había decidido aparecer toda junta y sin avisar.

La miré.

Sonreí.

Y pregunté:—Bueno.

.

.

¿y cómo va esa curiosidad de saber cómo es besar a otra chica?En cuanto terminé la frase quise desaparecer.

Alma.

¿Qué acabas de decir?¿Tú estás bien de la cabeza?Pero ya era demasiado tarde.

DaiNa me miró.

Y entonces respondió con una pregunta que jamás olvidaré.

—¿Y cómo van tus ganas de besarme?El mundo se detuvo.

No metafóricamente.

Para mí, durante aquellos segundos, dejó de existir absolutamente todo lo demás.

El reloj.

La televisión.

El ruido de la calle.

Mis pensamientos.

Todo.

Solo estaba ella.

Mirándome.

Con aquella sonrisa.

Y una pregunta que acababa de desarmarme por completo.

No supe qué contestar.

Por primera vez en mucho tiempo, me había quedado literalmente sin palabras.

Y entonces DaiNa se acercó.

Despacio.

Lo suficiente para que pudiera comprender lo que estaba ocurriendo.

Yo no me aparté.

Nuestros rostros quedaron muy cerca.

Y me besó.

El beso que esperé sin saber que llegaría Cinco años.

Habían pasado cinco años desde la última vez que había besado a una mujer.

Cinco años sin sentir aquella cercanía.

Sin compartir un beso.

Sin permitir que alguien volviera a entrar de aquella manera en mi intimidad.

Y ahora estaba allí.

DaiNa.

La mujer de la cinta de correr.

La desconocida de las seis de la mañana.

La chica cuyo perfil de Instagram había observado durante semanas sin atreverme a pulsar un botón.

Besándome.

Al principio me quedé inmóvil.

No porque no quisiera.

Sino porque mi cabeza era incapaz de asimilar lo que estaba sucediendo.

¿Esto es real? ¿Me está besando?¿DaiNa me está besando?Pero entonces cerré los ojos.

Y le correspondí.

Fue un beso lento, profundo, lleno de una sensualidad que no necesitaba palabras.

Sentí cómo todos aquellos meses de nervios se transformaban en una emoción completamente distinta.

Le acaricié suavemente la mejilla.

Aparté un mechón de pelo de su rostro.

Y continué besándola.

Ya no pensaba en si le gustaban los hombres o las mujeres.

Ni en mis complejos.

Ni en los cinco años que llevaba sola.

Solo estaba viviendo aquel momento.

Y era maravilloso.

Cuando finalmente nos separamos, la miré.

Tenía el corazón acelerado.

No sabía si reírme, llorar o pedirle que volviera a besarme.

Así que hice lo que mejor sabía hacer cuando estaba nerviosa.

Preguntar alguna tontería.

—Bueno.

.

.

¿qué tal?DaiNa sonrió.

—Besas muy bien.

Sentí que me derretía por dentro.

—¿Te ha gustado?—Sí, me ha gustado.

Sonreí.

Una sonrisa enorme.

De esas que no se pueden disimular.

Le ha gustado.

Dios mío.

Le ha gustado.

Permanecimos un rato más juntas.

Después me explicó que tenía que marcharse porque debía hacer algunos recados.

La acompañé hasta la puerta.

Le agradecí otra vez la comida y la visita.

Nos despedimos.

Y cuando cerré.

.

.

Me quedé apoyada contra la puerta.

Mirando al vacío.

Con una sonrisa absurda.

—Max.

.

.

Mi perro me observó.

—Creo que acaba de pasar algo muy fuerte.

Y entonces empecé a reírme sola.

Porque después de siete meses de imaginar conversaciones, buscar excusas y evitar miradas.

.

.