Capítulo 4. Entre máquinas y silencios
Durante siete meses soñé con escuchar su voz.
Nunca imaginé que, cuando por fin la escuchara, terminaría deseando que pronunciara mi nombre una y otra vez.
Una desconocida que empezaba a dejar de serlo
Había algo extraordinario en despertar cada mañana y encontrar un mensaje de alguien que, hasta hacía muy poco, apenas sabía que existía.
Bueno, rectifico.
Ella sí sabía que existía.
De hecho, había demostrado tener una memoria bastante preocupante para mis entrenamientos.
Sabía cuándo había cambiado de peinado, cuánto tiempo pasaba en la elíptica y hasta cuándo me había ausentado del gimnasio.
Y yo, que durante siete meses me había sentido una especie de fantasma enamorado entre máquinas de musculación, todavía estaba intentando asimilarlo.
Desde que intercambiamos nuestros números de teléfono, WhatsApp se había convertido en una pequeña ventana a su mundo.
Ya no hablábamos únicamente del gimnasio.
Empezamos a contarnos cosas de nuestras vidas.
Me explicó que había llegado de China años atrás y que vivía sola en Barcelona.
Aquello me hizo sentir una ternura inesperada.
Pensé en lo difícil que debía de ser abandonar tu país, tu idioma, tus costumbres y todo aquello que conoces para empezar una vida en un lugar diferente.
Yo también había vivido cambios importantes, aunque mis experiencias no podían compararse con las suyas.
Le conté que había nacido en Cataluña, pero que cuando tenía seis años mi familia se había trasladado a Andalucía.
Allí había pasado una parte fundamental de mi vida.
Andalucía seguía siendo para mí un lugar lleno de recuerdos, familia, raíces y sentimientos.
Hacía catorce años que había regresado a Cataluña y ahora vivía en Barcelona, una ciudad que había terminado convirtiéndose en mi hogar.
Era curioso.
Las dos habíamos llegado a la misma ciudad siguiendo caminos completamente diferentes.
Y ahora nuestras historias se habían cruzado en un gimnasio a las seis de la mañana.
Empezamos a hablar de nuestras comidas favoritas.
—A mí me encanta la comida china —le confesé.
Y era verdad.
No era una frase preparada para impresionarla.
Mi debilidad por la gastronomía china existía mucho antes de conocerla.
También hablábamos de colores, estudios, trabajo y pequeñas cosas cotidianas.
Descubrí que había estudiado Filología Inglesa en China y que después había realizado un máster en España para dedicarse a la enseñanza.
Hablaba chino, inglés, español y algo de catalán.
Y, por si aquello no fuera suficiente, estaba aprendiendo francés.
Me quedé mirando la pantalla.
Madre mía, Alma.
Esta mujer habla más idiomas de los que tú tienes pantalones en el armario.
Cuanto más la conocía, más me sorprendía.
Ya no me atraía solamente su belleza.
Me fascinaba su inteligencia.
Su determinación.
Su capacidad para desenvolverse en un país distinto al suyo.
Y aquella forma tranquila de hablar de su vida, como si aprender cuatro idiomas fuera la cosa más normal del mundo.
Mientras tanto, yo seguía celebrando cada vez que conseguía saludarla en el gimnasio sin ponerme roja.
Cada una tenía sus talentos.
Una invitación que podía cambiarlo todo Se acercaba uno de los acontecimientos más bonitos de Barcelona: la Fira Modernista.
Durante aquellos días, la ciudad parecía viajar en el tiempo.
Las calles se llenaban de vestidos de época, sombreros, chalecos, espectáculos y personas que disfrutaban recuperando la estética de principios del siglo XX.
Yo había quedado con un grupo de amigos para asistir.
Y, naturalmente, iba a vestirme de hombre.
Aquello me hacía especial ilusión.
Me encantaba la elegancia de la ropa masculina de época: los chalecos, las camisas, los pantalones de vestir y esa manera de combinar las prendas que me hacía sentir tan bien conmigo misma.
Cuando terminé de prepararme, me miré al espejo.
Sonreí.
—¡Pero qué guapo estás, Alma!Sí.
Me lo dije a mí misma.
Porque después de tantos años criticando mi cuerpo, había decidido que también tenía derecho a echarme algún piropo.
Y aquel día me sentía especialmente bien.
Entonces se me ocurrió una idea.
¿Y si la invito?Me quedé mirando el móvil.
Sabía que DaiNa tenía clases y que probablemente terminaría más tarde.
Pero quizá podría venir después.
Abrí WhatsApp.
Escribí un mensaje.
Lo borré.
Volví a escribirlo.
Lo revisé tres veces.
Y finalmente me atreví a preguntarle si, cuando terminara de trabajar, le apetecería vestirse de época y venir con nosotros.
Envié el mensaje.
Dejé el móvil.
Respiré.
Seguro que dice que no.
Pero respondió.
Y dijo que sí.
Me quedé inmóvil.
¿Cómo que sí?¿Que viene?¿Que voy a verla fuera del gimnasio?¿Que vamos a hablar de verdad?
Durante unos segundos me entraron ganas de escribirle para explicarle que había sido una invitación simbólica y que no era necesario que acudiera.
Pero conseguí contenerme.
Había llegado demasiado lejos como para salir corriendo.
La primera vez que escuché su voz Cuando terminó sus clases, DaiNa se preparó y vino a la feria.
Se había puesto un traje tradicional chino de época.
Y cuando la vi...
Dios mío.
No sé si existe una palabra capaz de describir lo guapa que me pareció aquella tarde.
Su ropa tenía una elegancia que resaltaba su figura y su manera de moverse.
Parecía que hubiera salido de una de aquellas historias románticas que tanto me gustaba ver.
Y yo, que llevaba toda la tarde sintiéndome el hombre más guapo de Barcelona, perdí de golpe toda mi seguridad.
Respira, Alma.
Es una mujer.
Una mujer muy guapa.
Una mujer extraordinariamente guapa.
Vale, estamos perdidas.
Fui a buscarla acompañada de Josefina.
Josefina era una de esas personas que aparecen en tu vida cuando ya crees que las grandes amistades se han formado.
La había conocido cerca de los cuarenta y, sin darme cuenta, se había convertido en una de mis mejores amigas.
Era mi confidente.
Mi apoyo.
La persona que podía escucharme hablar durante horas y que, aun así, encontraba la manera de darme un consejo sensato.
Me conocía muchísimo.
Sabía de mis miedos.
De mis heridas.
De mis ilusiones.
Y, por supuesto, sabía perfectamente quién era DaiNa.
Lo que DaiNa no sabía era que Josefina llevaba tiempo escuchando hablar de ella.
Mucho tiempo.
Demasiado, probablemente.
Cuando nos encontramos, me acerqué intentando aparentar naturalidad.
—¡Hola! La saludé con dos besos.
Dos besos normales.
Sociales.
De los que se dan millones de veces al día.
Pero para mí fueron casi una experiencia extracorporal.
La tengo delante.
La estoy saludando.
Le he dado dos besos.
No me he desmayado.
Todo iba sorprendentemente bien.
Le presenté a Josefina.
Ellas también se saludaron.
Y durante unos segundos me pareció estar viviendo una escena que había imaginado tantas veces que resultaba imposible creer que estuviera ocurriendo de verdad.
Mi mejor amiga.
La chica del gimnasio.
Y yo.
Juntas.
En la misma calle.
Hablando.
Sin una elíptica de por medio.
Entonces escuché su voz con calma por primera vez.
Era dulce.
Su español era muy bueno, aunque conservaba un pequeño acento que me pareció encantador.
Y su sonrisa.
.
.
Aquella sonrisa merecía un capítulo entero.
Tenía unos dientes preciosos y una expresión que iluminaba su rostro cuando se reía.
Yo intentaba prestar atención a la conversación.
Pero había momentos en los que me quedaba embobada mirándola.
Las manos me temblaban, las piernas también.
Y empezaba a sospechar que mi cuerpo había decidido boicotear cualquier posibilidad de comportarme con normalidad.
La única china de la feria Mientras caminábamos entre los espectáculos, DaiNa miró a su alrededor.
Había muchísimas personas vestidas con trajes europeos de época.
Ella, en cambio, llevaba su precioso vestido tradicional chino.
Sonrió con cierta timidez.
—Soy la única china aquí.
Es raro —comentó.
La miré.
—No pasa nada.
Lo importante es que estés cómoda.
Y lo decía de corazón.
A mí me parecía maravillosa.
No necesitaba parecerse a nadie.
Ni adaptar su manera de vestir para encajar con el resto.
De hecho, había algo especialmente bonito en verla allí, con su propia identidad cultural, compartiendo una celebración de nuestra ciudad.
Seguimos caminando.
Hablamos.
Vimos parte de los espectáculos.
Y en algún momento surgió la idea de hacernos una fotografía.
Nuestra primera fotografía juntas.
Todavía recuerdo aquel instante.
Nos colocamos una al lado de la otra.
Me acerqué.
Y puse una mano alrededor de su cintura.
Fue un gesto sencillo.
Natural.
Pero sentí que todo mi cuerpo se congelaba.
Tenía la mano helada.
El corazón acelerado.
Y una cantidad de nervios que no sabía dónde meter.
Ella estaba allí.
Tan cerca.
Y yo podía sentir el contacto de su cuerpo junto al mío.
Sonreí para la fotografía.
No sé cómo conseguí hacerlo.
Pero aquella imagen quedó guardada.
Una fotografía que, para cualquier persona, podía parecer simplemente el recuerdo de dos amigas disfrutando de una feria.
Para mí significaba muchísimo más.
Era la prueba de que aquella desconocida que había observado durante meses desde una máquina de gimnasio empezaba a formar parte de mi vida real.
Tres calles de distancia Después de pasar un rato en la feria, tomamos algo.
La conversación fue fluyendo y poco a poco empecé a sentirme más tranquila.
No completamente tranquila.
Tampoco vamos a exagerar.
Pero al menos había dejado de tener la sensación de que iba a desmayarme en cualquier momento.
Cuando llegó la hora de despedirnos, la acompañamos a casa.
Y entonces descubrí algo que me dejó completamente sorprendida.
Vivía a tres calles de mi piso.
Tres.
Calles.
Me quedé mirándola.
¿Me estás diciendo que llevo siete meses intentando encontrar la manera de hablar con esta mujer y vive prácticamente al lado de mi casa?
Aquello me hizo recordar una ocasión en la que había visto a una chica asiática caminando por aquella zona.
Me había parecido muy guapa.
Y durante un instante había pensado que se parecía a la desconocida del gimnasio.
¡Era ella!O al menos ahora estaba convencida de que probablemente lo había sido.
Sonreí para mis adentros.
Barcelona era una ciudad muy grande.