Capítulo 3. La sonrisa que no pude olvidar #3
Y entonces solté una carcajada.
—¡Toma ya!De todas las profesiones que había imaginado durante aquellos meses, había acertado una.
No trabajaba en un restaurante.
Ni en un bazar.
Era profesora de chino.
Recordé mis investigaciones absurdas por Instagram, buscando perfiles relacionados con academias de idiomas.
Y me reí todavía más.
—¡Si es que al final voy a ser detective!
Aunque, pensándolo bien, una detective que tardaba siete meses en averiguar el nombre de una persona tampoco tenía demasiado futuro profesional.
Tres saludos y una pequeña victoria Los días continuaron.
La segunda mañana después de nuestro primer contacto volví a entrar en el gimnasio con mis nervios habituales.
Otra vez intenté terminar rápido los ejercicios de fuerza.
Otra vez me subí a la elíptica.
Y otra vez ella pasó cerca de mí.
—Hola.
—Hola.
Sonreí.
Me puse roja.
Y continué entrenando.
Pero al tercer día comprendí algo.
No podía seguir esperando que fuera siempre ella quien me saludara.
Si quería conocerla, aunque fuera poco a poco, tenía que empezar a participar en aquella historia.
Así que reuní todo el valor que pude encontrar.
La vi acercarse.
Respiré.
Levanté la mirada.
Y dije:—Hola.
Ella me devolvió el saludo.
Y yo sentí una satisfacción completamente desproporcionada.
Porque sí.
Había conseguido saludar a una mujer.
Un acontecimiento que, en circunstancias normales, no merecería ningún tipo de celebración.
Pero en mi caso era casi un triunfo olímpico.
Me faltó levantar los brazos y dar una vuelta de honor por el gimnasio.
Aunque decidí que quizá era mejor no llamar demasiado la atención.
El comité sentimental vuelve a reunirse Naturalmente, todo aquello tenía que ser comunicado.
Cristina, Carmen y Patricia seguían recibiendo sus informes matinales.
Pero ahora las conversaciones habían cambiado.
Ya no se trataba únicamente de qué máquinas hacía aquella chica.
Ahora había mensajes.
Saludos.
Comentarios sobre mi pelo.
Observaciones sobre mis entrenamientos.
Y, sobre todo, una cantidad extraordinaria de nervios.
—¡Me ha dicho que me queda bien el pelo! —anuncié una mañana.
Cristina sonrió.
—¿Ves? ¡Si ya te decía yo que tenías que hablarle!—¡Y sabe cuánto tiempo hago de elíptica!Carmen levantó las cejas.
—Ah, ¿sí?—¡Sí! ¡Me ha dicho que normalmente hago media hora! Patricia se echó a reír.
—Pues algo se fija.
—Bueno, tampoco significa nada —respondí rápidamente.
Porque aquella era otra de mis especialidades.
Ilusionarme muchísimo.
Y después intentar convencer a todo el mundo, incluida yo misma, de que no estaba ilusionada.
—¿Y cuándo vais a tomar un café? —preguntó Cristina.
Casi me atraganté.
—¡¿Un café?!—Sí, mujer.
Un café.
Esa bebida que tomamos todas las mañanas.
—¡Pero cómo voy a decirle de tomar un café!—Pues preguntándole.
—¡No, no, no!Las tres empezaron a reírse.
—De verdad —dijo Carmen—, lo tuyo es para escribir un libro.
Y, curiosamente, no iba demasiado desencaminada.
Un número que lo cambió todo Con el paso de los días, las conversaciones por Instagram empezaron a resultar cada vez más naturales.
Ya no tenía que pensar durante media hora antes de responder.
Bueno.
A veces sí.
Pero cada vez menos.
Empezábamos a hablar de cosas cotidianas, a hacernos preguntas y a compartir pequeños detalles de nuestras vidas.
Todavía no habíamos mantenido una conversación de verdad cara a cara.
En el gimnasio seguíamos intercambiando saludos breves.
Yo continuaba poniéndome nerviosa.
Y ella seguía siendo aquella mujer que conseguía hacerme olvidar durante unos segundos qué ejercicio estaba haciendo.
Pero algo estaba cambiando.
Ya no era solamente la desconocida de la cinta de correr.
Ahora tenía un nombre.
Una profesión.
Un perro.
Una voz que todavía deseaba escuchar con calma.
Y una pequeña ventana abierta a su vida.
Hasta que, finalmente, llegó otro paso.
Intercambiamos nuestros números de teléfono.
Podíamos hablar por WhatsApp.
Algo más cómodo.
Más directo.
Más personal.
Cuando guardé su contacto, me quedé unos segundos mirando la pantalla.
Sonreí.
Recordé aquella primera mañana en la que entré al gimnasio avergonzada de mi cuerpo, convencida de que todo el mundo me miraría.
Recordé los siete meses observándola desde la elíptica.
Las conversaciones interminables con Cristina.
Las amenazas de Carmen de presentarse en el gimnasio.
Las risas de Patricia.
La seguridad de Carlos.
El botón de Instagram.
Aquel primer mensaje.
«Hola, ¿quién eres?».
Y ahora su número estaba guardado en mi teléfono.
No sabía qué iba a pasar.
No sabía si aquello se convertiría en una amistad, en algo más o simplemente en una bonita anécdota.
Pero había algo que ya no podía negar.
Aquella mujer había empezado a ocupar un lugar especial en mis pensamientos.
Y lo más sorprendente era que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera persiguiendo una historia imposible.
Sentía que estaba empezando a conocer a alguien.
Alguien real.
Alguien que me respondía.
Que me saludaba.
Que se había fijado en mi pelo.
Y que, sin saberlo, había conseguido que las seis de la mañana se convirtieran en mi hora favorita del día.
Aquella noche, antes de dormir, abrí WhatsApp.
Miré su contacto.
Y sonreí.
Durante siete meses había tenido miedo de que descubriera quién era.
Ahora empezaba a desear que descubriera todo lo que todavía no sabía de mí.