Capítulo 3. La sonrisa que no pude olvidar #2
Y si pensaba que me gustaba.
.
.
Bueno.
Ahí mi cerebro dejaba de funcionar.
Así que empecé a darle vueltas.
Una respuesta.
Otra.
Otra más.
Hasta que encontré una solución que, en aquel momento, me pareció brillantísima.
Escribí:
«Hola, no sé, quizás me has salido en sugerencias de amistad y te he dado a seguir sin querer.
Pero ahora que veo tu foto de perfil, me suena mucho tu cara».
Lo releí.
Sonreí.
—Perfecto.
Una excusa extraordinaria.
Una obra maestra del disimulo.
Una mujer que llevaba siete meses pendiente de otra mujer acababa de fingir que la había seguido por accidente.
Si existieran premios a la cobardía romántica, aquella noche habría ganado el primero.
Pulsé enviar.
Y esperé.
«Yo sí sé quién eres»La respuesta llegó.
Abrí el mensaje.
Y sentí algo parecido a una descarga eléctrica.
«Ahhh, yo sí sé quién eres.
Eres la chica del gimnasio.
Nos vemos todos los días a las seis de la mañana».
Me quedé paralizada.
Una vez más.
Pero esta vez por una razón completamente distinta.
¿Cómo? ¿Que sabe quién soy?¿Que me reconoce?¿Que se ha fijado en que vamos todos los días a la misma hora?Volví a leerlo.
Y otra vez.
Y otra.
No era una declaración de amor.
Ni una insinuación.
Ni siquiera un comentario especialmente romántico.
Era una respuesta sencilla.
Natural.
Pero para mí significaba muchísimo.
Porque durante meses había imaginado que era prácticamente invisible para ella.
Una mujer más entre las máquinas.
Una cara cualquiera entre las personas que entrenaban a primera hora.
Y ahora descubría que sabía perfectamente quién era.
Sonreí de una manera tan exagerada que terminé riéndome sola.
—¡Max! ¡Que sabe quién soy!Mi perro siguió durmiendo.
A esas alturas probablemente había decidido que mi vida sentimental no era asunto suyo.
Aquella noche no ocurrió nada extraordinario para el resto del mundo.
No hubo besos, ni abrazos, ni confesiones.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez, aquella historia tenía dos personas hablando.
Y yo no podía dejar de sonreír.
Una noche sin dormir Después de aquel primer intercambio de mensajes, mi curiosidad se multiplicó.
Empecé a mirar su perfil.
Sus fotografías.
Sus publicaciones.
Las imágenes en las que aparecía con amigas.
Intentaba descubrir pequeños detalles de su vida.
Pero había una pregunta que seguía sin respuesta.
¿Le gustarán las mujeres?No encontraba ninguna fotografía que me permitiera saber si tenía pareja.
Y, por supuesto, mi imaginación empezó a construir teorías.
Quizá era heterosexual.
Quizá bisexual.
Quizá nunca se había planteado tener una relación con una mujer.
Quizá sí.
También empecé a pensar en las diferencias culturales.
Había dado por hecho que era china, aunque todavía no lo había confirmado, y me preguntaba cómo viviría su orientación sexual o sus relaciones sentimentales.
Pero sabía demasiado poco sobre ella para sacar conclusiones.
Lo único real era que me había escrito.
Y que me había reconocido.
Todo lo demás eran preguntas.
Preguntas que me acompañaron hasta las cuatro de la madrugada.
Porque sí.
Aquella noche apenas dormí.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a aparecer su mensaje.
«Yo sí sé quién eres».
Y yo volvía a sonreír.
Dos perros y una película en mi cabeza El domingo amaneció y yo seguía en una especie de nube.
Volví a mirar su perfil.
Esta vez me detuve en unas fotografías que no había observado demasiado.
Tenía un perro.
Un pequeño perro de agua que todavía parecía un cachorro.
Era precioso.
Me hizo tanta gracia que terminé sonriendo frente a la pantalla.
—Mira, Max.
¡Tiene un perrito!Max me ignoró.
—¡Y es pequeño! ¡Seguro que os llevaríais bien!Mi imaginación, que nunca había necesitado demasiada ayuda para descontrolarse, empezó a trabajar.
Nos imaginé paseando por un parque.
Ella con su perro.
Yo con Max.
Los dos animales jugando.
Nosotras caminando juntas.
Hablando.
Riéndonos.
Quizá tomando algo en una terraza.
Y entonces me detuve.
—Pero vamos a ver, Rocío.
.
.
Me eché a reír.
Habíamos intercambiado unos pocos mensajes y yo ya estaba organizando paseos familiares con los perros.
Definitivamente, necesitaba tranquilizarme.
Aunque tampoco podía evitarlo.
Después de tantos años asociando las relaciones con sufrimiento, aquella ilusión inocente me parecía algo precioso.
No estaba enamorada.
Todavía no la conocía.
Pero me gustaba imaginar que quizá podía suceder algo bonito.
Y, por primera vez, esa posibilidad no me daba únicamente miedo.
También me hacía feliz.
El lunes más esperado de mi vida El despertador sonó demasiado pronto.
Era lunes.
Y había llegado el momento de enfrentarme a las consecuencias de mi gran aventura digital.
Tenía que volver al gimnasio.
Y ella estaría allí.
Por primera vez, la desconocida ya no era completamente desconocida.
Sabía quién era.
Habíamos hablado.
Y aquello convertía un encuentro cotidiano en una situación de máxima tensión para mi pobre sistema nervioso.
Me quedé unos minutos en la cama.
—No puedo.
Max levantó la cabeza.
—Que no puedo, Max.
Mi perro volvió a acomodarse.
Parecía estar completamente de acuerdo con la idea de quedarnos durmiendo.
Pero finalmente me levanté.
Me preparé.
Me coloqué los auriculares blancos.
Y salí.
Llegué un poco más tarde de lo habitual.
No voy a fingir que fue casualidad.
Mi estrategia consistía en entrar, hacer mis ejercicios y evitar cualquier situación que requiriera una conversación cara a cara.
Un plan impecable.
O eso creía.
Cuando entré, la vi.
Estaba al fondo del gimnasio.
Yo me quedé en la zona del principio.
Perfecto.
Distancia de seguridad.
Empecé a hacer mis ejercicios de fuerza con una concentración que probablemente habría impresionado a cualquier entrenador personal.
No porque estuviera especialmente motivada.
Sino porque quería terminar antes que ella.
Rápido, rápido, rápido.
Una máquina.
Otra.
Otra más.
Hasta que conseguí llegar a la elíptica.
Me subí.
Puse mi música.
Y empecé a moverme.
Ya está.
Todo controlado.
Entonces la vi acercarse.
Caminaba hacia las cintas de correr.
Las mismas de siempre.
Las que estaban delante de mí.
Mi corazón empezó a acelerarse.
No mires.
No mires.
No mires.
Y entonces ocurrió.
Pasó a mi lado.
Giró ligeramente la cabeza.
Y me saludó.
—Hola.
Una palabra.
Solo una.
Pero dicha por ella.
Directamente a mí.
Sin pantallas.
Sin Instagram.
Sin excusas.
—Hola —respondí.
Creo que mi voz salió con una mezcla de nerviosismo y sorpresa bastante poco elegante.
Sentí un calor inmediato subir desde el cuello hasta las mejillas.
Me estaba poniendo roja.
Muchísimo.
Y lo peor era que no podía hacer absolutamente nada para evitarlo.
Por favor, que no se dé cuenta.
Aunque, sinceramente, sospecho que hasta una persona situada al otro extremo del gimnasio habría podido notar el cambio de color de mi cara.
Ella continuó hacia la cinta.
Yo seguí en la elíptica.
Y durante varios minutos fui incapaz de pensar en otra cosa.
Me había saludado.
Después de siete meses.
Me había saludado.
Y yo había sobrevivido.
A duras penas, pero había sobrevivido.
Veinte minutos y una excusa Aquella mañana terminé antes de lo habitual.
Hice unos veinte minutos de elíptica y me marché.
Ella todavía seguía entrenando.
Yo tenía que volver a casa, sacar a Max, ducharme y prepararme para ir al hospital.
Me esperaba una jornada de trabajo intensa, con un montón de documentos acumulados sobre el escritorio.
Pero, sinceramente, pocas veces había ido a trabajar con tantas ganas de sonreír.
Cuando salí a pasear con Max, decidí pasar por la zona del gimnasio.
Una decisión absolutamente casual.
Por supuesto.
No tenía nada que ver con que quizá pudiera verla una vez más.
Nada en absoluto.
Miré discretamente hacia el interior.
Y allí estaba.
Seguía entrenando.
No creo que me viera.
Pero yo sí la vi.
Y continué caminando con una sonrisa que me acompañó durante buena parte de la mañana.
Se había fijado en mí A partir de aquel día empezaron a suceder pequeñas cosas.
Ella comenzó a dar «me gusta» a algunas de mis fotografías de Instagram.
Yo también a las suyas.
No eran grandes gestos.
Pero para mí cada notificación era una pequeña alegría.
Hasta que decidí volver a atreverme.
Le escribí.
«Hola, ¿qué tal ha ido el gym?»Una pregunta sencilla.
Normal.
Sin excusas absurdas.
Estaba progresando.
Me respondió que muy bien.
Y entonces añadió algo que me dejó completamente sorprendida.
«He visto que te has cambiado el look del pelo.
Te queda muy bien».
Me quedé mirando la pantalla.
¿Se ha fijado en mi pelo?Sonreí.
Y antes de que pudiera recuperarme de aquel comentario, llegó otro.
«Hoy solo has hecho veinte minutos en la elíptica, ¿no? Normalmente haces media hora».
Aquello sí que me dejó sin palabras.
¿Cómo?¿Que sabe cuánto tiempo hago de elíptica?¿Que se ha fijado en que normalmente hago treinta minutos?Durante meses había pensado que yo era la única que observaba pequeños detalles de la rutina de la otra.
Y ahora descubría que ella también había notado cosas de mí.
No sabía si aquello significaba algo especial.
Quizá simplemente era una persona observadora.
Quizá se fijaba en los hábitos de quienes entrenábamos a la misma hora.
Pero no pude evitar sentir una emoción inmensa.
Le expliqué que aquel día tenía mucho trabajo y necesitaba marcharme antes.
Entonces volvió a sorprenderme.
«Has estado tiempo sin venir al gimnasio».
Otra vez.
Otra pequeña observación.
Mi ausencia.
Mi pelo.
Mis minutos de elíptica.
Me había fijado en ella durante siete meses.
Y ahora empezaba a descubrir que, al menos en algunos aspectos, ella también se había fijado en mí.
Le conté que había estado de vacaciones con mi familia y que acababa de regresar.
La conversación continuó con naturalidad.
Sin grandes declaraciones.
Sin frases románticas.
Pero con algo que para mí era mucho más importante en aquel momento.
Interés por conocernos.
La profesora de chino Durante los días siguientes empezamos a hablar de más cosas.
El gimnasio.
El trabajo.
Las vacaciones.
Pequeños detalles cotidianos.
Hasta que una conversación me permitió descubrir a qué se dedicaba.
Era profesora de chino.
Me quedé mirando el mensaje.