Capítulo 3. La sonrisa que no pude olvidar
Hay personas que tardan siete meses en entrar en nuestra vida y apenas treinta minutos en ponerla completamente patas arriba.
Una versión de mí que empezaba a gustarme Dicen que las vacaciones sirven para descansar, desconectar y regresar con las pilas cargadas.
Yo volví de Andalucía con algo más.
Un corte de pelo nuevo, un armario que empezaba a parecer el de un hombre y unas ganas inmensas de descubrir qué pasaría cuando volviera a encontrarme con aquella desconocida del gimnasio.
Había pasado un mes sin verla.
Treinta días.
Setecientas veinte horas.
No es que las hubiera contado, evidentemente.
Bueno.
Quizá alguna que otra vez.
Durante aquellas vacaciones había aprovechado para hacer algunos cambios en mi apariencia.
Me rapé todavía más los laterales de la cabeza, dejando únicamente el cabello de la parte superior algo más largo.
Me hice dos pequeñas rayas en uno de los lados, de esas que llevan los jóvenes y que, según mi madre, eran demasiado modernas.
Y las mechas rubias desaparecieron.
Ahora las puntas eran blancas.
Blanquísimas.
Me miré al espejo después de salir de la peluquería.
Giré la cabeza hacia un lado.
Después hacia el otro.
Sonreí.
—¡Ahora sí!
Por primera vez en mucho tiempo, aquella mujer que me devolvía la mirada empezaba a parecerse a la que yo siempre había querido ser.
No era solamente el pelo.
También había cambiado mi manera de vestir.
Poco a poco había dejado de comprar ropa tradicionalmente femenina y había empezado a descubrir un estilo con el que me sentía mucho más cómoda.
Camisas de hombre.
Americanas.
Vaqueros.
Zapatillas de vestir masculinas.
Y hasta bóxers.
Aquello último había sido todo un descubrimiento.
Porque, sinceramente, ¿por qué nadie me había explicado antes lo cómodos que eran los bóxers de hombre?
Toda una vida sufriendo determinadas prendas de ropa para descubrir, casi a los cuarenta, que la felicidad también podía venir en forma de ropa interior.
Mi madre, al principio, me observaba con cierta extrañeza.
—¿Ahora te vas a vestir así?—Sí, mamá.
Me gusta.
Me miraba de arriba abajo.
Yo esperaba algún comentario.
Pero con el tiempo terminó acostumbrándose.
Y, para mi sorpresa, empezó a decirme que aquel estilo me quedaba bien.
Aquello me hizo feliz.
Aunque lo verdaderamente importante era que me gustaba a mí.
Empecé a caminar por la calle de otra manera.
Con los hombros más relajados.
La cabeza más alta.
Una seguridad que antes me costaba encontrar.
A veces tenía la sensación de que iba flotando.
No porque mi vida fuera perfecta.
Ni porque hubieran desaparecido todas mis inseguridades.
Sino porque, después de tantos años intentando encajar en expectativas ajenas, estaba descubriendo el placer de sentirme auténtica.
Y aquello era una sensación maravillosa.
Solo había un pequeño problema.
Seguía siendo incapaz de hablarle a una chica del gimnasio.
La noche de las brujas Regresé de vacaciones un sábado por la tarde.
Todavía tenía la maleta medio deshecha cuando unos amigos me propusieron salir.
En un barrio cercano celebraban una fiesta de brujas, con espectáculos, puestos medievales y actividades ambientadas en épocas antiguas.
—Vente, que te va a gustar —me dijeron.
Lo cierto era que las cosas de miedo nunca habían sido mi especialidad.
Arrastraba desde pequeña una experiencia que me había dejado bastante respeto por todo aquello relacionado con sustos, terror y situaciones oscuras.
Pero también llevaba tiempo aprendiendo algo importante.
No podía pasarme la vida dejando de hacer cosas por miedo.
Así que acepté.
Y menos mal.
La fiesta resultó ser una maravilla.
Las calles estaban llenas de gente, luces y música.
Había puestos de artesanía, decoración medieval y espectáculos de fuego que iluminaban las fachadas de los edificios.
Un grupo de mujeres representaba escenas relacionadas con las brujas de siglos pasados.
El ambiente tenía algo mágico.
Cenamos, tomamos algo y nos encontramos con conocidos a los que hacía tiempo que no veía.
Reí.
Conversé.
Disfruté.
Y durante unas horas conseguí dejar de pensar en el gimnasio.
Bueno.
Casi.
Porque el universo, al parecer, tenía otros planes.
Carlos y su teoría de los treinta minutos Cuando terminó la fiesta, varios amigos regresamos caminando.
La noche era agradable y todavía comentábamos algunas de las actuaciones que habíamos visto.
Entonces Carlos se acercó a mí.
—Oye, he escuchado algo de una chica del gimnasio.
Lo miré.
—¿Qué has escuchado?—Que llevas un montón de tiempo detrás de una chica asiática.
Cuéntame.
Me eché a reír.
—Madre mía, ¿pero esto ya lo sabe toda la ciudad?—Venga, cuenta.
Y empecé.
Le expliqué que hacía meses que coincidíamos en el gimnasio, que me parecía guapísima, que nunca habíamos hablado y que incluso creía haber encontrado su Instagram.
Carlos me escuchaba con una sonrisa.
—¿Y la has seguido?—No.
—¿Por qué?—Porque me da vergüenza.
—¿Vergüenza de qué?—¡Pues de que sepa quién soy!Carlos se detuvo un instante.
—Pero vamos a ver, ¿no quieres conocerla?—¡Claro que quiero!—Pues dale a seguir.
Lo miré como si acabara de proponerme saltar desde un avión sin paracaídas.
—¡Anda ya!—Hazme caso.
Dale a seguir y te va a aceptar.
—Que no, hombre.
Que igual ni sabe quién soy.
Carlos sonrió con una seguridad que me pareció completamente injustificada.
—Te digo una cosa.
Le das a seguir y en menos de media hora te escribe.
Solté una carcajada.
—¡Sí, hombre! ¿Y qué más? —Ya lo verás.
—Carlos, que llevamos siete meses sin hablar.
¡Siete meses!—Pues ya va siendo hora.
Aquella frase se quedó dando vueltas en mi cabeza.
Ya va siendo hora.
No sé por qué aquella noche sus palabras consiguieron algo que los consejos de mis amigas no habían logrado durante meses.
Quizá era porque había regresado de vacaciones sintiéndome diferente.
Quizá porque estaba cansada de imaginar posibilidades sin atreverme a descubrir ninguna.
O quizá porque Carlos tenía una capacidad extraordinaria para decir las cosas con una seguridad contagiosa.
El caso es que, por alguna razón, decidí hacerle caso.
El botón Nos despedimos y regresé a casa.
Eran aproximadamente las diez de la noche.
Antes de acomodarme, saqué a Max a dar su paseo.
Mientras caminábamos, mi cabeza empezó a trabajar a una velocidad preocupante.
¿Y si le doy a seguir?¿Y si me acepta?¿Y si el lunes me la encuentro?¿Y si piensa que soy una pesada?
Max caminaba tranquilamente a mi lado, completamente ajeno al drama sentimental que estaba desarrollándose a pocos centímetros de su correa.
—Tú qué dices, Max, ¿lo hago?Me miró.
Después siguió olisqueando una esquina.
Un apoyo emocional extraordinario.
Cuando regresamos a casa, me cambié de ropa y me puse cómoda.
Encendí la televisión.
Tenía pendiente un nuevo capítulo de mi serie tailandesa y estaba decidida a disfrutarlo.
Pero antes hice algo.
Cogí el móvil.
Abrí Instagram.
Busqué aquel perfil que llevaba semanas mirando.
DaiNa.
Ahí estaba.
La misma fotografía.
El mismo nombre.
El mismo botón.
Seguir.
Noté cómo me aceleraba el corazón.
Respiré profundamente.
—Venga, mujer.
Que no estás pidiendo matrimonio.
Y pulsé.
Durante unos segundos me quedé observando la pantalla.
Nada.
Dejé el móvil sobre el sofá.
Lo volví a coger.
Lo bloqueé.
Lo desbloqueé.
Miré otra vez.
Nada.
—Bueno, pues ya está —murmuré—.
Ahora solo falta que no me dé un infarto antes del lunes.
Intenté concentrarme en la televisión.
Las protagonistas de mi serie estaban viviendo uno de aquellos momentos románticos que tanto me gustaban.
Pero yo apenas podía seguir la trama.
Porque, por primera vez en siete meses, había hecho algo que podía cambiar aquella historia.
Aunque fuera algo tan pequeño como pulsar un botón.
Carlos tenía razón No sé exactamente cuánto tiempo pasó.
Solo recuerdo que, antes de empezar realmente a ver el capítulo, miré el móvil.
Y allí estaba.
Una notificación.
Después otra.
Me incorporé en el sofá.
Abrí los ojos.
Leí.
Volví a leer.
DaiNa había empezado a seguirme.
Y había algo más.
Me había enviado un mensaje.
Me quedé completamente inmóvil.
—No puede ser.
Miré la hora.
Carlos había acertado.
No había pasado ni media hora.
—¡No puede ser! ¡No puede ser!Max levantó la cabeza desde su manta.
—¡Max! ¡Me ha escrito!Mi perro me observó con esa expresión de absoluta resignación que parecía decir:Otra vez esta mujer haciendo cosas raras.
Sentí el corazón golpearme el pecho.
Las manos me temblaban.
Tenía calor.
Mucho calor.
Y todavía no había abierto el mensaje.
¿Qué hago?¿Lo leo?¿Espero?¿Y si me pregunta quién soy?Aquella última posibilidad me parecía especialmente aterradora.
Finalmente respiré profundamente y abrí la conversación.
El mensaje decía:«Hola, ¿quién eres?»Me quedé mirando aquellas tres palabras.
Durante siete meses había imaginado cientos de posibles conversaciones con ella.
Había ensayado saludos.
Había pensado excusas.
Había inventado encuentros casuales.
Pero nunca había preparado una respuesta para una pregunta tan sencilla.
¿Quién eres?Una pregunta perfectamente razonable.
Y yo, que sabía perfectamente quién era, de repente parecía haberlo olvidado.
Mi primer asesor sentimental fue una inteligencia artificialHice lo que cualquier mujer adulta, madura y completamente segura de sí misma habría hecho en aquella situación.
Entré en ChatGPT.
Sí.
Después de siete meses esperando una oportunidad para hablar con la mujer que me gustaba, mi primera reacción fue pedirle consejo a una inteligencia artificial.
—A ver, Chat, necesito ayuda —murmuré mientras escribía.
Le expliqué que había una chica del gimnasio que me gustaba, que acababa de seguirla en Instagram y que ella me había preguntado quién era.
La respuesta fue bastante razonable.
Algo parecido a:«Hola, soy Rocío, la chica del gimnasio.
Coincidimos todas las mañanas a las seis».
Me quedé mirando la propuesta.
—¡Pero cómo le voy a decir eso!Era una respuesta lógica.
Sincera.
Normal.
Precisamente por eso me parecía imposible.
Si le decía que era la chica del gimnasio, estaría reconociendo que la había buscado.
Y si reconocía que la había buscado, quizá pensaría que me gustaba.