Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 2. Una mirada más de la cuenta #2
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Capítulo 2. Una mirada más de la cuenta #2

Probablemente porque no tenía ninguna razón para estar en ninguno de aquellos lugares.

Pero mi imaginación ya había decidido que aquella mujer era el misterio más importante de mi ciudad.

Y yo, al parecer, me había convertido en una detective pésima.

La búsqueda Fue entonces cuando apareció una idea que llevaba tiempo rondándome la cabeza.

¿Y si la encuentro en Instagram?Parecía sencillo.

La ciudad no era infinita.

Tenía que existir alguna manera de localizarla.

Empecé a buscar perfiles relacionados con academias privadas de chino, cuentas de actividades culturales y páginas que imaginaba que quizá pudiera seguir.

No conocía su nombre.

No sabía dónde trabajaba.

No sabía prácticamente nada.

Era como buscar una aguja en un pajar.

Una aguja preciosa.

Con el pelo oscuro.

Que corría en una cinta a las seis de la mañana.

Pero una aguja, al fin y al cabo.

También empecé a interesarme cada vez más por vídeos sobre China, sus costumbres, su idioma y su cultura.

Me gustaba descubrir cosas nuevas, aunque seguía sin tener ninguna confirmación de que ella fuera realmente china.

Hasta que un día ocurrió.

Estaba mirando perfiles cuando apareció una fotografía.

Me detuve.

Entrecerré los ojos.

Acerqué el móvil.

Volví a mirar.

Espera un momento.

.

.

Había algo familiar en aquella cara.

La imagen era pequeña y no se distinguía demasiado bien.

Pero el parecido era suficiente para hacerme sentir un vuelco en el estómago.

El nombre del perfil era peculiar.

DaiNa.

Lo leí varias veces.

DaiNa.

DaiNa.

DaiNa.

Sonaba bonito.

Y, como buena detective sentimental sin ningún tipo de experiencia, decidí investigar también el nombre.

Encontré interpretaciones que asociaban sus sonidos con juventud y elegancia, aunque no podía saber qué significaba realmente sin conocer los caracteres chinos con los que se escribía.

Pero mi imaginación ya había hecho su propia traducción.

Joven y elegante.

Sonreí.

Porque, si aquella mujer era realmente la chica del gimnasio, la palabra elegante parecía hecha para ella.

Había personas cuya belleza llamaba la atención.

Pero ella tenía algo más.

Una forma de moverse.

De estar.

De ocupar el espacio sin buscar protagonismo.

Para mí, su sola presencia conseguía iluminar aquella sala llena de máquinas, espejos y personas medio dormidas.

Volví a mirar el perfil.

Y entonces descubrí el problema.

Era privado.

Por supuesto.

Porque aquella historia no podía ponerme las cosas fáciles.

El botón más peligroso de Instagram Me quedé mirando la pantalla.

Debajo de su fotografía aparecía un pequeño botón.

Seguir.

Una sola palabra.

Una acción que millones de personas realizan cada día sin pensarlo demasiado.

Pero para mí aquel botón tenía aproximadamente el mismo nivel de dificultad que escalar el Everest sin preparación.

¿Y si no es ella?¿Y si sí es ella?¿Y si acepta?¿Y si no acepta?¿Y si mañana me reconoce en el gimnasio?Aquella última posibilidad me provocó un escalofrío.

Porque había algo que mis amigas no terminaban de comprender.

Yo podía imaginarme viviendo una historia de amor maravillosa.

Podía pasar horas viendo series románticas.

Podía hablar de aquella chica durante siete meses.

Pero cuando llegaba el momento de exponerme a un posible rechazo, todas mis inseguridades volvían a aparecer.

La mujer que había conseguido salir de relaciones dolorosas, reconstruir su vida, empezar de cero y aprender a quererse un poco más seguía teniendo miedo de no ser suficiente para alguien que le gustaba.

Era una contradicción que me costaba aceptar.

Pero allí estaba.

Mirándome desde la pantalla del móvil.

Un mes para decidir Se acercaban mis vacaciones.

Iba a viajar a Andalucía para pasar unas semanas con mi familia.

Un mes entero lejos del gimnasio.

Un mes sin verla.

Y entonces apareció lo que, durante unos minutos, me pareció un plan brillante.

¿Y si le doy a seguir ahora?Total, no volveríamos a coincidir durante semanas.

Quizá aceptaría la solicitud.

Quizá no.

Y, si la situación resultaba incómoda, habría pasado suficiente tiempo para que se olvidara.

Me imaginé pulsando el botón.

Vi mentalmente la notificación.

Sentí el corazón acelerarse.

Después imaginé el regreso al gimnasio.

Ella mirándome.

Yo reconociendo que había encontrado su perfil.

La vergüenza.

El silencio.

Las ganas de salir corriendo.

Y entonces lo comprendí.

Si pulsaba aquel botón y después me sentía rechazada o expuesta, existía una posibilidad muy real de que no volviera a pisar aquel gimnasio.

Me conocía demasiado bien.

Y no estaba dispuesta a perder algo que me había costado tanto construir.

Porque aquel lugar ya no era solamente el sitio donde veía a una chica guapa.

Era el lugar donde había empezado a recuperar mi cuerpo, mi disciplina y mi confianza.

Así que hice lo que llevaba siete meses haciendo.

Nada.

No envié la solicitud.

No escribí ningún mensaje.

No intenté acercarme.

Simplemente bloqueé el móvil y seguí con mi vida.

O, al menos, lo intenté.

Porque durante aquellas vacaciones, entre comidas familiares, conversaciones y momentos de descanso, mi cabeza volvía una y otra vez a la misma pregunta.

¿Será ella?A veces abría Instagram.

Buscaba el perfil.

Observaba aquella fotografía diminuta.

Y volvía a cerrar la aplicación.

Una vez.

Otra.

Y otra más.

Me hacía gracia pensar que complicadísimas en mi trabajo y, sin embargo, fuera incapaz de tocar una pantalla.

podía enfrentarme a situaciones

Pero lo cierto era que tenía miedo.

Miedo al rechazo.

Miedo a hacer el ridículo.

Miedo a perder aquella pequeña ilusión que se había convertido en una parte importante de mis mañanas.

Y quizá, aunque todavía no quisiera reconocerlo, miedo a volver a sentir algo por alguien.

Porque enamorarse siempre implica arriesgarse.

Y yo llevaba demasiado tiempo intentando no volver a romperme.

Aquella noche, antes de dormir, abrí Instagram una última vez.

Su perfil seguía allí.

Su fotografía.

Su nombre.

Y aquel botón que parecía desafiarme.

Seguir.

Lo observé durante unos segundos.

Después apagué la pantalla.

—Buenas noches, DaiNa —susurré, casi riéndome de mí misma.

No sabía si aquel era su nombre.

No sabía si realmente era ella.

No sabía si algún día llegaríamos a conocernos.

Pero había algo de lo que empezaba a estar segura.

Después de siete meses, aquella desconocida ya había conseguido algo que yo creía imposible.

Había vuelto a despertar en mí las ganas de enamorarme.

Y todavía no habíamos cruzado ni una sola palabra.