Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 2. Una mirada más de la cuenta
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Capítulo 2. Una mirada más de la cuenta

Hay personas con las que nunca hemos cruzado una palabra y, sin embargo, terminan convirtiéndose en las protagonistas de todas nuestras conversaciones.

Siete meses de cobardía romántica Dicen que el amor a primera vista existe.

Yo no sé si creo demasiado en eso.

Lo que sí puedo asegurar es que existe algo mucho más peligroso: enamorarte de una desconocida sin haber intercambiado una sola palabra con ella y convertir a todas tus amigas en espectadoras involuntarias de tu particular telenovela.

Porque aquello ya no era una simple atracción.

Era una serie de siete temporadas.

Sin beso.

Sin conversación.

Y, lo que era todavía más preocupante, sin que una de las protagonistas supiera que estaba participando.

Habían pasado siete meses desde que empecé a fijarme en aquella chica del gimnasio.

Siete.

Meses.

Doscientos y pico días en los que había conseguido aprender a utilizar máquinas de musculación, aumentar mi resistencia física, mejorar mis hábitos y empezar a sentirme orgullosa de mi cuerpo.

Pero seguía siendo incapaz de pronunciar dos palabras.

Buenos días.

Dos palabras.

Once letras.

Una misión absolutamente imposible.

Cada mañana, a las seis, comenzaba mi particular ritual.

Entraba en el gimnasio intentando aparentar la seguridad de una mujer adulta, independiente y emocionalmente estable.

Y entonces aparecía ella.

Y toda aquella madurez desaparecía como por arte de magia.

Mi cerebro dejaba de funcionar con normalidad.

Las manos me sudaban.

Y mi capacidad para comportarme como una persona mínimamente interesante se reducía prácticamente a cero.

Lo peor era que ella no hacía absolutamente nada para provocarlo.

Simplemente existía.

Y, al parecer, eso era suficiente para desestabilizar todo mi sistema nervioso.

El comité de investigación sentimental Si había algo que se había convertido en una tradición durante aquellos meses, era el café de primera hora en el hospital.

Después de cansancio información sobre los hábitos deportivos de una mujer desconocida.

entrenar, llegaba

y una cantidad al trabajo con mi mochila, mi completamente innecesaria de

Mi amiga Cristina solía ser la primera en escuchar el informe.

—Buenos días —me decía.

—Buenos días.

Me miraba.

Yo la miraba.

Y entonces llegaba la pregunta inevitable.

—Bueno, ¿qué? ¿Hoy la has visto?Aquella pregunta era el equivalente a pulsar un botón.

— ¡Sí! Hoy estaba haciendo piernas.

Después se ha ido a la cinta y luego ha empezado a estirar.

Cristina, tú no sabes cómo estira esa mujer.

Cristina levantaba las cejas mientras removía el café.

—¿Y has hablado con ella?Silencio.

—No.

—¿La has saludado?—Tampoco.

—¿Te ha mirado?—Bueno.

.

.

creo que sí.

—¿Crees?—A ver, ha girado la cabeza hacia donde estaba yo.

—¿Y tú qué has hecho?—Mirar la pantalla de la elíptica.

Cristina dejó la cucharilla sobre la mesa.

—Eres un caso perdido.

—¡Es que me da vergüenza!—¡Pero si llevas meses viéndola!—Precisamente.

Ahora sería rarísimo saludarla de repente.

Cristina me observó unos segundos.

—O sea, que el primer día era demasiado pronto y ahora es demasiado tarde.

—Exacto.

—¿Tú te escuchas cuando hablas?No.

Y probablemente era mejor así.

Con el paso de las semanas, aquellas conversaciones dejaron de ser exclusivas de Cristina y mías.

Carmen empezó a incorporarse al comité.

Después Patricia.

Y, sin que nadie lo hubiera organizado formalmente, nació lo que yo llamaba mentalmente la Comisión de Asuntos Asiáticos del Hospital.

No teníamos presidenta.

No teníamos presupuesto.

Pero teníamos reuniones diarias y una cantidad preocupante de entusiasmo.

—A ver —intervenía Carmen—.

¿Por qué no le preguntas cómo funciona una máquina?—Porque sé cómo funciona.

—Pues haces como que no sabes.

—¿Y si se da cuenta?Patricia se echaba a reír.

—¡Pues que se dé cuenta! ¡Ese es precisamente el objetivo!—No, no, no.

Vosotras no lo entendéis.

Yo quiero hablar con ella, pero sin que se note que quiero hablar con ella.

Las tres me miraban.

—Eso no tiene ningún sentido —sentenció Cristina.

Y tenía razón.

Pero en mi cabeza era un plan perfectamente razonable.

Yo quería que sucediera algo.

Un encuentro casual.

Una conversación espontánea.

Un pequeño accidente sin consecuencias físicas.

Cualquier situación en la que el universo hiciera todo el trabajo y yo solo tuviera que sonreír.

Lo que no estaba dispuesta a hacer era dar el primer paso.

Eso ya era pedir demasiado.

Las seis de la mañana también pueden ser peligrosas Un día, mientras tomábamos café, Cristina dejó su taza sobre la mesa con una expresión que no me gustó nada.

Conocía aquella mirada.

Era la mirada de alguien que acababa de tener una idea.

Y, cuando Cristina tenía una idea relacionada con mi vida sentimental, normalmente significaba problemas.

—Mira, te voy a decir una cosa.

—No me gusta cómo empieza esa frase.

—Si tú no te atreves a hablar con ella, vamos a ir nosotras.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo que vais a ir vosotras?Carmen sonrió.

Aquella sonrisa tampoco me gustó.

—Pues un día nos presentamos a las seis de la mañana en el gimnasio.

—¿Perdona?—La buscamos, nos acercamos y le decimos que tenemos una amiga que quiere conocerla.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¡Ni se os ocurra!Cristina empezó a reírse.

—Pues espabila.

—¡Que no! ¡Que me muero de vergüenza!—No te vas a morir por hablar con una chica.

—¡Vosotras no sabéis de lo que soy capaz! ¡Como aparezcáis allí, me cambio de gimnasio!—Perfecto —respondió Carmen—.

Así por lo menos haces algo diferente.

Aquello provocó una carcajada general.

Yo también terminé riéndome, aunque por dentro estaba haciendo cálculos.

¿Serían capaces?Absolutamente.

¿Tenían la suficiente poca vergüenza para presentarse allí a las seis de la mañana?Sin ninguna duda.

¿Podría sobrevivir emocionalmente a semejante situación?

No estaba segura.

Desde aquel día, cada vez que entraba en el gimnasio, una parte de mí temía encontrar a Cristina y Carmen escondidas detrás de una máquina de musculación.

Porque una cosa era tener amigas que te apoyaran.

Y otra muy distinta tener amigas dispuestas a organizar una intervención sentimental antes de que saliera el sol.

Las clases de lesbianismo tailandés Pero nuestras mañanas no se limitaban a hablar de la desconocida.

Había otro asunto que despertaba un interés creciente entre mis compañeras: mis series tailandesas.

Aquellas historias se habían convertido en mi pequeña adicción.

Me encantaban las protagonistas, sus miradas, la tensión romántica, las escenas en las que parecía que iban a besarse y tardaban tres capítulos en hacerlo.

Aunque había que reconocer que, cuando finalmente se besaban, las directoras tailandesas sabían perfectamente cómo recompensar la paciencia del público.

Una mañana saqué el móvil durante el café.

—Cristina, tienes que ver esta escena.

—¿Otra serie de esas tuyas?—Sí, pero esta es buenísima.

—Eso me lo dices de todas.

—Porque todas son buenísimas.

Pulsé el vídeo.

En la pantalla aparecieron dos mujeres protagonizando una escena romántica bastante más intensa de lo que Cristina esperaba encontrarse a primera hora de la mañana.

Sus ojos se abrieron como platos.

—¡Joder! ¡Pero qué escenas!Yo no podía parar de reír.

—¿A que sí?Cristina siguió mirando la pantalla unos segundos.

Después me miró a mí.

Y soltó una frase que todavía hoy recuerdo con una sonrisa.

—¡Hasta yo me hago lesbiana!Estallé en carcajadas.

—¡Ves! ¡Si es que estas series son maravillosas!Carmen se acercó para mirar.

Patricia también.

Y allí estábamos las cuatro, en pleno hospital, tomando café y analizando una escena romántica tailandesa como si estuviéramos participando en un congreso internacional sobre relaciones afectivas.

Lo más divertido era que después de aquellas escenas siempre acabábamos volviendo al mismo tema.

—Bueno —decía Cristina—, ¿y tú cuándo vas a vivir una de esas?—Cuando encuentre una protagonista que quiera participar.

—¡Pero si tienes una en el gimnasio!—¡Que no sé si le gustan las mujeres!—¡Pues pregúntaselo!—Claro, Cristina.

Mañana me acerco y le digo: «Hola, buenos días, ¿eres lesbiana?».

—Pues tampoco hace falta ser tan directa.

—¡Ah! Menos mal.

Y otra vez las risas.

Aquellas conversaciones eran una parte preciosa de mis días.

Porque, después de tantos años en los que había vivido pendiente de problemas, miedos y tristezas, volvía a tener algo que contar con ilusión.

Algo que me hacía reír.

Algo que, aunque fuera una fantasía completamente unilateral, me recordaba que todavía era capaz de sentir mariposas en el estómago.

Y eso, para mí, significaba muchísimo.

Una desconocida llamada imaginación Con el paso de los meses empecé a hacerme preguntas sobre ella.

¿De dónde sería?¿A qué se dedicaría?¿Tendría pareja?¿Le gustarían las mujeres?Aquella última pregunta era la que más me preocupaba.

En mi cabeza había decidido, sin ninguna prueba, que seguramente era heterosexual.

Porque claro, ¿qué posibilidades había de que aquella mujer tan guapa, que entrenaba a las seis de la mañana y que ni siquiera sabía que yo existía sentimentalmente, también se sintiera atraída por las mujeres?

Mi autoestima había mejorado.

Pero mi imaginación seguía siendo especialista en inventar rechazos antes de que ocurrieran.

Y también era especialista en inventar profesiones.

Por alguna razón que hoy me resulta bastante absurda, empecé a pensar que quizá trabajaba en un restaurante chino.

O en un bazar.

O que daba clases de chino.

No tenía absolutamente ningún motivo para creerlo.

Simplemente había asumido que era china y mi cerebro había empezado a construir una biografía entera a partir de aquella suposición.

Ahora sé que estaba recurriendo a estereotipos sin darme cuenta, pero entonces ni siquiera era consciente de ello.

El resultado era bastante cómico.

Cada vez que pasaba por delante de un restaurante chino, miraba discretamente hacia el interior.

¿Y si trabaja aquí?Si veía un establecimiento con productos asiáticos, volvía a mirar.

¿Y si está ahí?Y cuando pasaba por algún bar, me sorprendía buscando entre las personas que trabajaban dentro.

Por supuesto, nunca la encontraba.