Aquella desconocida del Gimnasio Capítulo 1. Aquella desconocida del gimnasio
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Aquella desconocida del Gimnasio

Aquella desconocida del Gimnasio

Por Roco Toral Caldern

© inepub.com

Capítulo 1. Aquella desconocida del gimnasio

Hay días que parecen uno más en el calendario, hasta que el tiempo nos demuestra que

fueron el principio de algo que jamás imaginamos.

El 25 de octubre no fue un día cualquiera.

Aunque entonces todavía no lo sabía.

Recuerdo perfectamente aquella mañana.

El despertador sonó demasiado pronto, como si tuviera algún tipo de venganza personal pendiente conmigo.

Eran poco más de las cinco y, mientras tanteaba la mesita de noche buscando el móvil, una voz en mi cabeza empezó a enumerar todas las razones por las que debería quedarme en la cama.

Hace frío.

Estás cansada.

No sabes utilizar las máquinas.

Todo el mundo va a mirarte.

Y la peor de todas:¿Qué hace una mujer como tú en un gimnasio?Me quedé mirando el techo durante unos segundos.

Tenía ciento veinte kilos, una autoestima que apenas empezaba a recuperarse y una colección de inseguridades que llevaba años acumulando.

Nunca había sido especialmente amable conmigo misma.

Mi cuerpo había sido durante demasiado tiempo el lugar donde escondía todo aquello que no sabía expresar con palabras.

Pero aquella mañana había algo diferente.

Quizá estaba cansada de esconderme.

Quizá, después de tanto tiempo sobreviviendo, había llegado el momento de empezar a vivir.

O quizá simplemente había pagado la cuota del gimnasio y mi parte más catalana se negaba a desperdiciar el dinero.

Sonreí ante aquel pensamiento.

—Venga, levántate —me dije en voz alta—.

Que nadie va a hacer las sentadillas por ti.

Desde el otro lado de la cama, Max levantó la cabeza.

Mi pequeño chihuahua me observó con esa expresión que solo los perros saben poner cuando consideran que sus humanos han perdido definitivamente la cabeza.

—Ya lo sé, cariño.

Yo tampoco entiendo qué hago levantándome a estas horas.

Max volvió a acomodarse entre las mantas.

Él tenía muy claras sus prioridades.

Yo todavía estaba aprendiendo a encontrar las mías.

Las cicatrices que nadie veía Había pasado demasiado tiempo intentando reconstruirme.

Durante años confundí el amor con la necesidad de ser querida.

Me entregué a relaciones que fueron apagando partes de mí hasta que llegó un momento en que apenas reconocía a la mujer que veía reflejada en el espejo.

Mi primera relación me dejó la amarga sensación de haber sido utilizada.

La segunda estuvo marcada por el miedo, el control y una violencia que todavía me costaba nombrar sin sentir un nudo en el estómago.

Con aquella mujer también había soñado con ser madre.

Habíamos iniciado un tratamiento de reproducción asistida mediante el método ROPA y, durante unas semanas, llevé dentro de mí dos pequeñas vidas.

Dos corazones que imaginé escuchar.

Dos nombres que nunca llegué a pronunciar.

Dos futuros que desaparecieron antes de que pudiera abrazarlos.

Perder aquel embarazo, cerca del tercer mes, fue uno de los dolores más difíciles de mi vida.

No solo perdí a mis bebés.

Perdí también una versión de mi futuro que había construido con una ilusión inmensa.

Y, sin embargo, todavía me quedaba por descubrir que aquella relación podía hacerme mucho más daño.

No voy a contar que fui valiente todos los días, porque no sería verdad.

Hubo días en los que tuve miedo.

Días en los que pensé que no conseguiría salir.

Días en los que me convencí de que quizá aquella era la vida que me había tocado.

Hasta que una agresión estuvo a punto de arrebatármela.

Aquello cambió algo dentro de mí.

Comprendí que, si me quedaba, quizá no habría una próxima oportunidad.

Me marché.

Y conmigo vino Max.

Aquel pequeño chihuahua no sabía nada de relaciones tóxicas, traumas ni reconstrucciones emocionales.

Solo sabía que yo era su persona y que, mientras estuviéramos juntos, siempre habría un hogar.

Después llegó otra relación.

Una mujer catalana preciosa, de esas que parecen iluminar una habitación cuando entran.

Durante cuatro años intenté construir una historia diferente, pero nuestras dificultades emocionales terminaron convirtiéndose en una distancia imposible de salvar.

Cuando nos separamos, sentí una tristeza extraña.

No era únicamente el dolor de perder a alguien.

Era el cansancio de volver a empezar, otra vez.

Cuando la vida decidió detenerse Por entonces había conseguido algo que me hacía sentir orgullosa: empezar a trabajar en un hospital.

Me gustaba mi trabajo.

Me gustaba sentirme útil, conocer personas nuevas y tener una rutina que no girara alrededor de una relación sentimental.

Por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que las cosas empezaban a encajar.

Pero la vida tiene una forma cruel de recordarnos que no controlamos absolutamente nada.

Apenas llevaba dos meses trabajando cuando mi padre falleció repentinamente.

Todavía hoy hay momentos en los que me cuesta escribir esa frase.

Mi padre murió.

Tres palabras.

Tan pequeñas.

Tan definitivas.

Su ausencia cambió el sonido de los días, las reuniones familiares y hasta la manera en que entendía el tiempo.

De repente, todos aquellos problemas que me habían parecido enormes se volvieron insignificantes frente a una realidad que no podía modificar.

Ya no volvería a escucharlo.

No volvería a abrazarlo.

No volvería a tener la oportunidad de contarle tantas cosas que había dejado para otro día.

Y descubrí que el peor enemigo del amor, a veces, es creer que siempre tendremos tiempo.

Durante meses funcioné casi por inercia.

Trabajaba.

Volvía a casa.

Cumplía con mis obligaciones.

Sonreía cuando tocaba sonreír.

Pero por dentro estaba en otro lugar.

Un lugar oscuro del que no sabía cómo salir.

Finalmente decidí mudarme y vivir sola.

También cerré definitivamente la puerta a mi última relación.

Necesitaba silencio.

Necesitaba espacio.

Necesitaba descubrir quién era cuando no estaba intentando salvar a otra persona.

Y, sobre todo, necesitaba aprender a salvarme a mí misma.

Volver a encontrarme La terapia psicológica fue uno de los caminos más importantes de aquella reconstrucción.

Durante dos años aprendí a poner nombre a emociones que llevaba demasiado tiempo escondiendo.

Aprendí que decir «no» no me convertía en una mala persona.

Que querer a alguien no significaba aceptar cualquier comportamiento.

Que la soledad no siempre era un castigo.

Y que mi cuerpo no tenía que cumplir las expectativas de nadie para merecer respeto.

No fue un proceso mágico.

No me desperté una mañana convertida en una mujer completamente segura de sí misma.

Seguía teniendo complejos.

Seguía evitando algunos espejos.

Seguía sintiendo vergüenza al imaginar que alguien pudiera observarme mientras hacía ejercicio.

Pero había empezado a adelgazar y, con cada pequeño avance, recuperaba algo que creía perdido: la confianza en mí misma.

En el hospital también comenzaron a surgir amistades.

Personas con las que podía reír, compartir un café o salir a tomar algo sin sentir que debía justificar mi felicidad.

Volví a hacer planes.

Volví a arreglarme porque me apetecía.

Volví a reírme a carcajadas.

Y una noche, mientras buscaba algo que ver en televisión, descubrí un universo que no sabía que necesitaba: las series tailandesas de romance entre mujeres.

Al principio pensé que vería un capítulo.

Solo uno.

Tres horas después seguía frente a la pantalla, completamente enganchada a una historia de amor que me hacía sonreír como una adolescente.

—Madre mía, qué guapas son estas chicas —murmuré.

Max, desde el sofá, ni se inmutó.

Pronto empecé a descubrir más series, actrices y canciones.

Me fascinaban aquellas historias y la manera en que sus protagonistas expresaban el amor a través de pequeños gestos y miradas interminables.

Y sí, también desarrollé una debilidad bastante evidente por las mujeres asiáticas.

No sabía si era culpa de las series, de mi amor incondicional por la comida china o de que simplemente había descubierto un tipo de belleza que me atraía especialmente.

Probablemente una mezcla de todo.

Lo que no imaginaba era que aquella nueva fascinación terminaría cruzándose con mi vida real.

Y mucho menos a las seis de la mañana.

Las seis de la mañana El gimnasio estaba a pocos pasos de mi casa.

Esa había sido una de las razones para apuntarme.

Cuantas menos excusas tuviera para no ir, mejor.

Aquella primera mañana crucé la puerta con una mezcla de vergüenza y determinación.

El sonido de las pesas, las máquinas y la música ambiental me recibió como si hubiera entrado en un mundo al que todavía no pertenecía.

Miré a mi alrededor.

Había personas que parecían saber exactamente qué hacer.

Mujeres que levantaban pesos con una seguridad envidiable.

Hombres que caminaban entre las máquinas como si llevaran toda la vida allí.

Y luego estaba yo.

Con mis ciento veinte kilos.

Mis auriculares.

Y unas ganas inmensas de salir corriendo.

Todo el mundo va a mirarte.

Aquella voz volvió a aparecer.

Pero esta vez decidí no escucharla.

Busqué una máquina que me pareciera sencilla, coloqué mi botella de agua y me puse los auriculares.

Empezó a sonar BLACKPINK.

Sonreí.

—Vale, chicas.

Hoy me vais a tener que ayudar.

La música empezó a hacer su trabajo.

Un ejercicio.

Otro.

Una pausa para respirar.

Una mirada disimulada al dibujo de instrucciones de la máquina, intentando entender si estaba trabajando las piernas o a punto de desmontarme la espalda.

Poco a poco empecé a relajarme.

Nadie parecía estar pendiente de mí.

Cada persona estaba concentrada en su propio entrenamiento.

Y por primera vez entendí algo que hasta entonces no había conseguido creer:Quizá el gimnasio no era un lugar al que debía acudir cuando tuviera un cuerpo diferente.

Quizá era precisamente el lugar al que podía acudir para empezar a cuidarlo.

Ella No recuerdo exactamente qué día la vi por primera vez.

Solo recuerdo que, de pronto, empecé a notar su presencia.

Era una chica asiática.

Guapísima.

De esas personas que llaman la atención sin necesidad de hacer absolutamente nada.

No sabía de dónde era.

Podía ser china, coreana, japonesa, tailandesa.

.

.

No tenía la menor idea.

Y, sinceramente, tampoco me importaba demasiado.

Lo único que sabía era que cada mañana aparecía por allí y que mis ojos parecían haber desarrollado una capacidad extraordinaria para localizarla entre todas las personas del gimnasio.

Ella tenía su rutina.

Siempre a una hora parecida.

Siempre concentrada en sus ejercicios.

Yo empecé a fijarme en las máquinas que utilizaba y, poco a poco, fui incorporando algunos ejercicios parecidos a mi entrenamiento, adaptándolos a lo que me resultaba cómodo.

Era una forma de aprender observando a alguien que parecía desenvolverse con naturalidad en aquel entorno.

Aunque, para qué engañarme, también era una excusa estupenda para mirarla de vez en cuando.

Mi parte racional intentaba mantener la compostura.

Concéntrate en entrenar.

Mi otra parte tenía una opinión bastante distinta.

Sí, sí.

Pero mira qué guapa es.

Y así transcurrían mis mañanas.

Entre pesas, canciones coreanas y alguna que otra distracción.

Cuando terminaba los ejercicios de fuerza, llegaba mi momento favorito: la elíptica.

Me subía a ella durante veinte o treinta minutos, dependiendo de las fuerzas que me quedaran.

Y allí ocurría algo que empezó a convertirse en una pequeña tradición silenciosa.

Ella se colocaba en una de las cintas de correr que había delante.

Yo pedaleaba.

Ella corría.

Y yo intentaba fingir que estaba absolutamente concentrada en los números de la pantalla.

No siempre lo conseguía.

A veces levantaba la vista durante apenas un segundo.

Observaba sus movimientos, su manera de entrenar, aquella concentración que parecía aislarla del resto del mundo.

Y volvía rápidamente a mirar hacia abajo.

No quería incomodarla.

Ni que pensara que la estaba observando.

Mucho menos que descubriera lo nerviosa que podía ponerme una mujer con la que ni siquiera había intercambiado una palabra.

Porque esa era la parte más absurda de toda aquella historia.

Nunca la había saludado.

Nunca habíamos hablado.

Ni siquiera me había atrevido a buscar su mirada.

Yo, que había atravesado situaciones capaces de cambiarme la vida para siempre, era incapaz de decirle «buenos días» a una desconocida del gimnasio.

Resultaba casi cómico.

Y, sin embargo, cada mañana encontraba una razón más para levantarme temprano.

Al principio había empezado a ir al gimnasio para recuperar mi salud, mi autoestima y mi confianza.

Seguía siendo mi principal objetivo.

Pero, sin darme cuenta, aquella desconocida había empezado a formar parte de mi pequeña rutina de felicidad.

Todavía no sabía su nombre.

No sabía su edad.

No sabía si hablaba español.

No sabía si le gustaban las mujeres.

Ni siquiera sabía si algún día llegaríamos a conversar.

Lo único que sabía era que, cuando sonaba el despertador y Max me miraba como si estuviera completamente loca por salir de casa a aquellas horas, había algo dentro de mí que sonreía.

Porque quizá aquella mañana volvería a verla.

Y eso, aunque todavía no me atreviera a reconocerlo, empezaba a hacerme ilusión.

Lo que no sabía entonces era que algunas de las historias más importantes de nuestra vida comienzan mucho antes de que sus protagonistas se atrevan a mirarse a los ojos.