Capítulo 12. La mujer que nadie debía conocer
El amor no siempre llega cuando puedes vivirlo.
A veces aparece en el momento equivocado, con la persona que deseas y unas circunstancias que nunca habrías elegido.
Otra vez nosotras DaiNa volvió a mi casa.
Aquella tarde sentí una mezcla de emociones que me resultaba difícil explicar.
Alegría, deseo, nervios, tristeza.
Y una inquietud que permanecía escondida detrás de cada sonrisa.
Cuando la vi entrar, recordé nuestro primer beso.
La comida china.
La pregunta que había cambiado todo.
Aquella tarde en la que yo creía estar empezando una historia sencilla.
Nos abrazamos, nos besamos.
Y durante un rato nos permitimos recuperar la cercanía que tanto habíamos echado de menos.
Pero yo ya no era la misma Alma.
Había aprendido algo durante aquellos meses.
Podía quererla muchísimo y, aun así, necesitar respuestas.
Y no quería volver a aplazar aquella conversación.
¿Qué somos? Después de estar juntas, nos quedamos hablando.
DaiNa me dijo que quería seguir viéndome.
Que no quería perder lo que teníamos.
Yo la escuché.
La quería.
Aquello era indiscutible.
Pero ya no podía limitarme a disfrutar del momento sin pensar en sus consecuencias.
—DaiNa, ¿qué estamos haciendo?Ella me miró.
—Quiero estar contigo.
Suspiré.
—Pero estás casada.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotras.
No era un reproche.
Era una realidad.
Una realidad que ninguna cantidad de besos podía cambiar.
—No sé cuánto tiempo podemos seguir así —continué—.
No quiero vivir esperando algo que quizá nunca ocurra.
DaiNa permaneció pensativa.
Yo miré hacia la ventana.
Recordé mi vida antes de conocerla.
Lo mucho que me había costado recuperar mi independencia.
Las noches de terapia.
Los momentos en los que había creído que nunca volvería a enamorarme.
Y después pensé en ella.
En la Fira Modernista.
En la fiesta sorpresa.
En los regalos escondidos.
En todas las veces que había conseguido hacerme feliz.
¿Cómo podía una misma persona despertar sentimientos tan bonitos y tantas dudas?Tres años Entonces DaiNa me habló de algo que había estado pensando.
Me dijo que, dentro de tres años, tenía intención de divorciarse.
Y que, si nosotras seguíamos juntas, quería estar conmigo.
Me quedé en silencio.
Tres años.
Al principio aquella cifra no significó nada.
Después empezó a crecer dentro de mi cabeza.
Tres veranos.
Tres Navidades.
Tres cumpleaños.
Tres años de mi vida.
Tres años durante los que podían ocurrir miles de cosas.
Podíamos seguir enamoradas.
Podíamos cambiar.
Podíamos descubrir que no éramos compatibles.
Podía cambiar de opinión.
Podía cambiar yo.
Y también estaba Chang.
Su matrimonio.
Sus expectativas.
Un futuro que no dependía únicamente de nuestros sentimientos.
—¿Y qué pasa si dentro de tres años todo es diferente? —pregunté.
DaiNa no podía garantizarme nada.
Y yo tampoco quería que lo hiciera.
Porque había aprendido que las promesas más peligrosas no siempre son las que alguien pronuncia sin intención de cumplirlas.
A veces son las que dos personas hacen sinceramente, sin saber cuánto puede cambiar la vida.
—Yo te quiero —le dije.
Aquellas palabras me salieron con una facilidad que meses atrás me habría parecido imposible.
—Pero no sé si puedo esperar tres años.
Ella me miró.
—No quiero perderte.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo tampoco quiero perderte.
Y aquella era precisamente nuestra dificultad.
Ninguna quería marcharse.
Pero ninguna sabía cómo quedarse sin que alguien terminara sufriendo.
El acuerdo Hablamos durante mucho tiempo.
De nuestras circunstancias.
De lo que sentíamos.
De lo que podía pasar.
DaiNa me dijo que respetaría mi decisión, fuera cual fuera.
Yo intenté escucharme a mí misma.
No a mis miedos, no a mis amigas.
No a la parte de mí que quería encontrar inmediatamente un final feliz.
A mí, a Alma.
La mujer que había aprendido a vivir sola.
La que había recuperado su autoestima.
La que ya no quería confundir el amor con la obligación de soportarlo todo.
Y, sin embargo, había una verdad que no conseguía negar.
Seguía enamorada de DaiNa, seguía deseando verla.
Seguía sintiendo algo precioso cuando sonreía.
Después de muchas dudas, llegamos a un acuerdo provisional.
Seguiríamos viéndonos mientras ella no se quedase embarazada.
No era una solución perfecta.
Ni siquiera estaba segura de que fuera una buena solución.
Era un límite que habíamos establecido en medio de una situación que nos superaba.
Sabía que un embarazo cambiaría profundamente las circunstancias.
Pero también sabía que, aunque no llegara a producirse, nuestra relación seguiría teniendo consecuencias.
No podíamos hacer desaparecer a Chang simplemente porque no estuviera presente en nuestras conversaciones.
Tampoco podíamos asegurar que dentro de tres años nuestras vidas encajarían.
Aun así, decidimos continuar, quizá porque nos queríamos.
Quizá porque no estábamos preparadas para despedirnos.
O quizá porque, cuando una historia empieza con tanta ilusión, resulta muy difícil aceptar que no sabes cómo terminarla.
La palabra que nunca quise utilizar Amante.
Aquella palabra empezó a rondarme la cabeza.
No me gustaba.
No era la palabra con la que había imaginado mi futuro.
Nunca había deseado ocupar ese lugar en la vida de nadie.
Yo quería ser la mujer con la que alguien pudiera caminar por la calle sin miedo.
La persona a la que llamar después de un día difícil.
La compañera con la que compartir una comida, una película o un domingo sin planes.
Quería una relación en la que no hiciera falta esconder una parte de la verdad.
Pero la realidad era diferente.
DaiNa estaba casada.
Y yo seguía viéndola.
Podía intentar explicar nuestras circunstancias de mil maneras.
Podía recordar que me había enamorado antes de conocer la existencia de Chang.
Podía pensar en la promesa de los tres años.
Pero ninguna de aquellas explicaciones cambiaba lo que estaba ocurriendo.
Y reconocerlo me dolía.
No porque hubiera dejado de quererla.
Sino precisamente porque la quería.
La fotografía del congelador Aquella noche, después de que DaiNa se marchara, me quedé sola.
Max vino a sentarse junto a mí.
Lo acaricié distraídamente.
Después fui a la cocina.
Abrí el congelador.
Y allí seguían nuestras fotografías.
Las que DaiNa había colocado a escondidas antes de viajar a China.
Me quedé observándolas.
En una de ellas sonreíamos.
Parecíamos felices.
Lo habíamos sido.
Y quizá todavía lo éramos en algunos momentos.
Pero ahora aquella imagen significaba algo diferente.
Cuando la colocó allí, yo no sabía que iba a casarse.
No sabía quién era Chang.
No sabía que algún día hablaríamos de un posible divorcio dentro de tres años.
No sabía que tendría que aprender a convivir con una palabra que nunca había querido para mí.
Amante.
Pasé un dedo por el borde de la fotografía.
—¿Qué hacemos ahora, DaiNa? —susurré.
Naturalmente, nadie respondió.
El piso estaba en silencio.
Miré a Max.
—¿Tú qué harías?Mi perro se acercó un poco más.
Lo abracé.
Y entonces comprendí algo que llevaba meses intentando evitar.
Yo podía decidir seguir viendo a DaiNa.
Podía decidir quererla.
Incluso podía decidir darle tiempo, pero no podía decidir por ella.
No podía decidir por Chang.
Ni podía detener mi propia vida durante tres años esperando que todo saliera exactamente como habíamos imaginado.
Aquella noche no quité las fotografías.
Tampoco decidí marcharme.
Simplemente apagué la luz.
Me acosté.
Y dejé el teléfono junto a la almohada.
Poco después llegó un mensaje.
Era DaiNa.
«Te echo de menos».
Sonreí con tristeza.
Escribí:«Yo también».
Me quedé mirando aquellas dos palabras.
Tan pequeñas.
Tan sencillas.
Tan insuficientes para explicar todo lo que estaba pasando.
Después dejé el móvil boca abajo.
Cerré los ojos.
Y pensé en aquella mañana, muchos meses atrás, cuando había entrado en un gimnasio sin imaginar que una desconocida iba a cambiarme la vida.
Entonces mi mayor preocupación era atreverme a decirle hola.
Ahora tenía que aprender a quererla sin saber si algún día podría llamarla mi pareja.
DaiNa me había pedido tres años.
Pero nadie me había dicho cuánto tiempo podía esperar un corazón sin empezar a olvidarse de sí mismo.
Final - La promesaHay historias que terminan con una boda, otras que se vuelven un destino inimaginable, y otras, simplemente terminan.
Nuestra historia había empezado con una mirada y había acabado convirtiéndose en una promesa que todavía no sabíamos si podríamos cumplir.
Tres años.
A veces me parecía poco tiempo.
Otras, una eternidad.
Seguía despertándome temprano.
Seguía yendo al gimnasio.
Seguía trabajando en el hospital.
Seguía riéndome con mis amigas.
Y Max continuaba siendo el único hombre al que le permitía dormir conmigo sin darme explicaciones.
Mi vida seguía adelante.
Eso era importante.
Porque durante mucho tiempo había creído que amar a alguien significaba entregarlo todo.
Ahora empezaba a comprender que también significaba saber qué partes de mí necesitaba conservar.
No sabía si DaiNa y yo terminaríamos juntas, no sabía si su matrimonio cambiaría.
Ni si aquella promesa sobreviviría al paso del tiempo.
Solo sabía que seguía queriéndola.
Y que, por primera vez, estaba intentando quererme también a mí.
Una mañana, mientras caminaba hacia el gimnasio, recibí un mensaje suyo.
Lo leí.
Sonreí.
Y guardé el teléfono.
Todavía era pronto.
Las calles de Barcelona estaban casi vacías.
El cielo comenzaba a iluminarse.
Me detuve frente a la puerta del gimnasio.
El mismo lugar donde todo había empezado.
Durante unos segundos recordé a aquella mujer de ciento veinte kilos que había entrado allí buscando una vida diferente.
No sabía cuánto iba a cambiar.
No sabía a quién iba a conocer.
No sabía cuántas veces volvería a sentir miedo.
Pero había seguido adelante.
Y seguía haciéndolo.
Abrí la puerta.
Entré.
Y entonces comprendí que quizá la pregunta más importante de nuestra historia nunca había sido si DaiNa terminaría eligiéndome.
Quizá era otra.
¿Qué iba a elegir yo cuando llegara el momento? Continuará...
Rocío Toral Calderón
«A veces, las historias más extraordinarias comienzan
lugares más en los cotidianos».
Siempre he una novela.
querido escribir
Durante años, muchas personas me han dicho que tengo facilidad para escribir y transmitir emociones a través de las palabras.
No sé si realmente es cierto.
Eso tendréis que decidirlo vosotros cuando terminéis de leer esta, mi primera novela.
Lo que sí puedo aseguraros es que cada página está escrita con muchísima ilusión, una parte de mi corazón y unas cuantas emociones que, en ocasiones, ni yo misma sabía cómo expresar.
Aquella desconocida del gimnasio es una historia que nace de experiencias vividas en primera persona, mezcladas con elementos ficticios, situaciones recreadas y pequeños giros narrativos que he incorporado para darle vida a esta aventura literaria.
Porque, aunque algunas escenas pertenecen a la imaginación, otras nacieron de momentos tan reales como inesperados.
Esta no es una historia de grandes fortunas, de ejecutivas millonarias ni de vidas perfectas.
Tampoco es una novela en la que necesitemos una tragedia para demostrar la intensidad del amor.
Es una historia de personas corrientes.
De esas que madrugan para ir al gimnasio, trabajan, toman café con sus amigas, pasean a sus perros y, sin buscarlo, descubren que alguien puede cambiarles la vida con una simple mirada.
También es una historia sobre la diversidad cultural, las diferentes maneras de entender el amor y los encuentros inesperados que pueden producirse en cualquier rincón del mundo.
En mi caso, todo comenzó en una ciudad tan cotidiana y especial para mí como Barcelona.
Porque el amor no entiende de fronteras, idiomas ni planes perfectamente organizados.
Y porque, a veces, la realidad puede superar cualquier historia que seamos capaces de imaginar.
Como descubriréis en las primeras páginas, mi vida no siempre ha sido fácil.
He atravesado experiencias que nadie debería tener que vivir y momentos en los que volver a empezar parecía imposible.
Sin embargo, siempre he intentado encontrar algo bueno incluso en las etapas más difíciles.
Con el tiempo aprendí que reconstruirse también es una forma de valentía.
Que quererse a una misma no es egoísmo.
Y que nuestro pasado puede formar parte de quienes somos sin tener que decidir nuestro futuro.
Hoy soy una mujer diferente.
Una mujer que se conoce mejor, que se quiere, que disfruta de las pequeñas cosas y que intenta vivir con ilusión cada nueva oportunidad.
Y aquí estoy.
Cumpliendo uno de esos sueños que durante años permanecieron guardados en algún rincón de mi cabeza: escribir mi primera novela.
No sé hasta dónde llegará esta historia, ni cuántas personas se reconocerán en alguna de sus páginas.
Pero si consigue arrancaros una sonrisa, emocionaros, haceros recordar un amor inesperado o simplemente acompañaros durante unas horas, sentiré que todo este esfuerzo ha merecido la pena.
Espero que disfrutéis de esta novela tanto como yo he disfrutado dándole vida.
Y, sobre todo, que os recuerde algo que considero fundamental:Nunca sabemos cuándo una simple mirada puede convertirse en el comienzo de una historia que jamás imaginamos vivir.
Con todo mi cariño,Rocío Toral CalderónAutora de Aquella desconocida del gimnasio.