Aquel verano en Grove 52. Playlist
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52. Playlist

Megan

Hace dos días que Elery se marchó del Marilyn dando un portazo, rompiendo así todas mis esperanzas de poder solucionar algo. No ha contestado mis llamadas, y no lo culpo, no estoy en posición de pedirle nada. No hay perdón.

Después de que Elery se marchara tras oír las palabras de Alan, me rompí del todo, y, una vez más, sin merecerlo, ni quererlo, Alan me arropó y dejó que llorara a gritos en su pecho.

Por su parte, Sasha hizo lo mismo; se encerró en su habitación junto a Norah, la cual la ha estado cuidando y preocupándose de que comiera.

Alan y yo nos hemos cuidado mutuamente. Aunque él ha dormido en otra habitación; ya jamás voy a volver a dormir con él, porque él y yo somos esto, amigos, compañeros de vida.

No lo amo, y siento en el alma que él sí me ame a mí.

No sé cuánto me queda de vida, ni si superaré este cáncer, pero lo que sé es que ya no quiero engañarme más, ni engañar a nadie.

La verdad es dura, durísima, pero ahora por fin viajo ligera de equipaje emocional.

Han sido dos días densos, tristes, parecidos a los que vivimos cuando nuestra pequeña murió.

He tocado varias veces a la puerta de mi hija, pero no he obtenido respuesta.

—Déjala —me dice Alan, apretando mi mano en el pomo de la puerta—. Vendrá a nosotros cuando esté lista.

—Tienen que salir de ahí, hay que volver a Phoenix, y tiene que ir al psicólogo. Ha sido todo de golpe.

—Shhh. Lo sé. Lo haremos, no te preocupes. Me ocuparé de que vaya a terapia. Pero tenemos que volver ya, Megan. Tienes que empezar con urgencia el tratamiento. Elery no va a volver.

—Solo necesita asimilar todo esto. Démosle un día más, y si no ha vuelto, nos vamos. Te lo prometo.

—Como quieras. Iré vaciando la piscina y dejando la casa preparada para marcharnos.

Por estas cosas me reafirmo cuando digo insistentemente que Alan es un buen hombre.

Ha criado y amado a Sasha como si fuera su propia hija.

Jamás hizo distinciones entre Sammy y ella.

Ha cuidado de nosotras día y noche. Y aunque en un principio se movió por su propio interés, obsesionado por conseguir mi amor, dio la talla como padre, como pareja y como persona.

No lo amo, nunca lo amé y él siempre lo supo.

Se lo confesé cuando enterramos a nuestra hija en común, y me respondió que ya lo sabía, pero que iba a cuidar siempre de mí.

Dormíamos en la misma cama, pero no volvimos a tocarnos jamás.

Y ahora sigue aquí. Consintiéndome que espere un día más al hombre que sí amo, afrontando la verdad que yo no tuve valor de confesar y haciéndose cargo de todo, una vez más.

Sasha ha hibernado en su habitación, sin embargo, yo he vagado por el Marilyn como un fantasma y sí, de nuevo, he recurrido a la medicación para dormir.

Porque siento que he tocado el cielo y ahora me tengo que despedir de él.

Y creedme, esto es mucho más difícil de adulto, porque la madurez no guarda incógnitas; sabes cuándo algo va a doler y ves venir muchas cosas, y las que no, esas son las que tocan para siempre. Y yo no vi venir esto para nada.

Estoy haciendo la maleta lentamente, entre suspiro y suspiro, habiendo perdido toda esperanza, cuando Sasha entra en mi habitación.

Esta vez, mi hija se ha permitido darme una lección de madurez que no olvidaré jamás.

Me quedo inmóvil y ella avanza. Lleva algo en las manos.

Bajo la vista y me quedo de piedra al reconocer esa caja.

Si antes no podía moverme, ahora no puedo ni respirar.

Se sienta en la cama, callada. No me lo pide, pero yo hago lo mismo.

Abre la caja y mi corazón empieza a palpitar con fuerza.

Desparrama todo su contenido por encima de la colcha, separando las fotografías y las notas con delicadeza.

—¿Podrías ordenar todo esto y contarme su historia?

Me quedo helada con su petición. Trago saliva antes de contestar.

—Claro.

Ambas nos sentamos sobre el colchón, con las piernas cruzadas en posición de loto, una enfrente de la otra.

Rebusco en las imágenes y rescato una en la que un jovencísimo Elery va vestido con el traje de entrenamiento, con el casco bajo el brazo.

Sonrío tímidamente al volver a sostener esa fotografía en mis manos.

Ella me mira. Me ha parecido ver un inicio de sonrisa en su rostro, y eso me relaja en cierto modo.

—Elery era el capitán del equipo de fútbol americano cuando empecé a sentir algo por él.

—¿En serio, mamá? —me interrumpe—. ¿Como en las novelas juveniles?

Notar un deje de diversión en sus palabras, me quita un gran peso de encima.

—¡Eeeh! ¿Qué tiene de malo? Es que fue así. Se podría decir que escribimos nuestra propia novela juvenil.

—Pues que sepas que ha evolucionado a telenovela —bromea, y aunque no estoy segura de que me haya hecho gracia ese comentario, me emociono al darme cuenta del gran esfuerzo que está haciendo por entenderme.

Voy sujetando fotografía a fotografía y nota a nota, explicándole nuestra historia. Ella se muestra atenta y de vez en cuando me pregunta algo. Por supuesto, contesto a todas y cada una de sus dudas; nunca más voy a mentirle a mi hija, en nada.

Dos horas nos pasamos reviviendo el pasado. En algún momento me ha temblado la voz y a ella el labio, pero ha valido la pena.

—Y esto es todo, hija. A partir ahora, no sé, ya no depende de mí, ya nada depende de mí.

—Te equivocas, mamá. Todo y todos dependemos de ti. Así que volvamos a Phoenix y empieza el tratamiento cuanto antes.

—Claro que sí. —Le acaricio la mejilla y ella acuna su cara en mi mano.

—Es muy raro pensar que Alan no es mi padre —suelta sin más.

—No digas eso. Alan es tu padre. No biológico, pero es tu padre. Te ama más que a nada en el mundo.

—Y yo a él.

—Lo sé.

—¿Crees que Elery va a volver? —No sé qué contestarle—. No soy tan mala hija. Sería muy extraño llamarlo papá, pero me gustaría tenerlo en mi vida.

—Vas a tener que decírselo a él. Quizá a ti te escuche.

Pero dale tiempo, no está siendo fácil, para nadie.

Aunque tu padre es Alan, bueno, él también.

Ocupar, o no, el lugar que os pertenece en la vida del otro es algo que tenéis que decidir entre los dos.

Y solo sucederá si tú quieres y él quiere.

—¿Y tú?

—¿Yo? —Lo pienso un instante—. Si supero el cáncer, cuando me sienta con fuerzas, volveré a buscarlo. Así dice nuestra promesa, ya te lo he contado, y esta vez pienso cumplirla.

Trato de contener esa lágrima que me lo está poniendo difícil y es entonces cuando mi hija decide abrazarme. Nos fundimos en un abrazo largo. Beso su cabeza como cuando era niña y la recuerdo jugando junto a Sammy. No puedo evitar emocionarme más de la cuenta.

—No vas a morirte, mamá. Papá y yo cuidaremos de ti, y volveremos juntas a buscar a Elery. Te lo prometo.

Si alguien me hubiera dicho que en tan solo unas semanas mi hija y yo volveríamos a conectar a este nivel, no me lo hubiera creído ni borracha. Sin embargo, aquí estamos, diciéndonos que nos queremos.

***

Nos pasamos la mañana haciendo las maletas y vagando por la casa, como queriendo absorber cada recuerdo y cada olor.

Sirius hace rato que espera junto a la verja; ceo que busca a Dobby.

Cuando bajo la maleta y la dejo al final del camino empedrado, Amber y Norah aparecen para despedirse. Traen al perro con ellas, cómo no.

La chica se va dentro en busca de Sasha y Amber y yo nos abrazamos tan fuerte que creo que va a romperme una costilla.

—Iré a verte antes de la primera intervención —balbucea ella, tratando de no lanzarse a llorar—. Sigue a raja tabla todas las indicaciones del médico. El verano que viene os quiero aquí de nuevo.

—Claro que sí, mujer. No vayas a llorar, que si empiezas tú, voy detrás, y creo que ya hemos llorado bastante estos días.

—No lloro, es que algo se me ha metido en el ojo —bromea. Reímos a la vez—. Norah y yo nos encargaremos del mantenimiento de la casa. El Marilyn nunca más va a dejar de brillar.

—Gracias. —Sopeso si preguntarle por él. Finamente, lo hago—: ¿Sabes algo de Elery?

Niega con la cabeza, con tristeza.

—Dale tiempo.

—Tiempo es justamente lo que no puedo asegurarle a nadie en estos momentos —trato de bromear sin éxito—. No pasa nada. Es entendible. Cuida de él, ¿vale? No dejes que vuelva a beber.

—Dalo por hecho. Aparecerá, pero no sé cuándo.

Seguimos cogidas de la mano cuando Alan sale de la casa. La herida del labio es notoria; aún lo tiene hinchado.

—Guardaré las maletas en tu coche, que es más espacioso —me dice.

—Sí, claro.

En ese momento, aparece Sasha con su maleta y se la lleva a Alan para que la guarde también. Norah y ella no se sueltan de la mano. El perro y el gato se olisquean el uno al otro. No hay música. La casa está en silencio. Se acabó nuestro verano.

Amber se despide de Sasha estrujándola, y parece que esto llega a su fin.