50. Cruasán francés
Megan
No tengo más remedio que contarle a Elery la verdad sobre la enfermedad. Aunque, según me cuenta, al parecer, Sasha casi la ha descubierto ella sola. Aun así, temo que no esté preparada para ello; sin duda, la parte más difícil será cuando tengamos que contárselo.
Pienso en Alan y me apiado de él, porque es un buen hombre, pese a todo lo que hizo en el pasado por tener una familia, por tenerme a mí.
Cuando todo esto pase, quiero dejarlo, espero poder dejarlo; aunque no merezca nada de lo que está pasando.
Ahora mismo no es un buen momento para nadie, ni para un cambio así.
Un añadido a los problemas que ya tenemos es que, independientemente de lo que pase en los siguientes meses, creo que ha llegado el momento de decirle a Elery toda la verdad.
No sé cómo lo voy a hacer, ni cómo voy a convencerlo para que lo llevemos con discreción hasta que se pueda hacer público, pero estoy agotada psicológicamente de mentir, de tener que medir siempre las palabras con todo el mundo.
Amber ya lo sabe. Ella lo sabe todo. Ha ido intuyendo la mayoría de las cosas y no se ha cortado en preguntar cuando lo ha visto claro.
Es mi mayor apoyo y sé que voy a tener que refugiarme en ella pase lo que pase. No quiero sacarla de mi vida nunca más.
El día después de la exposición, Sasha y Norah se presentan de la mano en la cocina, mientras estoy poniendo la cafetera en el fuego. Lo hacen de la mano, y sé al instante lo que quieren comunicarme.
—Mamá, queremos contarte algo. ¿Puedes sentarte? —dice temblorosa.
—Claro, cariño. —Me siento por darle el gusto nada más.
—Norah y yo estamos juntas.
Miro sus manos unidas.
—Ya lo sé.
—Pero no juntas de amigas. Juntas-juntas.
—Vale. Y lo que queréis contarme, ¿qué es? —Le quito toda la importancia a eso, y se queda perpleja.
—Pues… Nada, solo eso. Que seremos pareja estas vacaciones.
Exploto en risas por la inocencia con la que lo dice.
—Me parece bien. No creo que nadie deba daros el visto bueno. Cada uno ama a quien ama. El amor es de esas pocas cosas que uno nunca domina; al contrario, te mueve a su antojo. Tampoco tiene fecha de caducidad, te lo aseguro —lo digo por experiencia propia.
—Ya, bueno. Cuando acabe el verano, ya veremos.
—Me parece perfecto. ¿Algo más?
—Sí. Nos queremos ir tres días de ruta con Josh. ¿Puedo?
¿Desde cuándo me pide permiso para hacer algo? Definitivamente, Grove me ha devuelto a mi hija.
—Claro, cariño. Avísame un día antes, que os hornearé cosas para que os las llevéis.
No esperaba para nada su reacción, pero se abalanza sobre mí y me da un abrazo de oso que casi me deja sin respiración. Un abrazo de esos que había guardado durante tantos años. De esos que cuando eres madre consiguen nublarte la vista y tienes que pestañear rápido para no llorar.
***
Los siguientes días los paso retocando la casa, horneando de todo, bailando, tomando vino con Amber y, aunque esté mal decirlo, acostándome con Elery y enamorándome aún más, si cabe, de él.
A veces tengo la sensación de que Sasha sabe para qué son mis escapadas ficticias al supermercado, o en las que finjo salir a tomar una copa con Amber y Alberto. Bueno, estas no son todas inventadas; Elery y yo sí salimos con ellos a jugar al billar en el bar donde trabaja el joven.
Siento que esta semana ha sido un sueño, no he tocado con los pies en la tierra.
Debería extrañarme que Alan no me llame, pero estoy tan sumida en disfrutar de mi vuelta a ser feliz, que incluso he obviado ese detalle.
Aunque sé que habla con Sasha, también me extraña que ella no me obligue a hablar con él.
Pero bueno, creo que a las dos este lugar nos ha devuelto la vida.
Temo la vuelta a la realidad. No quiero despertar de este sueño.
La relación con mi hija ha dado un giro increíble. Incluso tenemos una playlist a medias en la aplicación de música, donde ambas añadimos canciones que nos recuerden a este verano. Ya hemos unido unas treinta. La hemos llamado «Aquel verano en Grove».
Hemos estado disfrutando de la piscina, todos, incluido Elery. No sé si los chicos intuyen algo, la cosa es que Sasha no me ha dicho nada y, conociéndola, no podría callarse.
En alguna ocasión, hasta Alberto ha venido a darse un chapuzón. Y gracias a ese buen rollo instalado en el Marilyn, podría decirse que he pasado la mejor semana en años. Todos la hemos gozado. Sasha también.
***
Mañana regresan las chicas de la ruta. Tres maravillosos días he pasado junto a Elery, el cual se ha mostrado demasiado atento conmigo.
Poder despertar a su lado en el Marilyn ha sido un sueño cumplido.
Incluso me he permitido fantasear sobre cómo hubiera sido mi vida junto él, y evidentemente soñarlo también en la otra dirección; cómo sería si me quedara con él.
Sin embargo, es un sueño que no puedo plantearme de momento.
Hay tantos frentes abiertos e incertidumbres, que tal vez conviertan en cenizas todo lo que ahora somos.
Hemos hecho el amor en casi todas las superficies del Marilyn, como si fuéramos jóvenes.
Sofá, mesa, cocina, baño, mueble de la recepción, piscina…
He leído en mi butaca junto a la nueva librería mientras, por el ventanal, veía a Elery amigarse con Sirius.
Ahora son uña y carne. El gato lo adora, juraría que más que a mí.
Hemos aprovechado al máximo todo el tiempo juntos antes de que lleguen las chicas hoy.
Hemos convivido como una pareja normal, riendo, comiendo, follando, bebiendo y bailando en el salón.
Casi tres días exprimidos a más no poder.
Tres días empapándome hasta la saciedad del amor de mi vida.
Con miedo a que se acabe el verano, con pánico al efecto mariposa, pero dándolo todo. Nos debíamos mucho.
Mientras Elery está en la ducha, le he horneado unos cruasanes de mantequilla que anoche dejé fermentando.
He probado uno cuando montaba la mesa y la verdad es que están exquisitos.
La radio suena de fondo. Si pudiera definir este momento lo llamaría «felicidad».
Sí, porque esto es lo más parecido a lo que uno aspira cuando habla de esa palabra o sentimiento; despertar junto a la persona que amas, en la casa donde te sientes cómoda y sabiendo que tu hija te quiere. Sí. Felicidad. No hay mejor nombre.
Pese a todo, hoy me he levantado muy cansada, y no sintiéndome bien del todo.
Tengo una extraña sensación en el cuerpo.
Como un presentimiento. Como si estuviera olvidando algo o hubiera dejado algo por hacer.
Para no preocuparme, le he escrito a Sasha y me ha dicho que ya está volviendo y que todo está bien.
Pese a ello, no me ha desaparecido esa sensación.
Hace ya demasiados días que no tomo ni una medicación. Nada. Ni para dormir. Cero. Mi mejor medicina se llama Elery y está trotando escaleras abajo hipnotizado por el olor.
—Esos cruasanes tienen una pinta increíble.
—No son como los franceses, pero casi.
Me abraza por detrás. Él ya va vestido con bermudas y camiseta azul cielo. Yo aún voy con el pijama de seda y el albornoz encima. Le respondo a sus mimos y me besa el cuello.
—Tú eres el mejor cruasán —bromea mordiéndome el hombro.
—Anda, siéntate, come y ve a trabajar, o tu hermano empezará a sospechar.
—¿Te crees que no lo sabe?
—Si lo supiera, la venenosa de tu cuñada ya habría aparecido por aquí para comprobarlo.
—¿Sheryl? ¿Por qué dices eso?
—Bueno es que en la fiesta insinuó cosas que me incomodaron.
—¿Qué te dijo?
—Nada, nada. Tonterías. Nunca le gusté.
—No es cierto. Hablando de mi hermano, tengo que llevarle la pulidora o me mata.
—Claro. Dale las gracias.
—¿Y a mí? ¿No me das las gracias por pulir los suelos de la casa, y pulir aún mejor a la dueña? —ronronea.
Roba un cruasán y se separa de mí en busca de café.
Estaba apoyada en él y al apartarse me he desestabilizado mínimamente. En menos de una milésima de segundo, los brazos de Elery me sujetan.
—¿Estás bien?
—Sí, no es nada. Es que estaba apoyada en ti.
—Megan, ¿seguro que estás bien? —insiste.
—Vale ya, Elery. Estoy bien —digo algo molesta.
—¿Quién está bien? —Amber saca la cabeza por la ventana de la cocina—. He olido esos cruasanes desde mi casa.
—Anda pasa, que hay un montón. He hecho de más para que merienden los chicos por la tarde. —Voy a abrirle y la invito a sentarse.
—¿Sabes a qué hora llegan más o menos? —pregunta mi amiga con la boca llena.
—Pues no me lo han dicho.
—Vale. Es que tengo al Bello Durmiente en mi cama roncando. Y bueno, hasta que no sepamos si esto es serio de verdad, no quiero que Norah lo vea por casa.
—Me parece bien —contesto.
—A ti claro que te parece bien. Tienes aquí secuestrado al rubio del mismo modo —bromea.
Elery y yo nos miramos y sonreímos con complicidad.
Amber sale al jardín con Sirius y nos da espacio para despedirnos. Nos besamos como si estuviéramos despidiéndonos de verdad. Con necesidad, con tristeza y con ese «no quiero que te vayas». Pero los chicos llegan hoy y él tiene que reincorporarse al trabajo.
Cuando dejamos de hacernos mimos, salimos al jardín junto a Amber.
—Va, márchate ya y devuélveme a mi amiga —lo insta a irse.
—Ya me voy. —Da unos pasos y se gira—. ¡La pulidora!
—Ostras, sí. No sé dónde la dejaste.
—La guardé en la caseta de la piscina. Voy a por ella.
No me besa ni me hace mimos cuando estamos en el exterior, pero siempre busca el roce o el contacto de alguna manera.
En este caso, ha posado su mano en mi cintura al volver hacia la casa.
Amber ha sonreído conmigo al ver mi cara de tonta.
Pero esa cara me ha durado poco, ya que ese presentimiento que tenía por fin se materializa.
El motor de un Honda Civic, que tan familiar me resulta, se para frente a la casa, justo detrás de la camioneta de Elery. Giro la cabeza y vivo esa situación como en las películas, a cámara lenta. Amber lo hace a la vez que yo.
Se abre la puerta y Alan sale del vehículo en manga corta, con el pelo rapado y gafas de sol.
—Hola, cariño. ¡Ya estoy aquí!
Ni siquiera contesto. Amber tampoco. Lo seguimos con la mirada, atónitas, mientras descarga la maleta y entra por el camino empedrado del Marilyn.
Me da un beso en los labios, de esos tan suyos; casto, rápido e insulso.
Sigo sin reaccionar. Él se quita las gafas de sol para observar bien el Marilyn en su plenitud.
Incluyendo el césped que ya es color verde.
—Esto está quedando genial, ¿no? Nada que ver con las fotografías que me mandó Sasha el primer día.
Me abrocho la bata; de golpe he sentido hasta frío.
—¡Amber! —Se apresura a abrazarla y la pobre está tan congelada como yo, apenas le devuelve el abrazo.
—Hola, Alan.
—¿Pero es que has hecho un pacto con el diablo? ¡Estás preciosa!
—Gracias —le contesta con una sonrisa nerviosa.
Un silencio se cuela entre los tres cuando otra voz, que proviene del interior, nos interrumpe.
—Me acabo de acordar de que me he dejado la habitación de la colada por pulir. Otro día la traigo y lo hago en un… —Es entonces cuando Elery se percata de que hay alguien a nuestro lado.
Alan palidece al verlo. Sin embargo, Elery cambia el semblante, endurece las facciones y todo su ser destila odio.
—¿Qué hace este aquí? —pregunta confuso Alan.
No contesto.
—Elery nos ha ayudado con la reforma —decide contestar Amber. Otro silencio más intenso aún—. ¡Oh! ¡Venga! ¿Es que no os vais a saludar? Hace veinte años que no os veis.
Ninguno de los dos contesta.
Elery se carga la máquina a las espaldas y pasa entre nosotros tres apretando la mandíbula, directo a su vieja camioneta. Ni me mira. Estoy en shock . Quiero salir tras él, pero mi cuerpo no me obedece. Aunque, pensándolo bien es mejor que se marche, aquí hay mucho por hablar.
—Eh, tío —rompe el hielo Alan con una tonalidad más calmada, justo antes de que se suba al vehículo—. Creo que deberíamos hablar.
Elery sostiene la puerta sin llegar a entrar, y se queda mirándolo un segundo.
—¿Hablar? ¿Quieres hablar después de veinte años? Será mejor que en los días que estés aquí no nos crucemos mucho, porque no es hablar lo que quiero hacer contigo.
Alan levanta las manos en son de paz.
—Si es eso lo que necesitas hacer, hazlo. Aunque estaré aquí si te lo piensas mejor.
—¡Que te den, Alan! —Se sube a la camioneta y desaparece, y con él lo hacen mi alegría, mi bienestar y parte de lo que soy.
Es entonces cuando Alan clava su mirada en mí sin importarle que Amber esté a mi lado.
—Ahora entiendo tu silencio estos días. No has abierto ni uno de esos correos electrónicos que te he mandado. Sabes perfectamente que no es el momento para que revivas un viejo amor ya oxidado —dice con algo de desprecio.
—¡Eh! No le hables así a tu mujer —me defiende Amber.
—¿Mi mujer? Ambos sabemos que en estos momentos seguramente sea más de él que mía. Además, no hay tiempo para esta mierda. He venido a buscarla. Nos volvemos a Phoenix.