Aquel verano en Grove 48. La lluvia #2
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48. La lluvia #2

—¡¿Y qué?! —vuelvo a gritarle—. ¡Me hace sentir viva!

¡Viva! ¡Estoy viva! —grito con más fuerza.

Elery me observa con cara de asustado por mi reacción—.

¡Quiero estar viva! —Empiezo a llorar de nuevo, desesperadamente, y a gritar como una desquiciada—.

¡Viva! ¡Quiero decirle a mi hija que la quiero!

¡Quiero superar la muerte de mi pequeña!

¡Quiero compartir el vino con Amber! ¡Quiero vivir, Elery!

¡Quiero dejar a Alan porque no lo amo! ¡Quiero que mi hija me perdone!

¡Que yo no lo quiero a él! ¡Quiero vivir!

—sollozo—. Te quiero a ti. Quiero que tú me perdones… —eso ya lo digo en voz baja.

Todo se detiene en ese mismo instante. Porque he soltado tantas cosas que creo desfallecer.

Elery me observa y cuando estoy a punto de caer, me sostiene contra su pecho.

El agua nos empapa por completo. Llora conmigo bajo la lluvia.

Nuestros pechos rebotan con cada sollozo.

Cuánto amor y llanto retenido. Me aferro a su cuello. Él me aprieta con fuerza.

—No voy a dejarte caer. Siempre voy a sostenerte. ¿Me has oído?

—Lo siento —sollozo—. No debí marcharme.

—Shhhh. Y yo debí buscarte. Los dos lo hicimos mal. Pero basta ya, Megan. ¿Vas a contarme qué te pasa?

—Quiero vivir… es todo.

Me aprieta más contra su pecho y decide no seguir la conversación.

Me alza en brazos en mitad de la lluvia y entramos en la casa como si fuéramos unos recién casados, empapados y exhaustos por la vida.

Me suelta junto al colchón. Trae un par de toallas y me desviste lentamente.

Dejo que lo haga. Siento algo de frío, pero prefiero sentir frío y sus manos en mi cuerpo, que sentir calor y vacío.

Deja caer el vestido a plomo en el suelo. Me saca las sandalias y seguidamente lo hace con mis braguitas. Observa mi cuerpo imperfecto mientras me seca con la toalla. Se detiene en la cicatriz de mi vientre.

—Sasha nació por cesárea —le aclaro.

En cuanto le digo eso, me besa la cicatriz y noto una descarga eléctrica por toda mi piel.

—Yo también tengo cicatrices de guerra —bromea.

Lentamente, se desviste a mi lado. Al sacarse la camiseta, me muestra dos cicatrices grandes en un costado.

—Esto debió de doler —digo, mientras le acaricio la rugosidad de la cicatriz.

—Fue en Afganistán. No respetaron el campamento de la prensa y un misil lo destruyó casi en su totalidad. Por suerte, no había muchas personas dentro en ese momento. Fui afortunado, mi cámara y yo sobrevivimos.

—Lo conseguiste, cumpliste todos tus sueños.

—No lo sé. Para mí solo son aprendizajes, parte de la vida.

—¿Y qué aprendiste?

—Que no vale la pena ir perdiendo a gente por el camino por perseguir sueños. Mis compañeros, mi mujer junto a mi futuro hijo… A ti. Ahora lo entiendo todo. No vale la pena porque las verdaderas heridas no se convierten en cicatriz, duelen en el alma eternamente.

—Siento lo de tu mujer y tu hijo.

—Los llevo aquí conmigo. —Se gira y me enseña el tatuaje de unas alas que lleva en la espalda—. Su muerte los liberó de mí. Hubiera sido un pésimo padre.

Se me encoge el estómago al oír esas palabras.

—No digas eso.

—Yo nunca pude entregarme al cien por cien a otra mujer, Meg. Le hubiera acabado rompiendo el corazón, y si hay una criatura de por medio, inevitablemente, hubiera salido dañada.

—Viéndote con tu sobrino, no opino lo mismo.

Lo miro a los ojos y me doy cuenta de que estamos totalmente desnudos el uno frente al otro, pero no solo de cuerpo; está a punto de desnudarme el alma.

—Elery, hay algo que… —El corazón bombea fuerte, porque cuando le cuente mi verdad va a estallar por los aires todo este amor que ha vuelto a juntarnos. Me cruzo de brazos sujetando mis codos algo nerviosa.

—Megan, no escondas tu cuerpo; lo amo así. —Me separa los brazos. Ha creído que estoy ocultado mis complejos—. Me gustan tus heridas —pasa el dedo por mi cicatriz—, me gusta tu piel madura, tus pechos. —Acaricia mis pezones y sube hasta mis hombros—. Me gustan tus luces y tus sombras.

—No estoy tan segura —trato de decirle, pero me calla con un beso.

En dos segundos, noto su erección latir sobre mi ombligo.

Hace un momento estábamos gritándonos bajo la lluvia y ahora estamos desnudos, y ya no siento ni un ápice de frío.

Nuestro beso nos enciende a los dos por igual, y de nuevo pierdo el sentido.

Ya no sé quién soy, ni que hago aquí, solo sé lo que quiero, y es a él.

Tratamos de recostarnos en el colchón sin dejar de besarnos, pero está en el suelo, así que torpemente calculamos mal las distancias y acabamos cayendo.

Grito del susto, al creer que voy a hacerme daño.

El cae encima de mí, pero con una mano me sujeta la espalda y con la otra se apoya en el colchón, amortiguando mi caída.

—¿Estás bien? —se preocupa.

Al ver su cara de preocupación se me escapa la risa.

—Estoy bien. Me he acordado de aquella vez en la que tu madre entró y nos caímos en el colchón del susto. —Río a carcajadas.

—Tú caíste en el colchón, guapa, yo caí en el suelo. Tuve el codo morado una semana. —No puedo dejar de reír, y él aprovecha para hacerme cosquillas—. ¿Aún tienes cosquillas?

—¡Para! ¡Para! ¡Para! —Me duele la barriga de reírme.

—No quiero parar porque necesito reponer todas esas risas que me he perdido estos años.

Me enternece oírlo decir eso.

Dejo de reír y acaricio su cara. Lo beso.

Quiero quedarme aquí, en este momento, eterna-mente.

No quiero enfrentarme a mi realidad. No quiero.

Lo beso con más fuerza, aumentando la pasión.

Baja sus dedos para darme placer, pero esta vez solo quiero tenerlo dentro de mí, así que lo envuelvo con mis piernas y su erección se abre camino casi sin ayuda.

Lo hace lentamente. Lo miro y se me cristalizan los ojos.

Hacemos el amor sin dejar de mirarnos. Nos decimos mil veces que nos amamos.

Y siento que el corazón me va a explotar.

La primera vez hacemos el amor, la segunda, subimos el tono y follamos incluso encima de la mesa, y la tercera y última, hacemos el amor con las manos enlazadas, blancas de apretarlas tanto, de no dejar pasar bien el riego sanguíneo, por miedo a soltarnos.

Estoy a punto de llegar al clímax y un miedo estúpido se apodera del momento.

Lo aprieto más contra mí, rodeándolo con mis piernas.

No quiero que salga de mí, no quiero perderlo.

—Meg, amor, no puedo más. Voy a dejarme ir —dice, mirándome con tanto amor que no me cabe en el pecho—. Meg —gime—, te amo.

Explota él y exploto yo, en el más sentido de mis orgasmos, en el que me quedaría a vivir con sus palabras retumbando en mi cabeza.

Una lágrima se me escapa con el éxtasis.

Cae lentamente hasta posarse en la almohada, mientras él se recupera con el cuerpo encima de mí.

Se percata de ese detalle y me besa la comisura.

Se deja caer a mi lado y me abraza, dejando mi cabeza sobre su pecho.

Mientras yo voy acariciando el tatuaje de la mariposa de su brazo.

Permanecemos así varios minutos, hasta que por fin habla.

—¿Vas a contarme qué está pasando? —Se me corta la respiración, pienso en Sasha, en él. Estoy a punto de entrar en pánico, cuando añade—: ¿Alan está enfermo?