Aquel verano en Grove 48. La lluvia
91%

48. La lluvia

Megan

En cuanto ponemos un pie en el local, Amber nos recibe sonriendo, pero su sonrisa empieza a desvanecerse a medida que nos vamos acercando a ella.

—¿Se puede saber de dónde venís? —nos regaña como si fuéramos niños.

—De casa —contesto confundida—. Siento que lleguemos tarde —trato de inventarme algo—. A última hora ha surgido un imprevisto.

—¿Imprevisto? Vosotros habéis follado. —Se lleva ambas manos a la boca.

—Pero ¿qué dices?

Elery se mantiene callado, sabe que si abre la boca será peor.

—¡Anda ven aquí antes de que te vea tu hija! —Se acerca a mí y me retoca el pelo, apretando la goma del recogido—. Llevas el moño torcido y despeinado. —Se ríe—. No me lo puedo creer.

—¡Pero si es la preciosa Megan! —Los padres de Amber se acercan abriendo los brazos hacia mí.

Mi amiga aprovecha el momento para llevarse a Elery del codo. Por el gesto, supongo que no va a hablarle amablemente. ¡Lo que faltaba!

No obstante, la velada transcurre con normalidad pese a ese momento tenso.

Mi amiga está radiante y está vendiendo muchas obras.

Elery se pasea y saluda a conocidos. Yo me mantengo con una copa en la mano, nerviosa, a la espera de ir siendo reconocida por los invitados, y más o menos así está siendo.

No voy a escandalizarme por ver que Sasha y Norah pasean de la mano, unidas cariñosamente por el dedo meñique.

Ahora que sé lo que ocurre ahí, no puedo evitar llevar la vista varias veces hacia donde se encuentran.

Trato de no hacerlo mucho, ya que, si mi hija me pilla, podría estallar una guerra si creyese que la espío.

Reconozco que no era esto lo que me esperaba, pero realmente ¿qué esperaba?

Cierto es que jamás ha traído un chico a casa, pero por lo demás…

No sé. Aunque menuda soy yo para detectar algo así si he estado prácticamente cuatro años ausente.

Las vuelvo a mirar, se sonríen mucho con complicidad.

¡Se ha enamorado! Doy un trago para disimular mi emoción al ser consciente de eso.

Hacen muy buena pareja. Son tan guapas por fuera y por dentro las dos.

«Por lo menos no tendrán que pelear por un hombre» pienso inconscientemente.

Me alegro por ellas dos. Mi hija se merece ser quien realmente quiera ser.

Ojalá no se parezca en nada a mí en eso.

Aunque si se parece a su padre, lo será.

Ese pensamiento cae a plomo sobre mí y siento miedo; como si fuera un mal presentimiento.

Ryan y Sheryl se acercan, vienen directos hacia mí.

—Megan, por fin nos vemos. —El hermano de Elery me estrecha entre sus brazos.

Su mujer lo hace algo más dulce.

—Estás preciosa —dice acariciándome el brazo—. Te ha tratado bien la vida por lo que veo.

Oír eso me desmonta. Porque no, no me ha tratado muy bien.

—Bueno… —No sé qué decir.

—Si no, Grove sí lo está haciendo, y eso me consta —apunta Ryan.

—Sí, eso sí.

Uf. Momento salvado.

—¿Dónde está mi hermano? —Me sorprende con esa pregunta. ¿Sabía que venía con su hermano? ¿Por qué me lo pregunta a mí?

Estoy a punto de contestar cuando un amigo de Ryan aparece, dándole una palmada en la espalda, y empiezan a hablar.

Yo disimulo observado las obras a lo lejos, hasta que Sheryl empieza a incomodarme.

—¿Cómo es que has vuelto? ¿Echabas de menos Pacific Grove?

—No he vuelto, solo estamos de vacaciones.

—Ryan me ha contado que te casaste con Alan. ¡Jamás lo hubiera dicho!

—Ya. Bueno. Ni yo. La vida…

Se cuela un silencio incómodo, si es que puede serlo más el momento.

—Es muy guapa tu hija.

—Sí lo es, sí.

Ambas llevamos la vista hacia Sasha y la vemos rodeada por el brazo de Elery, que sonríe cariñosamente. Siento una punzada tan grade en el estómago que hasta siento ganas de vomitar.

—Qué bien le sienta ese vestido —continúa Sheryl. Las náuseas aumentando—; va a conjunto con sus ojos. —La miro aterrada—. Muy bonitos también —un segundo en silencio y suelta la bomba—, igualitos a los de Elery.

En cuanto oigo eso tengo que salir a toda prisa, aguantándome el vómito con la mano. Diría que incluso he salpicado un poco a Sheryl, aunque en ese caso se lo merece.

Entro en el primer baño que encuentro y vomito todo lo que he comido y bebido hasta el momento.

No me dejo nada dentro. Las arcadas no cesan, aunque ya no hay nada en el estómago.

Cuando por fin logro salir, me apoyo en el fregadero y rezo por que no entre nadie más.

La nariz me está sangrando de nuevo. Me apresuro a limpiarme.

No quiero ensuciar el vestido de Amber. Me miro al espejo y lo único que puedo hacer es echarme a llorar.

Adiós al maquillaje, adiós al vestido, adiós a la noche. Necesito salir de aquí.

Me tomo unos minutos para tratar de contener mi llanto, cuando se abre la puerta de un golpe y se me detiene el corazón. Elery entra asustado.

—¿Estás bien? —En dos zancadas se sitúa a mi lado y sujeta mi cara en sus manos—. Megan, ¿va todo bien?

No puedo dejar de llorar.

—No —sollozo.

Coge un trozo de papel y me lo pone en la nariz.

—Salgamos de aquí —me ordena.

—No puedo salir así.

—Hay una puerta trasera que va directa al parking . Ven conmigo. —Me cobija en su pecho y sé que le estoy manchando la camisa de sangre y lágrimas, pero no parece importarle y yo no estoy para reprochar gran cosa.

Salgo con la cabeza agachada, tratando de no mirar a nadie, y lo cierto es que apenas nos encontramos a una persona, pero no me percato de quién es.

Me mete en la camioneta con dulzura y, tras cerrar la puerta, saca su teléfono y deja un mensaje de voz a alguien.

Estoy tan sumida en mis lágrimas que no oigo ni con quién habla.

Pone el vehículo en marcha y, tras unos minutos en los que logro calmarme, lo veo aparcar frente a un lugar que me resulta muy familiar. La tienda de conservas.

Varios recuerdos se cruzan a la vez por mi atormentada cabeza.

—Tus padres… —digo al bajar de la camioneta.

—Murieron hace ya unos años.

—Lo siento.

No dice nada. Veo cómo palpa por encima del marco de la puerta principal hasta dar con la llave.

—¿Aún sigue ahí?

—Y seguirá ahí para toda la eternidad. Eres la única que lo ha sabido siempre. Ni mis padres, ni Ryan. Nadie.

Quiero sonreír al descubrir eso, pero no lo hago.

Cuando nos adentramos en la pequeña vivienda y enciende las luces, un sinfín de momentos me asaltan la mente. Sobre todo, la última noche, la que marcaría nuestras vidas para siempre.

Me paseo por el local observándolo todo.

—¿Vives aquí?

—Sí, no necesito más. Poco a poco irá cogiendo forma. Es como el Marilyn, solo necesita un poco de mimo y tiempo.

—¿Me estás diciendo que en vez de invertir tiempo en tu casa, has estado haciéndolo en la mía?

—Sí, yo no tengo prisa. Tengo lo básico: nevera, cocina, aseo, y bueno… —señala el colchón en el suelo.

Pienso en la de veces que hicimos el amor en un viejo colchón en ese mismo lugar, aunque el de entonces era mucho más pequeño; el de ahora es enorme y se ve que es nuevo.

Al fondo veo dos tablas de surf, y pese a que me percato de que una de ellas tiene la mariposa rota dibujada, no digo nada.

Sigo con el escrutinio hasta dar con una fotografía donde salimos los cuatro de jóvenes.

Ver a Alan hace que el sentimiento de culpa me azote con violencia.

Suelto la fotografía bajo la mirada de Elery.

—Creo que debería marcharme. Esto ya se nos ha ido de las manos. Quiero irme.

—Meg, tranquila.

—No puedo estar tranquila. —Empiezo a moverme nerviosa—. Tú no lo entiendes…

—Pues explícamelo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Es demasiado tarde.

—¿Para qué? Megan, ven. —Tira de mi mano y me atrae hacia él.

—Elery, no. Esto no está bien.

—No voy a tocarte si no quieres. No voy a decirte que te amo y que siento que todo lo que he hecho en esta vida me ha estado trayendo a este momento. Ni que quiero que te quedes a mi lado, ni que te he extrañado cada día y cada hora, no voy a decirte que…

—Basta, Elery. No debí venir a Grove. Todo esto es culpa de Alan.

Nombrarlo hace que el silencio de la casa caiga a plomo sobre nosotros un instante.

—En eso estamos de acuerdo. Todo es culpa de Alan —reafirma él.

—No estoy aquí para juzgar a mi marido.

—¿Tu marido? ¡Por favor, Meg! Tú misma me has dicho que hace años que no tenías sexo. ¿Tu marido?

—No vayas por ahí —le recrimino.

—¿Qué clase de marido no le hace el amor a su mujer en años? ¿Qué clase de marido la manda a enfrentarse al pasado mientras él se esconde? ¿Qué clase de marido se convierte en marido a base de mentiras y de traicionar a su mejor amigo?

—Elery, por favor…

—Alan no te merece, nunca te mereció y nunca te merecerá.

—¿Y tú sí? —Ya ha logrado cabrearme—. ¿Tú sí? ¿El que tiró la toalla a la primera de cambio?

Se queda muerto al oírme decir eso.

—Te marchaste, Megan. —Le tiembla la voz.

—No viniste a buscarme.

—No sabía dónde estabas. ¡Desapareciste!

—Sí, lo hice, muy a mi pesar. Pero él sí me encontró.

Siento cómo le rompo el alma diciéndole esto.

—¡Yo estaba en Europa! ¡Me dejaste! No entendía nada.

—Era lo mejor para los dos.

—¿Para los dos? ¿Para quién, Megan? ¡Dirás lo mejor para ti!

—No lo fue. Pero tenía que hacerlo.

—¿El qué?

—Marcharme.

—¿Por qué?

A punto estoy de confesarle la verdad, pero opto por tratar de escapar.

Salgo a toda prisa y cuando pongo un pie en el exterior empieza a llover. ¡Lo que faltaba!

—Megan, no te vayas. —No respondo. Avanzo unos metros más y la lluvia se intensifica—. ¡Megan, vuelve aquí!

—¡Ya es tarde, Elery! —Me giro para gritarle, pero ya lo tengo pegado a mí y me asusto.

—Entra, Meg. Está lloviendo mucho.

—¡No! No quiero entrar.

—¿Prefieres empaparte?

—Esto es solo agua. No me importa mojarme.

—Lo sé —baja la tonalidad del enfado—, siempre te gustó pasear bajo la lluvia. Pero es que está diluviando.