47. La exposición #2
—Claro que lo es.
—Pues ¿quieres ser mi novia este verano? No te pido más allá, eso ya lo solucionaremos a su debido tiempo. Hablo de ahora.
—Norah.
—No hay que tenerle miedo a lo que somos. Si no se lo decimos a nuestra familia, ¿qué verano nos espera escondiéndonos?
Lo sopeso un instante. Tiene razón. No sé cómo vamos a hacerlo, pero me envalentono; es imposible no hacerlo cuando la miro a los ojos y la veo brillar.
—Sí, claro que sí. Lo único que le pido a este verano es poder ser yo, y contigo lo soy más que con nadie. No nos esconderemos.
Es decir eso, y salta de alegría a mis brazos y me besa. Reconozco que me he sentido incómoda. Pero ella es súmate feliz, y con eso me basta.
***
El resto de la noche paseamos de la mano por todo el recinto. En realidad, nadie nos mira, ni a nadie le importa. Las barreras vienen impuestas por nuestra cabeza, no por las normas de la sociedad.
La velada transcurre de maravilla. Amber está radiante y cada vez que vende una obra se lo indica a Norah levantando el pulgar en la distancia.
Siento pena por Alberto, el pobre se mantiene en la distancia, sin quitarle el ojo de encima y celebrando cada venta levantando su copa en un ficticio brindis.
Siento como si fuéramos todos una extraña familia.
Y hablando de eso, por ahí se acerca Elery con su camisa blanca remangada y ese aire despreocupado tan californiano.
—¿Cómo vais, chicas?
No me pasa por alto que se ha fijado en que Norah y yo tenemos nuestros meñiques enlazados.
—Esto está plagado de gente, no esperaba tanto —apunta mi amiga.
—Ni tu madre tampoco. Siete obras ha vendido ya. Todo un éxito —responde desviando la vista hacia Amber, que se encuentra hablando con mi madre de espaldas a nosotros.
—Has pillado bronca, ¿eh? —tira de sarcasmo Norah.
Elery trata de disimular.
—¿Quién? ¿Yo?
—Sé reconocer a kilómetros cuando mi madre está sermoneando a alguien. Os hemos visto.
Rápidamente, él dirige su vista hacia mí.
—Esto… No ha sido nada. No le ha gustado que llegásemos tarde. Pero no ha sido culpa mía —ahora me habla a mí—, tu madre estaba dudando si ponerse el vestido que Amber le ha dejado.
—Ya, típico de mi madre. La sacas de sus tejanos oscuros y sus blusas holgadas, y se pierde. Si te digo la verdad, creí que no se lo pondría. Y lo cierto es que parece otra, le queda muy bonito.
Los tres la observamos en la distancia.
—Sí, está preciosa. —La voz de Elery se hace pequeña al decir eso.
Es entonces cuando una punzada en el estómago me hace darme cuenta de la realidad. Él la mira como en esas fotos. ¡La sigue mirando así! ¡Mierda!
—Pero bueno, de tal palo tal astilla, ¿no? —Me sujeta una mano y me hace dar una vuelta sobre mí misma, obligándome a soltar el meñique de Norah.
Ella no tarda en dejar ir una de las suyas.
—Eh, viejales, que podría ser tu hija. Le doblas la edad —dice sin filtros.
—No te pongas celosa —dice él, pasando su brazo por mis hombros y atrayéndome hacia él cariñosamente—. Hacéis una pareja increíble.
Levanto la vista para mirarlo perpleja y aprovecho para quitarme una duda.
—Tú lo sabías, ¿verdad?
—Te dije que tu secreto estaba a salvo conmigo hasta que tú decidieras que había llegado el momento de contarlo.
—Pero yo… no te dije… —balbuceo.
—No me dijiste nada. Simplemente lo supe. Llámale intuición de…
—¿De padre? —Norah suelta una carcajada cuando dice eso—. No te pongas paternalista, que no te pega.
Elery no responde a eso porque se percata de que se aproxima entre la gente, con la mirada fija en nosotros, la señora Gladys.
—¿Sabes lo que me pega? —nos pregunta apuntando con una ceja a la vieja—. Marcharme y dejaros con Gladys. ¡Por lista! ¡Suerte! —Rescata una copa de la bandeja que llevaba un camarero y se escurre entre el gentío a toda prisa sin darnos opción a nada más.
—¡Pero qué guapas están estas chiquillas! —nos grita como si no estuviera ya a medio metro de nosotras.
—Hola, Gladys —saludamos las dos a la vez.
—Como me alegro de que tu madre haya organizado este evento en Grove. Siempre los hace fuera y no puedo asistir.
—Ya, bueno, todo ha sido cosa del galerista, incluso el local en el acantilado.
—Ya me he fijado en ese hombrecito extraño, yo creo que su interés no solo está en las obras —dice con segundas.
—No se preocupe, Gladys. Yo diría que a mi madre le gustan más jovencitos —dice eso último con retintín y mirándome, generando un momento de complicidad entre ella y yo.
Tengo que aguantarme la risa.
—Eso ya lo sé —sentencia dejándonos cortadas.
¿Será posible? Esta vieja tiene la lengua afilada.
Norah finge que saluda a alguien en la distancia.
—Bueno, nosotras nos vamos, que Josh nos reclama en la terraza. —Y sin querer darle opción a nada más, coge mi mano y tira de mí dejando a la mujer ahí plantada.
—Está bien —dice, medio alzando la voz al ver que nos alejamos—. ¡Por cierto! ¡Me alegro de que tu padre se lo haya tomado tan bien! ¡La familia tiene que estar unida!
Algo no me ha gustado en esa tonalidad. Me detengo en seco, pero Norah tira de mí sin dejar que llegue a detenerme del todo.
—Ni la escuches —me recrimina.
—Creo que ha dicho algo de tu padre —le confieso.
Aunque en verdad algo me chirría fuerte en lo que la mujer ha verbalizado. ¿Que se haya tomado bien el qué? ¿El padre de Norah o el mío? ¿A quién se refiere? A mi padre imposible, porque todavía no está aquí.
Trato de buscarle el sentido a esas palabras, pero Norah no me lo permite.
Ha insinuado que íbamos a la terraza, pero me lleva hacia un camino que bordea el acantilado y baja a la cala.
No somos las únicas; hay más personas de la fiesta sentadas frente a la orilla, con su copa de champán.
No obstante, buscamos un hueco y nos sentamos.
El mar está un poco bravo, así que las olas ensordecen la melodía del local y, para ser sinceros, prefiero ese sonido al de la música.
Ambas llevamos el pelo suelto y eso dificulta un poco que nos miremos a los ojos, ya que los mechones se mecen sin ton ni son por delante de nuestro rostro.
Me sorprende ver que no hay estrellas. Así que giro mi cabeza en todas las direcciones del firmamento.
—No hay estrellas porque está nublado —me aclara—. Si te fijas bien, allí, en esa dirección, verás que la luna se asoma entre las nubes por un segundo y vuelve a ocultarse.
—Ahí está, ya la veo.
—¿Y te gusta lo que ves?
De nuevo esa pregunta tan suya, tan nuestra. Me giro hacia ella y aparto de su cara ese montón de cabellos rebeldes.
—¡Me encanta! No me canso de verlo. —Y la beso.
Porque ya no me siento incómoda; llevamos toda la noche con gestos cariñosos y llenos de complicidad, sujetadas por el meñique.
Aun así, echaba de menos besarla. Así que eso hago.
Dejamos que nuestras lenguas decidan cuándo parar, pero básicamente paramos cuando nuestros pulmones ansían aire.
Apoya su cabeza en mi hombro en silencio y así permanecemos un rato, tan solo oyendo el rugir del mar.
—¿Sabes? Pensé que me acabaría yendo a la universidad sin haber vivido nada excitante —le confieso, y aún no sé ni por qué.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes. Yo hasta que te conocí a ti no había hecho nada raro.
—¿Con raro te refieres a lo nuestro? —Se ríe.
—No. Bueno, también. Aunque siempre soñé con pasar un verano inolvidable, hacer locuras y tener experiencias de esas que solo se tienen una vez en la vida. Pero no me veía capaz de hacerlo.
—Bueno, entonces vas por buen camino, ¿no? Este verano has conocido un lugar increíble, te has enamorado —me da un golpecito en la nariz con su dedo índice— y te ha masturbado una chica. Me parecen muchas locuras para ser tú.
Consigue arrancarme la risa.
—Sí, la verdad es que sí. También estoy bebiendo alcohol, aunque eso no me convence mucho.
—Yaaa. Yo también prefiero el sexo.
—¡Norah! —La empujo con el hombro.
—¿Qué? Tú también lo prefieres —sigue bromeando, ¿o no?—. Entiendo tu anhelo por hacer locuras, sobre todo después de llevar tantos años apagada. Antes de decidir hacia dónde encaminar la vida, hay que hacerlas, abrir la mente y experimentar. Estamos en la edad perfecta.
—Sí, lo estamos. Mi mente nunca había estado tan abierta como desde que te conozco. Y una cosa te digo —trato de ponerme seria, pero no lo consigo—, si voy a hacer locuras, quiero hacerlas todas este verano, contigo.
Al final ha quedado más romántico de lo que pretendía.
Ella me mira y juro por mi vida que trato de descifrar su mirada, pero no lo consigo. Sin embargo, sus palabras me dicen que pronto lo voy a entender.
—¿Todas? ¿De verdad?
Asiento con la cabeza.
—Todas —le susurro boca contra boca.
Me muerde pasionalmente.
—Vamos.