47. La exposición
Sasha
Definitivamente, mi madre no se ha percatado de nada.
Norah se ha apartado muy rápidamente y después todo ha fluido.
¡Incluso le ha cosido un brillante del vestido!
Cuando pienso que no puede sorprenderme más, va y lo hace.
Al final resultará que no se la da tan mal ser madre, aunque durante unos años lo haya olvidado.
Mientras esperamos a Josh para que nos pase a buscar para ir a la exposición, Norah ha puesto música en su habitación y está bailando mientras se pone unos pendientes de aro bastante grandes.
Yo la espero repasando cada detalle de su bonito cuarto.
Desde su ventana se ve el Marilyn, y por alguna razón imagino que en más de una ocasión debe haberme espiado hasta verme salir.
Sonrío al pensarlo. Ahora me cuadra que al principio me la encontrara tan a menudo.
Norah me ha contado que la vieja furgoneta de Josh es blanca, con una franja de color rojo de punta a punta del vehículo.
Por eso cuando oigo un motor en la calle, me asomo creyendo que es él, pero a quien veo es a Elery, bajándose de su camioneta rojiza y algo desconchada.
Lleva unos pantalones tejanos oscuros y una camisa blanca, con los últimos botones sin abrochar y remangada hasta medio brazo.
Lleva en el cuello el mismo collar que cuando lo conocí, o eso me parece desde aquí.
Se detiene antes de tocar el timbre y se mesa el pelo varias veces con nerviosismo.
Se frota las manos en el pantalón y veo cómo sopla exhalando el aire con fuerza dos veces seguidas.
En cuanto se abre la puerta, apenas puedo apreciar cómo le queda el vestido a ella, porque enseguida lo hace pasar y cierra de nuevo.
Pagaría lo que fuera por oírlos hablar. Por poder tener un agujero y espiarlos. Me los imagino fingiendo que ninguno está nervioso. Él tratará de bromear y mi madre apenas se reirá, y le dirá que quiere irse cuanto antes, para poder estar con más gente y no sentirse tan incómoda.
—¿Es Josh? Dile que me quedan cinco minutos —me dice Norah, pintándose la raya del ojo.
—No, no es él. Es Elery, que va a buscar a mi madre.
Mi amiga se pone a mi lado y frota mi brazo.
—Tranquila, ambos son adultos y sensatos —trata de calmarme.
—Lo sé. No es eso. Es que… no sé…
—¿Qué?
—Creo que siguen enamorados.
—¿En qué te basas?
—En el comportamiento de él. Tendrías que haber visto lo nervioso que estaba antes de tocar el timbre. Me ha recordado a las novelas juveniles en las que el chico va a buscar a la chica para asistir al baile.
—¿Tú crees? Ha pasado mucho tiempo. Creo que lo que más prima entre ellos dos es el recuerdo de cuando eran jóvenes y eran un grupo.
Y ahora la pasa a buscar para asistir a un evento de la amiga en común.
Yo no le veo más que eso. Cuando llegue tu padre, podrán estar por fin los cuatro y verás que no habíanada que temer.
—Tal vez tengas razón.
¡Pi-pi-pi-pi!
—¡Ese sí es Josh! —afirma Norah.
—Sí, eso parece.
Cuando bajamos, nuestro amigo se toma unos minutos para mostrarnos todos los arreglos que le ha hecho a su furgoneta, y todos los que le tiene pensado hacer. Lo cierto es que es un trabajazo, pero me encanta que Josh sea tan soñador.
En el momento en que Norah y él se enzarzan en discutir sobre si debería poner ducha interior o exterior, aprovecho para cruzar hasta el Marilyn.
Solo quiero comprobar que todo va bien. La camioneta de Elery lleva demasiado rato en la puerta.
Sin embargo, justo cuando ya he recorrido el caminito empedrado que me lleva hasta las escaleras del porche, aparece Norah.
—¿A dónde te crees que vas?
—Yo solo… Quiero comprobar que todo está bien.
—A ver, Sasha, por favor. ¿Qué crees que vas a encontrar cuando entres ahí? ¿Crees que los vas a sorprender follando como salvajes?
Alzo la ceja sarcásticamente.
—No. Claro que no.
—No veo a tu madre muy salvaje, la verdad —bromea—. Al viejo aún podría imaginármelo, pero no a ella.
—Qué tonta eres. —La empujo dulcemente.
—Anda, vamos. Lo vamos a pasar genial.
Accedo, me doy media vuelta y nos subimos a la furgoneta de Josh, que ya nos espera con música a todo volumen.
Cantamos a viva voz el estribillo de la canción Beggin’, de Maneskin .
Norah se viene arriba, se pone en pie en el asiento y abre el techo solar.
Se sube a cantar gritando y tira de mí para que lo haga con ella.
Parecía más grande la trampilla del techo, pero lo cierto es que apenas cabemos las dos bien pegaditas.
No nos importa. Nos sujetamos la una a la otra por la cintura y alzamos el otro brazo al viento.
El aire nos despeina. Tanto rato peinándonos para nada.
Pero también nos da igual, porque queremos cantar gritando, queremos vivir y respirar este momento, este verano.
Cuando la canción acaba, volvemos a nuestros asientos, donde Josh no deja de reír al vernos con el cabello todo alborotado.
—Estáis como una regadera. Sabéis que pueden multarme por eso que acabáis de hacer, ¿no?
—No seas aguafiestas, Josh —lo regaña Norah.
—¿Yo? Si para mí ha sido mejor que para vosotras. ¡Ahora sé que ambas lleváis tanga! Y las dos de color negro.
—¡Jooosh! —Le sacudo una colleja.
Él la esquiva sonriendo, sin apartar la vista de la carretera.
—Es allí —le señala Norah.
El recinto está sobre un pequeño acantilado. Hay una pequeña playa debajo, pero solo se puede acceder caminando. Me muero por asomarme a esos ventanales que estoy viendo mientras aparcamos. Hay un montón de gente ya. El evento empieza en cinco minutos.
Entramos a toda prisa y damos con Amber junto a un hombre de unos setenta años, canoso y que, sin uno saberlo, ya asimila como el galerista. Tal vez sea por el escandaloso pañuelo que lleva anudado al cuello, o por sus pantalones blancos y ajustados, pero sin duda es él.
Amber nos recibe con un abrazo. Va preciosa.
Lleva un vestido color champán, largo, de tiras brillantes, con la espalda descubierta y de escote pronunciado.
Está muy nerviosa, lo sé porque la veo tragarse de un sorbo lo que le quedaba en la copa.
Alberto se mantiene al margen, dejando espacio a la protagonista, y también porque sus padres no saben nada de este idilio.
—¿Se puede saber de dónde venís? —Nos mira a los tres.
—Pues de casa directos —contesta Norah.
—Pues vosotras dos lleváis unos pelos que quién lo diría.
No habíamos reparado en eso. Josh se echa a reír y levanta las manos.
—Yo no he tenido nada que ver. Se han hecho las divas sacando la cabeza por la trampilla de la furgoneta.
Norah y yo nos miramos y comprobamos que efectivamente nuestro recogido se ha desbaratado totalmente.
—Eso tiene arreglo —digo por fin.
Me quito la goma del pelo y pongo la cabeza boca abajo, lo muevo alborotándolo más.
Levanto la cabeza como si fuera una sirena.
Norah hace lo mismo. El resultado acaba siendo el de unas melenas exuberantes que parecen haber sido peinadas con descaro para la ocasión, aunque en verdad sea todo lo contrario.
Amber sonríe mordiéndose el labio y negando con la cabeza.
A veces creo que en nosotras dos se ve a ella misma con mi madre, cuando tenían nuestra edad.
De entre toda la gente que mi amiga va presentándome, me pongo algo tensa cuando lo hace con sus abuelos. No sé por qué, pero lo hago. Y lo cierto es que son unos ancianos adorables y por lo que veo muy queridos en el pueblo, ya que están continuamente siendo saludados.
Miro a Alberto a lo lejos. Empatizo con él, porque está aquí, aunque eso implique tener que fingir que solo son conocidos.
Mi madre aún no ha aparecido.
Decidimos dar una vuelta por la galería antes de que empiece todo.
Norah me hace el tour personalizado, donde me explica lo que sabe de cada obra, lo que ella opina y lo que le inspira.
Claramente, el arte es lo suyo también. La escucho embobada, porque no hay cosa más bonita que oír cómo habla de su pasión la persona a la quieres.
Tanto que incluso había olvidado a mi madre, y ni vuelvo a acordarme de ella hasta que la veo saludar a los abuelos de Norah con efusividad.
La saludo de lejos con la mano y ella me responde con una sonrisa.
Está increíble con ese vestido. Me fijo en Amber, que está hablando con Elery, lo tiene sujeto por el codo y parece que estén teniendo una conversación poco amigable.
Estoy a punto de acercarme disimuladamente para cotillear, cuando el hombre del pañuelo ridículo golpea una copa repetidamente, captando la atención de la gente y la de Amber, que se apresura a colocarse a su lado.
Tras una presentación algo tediosa y llena de halagos hacia Amber, empiezo a dudar si al hombre le gustan realmente las obras o la artista.
Cuando la música vuelve a sonar por los altavoces y la gente se reparte por el local, parándose en cada cuadro, veo cómo Lily viene directa a nosotras.
A Norah le cambia el semblante tan solo con su presencia.
—Hola, forastera —se dirige directamente a mí—. Buen intento el de la otra noche, pero Josh ya me confesó que no hay nada entre vosotros dos.
—No. Yo no estoy interesada en Josh.
—¿Ah no? No es lo que parece.
—Pues te aseguro que mis razones tengo —bromeo tomándola por tonta.
—¿Y se puede saber cuáles son? No me digas que tienes novio.
—Novia, para ser exactos —responde Norah cogiéndome por la cintura—. Así que ya podrás dormir tranquila, que este bombón me lo como yo solita.
Una vez más, Lily nos observa estupefacta, aunque no sé si se lo acaba de creer o piensa que es pura pantomima. Aun así, se da media vuelta y se marcha.
—Así que novia —digo mirándola y esperando a que diga algo más.
—Mira, Sasha, lo he pensado mejor. No quiero esconderme y tener que pasar por situaciones incómodas cada vez que alguien venga a ligar con nosotras creyendo que somos solo amigas. Al fin y al cabo, esto es real, ¿no?
Me mira buscando mi aprobación