46. El pasillo #2
Cuando me miro, me cuesta reconocerme, pero me gusta.
Vaya si me gusta verme así. Por último, abro la funda y por fin veo el vestido que Amber me ha prestado.
A simple vista es sencillo, largo y negro.
¡Cómo me conoce! Pero en cuanto me lo pongo, veo los detalles que hacen de esta prenda algo precioso.
La espalda acaba en uve, es ajustado de satén y con un escote recto, pero cubierto de gasa, tiene un corte infinito en el lado derecho, por donde asoma la pierna.
Es sencillo, sofisticado y sexy a la vez. Me lo pruebo.
¿Está loca? ¿Dónde voy yo así? No me he puesto un vestido como este en mi vida.
Doy dos vueltas frente al espejo, y me obligo a quitarme el sujetador, ya que con la espalda tan descubierta no puedo llevarlo.
Niego con la cabeza, queriendo convencerme a mí misma de que no voy a ponérmelo.
Pero cuanto más lo miro, más me gusta. Me queda genial.
Además, si no lo llevo, Amber se va a cabrear mucho.
Me miro dos veces más y, antes de que acabe de tomar una decisión, suena ese extraño sonido del timbre.
¡No! Dudo. Entro en pánico. Debe ser Elery.
Vuelve a sonar y ahora sí que no puedo escapar. Bajo a abrirle y, en cuanto lo hago, se queda perplejo. Creo que hasta palidece.
—¿Qué? —lo insto a reaccionar.
—Estás… Estás… increíble, Meg.
—Ya, bueno. Me lo estaba probando. Amber me lo ha prestado, pero es que no me veo.
—Yo sí te veo, vaya si te veo. Estás preciosa.
Me sonrojo, claro. Y el corazón se me dispara, porque cada vez que tiene una palabra amable hacia mí, vuelvo a tener quince años.
—No sé. Bueno, pasa, que acabo de coger mis cosas y vamos.
Pasa hasta el salón y se sienta en el viejo sofá, observando las estanterías llenas de libros.
—¿Ya los has colocado todos? ¡Qué rapidez!
—¡Uf! La mañana ha dado para mucho.
No deja de mirarme.
—¿Y Sasha? Seguro que va preciosa también.
—Uy, sí. Va increíble. Norah le ha traído un vestido que le sienta muy bien. Se han ido a vestir allí, hoy han preparado una noche de chicas con películas y eso.
—¿Y eso? —dice con sarcasmo.
Lo miro intentando descifrar lo que esconden sus palabras.
—Un momento. ¿Tú has notado algo entre Norah y Sasha? —le pregunto de un modo acusatorio.
—¿El qué? ¿Qué están enamoradas la una de la otra? Casi desde el primer día.
—¿En serio? Yo lo he deducido hoy.
—Eso es bueno.
—¿El qué? ¿Que lleve todo este tiempo sin darme cuenta de que a mi hija le gustan las chicas?
—No. Que estés empezando a conectar de nuevo con ella, por eso has podido detectarlo.
—No lo había pensado así.
Elery siempre sabe qué decir para hacerme sentir bien.
Salgo de allí en busca de mi bolso. Observo a Sirius en la cocina, le pongo su comida y vuelvo a aparecer.
—¡Ya está! ¡Lista! —digo, pero no lo parezco. Sobre todo, porque me sobresalto cuando oigo un vehículo pitar.
Elery se asoma a la ventana de la cocina y espía junto al gato, que es muy curioso.
—Es mi sobrino, ha venido a recoger a las chicas —afirma tan tranquilo.
Sin embargo, yo no dejo de repasar el interior del bolso, de mirar hacia todos lados, de comprobar que no haya luces encendidas y de moverme sin ton ni son. Elery me sigue hasta el pasillo, yo vuelvo a mirar el bolso y no tarda nada en detectar que algo no va bien en mí.
—Meg. —Posa su mano en mi muñeca, obligándome a parar.
—¿Qué?
—Mírame. Soy yo y vamos a la exposición de nuestra amiga. No pasa nada.
—Lo sé, es solo que hace tanto tiempo que no acudo a un acto social que me abruma.
—Ven. —Me llama con el dedo índice para que me acerque más a él. No reacciono, pero el pulso se me dispara—. Ven —insiste. Lo hago, pero me apoyo contra la pared para poner distancia entre los dos—. ¿Puedes cerrar los ojos un instante?
—¿Para qué? Bastante nerviosa estoy ya.
—Hazme caso. —Y se lo hago. Entonces acerca su boca a mi oreja y me habla—: Vamos a hacer un ejercicio para este día.
Tienes que imaginarte que el tiempo no ha pasado, yo vengo a recogerte como cuando íbamos a un baile juntos y vamos a ver a nuestra amiga en su día especial.
—Quiero decir algo, abro la boca, pero no emito ningún sonido—.
Puedes hacerlo, Megan, puedes disfrutar de una noche tranquila, yo estaré a tu lado, y Amber también.
No estás haciendo nada malo. Tan solo vuelve a ser tú.
Bébete una copa, relaciónate, relaja la mente y disfruta.
Se me eriza la piel del cuello y se me yerguen los pezones con su aliento. ¿Por qué me hace esto?
—No sé si voy a poder —balbuceo. Lo tengo a escasos centímetros de mi boca, y parece que el corazón me esté latiendo en la garganta—. Elery —apenas susurro, sin dejar de mirarlo.
—¿Qué? ¿Estás mejor? Respira.
—Bésame.
Noto cómo se detiene el mundo en sus ojos. Los clava en mí. Ha enmudecido de golpe y, sin pensarlo más, acata mis órdenes y me besa atrapando todo mi cuerpo contra la pared. Respiro el olor de su perfume grabado a fuego en mi cerebro. Es él. Es Elery. No es un sueño.
Enredo mi lengua a la suya y me excito cuando mis pezones rozan los botones de su camisa.
Baja sus manos por el contorno de mi cuerpo con ansia y me sube el vestido acariciando mis muslos y arrugándolo a la altura de mi trasero.
Aprieta mis carnes con pasión. Yo gimo y meto mis dedos entre su pelo para atraerlo con más fuerza hacia mí.
Me siento libre y salvaje a la vez, llena de pasión.
Me siento viva con su lengua en mi boca y mis braguitas humedecidas.
Me armo de valor y desabrocho torpemente su camisa.
Quiero tocarlo. Él se detiene un instante a descifrar lo que dicta mi mirada y sonríe al descubrirlo.
Nuestros labios sonríen pegados, deseosos por dárselo todo.
Empieza a no haber vuelta atrás cuando le desabrocho el pantalón y su gran erección se apoya contra mi vestido.
Lo sube un poco más y lleva una de sus manos hasta donde nace mi deseo, y con sus dedos consigue hacerme gemir de nuevo.
La situación es tensa y excitante. Estamos en el pasillo del Marilyn, esa puerta podría abrirse en cualquier momento y, aun así, no podemos parar.
Sentimos la urgencia en nuestras carnes, por poseernos, por no dejar pasar esta oportunidad.
Y es que, si nos detenemos un segundo a pensar, probablemente esto no llegue a suceder, y queremos, vaya si queremos.
En este momento me da igual todo, tengo al amor de mi vida apoyando su deseo contra mí, así que subo mi vestido un poco más, facilitándole el camino.
Se sorprende al ver mi reacción, detiene su mirada sobre la mía, a la vez que me alza contra la pared y yo enredo mis piernas en sus caderas.
Y sin dejar de mirarnos, se hunde dentro de mí.
Gimo al sentir una especie de dolor placentero.
Hacía muchos años que no hacía el amor. Mi cuerpo necesita adaptarse al suyo.
Se da cuenta y, en la siguiente, lo hace más lento.
Una y otra y otra vez. Pero las ansias y las prisas que tenemos hacen que aumentemos el ritmo enseguida.
Lo muerdo, lo deseo, lo quiero así, conmigo, dentro de mí.
—Meg… —exhala en mi oído a la vez que me baja sin salir de mí, dejándome poner los pies en el suelo—. No quiero acabar si tú no lo haces.
—Yo… —apenas puedo hablar, me falta el aire—. Yo no sé si voy a poder, hace tanto que no… —No me deja acabar, me gira de cara a la pared, rodea mi cadera con su mano y la baja hasta que sus dedos se encuentran con mi humedad.
Sabe perfectamente lo que tiene que hacer, me embiste desde atrás sin descuidar mi placer.
Cada embestida la siento como si subiera un escalón más y estoy en el último peldaño.
Se hunde una última vez y me hace tocar el cielo, llegando incluso a poner los ojos en blanco.
Gimo contra la pared que huele a pintura.
Acerca su cara a la mía, apoyando su dorso en mi espalda y se hunde dos veces más en mi interior antes de subir al cielo conmigo.
Permanecemos unos segundos así, exhaustos e imantados.
Cuando sale de mi interior, lo hace poco a poco.
Me giro y dejo la espalda apoyada contra la pared, me bajo el vestido y me deslizo hasta quedarme sentada, ya que las piernas no me responden.
Él se abrocha el pantalón y deja la camisa abierta, repite el mismo gesto y se sienta a mi lado.
Recobramos la respiración en silencio. Enlaza su mano con la mía y así nos mantenemos unos minutos; con las cabezas apoyadas en la pared, la barbilla en alto y la respiración entrecortada.
Giro la cabeza lentamente hasta observarlo, despeinado y terriblemente sexy . Sé que está mal lo que hemos hecho, pero creo que peor ha sido no poder hacerlo todos estos años. Elery, mi gran amor.
—¿Nos vamos? —sugiere—. Vamos a llegar los últimos.
—Sí, vamos.
Se alza, tira de mi mano y me pongo en pie.
Antes de salir, voy al baño a asearme. Unos minutos después, él entra y mientras yo retoco mi pelo, él se abrocha la camisa. Cuando acaba, se mesa el pelo con los dedos. Lo observo a través del espejo. Cuando se percata, se acerca y apoya su barbilla en mi hombro.
—Estás preciosa.
—Tú sí que lo estás, te han sentado de maravilla los años. —Acaricio su cara.
Nos miramos de nuevo a través del espejo, y es entonces cuando soy plenamente consciente de que sigo amándolo como si estos años no hubieran existido.
Siento que me llena el alma, que lo he necesitado siempre y que irremediablemente voy a romperle el corazón de nuevo, porque eso es lo único que se me da bien.
Mentir y hacerle daño a la gente que quiero.