46. El pasillo
Megan
Me asaltan miles de dudas y miedos justo en el momento en que aparca frente al Marilyn. No parece haber ninguna luz encendida; Sasha deber dormir. El que no lo hace es Sirius, que sale a mi encuentro.
Elery descarga las cajas de libros y los deja justo en la puerta.
—Es tarde, ya los entro yo, no te preocupes —me apresuro a aclarar. Suena como si lo estuviera urgiendo para que se marche, pero es que ahora sí me siento como si hubiera cometido un delito.
Elery se da cuenta.
— Ok . Ya puedes, ¿verdad?
—Sí, sí.
Estamos uno frente al otro. A nuestros pies, dos cajas de libros usados nos separan y siento alivio por ello, ya que, de no ser así, probablemente tendría la necesidad de tocarlo.
—Mañana te llamo. —¿Cómo? ¿Por qué va a llamarme?
Abro la boca, sin siquiera saber qué decir a eso, pero no me da tiempo a formular nada cuando él prosigue—.
Tenemos una cita —afirma nervioso, acelerando la despedida.
¿Una cita? No contesto, se nota que me ha pillado por sorpresa, así que se permite aclararlo—. Para ir a la exposición de Amber.
Uf. Se me había cortado hasta la respiración.
—Ah, sí, sí. Cierto. La exposición.
—Pasaré a por ti. No te pongas muy guapa, que es su noche y ya sabes que no le gusta que le roben el protagonismo —bromea haciendo referencia a la antigua Amber.
—No digas bobadas. —Le golpeo con el puño en el hombro dulcemente—. Está preciosa, como si hubiera hecho un pacto con el diablo. Nadie le hace sombra a Amber.
Suelta una carcajada llena de sarcasmo.
—Qué equivocada estuviste siempre.
Me ruborizo ante su halago. Nos miramos un instante y dejo que una de sus manos roce la mía, regalándole una caricia casi invisible.
Siento su energía, me eriza la piel y vuelven a revolotear las malditas mariposas en mi estómago.
Un breve silencio se apodera del momento.
Tomo consciencia de dónde estoy y, antes de que hagamos algo de lo que nos arrepintamos mañana, doy un paso atrás y evito ese beso que aguardaba entre la razón y el corazón.
—Buenas noches, Elery.
Entiende perfectamente la situación. Asiente con un leve movimiento de cabeza y se marcha.
—Que descanses.
Abro la puerta y empujo las cajas hasta el interior.
En cuanto la cierro y el silencio de la noche me golpea, tengo que detenerme un instante para asimilar todo lo sucedido.
Apoyo mi espalda en la puerta y pienso en la arena, en el beso del baño, en el sonido del mar, en sus ojos…
Me llevo ambas manos a la cara. «¿Qué hemos hecho?
», me repito a mí misma, con el corazón desbocado y el alma alborotada tan solo con pensarlo.
Me tiemblan las piernas cuando oigo la voz de Sasha en la oscuridad y siento pánico solo con pensar que haya podido ver algo, aunque en realidad no ha pasado nada. Pero no es así; si mi hija hubiera visto o percibido algo, en estos momentos me estaría escupiendo fuego y reproches.
Siento alivio cuando la oigo irse escaleras arriba. Un mensaje llega a mi teléfono, lo abro esquivando los veinte que tengo de Alan y ahí está de nuevo:
«Entiendo que no modificarías nada de tu pasado y lo respeto, pero yo no hay nada que no cambiaría con tal de haberte dado yo todo eso. Y sé que no quieres oír esto, pero tú y yo merecemos nuestra verdad».
Sonrío. ¡Sonrío! Pero tras analizar las palabras voy borrando esa mueca, ya que lo que él asegura que merecemos es justamente lo que no me atrevo a darle.
***
Pacific Grove me ha devuelto muchas cosas, eso es innegable.
Si alguien me hubiera dicho que iba a estar jugando en la piscina con Sasha a estas alturas, lo hubiera tachado de loco.
Sin embargo, no solo eso, sino que hemos vuelto a abrazarnos y he sentido uno de los miedos más grandes de mi existencia.
Parecido al que sentí cuando vi que la vida de Sammy se escapaba en aquel hospital.
¿Cómo he llegado a esto? ¿Cuántos frentes tengo abiertos? ¿Cuántas mentiras cargo a mis espaldas?
Cuando Sasha ha dicho que tenemos toda una vida para seguir acomodando el Marilyn, lo ha dicho en plural.
He pensado en Alan, en los informes médicos, y me he derrumbado.
Porque cada una de las decisiones ha sido tomada de manera consensuada, entre él y yo, porque Alan y yo hacemos un buen equipo.
Pero sé perfectamente que el peso de todo acabará recayendo en mí y solo en mí. Y lo peor de todo es que lo merezco.
Cuando Norah aparece, dejando sobre el sofá un vestido que Amber me manda por cortesía —y porque sabe perfectamente que no traigo ropa para la ocasión—, entiendo que realmente es un día muy importante para ellas.
Norah está pletórica y esa energía es contagiosa, jamás he visto a mi hija con tanta vida como desde que la conoció a ella.
Un segundo nada más me ha bastado para entenderlo todo.
Con un simple gesto, algo tan inocente como verlas cogidas de la mano, y un sinfín de imágenes en forma de destellos han atravesado mi mente, dejando ver con claridad una verdad que siempre ha estado ahí y que, sin embargo, he pasado por alto, y es que a mi hija le gustan las chicas. Le gusta Norah.
Tras ese instante, vuelvo a la realidad y las veo alejarse.
Pasados unos minutos, no obstante, no puedo esperar más para ver qué tipo de vestido le ha traído a Sasha, así que subo las escaleras y abro la puerta con la excusa de subirle algo de ropa doblada.
Por unos segundos, mis retinas captan lo que hacía unos minutos había intuido.
Norah se aparta de un respingo al verme.
Estaba detrás de Sasha, ambas frente al espejo, y no son cosas mías; su mirada y su acercamiento sobrepasaban los de una amistad.
Amber y yo fuimos uña y carne, pero no nos envolvía nada parecido a lo que las envuelve a ellas.
Es distinto. Definitivamente, están enamoradas.
Finjo no darme cuenta, porque mi hija no me ha dicho nada. Aunque para ser sinceros tampoco espero que lo haga. Nuestra relación ha mejorado, pero dudo que lo haya hecho tanto como para algo así. Aparto la mirada de ambas y dejo la ropa sobre el escritorio.
—Es precioso, cariño. —Acaricio el brazo de mi hija dándole el visto bueno con el vestido.
—¿Verdad que sí, Megan? —añade Norah—. Es de un color parecido a sus ojos.
—Le queda genial, sí. ¿Y el tuyo? —Miro a la joven.
—Yo ya me lo he probado en casa. Lo único que al mío le cuelga uno de los brillantes, le diré a mi abuela que le dé un retoque.
—A ver. Enséñamelo —la insto.
Se miran entre las dos, y creo que analizan mi comportamiento, por si detectan que he notado algo. Pero finjo muy bien.
Norah saca el vestido de la funda y me lo muestra.
—Vale, dame cinco minutos. Yo te lo arreglo. En la habitación de la lavadora encontré la típica caja de hilos, agujas y botones de mi madre.
—No hace falta, Megan, ya lo hará mi abuela.
—Quiero hacerlo, no me cuesta nada. Además, tienes que estar a la altura de esto. —Señalo a mi hija, la cual alza las cejas—. Vais a ir perfectas las dos.
Y sin darle opción a nada, desaparezco con el vestido. En cuanto salgo, las oigo explotar en risas, y eso me reconforta.
***
Un rato después, las dos abandonan la casa con ambos vestidos en las fundas. Han anulado los planes de la piscina por ir a acabar de prepararse a casa de Norah y sacar a pasear a Dobby antes de la exposición.
Al cabo de unos minutos, Amber aparece en el Marilyn hecha un manojo de nervios.
—¿Quieres que te haga una tila? —le ofrezco.
—¿Una tila? Hace más de una hora que le pedí a Alberto de vernos y aún no ha aparecido.
Necesito liberar tensiones. —Levanto una ceja, incitándola a que me dé una explicación a eso—.
Joder, Megan. Necesito que echemos un polvo rápido de esos que relajan el cuerpo y la mente.
Si voy relajada no me subiré por las paredes.
—No puedo evitar reírme de sus ocurrencias—.
No te rías. Deberías probarlo. Antes de un momento estresante es el mejor remedio.
—Suena su teléfono y se pone en pie—. ¡Por fin!
Me voy, no tenemos mucho tiempo. Antes de que llegue su compañero a sustituirlo podremos follar en el almacén.
—¡Amber!
—¿Qué? No sabes lo excitante que es. Hay una mesa vieja que algún día acabaremos por romper de tanto…
—¡Va! ¡Vete! Tu empotrador te espera —bromeo—. Sácate esos nervios. Nos vemos luego, todo va a ir genial.
—Gracias. —Se abalanza y me da un abrazo de esos que te estrujan—. Cómo me alegro de poder compartir este momento contigo. Ojalá no tuvieras que marcharte nunca.
No sé qué decirle, así que le doy unos golpecitos en la espalda y la insto a marcharse.
Cuando Amber desaparece y el Marilyn se queda en silencio, me quedo sola con Sirius y lo alzo en brazos. Paseo por la casa entera. Hay mucho por mejorar, pero está tan bonita que por un momento me gustaría poder sopesar la idea de lo que ha dicho Amber. Quedarme en Grove.
Seguidamente, pienso en Alan, en todo lo que se nos viene encima, en Elery, en Sasha… Me abruma todo eso, me pesa. Así que me meto en la ducha para ver si el agua me despoja de algún peso invisible.
En cuanto salgo, veo el mensaje de Elery.
«En media hora paso a por ti».
¿Qué? ¡Mierda!
Miro la hora y me apresuro a secarme el pelo.
En principio había pensado en llevarlo suelto, pero opto por recogerlo en un peinado sencillo con algunos mechones que ondulo con la plancha de Sasha.
Entre sus cosas y las mías, rescato suficiente para pintarme un poco los ojos, darles brillo a los labios y realzar mis pómulos.