45. Vestidos #2
Desayunamos tranquilas, con la radio sonando a lo lejos, la hemos dejado encendida; no molesta, hace el momento más ameno. Jamás voy a dejar que la música salga de mi vida, no quiero volver a sentir silencio.
—¿Cómo fue ayer? —La pillo por sorpresa con mi pregunta.
—Bien —responde a secas, y se gira en busca de la cafetera para volver a llenar su taza. O tal vez para no mirarme.
—¿Todas esas horas estuvisteis comprando libros? —Voy directa.
—Esto… No, no. Elery tenía que hacer unas gestiones y aprovechó el viaje. No sé si lo sabes, pero algunos trámites no pueden gestionarse desde Grove, hay que desplazarse hasta Monterey.
—No, no lo sabía.
—Sí, es más grande y llevan lo de todo el condado.
—Aaaaah. —Quiero preguntarle qué tipo de gestiones, pero eso ya sonaría a interrogatorio. Así que no lo hago—. Mmm, mamá.
—¿Qué? —me responde, con cara de apuro. Creo que se siente incómoda con mis preguntas.
—Hoy, si no te importa, me quedaré a dormir en casa de Norah. Después de la exposición, a Amber le han regalado una noche en un hotel de cinco estrellas y suponemos que irá con ese chico mexicano.
—¿Con Alberto?
—Sí. Tú ya lo sabías, ¿no?
—Sí, me lo presentó hace unos días. Parece un buen tipo.
—Y joven.
—¿Y qué más da la edad? He visto cómo lo mira, y él a ella. A mí me basta con eso.
—Sí, a Norah también. Tuvo una charla con su madre y le contó que ese hombre le gustaba como hacía tiempo que ninguno lo hacía. Con ese argumento, Norah no pudo rebatirle nada. Se alegra por ella.
—Bien. Me alegro yo también.
—Pues eso, que Norah se queda sola y hemos pensado en ver unas pelis hasta tarde.
—Sí, claro. No hay problema. Me alegro de que os llevéis tan bien.
—Yaaa, bueno, esto… —Por un momento sopeso la idea de confesarle la verdad, pero no lo hago. No me siento preparada—. ¿Puedo invitar a los chicos a la piscina?
—Por supuesto. Ese joven, Josh, se ha ganado el pase gratuito todo el verano, todos se lo han ganado. El Marilyn parece otro.
—También ha sido cosa tuya —la animo—. La abuela estaría orgullosa.
Se emociona, lo veo en el brillo de sus ojos.
—Sí, le encantaría verlo así, aunque aún hay mucho por hacer.
—Bueno, yo creo que, a partir de ahora, tendremos toda la vida para darle retoques —lo digo sin pensar, directo del corazón a la boca.
Me mira, le tiembla el labio y termina por emocionarse del todo. No puede contener las lágrimas. ¿Qué le pasa? ¿Le he recordado algo de Sammy? No, no lo he hecho. No entiendo nada. ¿Qué hago?
Me levanto lentamente, me acerco y, sin saber bien qué hacer, la abrazo.
Al principio se queda helada, pero tras unos segundos me responde y me aprieta muy fuerte contra ella.
No recordaba los brazos de mi madre, esos que un día fueron hogar.
Cierro los ojos, inhalo y disfruto de este momento que no debería parecerme tan extraño, pero lo es.
Lo es porque no me está causando rechazo ni enojo y lo es porque siento que es sincero.
Ella se aferra a mi cuerpo y yo al suyo. Mi madre vuelve a ser ella y eso me ensancha el alma, tanto, que al final he olvidado comentarle que papá va a adelantar su viaje.
***
Pasamos el resto de la mañana quitando herramientas del medio, dando retoques y detectando pequeños desperfectos que hay que seguir arreglando.
Evidentemente, en dos semanas no nos ha dado tiempo de levantar el Marilyn entero, pero, aun así, con lo que hemos conseguido, parece otro.
Predomina el blanco por todas partes, dando sensación de amplitud y serenidad, y las puertas del mismo color con la silueta de la actriz dibujada le dan un encanto especial.
Me gusta este lugar, ya sé que lo repito mucho, pero es que es realmente así.
En estos momentos, mi madre se encuentra colocando los libros de las dos cajas en su nueva biblioteca, y yo acabo de fregar el suelo. Todavía no está perfecto, pero Elery ha prometido pasar la pulidora en el vestíbulo y devolverle el brillo.
Amber le ha regalado a mi madre unas velas aromáticas que he prendido y un delicioso aroma a jazmín inunda toda la parte baja.
Me siento en el primer escalón a esperar a que se seque lo fregado.
Abro el móvil y repaso las imágenes que llevo capturadas desde que llegué.
Sonrío al ver la primera que Norah me hizo sentada de espaldas frente al mar y junto a Elery.
El corazón se me ensancha cuando me doy cuenta de la cantidad de fotografías que hay del bosque de las mariposas monarcas.
De Norah y mías. Sin duda este verano es nuestro. Me alegro tanto de haber venido.
De repente, ese ruido difícil de definir, que ya identifico como el timbre, me saca de mis pensamientos. El suelo está más que seco, así que me apresuro a abrir antes de que vuelva a sonar. Al otro lado, me encuentro a Noah levantando unas perchas de las que cuelgan unas fundas.
—¡Sorpresa! —me grita alzando todavía más lo que lleva en las manos.
—¿Y esto?
—Son vestidos para que vayamos divinas a la exposición de esta tarde-noche.
—¿De dónde los has sacado?
—Mis abuelos están aquí y me han traído un arsenal de regalos, entre ellos estos vestidos de fiesta increíbles. ¿Vas a dejarme pasar o te los vas a probar aquí?
—Perdón. Pasa, pasa.
Entra con mucho ímpetu. No puedo hacer otra cosa que seguirla.
Se detiene frente al salón a saludar a mi madre.
—Hola, Megan. He traído unos vestidos para hoy. Mi madre manda uno para ti.
Mi progenitora se gira con un libro en la mano, ya casi los ha colocado todos.
—¿Cómo? —No entiende nada.
—Sí, es este. —Norah entra y deja sobre el viejo sofá chéster un vestido dentro de una funda—. Dice que ni se te ocurra aparecer sin llevarlo puesto, que es ideal para ti. Nosotras vamos arriba a probarnos los nuestros.
Mi madre me mira confundida. Yo levanto las manos apuntando al cielo, como diciendo que no sé nada de todo esto, entonces le devuelve la mirada a Norah.
—Tu madre está loca, lo sabías, ¿no? —le bromea a mi amiga.
—Uff, si solo fuera eso… —le sigue la corriente.
En un impulso de los que caracterizan a Norah, me coge de la mano para subir a probarnos la ropa.
No puedo evitar darme cuenta de que a mi madre no le pasa desapercibido el gesto.
Mira nuestras manos enlazadas y antes de que pueda llevar su mirada hacia mí, me doy media vuelta y desaparecemos del salón.
He sentido un escalofrío. Una especie de presentimiento.
Pero lo olvido en cuanto Norah abre las fundas y de ahí salen dos vestidos preciosos.
Uno es ajustado, de color azul verdoso. El tejido emite pequeños brillos según le dé la luz, tiene el escote cuadrado y es corto.
El otro lo tiene en forma de uve, se ajusta al pecho y desde ahí cae suelta la parte de la falda que es de gasa.
Este es de color violeta y está rodeado de un cinturón de brillantes entre el pecho y la falda corta, que le dan un toque muy elegante.
—¿Cuál quieres? —me ofrece.
—No sé, los dos son muy monos.
—Pues hagámoslo al revés. ¿Cuál crees que me pega más a mí?
Tras pensarlo una milésima de segundo, levanto el violeta. Me recuerda a las tonalidades del cielo de Grove cuando atardece y, si tuviera que definir a Norah con un color, sin duda elegiría ese.
—¡Bien! También es el que me gusta, pero quería darte a elegir primero a ti. Me los he probado y los dos me quedan bien. Estoy segura de que el turquesa a ti te quedará de muerte, va a conjunto con tus ojos.
No me había percatado de eso. No me lo pienso más y sin vergüenza me deshago de la ropa y me enfundo el precioso vestido. Norah me observa boquiabierta.
—Sabía que te iba a quedar bien, pero, Sasha, estás impresionante. Esta noche voy a tener que andarme con mil ojos, se te van a pegar los moscardones por todos lados.
—Calla, tonta. —La empujo suavemente—. Yo solo tengo ojos para ti, y estoy segura de que el color violeta te queda de muerte.
Me miro al espejo de la habitación. Norah se acerca por detrás y apoya su barbilla en mi hombro.
Lleva la vista al escritorio y decide ir hasta allí.
Cuando regresa, se pone exactamente donde estaba, detrás de mí, rodea con ambas manos mi cuello y me doy cuenta de que está poniéndome el colgante que compré cuando estuvimos en el bosque de las mariposas.
No es como el que Elery lleva en la camioneta, pero es casi tan bonito.
Retira mi pelo con dulzura para abrocharme el collar y al terminar me deja caer un beso en el cuello que consigue erizarme hasta el alma.
Ronroneo, juntando mi cabeza con la suya, cuando sin avisar se abre la puerta de la habitación.
—¿Qué tal ese vestido?
¡Tierra trágame!