Aquel verano en Grove 45. Vestidos
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45. Vestidos

Sasha

Bajo a la cocina a por agua. Cuatro Lagunitas me he bebido hoy.

¡Cuatro! Es normal que tenga tanta sed, el alcohol deshidrata, todos lo sabemos.

Me las he bebido sin querer, no me he dado cuenta hasta que, en una de esas visitas al baño, he notado que bajo mis pies no había mucha estabilidad —y no, no era que el bar del muelle se estuviera preparando para despegar—.

Debido a eso, esta noche, Mike se ha reído de mi poco aguante.

No estoy acostumbrada a beber. Norah finge que sí, pero estaba en el mismo estado que yo.

Me he reído hasta llorar con las historias de Mike con hombres casados.

Poco a poco me he ido desinhibiendo y mis gestos hacia Norah se han ido tornando, digamos que poco discretos; dejaban poco a la imaginación.

Se nota cuando en una caricia en la cara o en la mano hay algo más que una simple amistad.

Así que ahora todo Grove debe saber lo nuestro.

Sobre todo porque ella me contestaba con la misma complicidad, como si estuviéramos solas en el mundo.

Mike lo intuyó desde el primer momento, así que tan solo nos ha gritado: «¡Lo sabía!

¡Mi olfato no falla!». Se ha alegrado mucho por nosotras dos y nos ha invitado a la última.

Desde la terraza del bar del muelle hemos visto el atardecer picando unos nachos con queso.

Ha sido un cierre del día increíble. Y al llegar a casa, Norah me ha acompañado hasta la puerta, ha subido los peldaños junto a mí y, cuando parecía que inevitablemente íbamos a besarnos, ha aparecido Amber con Dobby al otro lado de la calle.

Nuestro beso se ha quedado en el aire. ¡Casi nos pillan!

Norah me ha guiñado un ojo y ha vuelto sobre sus pasos directa a acariciar el perro.

Por un instante, he cruzado la mirada con Amber y he sentido pánico. ¿Se habrá dado cuenta de algo?

Ese pensamiento, junto a la sed que me ha dejado el alcohol, no me dejan dormir.

Me encuentro en pijama, junto a la ventana de la cocina, con la mirada puesta en el jardín de mis vecinas y bebiendo un vaso de agua.

No he encendido ni la luz. Bebo absorta en mis pensamientos, asimilando todo lo que he descubierto hoy y asimilando que no me canso de tener a Norah cerca, ni de tocarla, besarla y acariciarla.

No sé cómo voy a decirle a mi padre que me he enamorado de una chica.

Cuando estoy a punto de volver a la cama, oigo el motor de un vehículo.

Me quedo junto al cristal, pero me coloco en la esquina para poder espiar.

Entonces los veo. Mi madre se baja de la camioneta de Elery.

Mira hacia la casa y doy un paso atrás, aunque sé que no pueden verme.

Él descarga dos cajas y las sube hasta la puerta, donde ella se encuentra en este momento.

Pierdo el campo de visión tan amplio que tenía, pero más o menos aún los veo.

¿Qué estoy haciendo? Josh tenía razón. Son dos adultos con vidas ya hechas.

No debo ver fantasmas donde nos los hay.

Están teniendo un comportamiento normal, demasiado, para haber estado enamorados el uno del otro en otro tiempo.

Doy un trago lento. Ojalá pudiera escucharlos.

Desde aquí apenas puedo ver sus gestos. Lo único que veo es la espalda ancha de Elery y no, no parece estar besándola.

¿Besándola? ¿Por qué pienso estas mierdas?

¿Por qué iban a besarse si ella es una mujer casada?

Sacudo la cabeza para deshacerme de esos pensamientos y enseguida escucho cerrarse la puerta.

Pero no la oigo avanzar en la casa. ¿Qué hace?

Me acerco lentamente en la oscuridad para comprobar qué demonios está haciendo, y siento una punzada en el pecho cuando la veo. Está apoyada en la puerta de espaldas, con la barbilla en alto y ambas manos cubriendo su rostro. ¿Está llorando?

—¿Mamá?

La asusto cuando oye mi voz provenir de la oscuridad. Rápidamente, se apresura a cobrar la compostura. Baja sus manos y se plancha nerviosamente la camiseta, claramente tratado de disimular algo. Pero ¿el qué?

Carraspea.

—¡Sasha! Me has asustado. Se nos ha hecho un poco tarde, pero hemos comprado muchos libros… —parlotea sin parar—. Mira, he conseguido una edición especial de… —Se agacha a remover la caja y aprovecho para encender la luz y verla con más claridad—. Mira, la de Mujercitas . ¿A qué es preciosa?

Me desconcierta con tanta verborrea. Está nerviosa.

«¿Y cómo estarías tú, Sasha?», me recrimino internamente.

Ha pasado la tarde con el amor de su juventud y viene contenta, con un montón de libros y emocionada.

Bastante tiene con gestionar el hecho de volver a estar cerca de él y que nadie note nada.

Me apiado de ella, porque realmente no la veo capaz de engañar a mi padre.

—¿A ver? —muestro interés en el libro que me enseña y eso la tranquiliza.

La ayudo a mover las cajas hasta el salón, frente a la gran librería que Elery le ha montado, mientras me cuenta que una de ellas ha sido cortesía de él.

Caigo en ese momento en un detalle; mi madre tiene muchos libros en casa, pero jamás he visto a mi padre regalarle uno.

Además, no llevamos ni dos semanas en este lugar y ya ha recobrado el amor por la lectura y la repostería, y se ha comprado una crema para la cara y la he visto sonreír muchas más veces que en los últimos cuatro años.

Empiezo a sospechar que en este lugar está aflorando su verdadero ser, ese que vive apagado en Phoenix.

La pregunta es si realmente es por Grove o quizá tenga algo que ver Elery.

Se me acelera el pulso solo con pensar que decida cambiarlo por mi padre. Trago saliva y la insto a irse a dormir.

—Mañana los colocas, mamá. Ve a la cama. Es tarde.

—Voy a tomarme una infusión antes. Anda, ve a dormir tú. —Acaricia mi brazo y dejo que lo haga.

De verdad es que no sé si estoy enfadada por todo lo que estoy percibiendo, o estoy contenta porque por fin empieza a comportarse como una madre.

Le hago caso. Ella se va directa a la cocina y yo lo hago en dirección a las escaleras. Me giro una vez más para observarla moverse alrededor de la mesa y veo cómo escribe en su teléfono.

¿Está sonriendo? ¡Mierda!

***

Me despierto con la música a tope, proviene del jardín.

Pero ¿qué demonios? Me asomo por la salita del final del pasillo y veo a mi madre limpiando la piscina con esa especie de colador gigante, sacando las hierbas sueltas que han caído.

Ya está totalmente llena. Ha tardado casi veinticuatro horas en hacerlo, pero ha valido la pena.

Desde donde me encuentro, la vista es increíble; el jardín ya es casi de color verde, los parasoles están abiertos y las tumbonas brillan debido al barniz nuevo.

La figura oscura de Marilyn Monroe se difumina en el fondo de la piscina, la cual está repleta de agua cristalina.

Tengo que subir mis manos por encima de las cejas para proteger mis ojos de la claridad.

Hace muy buen día y el calor ya es notorio.

Mi madre se mueve al ritmo de The Time of My Life , de la banda sonora de Dirty Dancing .

Esa película la tenemos en el mueble del comedor de Phoenix.

Siempre he sabido que era suya, pero jamás imaginé que pudiera verla cantar y moverse al ritmo de esa canción.

Bajo a toda prisa antes de que acabe la música y la observo mientras me acerco. Se contonea al tiempo que trata de alcanzar algo que hay en mitad de la piscina.

—¡Bonita canción para despertar! —le recrimino burlona.

Se asusta al oírme y cuando trata de girarse pierde el equilibrio. No tengo claro que no vaya a caer al agua, así que me apresuro a sujetarla para que no se golpee con el borde. Sin embargo, al hacerlo, se balancea hacia atrás e inevitablemente caemos las dos a la piscina. «¡Splash!».

El agua está fría y huele un montón a cloro.

Cuando ambas sacamos la cabeza nos encontramos en la parte media y apenas nos cubre hasta por debajo del torso.

Nos quedamos un instante mirándonos de frente, en shock .

Con el pelo enmarañado y aplastado enmarcando nuestras caras.

El pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, el corazón a mil y los ojos abiertos de par en par del impacto.

Hasta que a mi madre solo se le ocurre decir:

—Bueno, piscina inaugurada.

Su comentario consigue arrancarme una carcajada de lo más profundo de mi ser, después otra y otra. Las dos reímos sin medida y no sé por qué mi reacción es salpicarla. Ella responde y durante unos minutos nos perseguimos lanzándonos agua la una a la otra como niñas.

—¡Para! ¡Para! —me grita—. Me ha dado un calambre. Estoy muy vieja para estas cosas.

—¿Qué dices? ¡Si todavía no has cumplido los cuarenta!

—Ahí estoy, rozándolos —refunfuña mientras sale coja de la piscina.

Yo lo hago tras ella y le pongo una de las toallas que hay sobre las tumbonas por encima, mientras me seco con la otra.

—Mamá, hoy que por fin hay paz en esta casa, yo me encargo del desayuno —le digo mientras se frota el pelo.

—¿Estás segura? Puedo hornear algo rápido.

—No hace falta. Comeremos lo que haya

—De acuerdo. —No rechista y sube a cambiarse.

Yo lo hago tras ella, pero me cambio mucho más rápido, antes de que baje y se ponga a cocinar.

Me tiene muy sorprendida con que esté horneando de nuevo; el olor a repostería es algo que solo recuerdo en mi niñez.

Está claro que esta cocina la inspira para volver a hacerlo.

Verás qué contento se pondrá mi padre cuando lo sepa.

Es muy goloso y, como ya habíamos desistido de que siguiera haciéndolo, cada domingo se acercaba a la cafetería del barrio a comprar cruasanes y magdalenas recién hechas.

En cuanto mi padre vuelve a mi mente, pienso en que debería decirle a mi madre que pronto estará aquí. Lo haré en cuanto estemos sentadas, comiéndonos las tostadas y bebiéndonos el café.