44. Efecto mariposa #2
Y por inexplicable que parezca, le hablo de mi pequeña, de su risa, de sus peculiaridades, de su relación con Sasha, de su comida favorita, de cuando adoptó a Sirius, del amor que me hacía sentir…
Y lo hago sin una sola lágrima, sin dolor, sin tristeza.
Cuento anécdotas como si mi pequeña estuviera viva.
Él escucha atentamente y va sonriendo. Siempre se le dio bien escuchar, mucho más que a mí. Juraría que es la primera vez que puedo hablar de ella.
Cuando la botella empieza a vaciarse y el vino achispa mi valentía, le pregunto por su vida en París. Me habla de la revista para la que trabajaba, de los reportajes más galardonados que ha hecho y, finalmente, una vez más, de Odette. Me cuenta cómo vivió su pérdida y cómo Marion lo rescató.
—Pero no empecé a sanar hasta que decidí quedarme aquí. Este es mi lugar. Ahora lo sé —me confiesa.
—¿Cambiarías algo de tu pasado? —lo sorprendo con la pregunta.
—Muchas cosas, ¿y tú?
—Yo nada —contesto con firmeza—. Ya te lo dije el otro día.
—Entonces creo que yo tampoco cambiaría nada.
—Pero si acabas de decir…
—Sé lo que he dicho, pero es que, si cambiase algo, el efecto mariposa haría de las suyas y, probablemente, no podría estar agradecido por tenerte de nuevo sentada a mi lado.
Se me ablanda el corazón con su confesión.
—Estoy de acuerdo con eso.
Me pone muy nerviosa sentir su respiración tan cerca tras esa confesión.
Levanto la botella y veo que apenas quedan dos sorbos.
Le doy uno y le ofrezco el último. Al pasarnos la botella de mano a mano, nuestros dedos se encuentran, y fugazmente tengo un flashback de aquella noche en la que nos besamos por primera vez delante de nuestros amigos.
Elery acaricia sutilmente mi dedo, y sigo sin retirar la mano de la botella.
Muevo el mío en respuesta y le devuelvo la caricia.
Ya ha anochecido, aunque no del todo, y el cielo se mantiene de un azul oscuro, muy intenso, casi negro.
Las estrellas empiezan a llenar el firmamento.
En apenas unos minutos, millones de puntos titilan a la par que mi corazón.
Aunque el único brillo que me atrae es el de sus labios.
Bajamos la botella lentamente hasta dejarla en su hueco, en la arena.
La brisa no deja de despeinarme, y no me importa, él está guapísimo con el cabello alborotado.
Levanta su mano y trata de acomodar un mechón tras mi oreja, pero cae rebelde de nuevo por mi frente.
Así que baja ese dedo hasta ponerlo sobre mis labios y los acaricia.
Una punzada directa baja en forma de descarga a mi bajo vientre.
Me muerdo el labio inferior al sentir deseo, esa sensación que creí no recobrar jamás.
Él lo toma como una invitación y sin más dilación enmarca mi cara con sus manos y me besa.
Lo hace dulcemente, deja que mi boca se acostumbre a la suya y poco a poco vaya aflojando la musculatura.
No tardo nada en devolverle el beso. Lentamente, se inclina sobre mí y me recuesta en la arena sin dejar de besarme; no opongo resistencia, me siento como hechizada.
Está nervioso, lo sé porque sus manos tiemblan cuando rozan mis pechos, que responden endureciendo mis pezones al primer roce.
Me muerde y succiona el labio inferior y yo enredo mis manos en su pelo.
¡Su pelo! ¡Cuánto había echado de menos este tacto!
Se me cristalizan los ojos pese a tenerlos cerrados.
Lo hacen debido a la emoción que me asalta al volver a tocarlo y besarlo, volver a sentir mi amor hacia él y el suyo hacia mí, de una manera recíproca e inevitable, de una manera física y tangible.
Me emociono al volver a sentir que podríamos fundirnos hasta no distinguir quién es quién, porque somos un solo ser.
Y es que siempre lo fuimos y por más que me lo niegue, siempre lo seremos.
Alan se me pasa por la cabeza durante un instante, pero su imagen no es lo suficientemente potente para romper este momento.
Es más, no quiero culparlo de nada, pero inconscientemente lo hago; Alan formó parte de la patraña que Amber inició, me privó del amor de mi vida, fue un mal amigo con Elery, y lo hizo todo movido por un interés propio.
Aunque, en realidad, no tengo nada que perdonar ni que culpar, me reitero en que no cambiaría ni un ápice de mi pasado.
No dejo que esos pensamientos enturbien el momento.
Quiero quedarme aquí, en este instante, quiero que se pare el mundo.
Que lo haga de verdad. Porque después de tantos años, me doy cuenta de que todo ha girado en torno a este momento, a él.
No cambiaría nada de la vida que he vivido, pero como Elery bien ha dicho, me hubiera gustado vivirla con él.
Una puede engañarse, cubrirse con mil corazas, pero cuando la verdad encuentra una pequeña rendija por la que asomarse, es solo cuestión de tiempo que las quebrante una a una hasta desnudar tu alma.
Y es en ese lugar donde anidan las verdades, donde yacen tus anhelos, es ese el lugar donde yo guardaba a Elery.
Este beso acaba de despojarme de las corazas, de los miedos y del sentido común.
No puedo volver el tiempo atrás, ni volver a ser esa joven que lo daba todo por él, pero inexplicablemente estamos aquí de nuevo, en el déjà vu en el que me quedaría a vivir; sus brazos, sus besos y el mar.
Pierdo la noción del rato que llevamos dando rienda suelta a nuestros besos, como si fuéramos aquellos jóvenes llenos de ilusiones que un día fuimos.
Cuando por fin despegamos nuestros labios, más por la necesidad de respirar que por querer hacerlo, Elery se queda con la mirada fija en el cielo.
Pasa una de sus manos por detrás de la nuca y con la otra me atrae hacia él, dejando mi cabeza cobijada en ese hueco hecho a mi medida entre su cuello y su pecho.
Ninguno de los dos parece querer romper el momento, permanecemos en silencio observando las estrellas, y empiezo a tener un poco de frío. Él lo nota y me pega aún más a su cuerpo.
—¡Meteoro! —grita al ver una estrella fugaz.
No me da tiempo ni a formular un deseo porque su reacción me ha hecho estallar en risas. Él se contagia de mi alegría y acompasa sus carcajadas a las mías. Ni me creo que esté riendo así con Elery. ¡Con Elery!
«Si esto es un sueño, por favor, vida, me gusta estar dormida, no me despiertes aún». Eso es lo único que pienso cuando aflojamos las risas y volvemos a fijar la vista en el firmamento.
—Creo que deberíamos volver. —Es él quien decide que ha llegado el momento de regresar a la realidad.
Siento una punzada en el estómago, porque no quiero hacerlo. Mi realidad es algo que sigo sin digerir del todo bien.
—Sí —contesto en un susurro.
Mientras él recoge los restos de nuestra cena frente al mar, yo levanto y sacudo la toalla.
Elery se la cuelga en el hombro y yo me encargo de mis zapatos y de la botella vacía.
Caminamos en silencio por la arena, con la cabeza gacha.
Me siento como si hubiera cometido el mayor de los pecados, hasta que él decide posar su brazo sobre mi hombro y atraerme hacia él.
Paso mi mano por detrás de su cintura y caminamos abrazados hasta la camioneta.
A nuestro alrededor, la vida sigue, la gente pasea en la noche, ajena al efecto mariposa de nuestro mundo.
Muy lejos de la realidad, a los ojos de los viandantes, somos una pareja normal que camina abrazada.
Aunque ambos sabemos que somos mucho más que eso; somos las alas de una misma mariposa.
Abre la puerta de la camioneta para invitarme a entrar, y dejo las cosas en los asientos traseros. Antes de que retire su brazo, acaricio el tatuaje.
—Esta mariposa…
—Eres tú —me corta dulcemente.
—En lo único en que se parece a mí es en que está rota. —Resigo el dibujo hasta dar con el trozo que le falta.
—No es eso lo que yo veo. Fíjate. —Me obliga a volver a mirar el tatuaje—. Es hermosa. Tal vez esté rota, pero pese al defecto de su ala, puede volar. Solo hace falta que así lo crea.
Mueve el brazo como si estuviera haciendo ejercicio para fortalecer los bíceps, y cada vez que hace ese gesto las alas se acercan y se alejan, simulando el vuelo de la mariposa. Beso el dibujo de su piel y él besa mi cabeza antes de cerrar la puerta y sentarse a mi lado, en el asiento de conductor.
—No puedo creer que siga vivo —digo sujetando el colgante del retrovisor.
—Y yo no puedo creer que sigan vivas mis camisetas.
Se me ensancha el alma al pensar que todos estos años, en cierto modo, seguíamos ahí, en silencio, en pausa.
De vuelta al Marilyn, mientras conduce, va trasteando en su móvil hasta dar con la canción que quiere poner. Sigue comunicándose con la música. Eso es muy él. Suena la canción de Iris , de Goo Goo Dolls.
Y dejaría por siempre de acariciarte,
porque sé que de alguna manera me sientes,
tú eres lo más cerca del cielo que alguna vez estaré,
y ahora mismo no quiero irme a casa.
Y todo lo que puedo saborear es este momento,
y todo lo que puedo respirar es tu vida,
y tarde o temprano se termina,
yo simplemente no quiero echarte de menos esta noche.
Lo miro mientras conduce serio. Pongo mi mano sobre su pierna y mi gesto relaja su pose. Mi contacto siempre lo apaciguó y me gusta ver que sigue siendo así. Enlaza sus dedos con los míos y así hacemos el resto del camino hasta que entramos en Grove.
Toma la iniciativa de volver su mano derecha al volante y yo me acomodo bien en mi asiento, volviendo a una postura más rígida y tensa en el mismo momento en que la camioneta vuelve a pisar las calles que vieron crecer nuestro amor.
¿Y ahora qué? ¿Esto es todo?