Aquel verano en Grove 44. Efecto mariposa
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44. Efecto mariposa

Megan

—Nooo. —Me aparto tras disfrutar de un beso que ha acabado por desnudar mi alma.

—Lo siento, Megan. Yo… He soñado con volver a hacer esto todos estos años.

—Elery, no está bien. —Me tiembla todo—. Alan, yo…

—Meg, por favor, no lo menciones. Él no tiene nada que ver con lo que seguimos siendo tú y yo.

Doy otro paso atrás.

—Ya no existe un tú y yo. De eso hace mucho tiempo.

—Mírame, Megan. —No lo hago, no puedo—. ¡Mírame! —me exige levantando la voz. Coge mi mano y la acerca a su pecho, acortando de nuevo la distancia. Su corazón palpita descontrolado—. Sigues aquí, siempre lo has estado.

—Lo siento —digo desconcertada—. Elery, ya es tarde. Esto no puede estar pasando. Lo nuestro acabó.

—Lo cierto es que nunca hubo un adiós. Esto no acabó, Megan, se quedó en pausa, dejaste mi vida en pausa. La acabas de reanudar.

Cierro los ojos tratando de retener las lágrimas que deciden aparecer para traicionarme y mostrar mi vulnerabilidad ante sus palabras.

Pero no lo consigo; brotan una detrás de otra.

De nuevo, alza mi cabeza desde la barbilla con sus dedos.

Quiere que lo mire. Está callado, apretando los labios, conteniendo mucho más de lo que dice.

Lo miro. Pienso en él, pienso en Sasha, pienso en Alan, y mi respuesta es abrazarme a su torso con fuerza.

Me acoge algo perplejo, no esperaba esta reacción.

Lo aprieto fuerte. Elery sigue siendo refugio, sigue siendo hogar.

No me he vuelto a permitir ser yo nunca más, y ahora lo estoy siendo.

Porque mi yo del presente quiere abrazarlo, mi yo del presente quiere besarlo, palparlo, descubrir las mellas que han dejado los años en su cuerpo.

Mi yo del presente quiere olerlo, mi yo de ahora lo quiere. Sí, lo sigo amando.

No quiero dejar de abrazarlo, pero estamos en un baño público de un bar, y en cuanto entra una mujer apresurada y se sorprende con nuestra presencia me doy cuenta de que este momento debe finalizar.

Aflojo mis brazos y él besa mi cabeza antes de que me separe de su cuerpo.

Para mi asombro, sin embargo, coge mi mano y me saca del local.

Por instinto, enlazando mis dedos con los suyos, como tantas veces hice en el pasado.

Él goza de esa entrega que a mí me falta.

Me incomodo en cuanto pisamos la calle de la mano. No sé cuántos años hace que no voy de la mano de nadie. En verdad sí lo sé, desde que dejé de sujetar la de mis hijas. Cuatro años exactamente. Y pese a la incomodidad del momento, no me suelto.

En cuanto llegamos a la camioneta, el corazón está por salirse de mi pecho. Él me abre la puerta y trata de calmarme con su sonrisa anestésica.

—¿Puedes enviarle un mensaje a tu hija y decirle que llegaremos un poco más tarde?

Oír esas palabras hace que me desconcierte y que olvide por un instante que para vivir tengo que respirar.

—¿Por… por qué? —balbuceo.

—Quiero llevarte a un lugar.

—Elery, no. Volvamos.

—Meg, tranquila.

—No puedo. Tengo que volver. Sasha se va a enfadar y…

—Megan.

—Aún hay muchas cosas que hacer.

—Meg.

—Y el gato. A Sirius le toca comer ahora.

—Megan.

—Es tarde. ¿No crees? Ya tenemos los libros, hay que colocarlos…

—¡Megan!

—¡¿Qué?!

—Tranquila. No vamos a hacer nada malo. No voy a volver a besarte. Lo entiendo, ¿vale? Solo quiero llevarte al mar.

—¿Por qué?

—Porque tienes el alma herida. Y el mar lo cura todo.

No rechisto ante tal argumento. Tomo aire mientras me dejo vencer y me siento como cuando era joven, cuando era consciente de que podía ir con él hasta el fin del mundo.

Saco el móvil y le escribo un mensaje a Sasha. No me detengo a esperar su respuesta. Lo guardo inmediatamente.

Conduce unos minutos, ni me fijo por dónde. Me siento como si estuviera haciendo algo malo. Finalmente, aparca frente a una pequeña playa que desconozco.

—He supuesto que las playas de Grove te incomodarían; esta está un poco lejos, pero es muy poco concurrida.

—Vale. —Solo se me ocurre decir eso.

Esta vez no me lleva de la mano, camino junto a él con los brazos cruzados, sujetándome los codos. Al pasar junto a un negocio, justo antes de pisar la arena, se detiene.

—¿Quieres algo en especial? Voy a comprar algo para picar.

—Lo que tú veas. Estoy sedienta, algo de beber estaría bien.

Lo espero fuera con los ojos ya fijados en el horizonte.

El sol está bajo y el reflejo en el agua me obliga a ponerme las manos sobre las cejas para observar.

Nunca antes había estado aquí. Es cierto que no hay mucha gente; apenas un matrimonio con un perro paseando y un grupo de jóvenes recogiendo ya sus cosas.

Los observo, es imposible no volver al pasado viéndolos bromear mientras sacuden las toallas y se las cuelgan en el hombro.

Elery sale con una bolsa de papel. Ha comprado varias cosas.

No le pregunto qué trae, simplemente lo sigo.

Va un paso por delante de mí. No me he quitado las sandalias y la arena me entra por todos lados.

Él sí se ha descalzado y lleva sus deportivas en la mano que le quedaba libre.

El sudor hace que la camiseta se le pegue a la parte baja de la espalda, dibujando sus músculos.

Inevitablemente, le miro el trasero, firme, moviéndose de una manera hipnótica, arriba y abajo.

Todo él ha crecido, y queda lejos ya aquel chico que jugaba al fútbol americano, de musculatura marcada pero no voluminosa. Ahora es… perfecto.

Me regaño a mí misma por tener ese pensamiento. Pero no puedo dejar de mirar su trasero hasta que se gira.

—¿Me estabas mirando el culo? —me pregunta burlón.

—¿Qué? ¡No!

—Hay cosas que no cambian —dice alzando la sonrisa.

Mientras, yo me sonrojo a la vez que me asalta un recuerdo.

—Tengo una teoría —dijo Elery mientras subíamos las escaleras del Marilyn.

—Sorpréndeme.

—Siempre me haces subir por delante de ti para que no te dé palmaditas en el trasero, ¿verdad?

Consiguió arrancarme una carcajada.

—No exactamente. Creo que tienes el mejor culo de todo Grove y es toda una delicia verlo en primera línea.

—Opino lo mismo del tuyo.

—Ya, pero ahora es mi turno, así que —le di una palmada en su duro trasero—, déjame disfrutar de las vistas.

Eso exactamente es lo que estaba haciendo ahora hasta que me ha pillado.

Para cuando nos plantamos frente a la orilla, ya mis mejillas han recobrado su tono normal.

Empieza a cambiar la luz y con ella la paleta de colores que nos rodea.

Es tan increíblemente bonito el atardecer en esta parte del planeta, que es inevitable sentir la paz que transmite.

Elery saca una toalla no muy grande de la bolsa; la ha comprado para que no me siente en la arena directamente, aunque la verdad es que no me hubiera importado.

Me siento cuando, tras estirarla, da unos golpecitos indicándome que lo haga.

Él se acomoda a mi lado, con su brazo a tocar del mío.

Noto su calor mientras sigue sacando cosas de la bolsa.

Me tiende un sándwich de atún —el suyo es de salmón— y lo acepto, aunque apenas tengo hambre.

Lo empiezo a desenvolver cuando me sorprende con una botella de vino blanco que tiene el corcho algo salido.

—Le he pedido al chico que me la abra. Debo llevar un sacacorchos por la camioneta, pero no quería volver a buscarlo —me confiesa.

—¿Y las copas? —digo al darme cuenta de que no extrae nada más.

—¿Ya no bebes a morro? ¿Tan fina te has vuelto?

—¿Qué dices? ¡Dame eso! —Le quito la botella, saco el tapón y doy el primer sorbo. Está fresco y me sabe a gloria.

Elery me imita, y después hace un hueco en la arena, en el que clava la botella para poder desenvolver su bocadillo.

El cielo se ha tornado de un rosa muy intenso, y me encanta. Alrededor del sol, el naranja cobra protagonismo. Doy un mordisco deleitándome con el espectáculo de colores. Huele a mar. Las olas traen gotas sueltas hasta mi rostro y siento paz. ¡Siento paz! Increíble.

—¿A que habías olvidado los atardeceres californianos?

—Son increíbles. Estos colores solo los he visto aquí. Hay mucha paz.

—Yo prefiero los amaneceres; el aire es más limpio y no hace tanto calor. Y si se trata de paz, esa es la mejor hora. A menudo me levanto solo para verlos. Me llevo el termo con café y recibo el día frente al mar.

—Qué envidia me das.

—¿Por qué? Tú también puedes hacerlo. Aprovecha que estás en Grove de nuevo y deja que el mar haga su trabajo.

—El mar no trabaja para mí —bromeo.

—El mar trabaja para todos. Lo cura todo, solo con sentarte a mirarlo, eso ya es reparador. No hay una ciencia que explique sus efectos, pero yo lo he vivido, siempre recurro a él.

—Ya lo hacías entonces.

Cambia la dirección de su mirada para posarla sobre mí.

—Sí, eso tampoco ha cambiado. Hazme caso. Cierra los ojos.

—Pero entonces no lo veo.

—No rechistes. Cierra los ojos. —Le hago caso—. Ahora agudiza el oído hasta que solo oigas las olas. ¿Las oyes?

Me tomo unos segundos.

—Sí.

—Bien. Ahora respira hondo. Inhala y exhala por la nariz. Varias veces.

Me tomo mi rato para empaparme del olor del mar.

—Huele a sal.

—¿Y a qué más?

—Huele a juventud.

—Bien.

—Huele a sándwich de salmón. —Consigo que se ría con eso—. Huele a mar.

—¿Y qué sientes?

Lo pienso un segundo.

—Paz.

—¿Lo ves? Está dentro de ti, hay que dejarle espacio y buscar los momentos. Créeme, Megan, después de la tormenta, siempre llega la calma.

Abro los ojos y me giro hacia él. Me observa fijamente. Mira mis labios y yo los suyos. ¿Cómo puedo anhelar tanto algo que no debería ni pensar?

Por suerte, decide romper el momento cediéndome la botella. Doy un trago placentero y recuerdo nuestro juego mirando las estrellas. Sonríe cuando bebe también. Quiero creer que está recordando lo mismo.

Nos terminamos el bocadillo viendo cómo el sol desperece en su totalidad.

—Háblame de Sammy.

Me quedo helada al oír su petición.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que tú quieras contarme. Háblame de tus dos hijas.