Aquel verano en Grove 43. La caja #2
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43. La caja #2

—¡Te invito a unas Lagunitas! —trata de romper el momento y animarme—. Vayamos a ver a Mike, a que nos cuente cómo va su nueva conquista.

—¿Tiene novio Mike?

—No. Tiene amigos, en plural.

—De acuerdo, pero me quiero cambiar primero.

—Sí, yo también. Me doy una ducha y vengo a por ti.

—Media hora me iría bien, quiero revisar un poco esa caja.

Norah se pone en pie, agacha su cabeza a la altura de la mía y me da un beso en los labios; un pico sencillo y casto, como esos que se dan las parejas afianzadas de forma natural.

—Claro que sí. Nos vemos en un rato. —Da un golpecito con su dedo índice en mi nariz y desaparece.

Me quedo unos instantes con la mirada fija en la puerta de la habitación, hasta que me sorprendo a mí misma suspirando.

¡Mierda! ¡Mierda y mierda! ¡Me he enamorado!

¡Hasta el fondo! Trato de no darle demasiadas vueltas, debido al vértigo que me da llegar a esa conclusión, pero sobre todo pensar en el final del verano.

Rebusco entre la ropa, saco un vestido corto y negro, el cual quiero combinar con las Converse.

Dejo la ropa sobre el escritorio y me voy directa a la ducha.

No me entretengo mucho. Esta vez me dejo el pelo suelto, que se seque al natural; en la muñeca llevaré una goma elástica por si me hiciera falta anudarlo en algún momento.

Me arreglo un poco, con brillo en los labios y rímel; el color cambiante de mis ojos los dota de una personalidad propia y no les hace falta nada para verse bien.

Al mirarme en el espejo observo que mi piel está levemente enrojecida, sobre todo las mejillas y el puente de la nariz, que relucen excesivamente cuando decido hidratar mi rostro con la nueva crema que hay en el baño.

Me sienta bien el sol. Me sienta bien este lugar.

Un momento. ¿Mi madre ha comprado esta crema?

¿Vuelve a cuidarse? Pensar en eso hace que a modo de flash acudan a mi mente pequeños detalles que me habían pasado desapercibidos y que ahora, al saber de su pasado junto a Elery, cobran otro sentido.

Las veces que se sonroja sin venir a cuento, cómo finge no mirarlo, cómo lo invita a desayunar, que le deje comer de mi mermelada, que escuchen una playlist parecida…

Ahora que lo pienso… Sí, él también la observa mucho y la defiende, se preocupa. ¡Joder!

Salgo a toda prisa del baño y me siento en la cama con la caja.

La abro de nuevo. Esparzo las fotografías en el colchón y las observo una por una.

Aunque estén posando para la cámara, siempre uno de los dos observa al otro, y siempre están tocándose; ya sea apoyando el brazo sobre el hombro del otro, por detrás de la cintura o enlazando las manos.

Sostengo una imagen en la que mi madre está sentada en una escalera y Elery lo hace un escalón por debajo.

Lo envuelve con sus piernas y tiene sus brazos rodeando su cuello.

Ella sonríe como jamás hubiera pensado que podría hacerlo y él la observa desde abajo con la barbilla en alto, como si no quisiera perderse su sonrisa.

Ahora entiendo por qué nunca vi ninguna fotografía así con mi padre; su corazón siempre perteneció a otro.

Hay tanto amor en esta imagen que hasta duele.

Duele porque ese de ahí no es mi padre y porque jamás he visto una mirada o un gesto parecido entre mis progenitores.

No entiendo qué hacen juntos a día de hoy.

No entiendo por qué el de esa imagen no es él.

No entiendo cómo mi madre ha sido capaz de tener dos hijas con un hombre al que no ama.

¿Qué debió pasar en el intervalo de tiempo de una historia a otra?

No puedo dejar de mirar cómo sonríe y cómo la mira él.

Debido a ello, tardo un poco más en darme cuenta de que reconozco esas escaleras.

Son las del faro. Ahora las palabras de Elery cobran sentido.

Es ella, ella es la única mujer que llevó al faro.

Estoy segura de que todo lo que envuelve a esa mariposa también tiene que ver con ella.

Conforme voy analizando las fotografías y las apilo para poder guardarlas, empiezo a descubrir más cosas.

En las imágenes en las que sale mi padre, nunca es al lado de mi madre, siempre junto a Amber.

Sin embargo, no hay nada que llame la atención en ellos dos.

De hecho, ahora, sabiéndolo, es más fácil detectar que tanto mi progenitor como su amiga solo tenían ojos para un integrante de la pareja de al lado.

Qué triste me parece eso y qué difícil debió ser la convivencia en ese grupo de amigos.

Antes de acabar de recoger las fotografías, rebusco en las demás cosas.

Entradas de cine, postales de la serie de Beverly Hills 90210 , un par de pulseras, una cinta de casete grabada y un DVD con una carátula casera fotocopiada, titulada «Country Dance 2002».

Eso no me lo puedo perder. Tengo que encontrar un aparato para ver si aún se ve el contenido.

Se me acelera un poco el pulso al pensar en que puedo ver a mi madre siendo ella, cuando aún era feliz.

Se me anudan un momento los sentimientos encontrados en el pecho y duelen.

Y lo hacen aún más cuando rescato algunas notas sueltas en papeles aleatorios.

«Te espero bajo las gradas». «No he dormido pensado en ti».

«Mañana mis padres no estarán en todo el día».

«Ven a verme al entreno». «¿Vas a hornear algo para mí?

». «Hoy en un examen he puesto tu nombre y el señor Manson me ha llamado la atención».

«Tu madre me ha fulminado con la mirada».

«He robado una botella de vino blanco. Te espero donde siempre».

«Mis padres ya lo saben». «¿Quieres venir al baile conmigo?

». «Te amo». «La camiseta de REM te queda increíblemente bien».

«No iré a Europa si eso te hace sufrir».

«Tú eres mi faro». «Yo siempre volveré a ti».

«Lo eres todo para mí, no llores». «¿Quieres casarte conmigo? ».

Para cuando acabo de leer todas las notas, las lágrimas están arruinando el rímel que me había puesto.

Lloro porque se querían de una manera que solo he leído en las novelas.

Porque no es justo que un amor así acabase.

Porque ahora tienen que fingir que todo esto no existió.

Siento pena. Mucha pena y mucha rabia. Porque ¿en qué lugar deja todo esto a mi padre?

¿Qué pinta él? ¿Quién compite con un amor así?

No quiero ni imaginar la de recuerdos que deben haber desbloqueado y cómo callan y cómo disimulan.

Seco mis lágrimas e introduzco con cuidado todo de nuevo en la caja, la guardo bajo la cama. ¿Y ahora qué? Suspiro. ¿Qué se supone que tengo que hacer con toda esta información?

Cálmate, Sasha. No pasa nada. No hay peligro alguno.

Papá está por llegar. Trato de convencerme a mí misma de que todo va a estar bien y de que será mejor que olvide el tema hasta que mi progenitor llegue.

Tomo aire. Me miro de nuevo al espejo. Arreglo el rímel borroneado y me repito una vez más: «Todo está bien. Forma parte del pasado».

Me dispongo a salir en busca de Norah cuando entra un mensaje de texto a mi teléfono. Es de mi madre. Mi corazón se salta un latido cuando lo abro.

«Cariño, ¿puedes ponerle la comida a Sirius? Se han alargado las compras. Vendré después de cenar».

¡Mierda!