Aquel verano en Grove 42. El baño
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42. El baño

Megan

En cuanto entro en la vieja camioneta de Elery, me topo con algo que creí que jamás volvería a ver.

Cierro la puerta y el mundo enmudece tras el golpe al toparme casi de cara con mi antiguo colgante de la mariposa monarca, el cual cuelga del retrovisor interior.

Se me aprieta el estómago y dejo por un instante de respirar.

¿Será…? Clavo la vista en el colgante. ¿Es…

? Un torbellino de recuerdos me asalta cuando lo sostengo en la mano.

¡Sí, sí es! Sonrío al acariciarlo, y me dejo llevar por el recuerdo.

El collar está gastado por los años, le falta alguna piedra brillante, pero es él, sin duda.

Paso el dedo índice por encima de las piedrecitas y repaso con la yema el desperfecto del ala rota.

¿Por qué lo llevará en la camioneta? ¿Lo habrá llevado siempre con él? No sé si quiero saber las respuestas.

Elery no ha entrado aún en el vehículo. Está haciendo una llamada. Para cuando lo hace, ya he soltado el colgante a toda velocidad y finjo estar mirando por la ventana.

—Perdón, he aprovechado también para llamar a Ryan.

—Si tienes que volver al trabajo, no pasa nada. Me organizo y voy otro día sola.

—No, no es eso. Pero no me gusta desaparecer sin avisar.

No sé si ha dicho eso con segundas, pero el caso es que se da cuenta, se lo noto, pero no lo rectifica. Yo no rechisto.

Al ver que no contesto, pone la llave en el contacto para encender el motor y, antes de hacerlo, se fija en el collar y se da cuenta de que se está balanceando. ¡Mierda! Ahora sabe que lo he estado tocando. No digo nada. Él tampoco. Arranca y nos vamos.

Esto va a ser muy incómodo y los dos lo sabemos, así que se apresura a poner música y a subirle el volumen.

Suena Losing my religion de REM, y eso me hace sonreír, porque lo conozco tanto que intuyo hasta el orden en que ha puesto sus canciones favoritas.

Bueno, rectifico: lo conocía. A mi lado hay un hombre que ya poco tiene que ver con aquel que dejé.

Poco a poco, la tensión se va disipando.

Trato de no mirarlo mucho. Aunque con el rabillo del ojo puedo ver su antebrazo tatuado apoyado en el volante.

Me pilla en cuanto bajo la guardia y observo el dibujo de la mariposa.

Pero rápidamente vuelvo la vista hacia el exterior.

Bajo la ventanilla y dejo que el aire me despeine, que me golpee en la cara, que ventile mi cabeza.

Inspiro creyendo que voy a oler el mar, pero lo único que inhalo es el olor a carburante de la vieja camioneta.

Cierro los ojos, creo que acabo de enlazar ese olor a un nuevo recuerdo.

Sé que quiere decirme algo porque noto su mirada clavada y finjo no darme cuenta hasta que baja el volumen de la radio.

—Te va a encantar el local, es como una vieja biblioteca desordenada. Conozco al dueño.

—Seguro que sí.

Por fin lo miro, ¿y para qué lo hago? Me atraviesa el verde turquesa de sus ojos.

Con el sol se le ven más claros. Se mesa el pelo hacia atrás y he sentido el impulso de querer conocer el tacto de su cabello.

De repente, empiezo a pensar en cosas así mientras él me habla sobre el lugar y yo apenas lo escucho.

Solo puedo pensar en qué tacto tendrá esa barba y en si su piel se sentirá sedosa aún o, si por el contrario, habrá cambiado a una un poco menos tersa.

—¿Te animas, entonces?

¡Mierda! ¿Qué me ha preguntado? Estaba tan absorta con mis dudas que no tengo ni idea.

—Claro, ¿por qué no? —respondo sin conocimiento de causa.

Lo veo algo extrañado, pero no rechista, y yo no me atrevo a preguntarle de nuevo.

Por suerte, el viaje es apenas de treinta minutos y enseguida nos encontramos frente a un galpón enorme que parece no tener fin.

Hace mucho calor. Me bajo moviendo la camiseta para ventilarme un poco; se me había pegado al cuerpo.

Echo la vista hacia arriba para ver el nombre del negocio, y aprovecho para poner una mano sobre las cejas y leer el gran letrero retro que pone: «Lived Books».

Hay bastante gente, jamás hubiera imaginado que tantas personas estarían interesadas en la lectura. Hay varios pasillos con estanterías, pero también hay mesas repletas de libros por todos lados. Cuando por fin Elery se posiciona a mi lado, me observa y yo trato de que no se me note la emoción.

—Todo tuyo. Sin prisas. Cuando te canses quedamos en la puerta o en la camioneta.

—De acuerdo.

Siento alivio al separarme de él.

Me adentro en el primer pasillo. Están separados por una hilera de estanterías.

El dueño del local me invita a llevar conmigo una cesta con ruedas.

La acepto, sé que la voy a necesitar. No tardo en introducir el primer libro en ella.

Una vieja versión de la novela de Mujercitas , indispensable.

Es tan grande y las estanterías son tan altas, que mis ojos no dan abasto.

Entre las rendijas y los huecos vacíos que dejaron los libros ya vendidos, voy espiando a Elery.

Por las veces que hemos coincidido, diría que él está haciendo lo mismo, ya que avanzamos paralelamente por el local, aunque por pasillos distintos.

Un hilo de música clásica se oye por los altavoces.

No recuerdo que Alan me haya llevado jamás a comprar libros, aunque sean de segunda mano.

¿Por qué los comparo? ¡No hay nada que comparar!

Creo que he perdido la noción del tiempo, pero estoy más que segura de que una hora y media la he pasado inmersa en estos pasillos, entre el olor a humedad, a papel y a tinta.

Miro el reloj. ¡Dos horas y cuarto llevo aquí!

El pobre Elery ha permanecido esas dos horas paseando también.

Nos encontramos por fin en un pasillo, su carro va igual o más lleno que el mío; no esperaba que él también comprara.

Lleva libros y prensa vieja. Lo primero que hace al verme es enseñarme su cesta.

—Esto es para Sasha —anuncia alzando un libro y varias revistas viejas.

—¿Y eso?

—Si va a estudiar periodismo, puedo aconsejarle trabajos de buenos reporteros y, ¿por qué no decirlo?, alguno mío también.

Abre una revista, la hojea hasta dar con la página que busca y me muestra una columna con uno de sus escritos, donde pueden verse varias fotografías del Sahara, y en una de ellas sale él.

En esa foto debe tener unos treinta años escasos, si llega.

Lleva el pelo más largo, anudado con un moño alto.

Está tremendamente guapo. ¿A quién quiero engañar?

No puedo dejar de pensar en eso. Siento un pellizco en el corazón.

Ojalá hubiera tenido un agujero en el espacio-tiempo por donde poder observar sus cambios durante estos años.

Sonrío y finjo que me gusta la idea de que lleve eso para Sasha, pero la verdad es que no lo tengo tan claro.

—Seguro que le gusta, y le será útil —finjo una falsa alegría.

Él paga su cesta y yo la mía.

«A un dólar el libro podría venir cada mes a cargar» pienso para mí.

Nos dan un par de cajas y Elery se encarga de subirlas a la parte trasera de la camioneta.

—Esta es mi aportación para el Marilyn —dice dando un golpecito a su caja.

—¿Qué? ¿Por qué? No hacía falta. Creo que con la aportación del mueble y tu trabajo es más que suficiente. De verdad, Elery, no hace falta que pongas tanto.

—Quiero hacerlo.

—Pero en serio, ya me espabilaré, no sufras.

—No sufro. Te prometí que te ayudaría a ponerlo en pie y eso estoy haciendo.

Me deja muda con sus palabras. Tengo que pensar bien qué contestar.

—No tienes por qué hacerlo, ha pasado mucho tiempo; esa promesa ya ha proscrito.

—Nuestras promesas solo han proscrito para ti, Megan. Déjame hacerlo. Me gusta cumplir mi palabra.

Tras pensarlo unos segundos, sé que no tiene sentido que le rechiste nada, así que cedo.

—Está bien.

—Venga, vamos a ese lugar que te he dicho.

—¿A dónde?

—A tomar la mejor limonada de Monterey.

Caigo en la cuenta de que eso debe ser lo que me estaba diciendo en el coche cuando yo no lo estaba escuchando.

Accedo y cruzamos la calle, andamos por la acera hasta dar con un lugar precioso. Un bar ambientado en Hollywood. En la puerta nos recibe una figura a tamaño real de Marilyn Monroe.

—Una de estas tendríamos que conseguir —me dice mientras la toca.

¿Tendríamos? Esto está siendo un poco raro.

Nos sentamos en una mesa con forma de claqueta de cine. El local es una fantasía. Con pósteres enmarcados de películas y camareros vestidos como si fueran John Travolta y Olivia Newton John.

Se acerca a la barra a pedir y vuelve a la mesa.

Un par de minutos después, aparece el camarero con un dos de hamburguesas y limonadas.

El pulso se me acelera. ¿Qué pretende? Me fijo en que los refrescos llevan dos cubitos y dos rodajas de limón.

Es como un déjà vu , pero de verdad. Me sonrojo al recordar.

Él parece no darse cuenta de lo que está provocando en mí.

No era consciente del hambre que tenía hasta que he probado el primer bocado. Nos lo tomamos con calma. Él está hablador, me cuenta cosas que ha visto y vivido, y yo lo escucho entretenida, a la vez que sigo disfrutando de su compañía. Parece tan relajado y yo estoy tan nerviosa por tenerlo cerca.

—Siento lo de tu mujer. Debió de ser muy duro lo que cuentas.

Se le anuda la garganta cuando me cuenta ese hecho con palabras. Por inercia, pongo mi mano sobre la suya y él detiene su mirada ahí. La aparto rápidamente como si me quemara.

—No estamos programados para las pérdidas, Megan, eso bien lo sabes. Lo peor es el sentimiento de culpa que uno arrastra.

—Sí, sé de qué me hablas.

—Pero Megan —ahora es él quien posa su mano sobre la mía, y una descarga eléctrica me va directa al alma—, la vida sigue. En tu caso tienes una hija, alguien por quien vale la pena seguir adelante. Además, es muy inteligente. Ella también es un regalo.

—Lo sé —me tiembla la voz por todo lo que me remueven sus palabras cuando habla de Sasha.

Siento un terrible dolor con todo esto. ¿Qué hago aquí? Lo miro. Su mano sigue sobre la mía y cuando estoy a punto de retirarla, lo hace él.

—¿Puedo meterme dónde no me llaman?

—Es tu especialidad —intento bromear.

—Tu hija tiene dos frentes abiertos para entender por qué habéis regresado a Grove. Uno es que sus padres se van a separar y el otro es que cree que su padre está gravemente enfermo.

—¡¿Qué?! ¿Cómo sabes eso?

—Es una buena chica, solo necesita que la escuchen y que estén a su lado. Y entiendo que no hayas podido hacerlo bien estos años, pero permítete hacerlo ahora. Lo necesita.

—Lo sé, estoy en ello, pero no me lo está poniendo fácil.

—No sé qué hay de cierto en sus sospechas, pero deberías ser tú quien se lo aclare.

—Estoy esperando a que venga Alan, para hacerlo entre los dos.

Cada vez que nombro a mi marido le cambia el semblante.

—¿Es un buen padre ese capullo?

—No digas eso, Alan sigue siendo un buen hombre, y sí, es un buen padre.

—¿Y un buen marido?

Me tomo unos segundos antes de contestar.

—Sí, también lo ha sido.

—Menos mal. Porque si ha conseguido casarse con la mujer con la que soñaba hacerlo su mejor amigo, más le vale haberlo hecho bien, o le partiré la cara en cuanto ponga un pie en Grove. —Se toma unos segundos—. Descartamos entonces lo del divorcio.

—Bueno, es más complicado de lo que crees.

—Siento que Alan esté enfermo entonces. No lo pegaré cuando lo vea. —Lo dice tan serio que sin querer se me escapa la risa.

—Nadie va a pegar a nadie, Elery. Han pasado casi veinte años. ¿Podemos dejar de vivir en el pasado? Estoy aquí y jamás soñé que esto pudiera suceder. Tú y yo comiendo juntos, tranquilamente, como amigos.

—Yo sí lo soñé, pero en otras circunstancias.

Quiero decir algo, pero es que me deja sin palabras cada vez que dice algo así.

Por un instante, me permito pensar en cómo hubiera sido mi vida junto a él en Grove.

Me imagino comiendo en este mismo lugar, dirigiendo el Marilyn con sus huéspedes, oliendo el mar cada mañana, horneando mis pasteles y habiendo visto crecer a Sasha sin perderme ni un detalle de su juventud. ¿Hubiera sido así?

¿Por qué me marché? ¿Por qué lo hice? Se me cristalizan los ojos y tengo que disculparme e ir al baño. Me falta el aire.

—¿Va todo bien? —Tira de mi mano en cuanto me levanto.

—Sí, sí. Voy al baño a refrescarme un poco.

—¿Te vuelves a marear? —se preocupa, aún no me ha soltado.

—No. Estoy bien. Solo quiero refrescarme antes de volver.

Me deshago de su agarre y voy directa al baño.

En cuanto entro, me apoyo en el fregadero y dejo caer la cabeza hacia delante.

¿Por qué es todo tan difícil? Si me tiemblan las piernas cada vez que me toca.

¿Qué soy, una quinceañera? Me aparto el pelo y me mojo la nuca varias veces.

Me miro al espejo y me doy cuenta de que llevo su camiseta de REM.

Definitivamente, sí, me estoy comportando como una adolescente.

Estoy a punto de salir cuando oigo mi nombre.

—¿Megan? —me llama desde el otro lado de la puerta—. ¿Va todo bien por ahí?

No contesto. Trago saliva y respiro hondo.

Él, al no obtener respuesta, entra de una zancada, dando un portazo, y me encuentra de pie junto al espejo.

—Solo estaba arreglándome un poco —me excuso.

Exhala preocupado y baja la intensidad. Desde aquí puedo ver cómo sube y baja su pecho; tiene la respiración alterada. Da dos pasos hasta ponerse frente a mí, y ahora soy yo a la que le va a explotar el pecho. Está tan cerca que puedo respirar su olor y va directo a mi cerebro, a mi corazón.

Lleva sus dedos a mi mentón y lo alza. ¿Qué está haciendo? Las piernas me tiemblan.

—Me estás mintiendo, ¿verdad?

¿Qué? ¿Sobre qué?

Mis ojos tratan de hablarle sin palabras, diciéndole que sí, en absolutamente todo.

—¿Qué haces, Elery? ¿Qué estamos haciendo en un baño público los dos juntos?

—Trato de entender y descubrir en qué me mientes.

Quiero apartarle la mirada, pero vuelve a subir mi rostro con sus dedos. Clavo mis ojos en sus labios.

—Es complicado, Elery.

—¿El qué? ¿Qué es tan complicado? ¿Que me sigas queriendo? ¿Que hayas sido capaz de vivir sin mí, aunque te hubiera gustado hacerlo conmigo? ¿Que no hayas querido jamás a Alan como me quisiste a mí? ¿Que estés temblando porque crees que voy a besarte para reafirmar todas mis sospechas?

Lo miro a los ojos porque necesito enfrentarme al verde intenso de su mirada.

—Sí —digo en apenas un susurro.

—Lo sabía. ¿Sabes por qué? Porque todas mis respuestas son exactamente igual de complicadas. —Y sin decir nada más, hace que el mundo entero se detenga, provocando una sacudida tan grande que consigue desestabilizarme entera la vida, y hasta el alma.

En el baño de un local cualquiera, casi veinte años después, Elery vuelve a besarme.