Aquel verano en Grove 40. Cowboy
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40. Cowboy

Megan

No me puedo creer que me haya desmayado de nuevo.

Odio que las situaciones me superen. Sasha es muy lista; yo sola no voy a poder con todo esto.

Creo que empiezo a necesitar que Alan venga.

Aunque, y que conste que me odio por pensar esto, no tengo ganas de que lo haga.

Estoy disfrutando de Grove, me encanta el olor a sal, he recuperado a Amber, Sasha está radiante y…

¿a quién quiero engañar? Elery está aquí y, a pesar de que ni me permito fantasear con lo que hubiera sido, me hace feliz ver que está bien.

Ver que sigue preocupándose por mí, sentir que sigue siendo algo mío, aunque ya no lo sea.

Pero es que sigue siendo él, y yo no soy para nada la misma.

Sufro cada vez que lo veo al lado de Sasha, porque ella sí se está encariñado con el pueblo y su gente.

Me temo que va a querer seguir viniendo y no voy a culparla por eso.

Aun así, siento un pánico terrible a que descubra cosas.

¿Cómo voy a explicarle que Elery fue el amor de mi vida?

¿Cómo le digo que Alan era su mejor amigo?

¿Cómo le cuento lo que Amber hizo? Creo que mientras pueda esquivar esta bala, voy a hacerlo, a ver si pasamos el verano en paz y nos marchamos de nuevo a Phoenix con el pobre Alan.

Amber y Norah han parecido justo después de que Sasha huyera enfadada y rápidamente ella se ha puesto a cuidar de mí. En cuanto he puesto la cabeza sobre el fregadero del baño, he empezado a sangrar. Me recuerda a cuándo era pequeña; era la única niña a la que le sangraba la nariz a la mínima.

—¿Te acuerdas de cómo te llamaban los niños?

—¡Calla! Ni me lo digas.

—Megan Roshi.

En cuanto verbaliza el apodo, se echa a reír y consigue que yo también lo haga.

—Qué crueles son los niños.

El apodo lo habían sacado de un personaje de la serie manga llamada Bola de Dragón .

Era un viejo maestro al que le sangraba la nariz cada vez que veía unos pechos, unas braguitas o algo así.

Lo que viene siendo un viejo verde, pero un gran maestro en artes marciales.

Se llamaba Muten Roshi. Y como después de que me insultaran los perseguía hasta hacerlos caer, ese apodo fue latente dos o tres años seguidos, hasta que empezamos la adolescencia.

En cuanto me siento mejor, salimos del baño y nos dirigimos hacia el salón. Justo antes de entrar, veo un enorme mueble que no es de la casa. Es viejo, alto, con estantes cuadriculados y ornamentados de madera robusta. Toda una reliquia. Me encanta. Es precioso.

—¿Y eso? —le pregunto a Amber.

—Pues aquí el «viejo», como lo llama Norah, que se ha empeñado en ayudar en todo lo que esté en su mano para que el Marilyn luzca como se merece. Me ha escrito un mensaje esta mañana anunciando que también traía una mesa baja, ovalada, como la que querías, pero no la veo por ningún lado.

—¿Y cómo sabe él lo que yo quiero?

Amber estira los labios bien tiesos, fingiendo una sonrisa tensa, y levanta las cejas.

—Ummm, puede que se lo haya comentado por encima.

—¿Cuándo? No entiendo nada. —Ni siquiera sé si quiero saberlo.

—No te enfades, Megan. Elery me llamó de madrugada y tuvimos una larga charla. Debe estar muerto de sueño; diría que a lo sumo ha dormido un par de horas o tres, al igual que yo.

—Esto no acaba aquí, ¿verdad?

—No, claro que no. A las seis de la mañana los dos nos encaminábamos hasta Monterey, donde un conocido suyo tiene un almacén de muebles usados. No tardó nada en elegirlos. Yo solo tuve que dar el visto bueno.

—No me le puedo creer.

Con el dedo índice se señala su propio rostro apuntando a las ojeras.

—Mira esto. —Se da un golpecito en la parte oscurecida bajo el ojo—. Esto es real. Créetelo. Puede que él haya dormido tres horas, pero es que yo ni eso. Anoche, Norah y Sasha pillaron a Alberto saliendo de mi casa.

—¿Qué? ¡No me digas!

—Luego te cuento. ¡Oh! ¡Fíjate! Están destapando la chimenea.

Nos acercamos y, en cuanto Sasha se percata de mi presencia, se apresura a hablarme.

—¿Estás bien, mamá?

Amber nos da espacio al ver la voluntad de mi hija.

Me sorprende su preocupación, la analizo un instante, es sincera, la acepto y una brizna de alegría se cuela en mi rostro.

No puedo dejar de pensar en que anoche, sin decir palabra, a su manera, quiso que me quedara a dormir con ella.

No todo está perdido. Tengo que hacerlo mejor y centrarme en ella estos días.

Tengo miedo de que en cuanto le demos esa mala noticia que va a sacudir de nuevo nuestras vidas, vuelva a perderla para siempre.

Suerte que Alan sabrá cómo manejar la situación.

Vuelve a sorprenderme de nuevo cuando se ofrece a controlar mi medicación.

Si supiera que apenas he hecho uso de ella, se alarmaría mucho más y probablemente nos costaría una nueva riña.

Un momento. ¿Me está pidiendo perdón? ¡Quiero llorar!

Desde que estamos en Grove es la segunda vez que lo hace.

Estoy tan feliz de ver esta versión de mi niña, que podría echarme a llorar si no fuera porque sé que eso no le iba a gustar nada.

Le acaricio el brazo e increíblemente no se aparta. Me va a explotar el corazón.

—No pasa nada, hija. Todos tenemos un mal día.

—Ya, pero es que no es eso —añade bajando la voz.

¿Puede ser que esté dispuesta a contarme algo? ¿Será cierta mi intuición? Se me anuda el estómago antes de arriesgarme a formular la pregunta.

—¿Quieres que lo hablemos en otro momento en que no haya nadie más?

Mentalmente, cruzo los dedos porque no suba de nuevo su coraza y se cierre herméticamente, respondiendo algo desagradable.

—Sí, estaría bien.

¡¿Qué?! ¿He oído bien? ¿Está dispuesta a hablar conmigo de algo que le preocupa?

¿Quiere contarme algo? No me lo puedo creer.

Mi yo interior está dando saltos de alegría y llorando de felicidad, pero mi yo exterior tira de entereza y me la juego de nuevo acercando mi mano a su rostro, para proporcionarle una caricia, a la cual responde acunando su cara en mi palma.

Es un momento increíblemente bonito, pero apenas lo puedo saborear cuando el siseo de una conversación entre Amber y Elery capta nuestra atención.

Damos unos pasos hasta ponernos a su lado y, en cuanto he dado el primero, mi mente reconoce el objeto que tienen entre las manos y por el que parece ser que están debatiendo.

Un marco de madera que reposaba antiguamente sobre la chimenea, que contenía una fotografía del baile de fin de curso en la que posábamos felizmente Elery y yo.

Desbloqueo el recuerdo de ese momento en que lo lancé al fuego en un ataque de rabia antes de mudarnos.

El fuego no estaba encendido, solo contenía restos.

Fue un acto impulsivo. Y ahora, esa vieja imagen de hace casi veinte años está en las manos de Elery.

Él no me mira, observa directamente a Sasha. Vivo este momento como si estuviera en una película; a cámara lenta. Estira el brazo y le da el marco a mi hija.

—¡Ten! —La obliga a sujetarlo—. ¿No querías ver a tu madre de joven? Ahí la tienes.

Bajo la mirada a las manos de Sasha cuando le da la vuelta al cuadro y exhalo todo mi miedo. Él parece divertido; me mira con sonrisa irónica y yo lo fundo con la mirada.

Por suerte, el cristal del objeto se ha roto justo por donde deberían estar el rostro y parte del cuerpo de Elery.

Tan solo pueden apreciarse la parte baja y un brazo, el mismo que tiene sobre mis hombros.

Una versión muy joven de mí se refleja en ese retrato.

Mi yo de ayer se mantiene intacta en esa fotografía.

—¡Mamá! ¡Estás guapísima! ¡Qué pelazo!

Amber sonríe aliviada y a mí me cuesta un poco reaccionar a sus palabras.

—Ay, sí. No recordaba ese pelo, me daba demasiado trabajo.

—¿Cuántos años tenías?

—No sé exactamente —miento—. Un poco más joven que tú.

—¿Verdad que era guapa? —Amber se suma a la conversación.

Elery sigue son su sonrisita de niño malo. Dejándonos espacio, se dedica a juntar las viejas maderas arrancadas.

—Ya podría haber heredado esa melenaza morena. Mi padre y mi madre no juntaron bien los genes, ambos morenos y yo rubia como si hubiera sido californiana de toda la vida —bromea.

No sé por qué Amber me mira levantando la vista justo por debajo de las cejas, sin que Sasha lo note. Eso me pone en alerta.

—¿De verdad papá utilizaba tejanos Wrangler? ¡Dios! ¡Mucho han cambiado las cosas! —Suelta una carcajada—. ¿Y esas botas de cowboy ? —No puede evitarlo y explota a carcajadas.

Yo sonrío nerviosa y Amber divertida, e imagino que Elery, pese a que finge no estar escuchando la conversación, debe estar mordiéndose la lengua. Acaba de desbloquearme otro recuerdo.

—¿De verdad vas a ir al baile en tejanos y botas de cowboy ? —le reproché.

—¿Qué tiene de malo? —Se miró las botas relucientes de cuero negro.

—¡Pues que es un baile!

—¿Y no es este el tema de este año?

—Bueno, sí —asentí a regañadientes.

—Mira la parte positiva: soy tu Logan —argumentó, aludiendo al protagonista de un western romántico que acababa de leer y del que me había enamorado como de pocos libros hasta el momento—.

Además, ya llevo la indumentaria ideal para cuando tengamos que bailar esa canción country que me has obligado a aprender para la coreografía final.

Quise enfadarme con él, pero era imposible. Cedí ante su argumento. Era nuestro primer baile de fin de curso e iba de la mano del chico de mis sueños, no había mucho que objetar.