39. La chimenea #2
Hoy Norah está ocupada; está pintando las diferentes siluetas de Marilyn Monroe en las puertas, tal y como quedó con mi madre.
Yo no sé bien qué hacer. Creo que hoy teníamos que hacer la prueba de empezar a llenar la piscina y comprobar si hemos hecho un buen trabajo, pero voy a esperarme a que mi madre dé el visto bueno.
Ayudo unos minutos a Norah a repasar con un pincel negro las siluetas y, cuando por fin me percato de que Elery está solo montando ese mueble de estilo vintage , me acerco.
—¿Y este mueble de dónde ha salido?
Me mira, pero no contesta, solo sigue atornillando.
Como no me contesta, insisto.
—¿Puedo ayudarte?
—¿Quieres ayudar? —Utiliza una tonalidad sarcástica—. Pues empieza con quitar las maderas que tapian el fuego hogar.
—¿Yo? No sé si tendré fuerza para hacerlo. Además, me da miedo que pueda haber algún bicho muerto ahí.
—¿Bicho muerto? —Levanta una ceja—. Tú sí que eres un bicho. —Su tonalidad ya ha bajado la hostilidad.
—Elery. —Consigo que me mire—. Esto, yo… Quiero pedirte perdón. No he reaccionado bien antes.
—Todos nos hemos dado cuenta. No te preocupes. He tenido épocas así. Así que disculpas aceptadas.
—Gracias. Sé que tienes razón en muchas cosas. Quiero a mi madre y quiero cuidar de ella y, sobre todo, ansío que ella cuide de mí, pero que no sé hacerlo. Hace mucho tiempo que perdimos el hilo.
—Un hilo perdido no es lo mismo que un hilo roto. Ambas tenéis que poner de vuestra parte.
—Lo sé.
—Pues empieza por devolverle ese fuego que tanto le gustaba.
¿Le gustaba? Creo que Elery sabe demasiadas cosas de mi madre. Me parece que me será de gran ayuda para entenderla, ya que no estoy teniendo mucho tiempo a solas con Amber para poder indagar.
—Solo si me ayudas a hacerlo.
—Pues venga, échame una mano con este mueble y después vamos a por eso.
—¿De dónde ha salido esto?
—Lo conseguí en un rastro en Monterey. Amber me pidió que le trajera un mueble así y una mesa baja, que al parecer tu madre quiere poner frente al fuego. La mesa sigue en la parte trasera de la camioneta.
—La estáis ayudando mucho. Te aseguro que en Phoenix no tenía nada parecido en cuanto a amistades. No entiendo por qué se marchó, teniendo tan buenos amigos aquí.
—Ya, bueno, nadie entiende eso. Pero el pasado hay que dejarlo en el pasado, sino es imposible seguir avanzando —lo dice con tanta pena, que no tengo tan claro que él se aplique sus propios consejos.
En cuanto pone la estructura del mueble en pie, me doy cuenta de la belleza de las maderas.
—Guaaau. Le va a encantar.
—Lo sé —afirma demasiado convencido.
—Es...
—Es una librería. En Monterey también hay un local que vende libros de segunda mano tirados de precio. Estoy seguro de que la dejas allí una mañana y se trae muchos más de los que caben aquí. —Sonríe dulcemente cuando dice eso.
—Sabes muchas cosas de mi madre, más que yo.
—Y de Amber —se apresura a decir—. Eran uña y carne, a la vez que el día y la noche.
—Creo que lo siguen siendo —bromeo—. Lo de antagónicas, me refiero. Sin embargo, creo que ahí reside el secreto de su amistad.
—Bueno, cuando te haces adulto, hay muchos ingredientes para que una amistad dure. Espero que ambas lo hayan entendido.
—¿Qué les pasó? —No responde, así que insisto—. Está claro que algo acabó pausando esa historia hasta que se han vuelto a encontrar.
—Yo no puedo contarte esas cosas. Que sea tu madre quien te las cuente.
—No lo hará. Es como si estuviera constantemente ocultando algo. Pero ya he entendido que tengo que preguntar.
—Exacto. Pero no a mí.
—Creo que voy a tener una charla muy seria con mi padre. Voy a hacerlo venir y, cuando esté aquí, pienso juntarlos a los dos y pedirles de una vez por todas que me cuenten qué demonios está pasando; para que pueda dejar de tener mis propias teorías. Aunque me da miedo.
—Las verdades siempre lo dan. Pero todos merecemos que se nos conceda la oportunidad de expresar la nuestra. Aunque sea tarde y ya no haya nada que arreglar. Es liberador.
—¿Te quedaron cosas por decir en el pasado? —Me refiero a su difunta mujer, pero creo que él no.
—Siempre quedan cosas por decir. Pero cuando lo que tienes que decir puede dañar a más de una persona, te planteas si mejor te callas y dejas que la vida siga.
—No me parece justo.
—Ya, bueno, hasta tú lo haces inconscientemente, y no me digas que no. Si sabes que algo va a dañar a alguien que quieres, te callas. El ejemplo: tú has sido capaz de venir aquí con tu madre pese a vuestra relación, por el hecho de hacer feliz a tu padre.
—Tienes razón.
—Empatizamos muy poco. Yo el primero. Creo que deberíamos hacerlo más. Vemos el hecho, pero no nos preocupamos por saber qué ha llevado a esa persona a hacer o decir lo que sea. Es un ejercicio muy complicado. Quiero practicarlo más.
—Yo también —me sumo a su energía de hacer el bien.
Ambos sonreímos y arrastramos el mueble hasta la pared.
Qué fácil es hablar con este hombre. Ni enfadarme con él puedo. Amber hubiera triunfado si hubiera conseguido que fuera su marido, aunque de amigo creo que vale su peso en oro.
Nos acercamos a las maderas de la chimenea, y Elery me pide que me eche atrás cuando se dispone a quitar los primeros clavos de la madera más grande haciendo palanca. Me aparto un poco para darle espacio y, en ese instante, entran mi madre y Amber cogidas del brazo.
Me fijo en mi progenitora, vuelve a llevar un algodón en el orificio de la nariz.
—¿Estás bien, mamá? —me preocupo y me acerco a ella.
Amber se retira un poco y nos deja espacio.
—Estoy bien. —Se saca el algodón y lo guarda en su bata, aún no se ha vestido—. Últimamente, llevo algo de descontrol con las medicinas.
—¿Quieres que te ayude con los recordatorios? Puedo ponerme alarmas en el móvil.
—No, hija, gracias. Yo misma lo haré. —Pone su mano sobre mi brazo y me acaricia. Lo hace con temor, creo que piensa que voy a apartarme, pero no lo hago.
—Siento lo de antes —me animo a disculparme.
—No pasa nada, hija. Todos tenemos un mal día.
—Ya, pero es que no es eso —bajo la voz para que quede entre nosotras dos y miro a nuestro alrededor.
—¿Quieres que lo hablemos en otro momento en que no haya nadie más? —sugiere.
—Sí, estaría bien.
De repente, un brillo especial le cambia la mirada y me sonríe. Esta vez acuna mi cara en su mano y también dejo que lo haga.
Para cuando volvemos a prestar atención a Elery y a Amber, las maderas ya están arrancadas y él sujeta algo en las manos. Cuchichean entre ellos dos. Amber niega con la cabeza, pero por sus gestos él opina lo contrario.
Avanzamos hasta ellos y por fin puedo ver lo que sostiene. Un marco fotográfico de madera, agrietado, sucio y desconchado. Me lo tiende en cuanto nos acercamos.
Mi madre palidece con los ojos clavados en el cuadro.
—¡Ten! —Me obliga a sujetarlo—. ¿No querías ver a tu madre de joven? Ahí la tienes.
Amber mira a mi madre con cara de circunstancias, apretando los labios. Él ni me mira, tras darme el objeto se dedica a juntar las maderas. Mi madre tiene la mirada clavada en el mugriento objeto. No me detengo más y, sin más dilaciones, le doy la vuelta para observar la fotografía.
Oh, my God!