Aquel verano en Grove 39. La chimenea
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39. La chimenea

Sasha

Lo primero que hago al abrir los ojos es pensar en Norah. Sonrío tontamente y en ese momento recuerdo que mi madre estaba a mi lado. Me pongo rígida y palpo al costado, pero ya no está.

Anoche fui muy feliz, a un nivel insospechado, jamás creí que volvería a serlo.

No solo porque experimenté el amor de verdad por primera vez, sino porque al regresar sentí que algo había cambiado en mi interior.

La prueba está en cuando sentí que mi madre acariciaba mi pelo y se recostó a mi lado; no tuve valor para mostrarle que estaba despierta, pero quise que me abrazara, quise dormirme sintiendo sus latidos como hacía de pequeña.

Cedió enseguida, lloré en silencio apenas un par de lágrimas y no, no fue de tristeza.

Volví a mi infancia, me dormí sintiéndome esa niña querida y arropada.

Aunque he de reconocer que despertar y que no esté a mi lado ha sido un alivio. Simplemente, no sabría cómo afrontarlo. Creo que voy a fingir que anoche estaba totalmente dormida y reaccioné en sueños. Es lo mejor para las dos.

Definitivamente, no soy la única que está cambiando.

Oigo la música desde abajo y el olor a repostería me llega directo a los pulmones y me entra un hambre feroz.

Rápidamente, me pongo unos pantalones cortos y vuelvo a utilizar la camiseta de Luke Perry que mi madre ha dejado doblada junto a más ropa sobre mi escritorio.

Tenemos mucho trabajo y, pese a que no he dormido suficiente, tengo energía para parar un tren.

No me entretengo en peinarme, con un moño me basta.

Cuando me duche volveré a darle dignidad a mi pelo.

Bajo las escaleras dando saltitos. Estoy demasiado contenta. Sasha, relájate, parece que lleves un cartel en la frente que diga: «He tenido sexo». Me detengo unos instantes y tomo aire antes de entrar en la cocina.

En cuanto pongo un pie dentro, me encuentro a Elery sentado en la mesa repleta de desayuno, y me da mucha alegría verlo.

Bromeo sobre que esté aquí y me siento a su lado.

Mi madre nos observa atónita, espero que no le dé por pensar que quiero ligar con el viejo, como le llama Norah.

Incluso compartimos la mermelada de kiwi. Adoro a este hombre y su buen gusto.

No veo a Josh, estoy a punto de preguntar por él cuando Elery me interroga por lo bajo:

—¿Qué tal anoche? —Utiliza el retintín y sé perfectamente a qué se refiere.

—Después te cuento.

No me molesta en absoluto que se haya tomado la libertad de preguntarme por eso. De hecho, ha sido el único —sin contar a Sammy en su momento— que se ha dado cuenta de todo. Además, veo que Elery tenía muy claro que era Norah la elegida.

No puedo evitar conectar con este hombre, y el hecho de que sea alguien ajeno a mi vida me da más libertad para hacerlo. Sin duda, Elery será una de las personas que más extrañaré de este lugar cuando me marche.

Sigue con su interrogatorio en voz baja y me hace reír.

—Pero ¿bien-bien o bien-normalito? —insiste.

—Bien-bien —respondo en un susurro, tapándome la boca con una magdalena.

Eso le hace mucha gracia y empieza a reír. Yo lo hago de verlo a él y de la estúpida situación que hemos iniciado hablando en clave y en susurros.

Josh aparece por fin por la puerta sonriendo, pero veo cómo su sonrisa se desvanece al tiempo que entra a toda prisa dando zancadas muy largas. Me giro en dirección hacia donde se mueve y veo desfallecer a mi madre. No reacciono.

Por suerte, el joven lo hace y llega hasta ella evitando que caiga del todo y se golpee la cabeza con el suelo. Elery se levanta a la velocidad de la luz, tirando la silla con el movimiento, y yo sigo sin reaccionar cuando lo veo alzarla en brazos para sacarla de la cocina.

—¡Sasha! ¡Agua con azúcar! —Estoy de pie, pero mis piernas no reaccionan—. ¡Ya! —me grita Elery.

Vuelvo a la realidad de golpe y es entonces cuando por fin me muevo y me apresuro a preparar el vaso de agua con azúcar.

Para cuando llego al salón, mi madre está tumbada en el viejo chéster, con las piernas alzadas e intentando levantarse, pero Elery no la deja.

Me sitúo al lado de Josh que observa la situación atónito, igual que yo.

—Estoy bien. Estoy bien —se apresura a decir mi madre.

El hombre me quita el vaso de las manos y se lo tiende, ayudándola del brazo para que tan solo se recueste, pero que no se levante.

—¿Esto te pasa muy a menudo? —se preocupa él.

—No —dice algo confundida—. Bueno, últimamente un poco más, pero estoy acostumbrada.

Entonces Elery me mira a mí.

—¿Cuánto hace que no se controla lo de la presión?

—Esto… Yo… no sé. No tengo ni idea.

—Pero ¡¿qué tipo de familia sois?! —grita indignado—. ¡Tenéis que cuidar la una de la otra! ¿Cómo sostenéis esto?

—Lo hace mi padre —confieso cambiando mi tonalidad a otra menos preocupada y más seria—. Él cuida de las dos por separado. Pero ahora no está y pasan estas cosas.

—Ya… —responde de un modo despectivo—. Si fuerais mi familia, os aseguro que vosotras no estaríais aquí solas.

—Elery, por favor —se interpone mi madre sujetándolo del brazo.

No me pasa desapercibida esa confianza que parece haber surgido de repente.

Él no dice nada, solo se pone en pie, ya que estaba agachado al lado de mi madre. Ella tiene el terror instaurado en su mirada.

—Tú no sabes nada de mi padre, no lo conoces —le suelto sin pensarlo—. No tienes ni idea de por qué no está aquí —lo reto.

—En eso tienes razón; no lo conozco, desde hace demasiados años.

—¡Vale ya! —mi madre se mete en medio.

¿Cómo he llegado a esto con Elery? No me gusta cómo habla de mi padre, no me gusta que tenga confianzas con mi madre y, sobre todo, no me gusta que se tome la libertad de decirnos lo que tenemos que hacer. Sin embargo, no voy a discutir.

Me doy media vuelta y vuelvo a mi habitación sin siquiera preguntarle a mi madre si se encuentra bien. Creo que podrían darme el premio a la peor hija del mundo. Pero mi enfado por encima de todo. Espero que con este portazo que acabo de dar entiendan que tienen que dejarme en paz.

Diez minutos después, Josh toca a mi puerta.

—Vete, Josh.

—No puedo, tenemos mucho trabajo —bromea—. Anda, déjame entrar.

No contesto y él se lo toma como un sí. No estoy llorando, solo estoy enfurecida, sin saber exactamente por qué.

¿Realmente ha sido para tanto? ¿Por qué me sulfuro de esta manera?

Tengo una extraña sensación, pero no sé explicar en qué me baso, simplemente siento que hay una especie de desorden en todo esto, en este lugar, que a su vez me hace bien.

Aunque Elery tiene razón; mi padre debería estar aquí con nosotras.

Pienso llamarlo después y dejarle las cosas bien claras.

—¿Puedo sentarme? —pregunta el rubio algo tímido.

—Claro, ya estás dentro.

—Si vas a tratarme mal, me voy.

—No. No voy a tratarte mal, lo siento, Josh. No es culpa tuya.

—Ni de nadie. Ha sido un momento raro.

—¿Tú también lo has notado?

—Es que todo ha sido muy rápido. Tu madre se desmaya y de repente hay gritos y reproches. No entiendo el motivo. Mi tío solo se ha preocupado por tu madre.

—Ya. Eso me ha quedado claro.

—¿Qué insinúas?

—Nada, nada. Es solo que… No sé, ellos…

—¿¡Se puede saber qué ha pasado!? —Norah irrumpe en la habitación a toda prisa.

Se sienta al otro lado de la cama y coge mi mano con dulzura para acariciarla.

Sube sus dedos hasta mi rostro y me aparta un mechón de pelo que se ha escapado de ese moño mal hecho.

Termina el gesto con una caricia quizá demasiado íntima, ya que veo cómo Josh abre los ojos de par en par sin decir nada y se levanta de un respingo.

Se acaba de dar cuenta de lo nuestro. No lo dice, pero lo sé.

—Esto, yo… Ya me voy. No tardes en bajar, que hay mucho trabajo.

Tarta de disimular, pero se nota perfectamente que está fingiendo que no pasa nada. Camina de espaldas hasta llegar a la puerta y desaparece.

—¿Y a este qué le pasa? —pregunta.

—Joder, Norah, pues que se acaba de dar cuenta de lo nuestro.

—Nooo. No creo.

—Sí, sí lo ha hecho. Creo que deberíamos hablar con él, no quiero que se enfade.

—No lo veo necesario.

—Claro que es necesario. Te recuerdo que los malentendidos empiezan así, sin aclarar las cosas. A no ser que no quieras que lo sepa.

Su silencio me incomoda.

—Bueno.

—¿Bueno? ¿Qué demonios es «bueno»? Mira que no está el horno para bollos esta mañana.

—Eh, relájate. —Da un golpecito con su dedo índice en mi nariz. Sabe que con eso me gana—. A ver, es pronto, simplemente eso. Fluyamos unos días sin la presión de que nadie lo sepa y luego, si quieres, pues lo contamos al mundo entero.

—No quiero contárselo al mundo entero.

—¿Entonces qué quieres, Sasha?

—Quiero que Josh esté al día. Elery lo sabe, es lo primero que me ha preguntado al verme esta mañana.

—Entiendo… No quieres que tu familia lo sepa, pero tus amigos sí. No me parece justo.

—No es por justicia. Es complicado.

—No sé dónde le ves la complicación. Tu madre es una tía de puta madre y está capacitada para entender esto.

—Norah, va, no nos enfademos nosotras. Eres mi paracaídas.

Le acaricio la cara, ella se agacha y me besa dulcemente, sin preocuparse por la puerta abierta que Josh ha dejado. Noto perfectamente su presencia tras la puerta y sé que nos está esperando. Así que, definitivamente, Josh lo sabe.

—Vamos. Creo que tengo que pedir perdón a más de una persona. —Suspiro.

Me pongo en pie y tiro de su mano, pero la suelto antes de cruzar el marco de la puerta, donde, efectivamente, el joven nos esperaba.

Bajamos en silencio. Al llegar abajo, mi madre está encerrada en el baño con Amber y Elery está descargando un mueble desmontado de la camioneta. Josh se apresura a ir a ayudarlo. El hombre me mira, pero no dice nada. ¡Mierda! ¡La he cagado con él! A ver cómo arreglo esto.

***