Aquel verano en Grove 38. Desayuno
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38. Desayuno

Megan

«¡No, Elery! ¡No lo he querido como te quise a ti! ¡Nadie ha ocupado ese puesto en mi alma! ¡Ese hueco era tuyo! ¡Tuyo! Y sigue siéndolo…» quiero gritarle eso, pero no me parece adecuado ni justo para nadie. Así que me trago mis palabras y verbalizo otras.

—Ningún amor es igual a otro —alcanzo a decir.

—¿Amor? ¿Me estás diciendo que has sentido eso por él?

—Basta, Elery, por favor.

Trato de alejarme de él, pero no me deja. Me sujeta por el codo.

—Mírame, Megan —y eso hago—. Tu mirada dice otra cosa.

Suelta mi agarre suavemente y me deja retroceder unos pasos.

—Creo que debería marcharme ya. Espero haberte aclarado lo que fuera que necesitaras.

Tarda unos segundos en contestar, en los que lo veo desinflarse. Sigue siendo tan guapo que, aunque me obligue a no mirarlo, yo misma me traiciono.

—Me conformo con saber que eres feliz.

—Hace cuatro años que no soy feliz —le confieso.

—Pues deja que Grove te recuerde que un día lo fuiste, y hazte un favor; deja que tu hija venga a ti sin que le pongas obstáculos. Ambas sois mujeres increíbles, os merecéis una mejor relación.

Cada vez que nombra a Sasha me aterra y siento el tic-tac de la bomba de relojería que escondo en mi interior. Pese a ello, le agradezco su preocupación.

—Gracias. No lo he estado haciendo muy bien, no es culpa de ella.

—Lo sé.

¿Lo sabe? ¿Cómo que lo sabe? ¿Qué sabe?

Alzo mis labios queriendo simular una sonrisa a modo de bandera blanca.

—Me tengo que ir.

—Sí, no te preocupes. Yo también me voy. Ahora le escribiré a Amber para que sepa que tiene la casa libre.

—No sé si va a necesitar la casa —hago un intento por bromear.

Quiero recoger la mesa, pero me detiene.

—Déjalo, yo le dejo todo esto recogido.

Dudo, pero accedo.

—De acuerdo.

Me doy media vuelta y trato de buscar al gato, pero no lo encuentro.

—Creo que alguien tiene más ganas que tú de marcharse. —Levanta las cejas en dirección a la salida del jardín.

El gato me espera sentado en lo alto de una de las maderas de la verja. Parece una estatua con ojos brillantes. Dobby está recostado bajo la mesa, pero a él no le interesa mi marcha.

—Bueno, pues nos vemos por aquí. —Me siento tan ridícula diciendo esto.

—Entre las ocho y las nueve estaremos en el Marilyn de nuevo —apunta como si nada. Como si hace un momento no hubiéramos estado teniendo una conversación de lo más incómoda. Como si fuéramos amigos o algo así.

Reconozco que no me desagrada del todo.

—No hace falta que perdáis más tiempo, creo que lo que queda podremos hacerlo solas. No te preocupes. Seguro que…

—Megan.

—Seguro que tenéis mucho trabajo y Ryan…

—Megan.

—Lo digo de verdad, ya nos apañaremos. Tampoco es que me corra prisa.

—Megan. —Esta vez consigue cortarme las excusas—. A las ocho estaremos allí, tú solo prepara la mermelada de kiwi.

Me obligo fuertemente a no levantar la sonrisilla que sus palabras han provocado en mí. Sin darnos cuenta, hemos protagonizado otra de nuestras escenas en las que repetía mi nombre hasta hacerme reaccionar.

—Siento mucho haberte gritado, Elery. No quiero que lo malinterpretes.

—Megan.

—Quiero que vayas a Europa, es solo que tengo miedo a que…

—Megan.

—Ya sabes, las francesas son muy sensuales con ese acento, y son muy liberales.

—Megan —repitió por tercera vez.

—No es tu culpa. Siento haberme puesto así. Yo, es que…

—Megan.

—Estoy a aterrorizada por si no vuelves y dejas de quererme. ¿Dejarás de quererme? Ay, no me contestes.

—Megan.

—Yo no voy a dejar de quererte, Elery. En realidad, estoy muy contenta de que te hayan concedido esa beca.

—Megan —dijo por sexta vez, mostrando su paciencia infinita.

—¿Qué? —Paré por fin de parlotear.

—Ven aquí —me ordenó, dando una palmadita sobre sus piernas para que me sentara encima de él.

Y eso hice. Exhalé al dejar caer mi peso encima de él.

—Lo siento, Elery, no volverá a…

Y no me dejó acabar. Me besó con tanta dulzura y tanto amor que se acabaron las escenas de celos sobre el tema de Europa.

Él me quería a mí y no dejaba de demostrarlo.

Además, tenía una paciencia infinita. Dejaba que me sulfurara y esperaba pacientemente a que yo solita fuera calmándome y después, simplemente, me besaba.

Así lo arreglábamos todo. Todo. Siempre.

El pecho está a punto de estallarme al darme cuenta de que su comportamiento ante mi parloteo incesante sigue siendo el mismo.

Siento ese paralelismo con el pasado y, por primera vez desde que he vuelto a verlo, me pregunto si quedará algún hueco en su corazón en el que aún guarde nuestro amor.

Tengo que sacudir la cabeza para sacarme ese pensamiento de la mente.

¡Basta, Megan! Ya no toca pensar en eso.

¿Qué te está pasando? ¡Tienes cosas mucho más importantes que arreglar y asumir antes que un viejo amor!

Acuno al gato en mis brazos, abro la verja y le dedico una última mirada.

—Buenas noches, Elery.

—Buenas noches, Megan. Que descanses.

Tras esas palabras, los pocos metros que separan un jardín del otro se me antojan eternos.

Siento su mirada clavada en mí, no voy a girarme más, no lo voy a hacer.

Me apresuro a sacar la llave y meterla en la cerradura.

Entro a toda prisa, suelto al gato y, antes de cerrar, inevitablemente, lo vuelvo a mirar.

Ahí está, mirándome. Tiene una copa de vino en la mano.

Da un sorbo sin apartar la mirada de la entrada del Marilyn.

Cierra, Megan, cierra la puerta. Por unos segundos, nos sostenemos la mirada y, en respuesta, alzamos los labios en una de esas sonrisas a media asta, con la que nos decimos que todo está bien.

Cierro la puerta de la casa, pero siento que otra se abre en mi interior.

Como he bebido bastante vino, decido no tomar la medicación que Amber me había preparado en dosis más pequeñas.

Desde que he llegado, apenas he hecho uso de ella y no me está yendo tan mal, sin contar lo de los mareos.

Así que me meto en la cama y trato de no pensar en la forma de su pecho, en el tatuaje de la mariposa, en su pelo ondulado, en sus nuevas facciones marcadas y maduras. Trato, pero no lo logro.

***

El alcohol debe de haber conseguido su efecto, porque tan solo me despierto cuando oigo a Sasha entrar en su habitación.

Miro la hora: las dos y media. Eso me alivia.

Creí que llegaría sobre las cinco o las seis de la madrugada.

La oigo trastear en el baño y por fin cierra la puerta de la habitación.

Las palabras de Elery vuelven a mí: «Deja que tu hija venga a ti sin que le pongas obstáculos».

Dejo pasar un rato y me levanto sigilosamente.

Abro la puerta de su habitación. Duerme de lado y la observo en la distancia; varios destellos de recuerdos de su infancia pasan por mi mente.

Qué bonita y alegre era. Siento añoranza de mi hija.

Extraño con todo mi ser a Sammy, pero añoro a mi pequeña Sasha también.

Casi por inercia, me acerco hasta la cama y me siento a su lado para mirarla de cerca.

Le acaricio el pelo. Ya es toda una mujer.

Me tiembla el labio al pensar eso. «Lo siento» le susurro, apenas dándole sonido a mis pensamientos.

Me recuesto a su lado sin llegar a tumbarme.

La tapo con la sábana y le acaricio la parte alta del brazo.

Justo cuando estoy a punto de retirarme, sujeta mi muñeca con su mano y me obliga a pasar el brazo por encima de ella y a abrazarla.

Me impacta tanto que la primera décima de segundo me quedo en shock .

Ella no abre los ojos, ni siquiera se mueve.

Cedo ante su petición silenciosa y me recuesto mejor, hasta quedar tumbada totalmente a su lado.

La abrazo desde atrás y ella oprime mi brazo con el suyo.

Ahora sí, me permito dejar caer esa lágrima en silencio, pero por primera vez en muchos años, es de felicidad.

***

No me puedo creer que hayamos dormido juntas como cuando era pequeña.

Me levanto de la cama tratando de hacer el mínimo ruido y salgo de la habitación.

¡Mierda! ¡Casi las ocho! Creí que no me haría falta poner la alarma.

Hace tanto tiempo que mi sueño es tan escueto, que volver a dormir durante horas me descontrola.

Llevo un pijama de dos piezas, de pantalón corto y camiseta de tiras, en color crema y con blonda.

Pero, por si acaso, me anudo por encima la bata a conjunto y bajo a dejar preparado algo para cuando lleguen Josh y Elery.

¿De verdad estoy haciendo todo esto por ellos?

Ni me contesto, sé perfectamente la respuesta.

Enciendo la vieja radio y cierro la puerta para que Sasha no se despierte.

No tengo tiempo para mucho. Me dijo que entre las ocho y las nueve, así que tengo que darme prisa.

Pongo el horno a calentar y preparo la masa para hacer unas magdalenas caseras, mientras, me muevo al ritmo de Rolling , de Tina Turner.

Las introduzco en el horno. Como mucho tardarán media hora, si este viejo aparato se comporta y no decide romperse hoy.

Me pongo con las tortitas y dejo una buena torre preparada, y también un par de bagels de los que compré, abiertos, listos para untar.

Por último, exprimo un buen puñado de naranjas.

Para cuando suena Johnny B. Goode de Chuck Berry, estoy ya moviendo mis caderas irremediablemente al ritmo de la música.

¡Cuánto hacía que no bailaba! Ni lo recuerdo. Pero me apetece, y mucho.

Me contoneo y canturreo la letra de la canción mientras saco las magdalenas del horno. Estoy ya posando la bandeja en la mesa, y un carraspeo me devuelve a la realidad. Me da tal susto que casi acaban todas en el suelo. Por suerte, no ha sido así. Me quito el guante del horno y bajo la música.

Elery me observa apoyado en el marco de la puerta, con las piernas cruzadas y sonriendo más de lo normal.

—Menudo recibimiento —bromea.

Me sonrojo y esta vez lo hago de tal manera que creo que mis mejillas van a arder. Me detengo en seco y le retiro la mirada avergonzada. Trato de actuar normal, como si eso fuera posible después de haber hecho el ridículo de esa manera.

—¿Qué hora es? —pregunto para cambiar de tema.

—Las nueve menos diez.

—¿Y Josh?

—Ahora viene, hemos olvidado unas herramientas y ha ido a por ellas. Pero de haber sabido que habría semejante desayuno, te aseguro que me hubiera obligado a ir a mí y estaría sentado engullendo.

Consigue hacerme sonreír. Lleva medio minuto aquí y ya me ha hecho sonreír.

—Pasa, siéntate.

Sigo sin mirarlo y, pese a ello, sé que viene recién duchado; su fresco olor llega hasta a mí. Se sienta, no deja de mirarme, me está poniendo nerviosa.

Me doy media vuelta, observo la mesa y me doy cuenta de que falta la mermelada, su mermelada.

—¡Se me olvidaba la pieza clave! —bromeo a la vez que abro el refrigerador y saco el bote.

Lo deposito en la mesa. Él me observa fijamente, empieza por mi mano al dejar la mermelada y sigue su recorrido hasta mi bata de raso mal abrochada, la cual deja ver la camiseta de tiras y el pantalón corto.

Clava la mirada en la blonda que hay sobre mi pecho y un temblor de piernas me traiciona y tengo que sentarme para evitar que se dé cuenta.

Disimuladamente, me anudo bien el cinturón de la bata.

Es un extraño momento; estoy en la mesa del desayuno junto al que fue el amor de mi vida hace veinte años, y me siento como una quinceañera que apenas puede coordinar dos palabras coherentes.

Creo que está a punto de decirme algo cuando nos vemos interrumpidos:

—Si tratas así a los trabajadores, van a alargar el trabajo hasta finales de verano —bromea Sasha.

Mi hija aparece con cara de sueño, con un moño mal hecho, unos pantalones cortos y la camiseta de Luke Perry que le había dejado limpia y doblada sobre el escritorio.

Pasa junto a Elery y le dedica un gesto de complicidad.

Le aprieta el hombro con la mano antes de sentarse junto a él y a mí se me aprietan el corazón, el estómago, la vida…

De repente, empieza a faltarme el aire. Intento respirar como puedo, me levanto fingiendo hacer cualquier cosa; abro la nevera, no estoy buscando nada, pero el fresco que desprende me va bien, y me tomo unos segundos.

—¿La compartimos? —oigo cómo Elery le pregunta a Sasha, no me giro a ver de qué se trata, no me hace falta.

—Claro. Ahora que he conseguido que mi madre la compre sin yo pedirla, hasta estoy dispuesta a compartirla.

Claramente, Sasha está de muy buen humor. Si se atreve a bromear sobre algo que en su día nos causó algún problema, es que está especialmente contenta.

—Pues creo recordar que hace años le gustaba —añade con picardía Elery.

¿Qué hace? ¿Por qué ha dicho eso? ¡Mierda!

Por suerte, el motor de una camioneta anuncia que el chico joven ha llegado.

—¡Ya lo tenemos aquí! —anuncio con la voz entrecortada y la ansiedad por las nubes, a la vez que cierro la nevera y trato de fijar la vista en la ventana sin éxito.

Empiezo a verlo todo borroso. Para cuando me giro hacia la mesa, me los encuentro riendo, no sé de qué, y el fuego arde por mis venas.

¡No! Los observo enmudecida —diría que hasta estoy pálida— al presenciar la estampa de verlos el uno al lado del otro.

Ahora sí que el aire no entra, de verdad que no entra.

Quiero inspirar, pero mis pulmones no responden. ¡Mierda! ¡Ahora no!

Josh aparece por la puerta, da un repaso general, pero clava su mirada en mí. Veo cómo cambia el semblante y se apresura a acercarse a grandes zancadas. Oigo las risas de Elery y Sasha en eco, cada vez más lejanas. Los miro. Me miran. Tres, dos, uno… ¡Me desmayo!