37. Asignatura aprobada #2
—Te dije que mi primer amor fue una chica, pero éramos muy jóvenes, apenas… Ya sabes. He estado más con chicos que con chicas.
—Entonces no… —no acabo la frase porque realmente no sé cómo expresar mi desconcierto.
—Entonces aprenderemos juntas. Si tú quieres, claro. Dejemos que esto fluya.
—¿Y si no nos gusta?
La vuelta de la luz del faro nos alumbra un segundo y puedo ver cómo sonríe pícaramente.
—¿Tú crees que no nos va a gustar? —Sujeta mi mano y la lleva hacia su pecho. Sus latidos van a mil—. Esto lo provocas tú, tan solo con tu presencia.
Le copio el gesto y pongo su mano sobre mi pecho.
—Y esto, tú.
—Sin presiones, sin prisas, solo fluir. Aún quedan semanas antes de que te marches. No hay prisa, Sasha.
Juntamos de nuevo nuestros labios y nos deshacemos en uno de esos besos que, si pudieran hablar, no lo harían de géneros, ni del antes, ni del después; tan solo hablarían de personas, de un tú y un yo, y de amor. Ya que irremediablemente eso es lo que somos.
Cuando su mano se cuela debajo de mi sujetador, una descarga eléctrica baja directa desde mis pezones hasta mi bajo vientre.
Nuestros besos han aumentado el nivel y cada vez hay más mordiscos, y las lenguas tienen un comportamiento más feroz.
Sin pensármelo dos veces, tiro de mi camiseta hacia arriba para deshacerme de ella.
Sin querer le doy un codazo y seguidamente me doy un cabezazo con el techo del coche, pero me deshago de la prenda.
Eso nos hace reír a la vez. Nos acomodamos mejor.
Noah se separa un poco de mí para evitar golpearme como he hecho yo y hace lo mismo.
Deja sus pechos al descubierto directamente.
Los veo cuando el faro me regala esos segundos de claridad; son pequeños, firmes y perfectos.
Mis manos se adaptan perfectamente a su tamaño.
Tener esa luz intermitente nos va regalando secuencias del momento.
Norah se inclina un poco sobre mí sin llegar a recostarnos y es entonces cuando nuestros pechos desnudos se rozan y siento su calor.
Sus pezones erguidos endurecen los míos mientras no podemos dejar de jadear entre dientes.
Necesito más. Así que trato de colar mi mano bajo su pantalón y ella lo desabrocha poniéndomelo fácil.
Llegados a este punto estamos tan conectadas que sin hablarnos nos entendemos.
No sé bien cómo hacerlo, pero no debe ser tan difícil; pienso en cómo me lo hago a mí misma y voy directa ahí.
Rozo su botón mágico y ella gime, pero no me detengo ahí, bajo un poquito más y cuelo el dedo índice en su interior, está muy mojada.
Instintivamente, introduzco el dedo corazón.
Lo hago varias veces antes de volver a subirlos hasta el clítoris para así lubricarlo y facilitar la fricción y el placer.
Gime contra mi boca y cada gemido suyo aumenta mi placer.
Pasa su brazo por encima del mío para poder acceder a mi pantalón y hacer lo mismo.
Nuestras bocas jadean juntas, de lado, enroscando nuestras lenguas y dando mordiscos pasionales.
Nuestros bazos se cruzan sobre nuestros cuerpos, dándonos placer la una a la otra.
Esto es maravilloso. Apenas puedo controlar mis inexpertos movimientos circulares cuando ella jadea fuerte.
No sé en qué punto estamos, no sé si ella ha acabado, solo sé que Norah acelera el ritmo de sus dedos, descontrolándome el pulso, los sentidos y la vida.
Tengo que dejar de tocarla cuando irremediablemente me eleva hasta el cielo con los ojos vueltos hacia atrás.
Oh, my God! Muerdo su labio y le jadeo mi orgasmo.
Disminuye el ritmo hasta detenerse unos instantes y saca sus dedos de mi interior.
No puedo hablar, apenas puedo respirar. Ha sido lo más intenso que he vivido con nadie.
Pum-pum, pum-pum. Mis latidos lo inundan todo. Me cuesta coordinar los pulmones con el aire.
Acerca sus labios a mi oído y me susurra:
—En la primera clase, ya nos hemos sacado un excelente. Asignatura aprobada. Creo que voy a inscribirme al curso entero —bromea con la respiración agitada.
—Ya puedes rellenar mi formulario junto al tuyo.
Me da un beso dulce y se abrocha el pantalón. Yo hago lo mismo, y entre codazos, risas y gestos limitados, nos movemos en la parte trasera buscando las camisetas y los sujetadores.
Cuando salimos del vehículo para que nos dé el aire antes de emprender el viaje de vuelta, nos detenemos un momento a observar el cielo.
La intermitente luz del faro nos dificulta verlo con claridad, pero es fácil intuir la inmensidad de las estrellas que han sido testigos de lo sucedido.
Nos apoyamos en el capó, entrelazamos las manos y dirigimos entonces la mirada al mar.
Si lo tuviera cerca, juro que hasta metería los pies.
Pero me conformo con verlo desde aquí, desde el faro que tantos amores habrá presenciado y donde, por primera vez en mi vida, he sentido que me explotaba el alma, y esta vez no de tristeza.
Llevo muchas horas sin pensar en Sammy y me permito hacerlo ahora fugazmente, en silencio, con los ojos puestos en el reflejo de la luna en el mar.
No me da tiempo a profundizar en lo que me provoca su recuerdo cuando Norah se pone delante de mí, de pie, encajando entre mis piernas, y me levanta la barbilla obligándome a mirarla.
—No hemos hecho nada malo —dice analizando mis ojos.
—No es eso, Norah. Eres increíble. Es que ya no me acordaba de lo que era ser feliz.
—Me encanta que lo estés siendo.
—Y a mí.
Nos besamos dulcemente y decidimos volver. No es tan de madrugada como previamente habíamos anunciado que llegaríamos, pero es tarde igualmente.
El poco viaje de vuelta que queda lo hacemos conduciendo lento y con las manos entrelazadas.
Norah ha vuelto a conectar su música al reproductor del coche y suena Cruel summer , de Taylor Swift.
Qué oportuna esta canción. Apretamos nuestras manos, y sé que nunca más volveré a escuchar todas estas canciones sin pensar en ella. Lo sé y no me importa.
Aparcamos delante del Marilyn. Pese a que es de noche, ninguna de las dos sabe bien cómo actuar cuando nos bajamos del vehículo.
—Te acompaño —le digo.
—Sasha, vivo al otro lado de esta verja. —Señala su casa a escasos metros de esta.
—Ya, bueno, quiero hacerlo. Además, yo soy mayor que tú; tengo la responsabilidad de devolverte sana y salva —bromeo.
—¿Ahora te das cuenta de que soy menor? Porque hace un rato no te importaba. —Hace un movimiento de cejas muy divertido y consigue hacerme reír.
Cruzamos la calzada y nos detenemos frente al vallado blanco. Dobby sale a recibirnos con una alegría desmesurada y diría que sus ladridos van a despertar a medio barrio.
—¡Calla, enano! —lo regaña mientras le abre la valla y lo alza en brazos.
De repente, oímos un estruendo desde el interior de la casa, como si algo se hubiera caído, y sin pensarlo dos veces ambas salimos corriendo hasta el interior.
La puerta está entornada y, cuando la abrimos, de golpe nos encontramos a un joven moreno de piel y de pelo, con la melena suelta y descalzo.
Lleva la camiseta claramente del revés y la bragueta bajada.
Se queda estupefacto al encontrarse con nosotras, a la vez que Amber baja a toda prisa, apenas envuelta en un bata de seda muy corta.
—¿Estás bien, cariño? ¿Te has hecho daño? ¿Qué ha pasado? —La mujer enmudece al ver el panorama.
El chico no dice nada y nosotras dos estamos prácticamente con la boca abierta, sorprendidas con la situación.
Me da tiempo a analizar al tipo: es joven, bastante más que Amber; aparte de llevar la camiseta del revés y el pantalón medio desabrochado, lleva la melena suelta y despeinada; es guapo; tiene los ojos rasgados y el pelo y la piel morenos; y está terriblemente avergonzado.
Se rasca la nuca y apenas emite unas palabras en voz baja al salir a toda prisa.
—Esto… yo, ya me iba.