37. Asignatura aprobada
Sasha
A juzgar por cómo revolotea mi estómago cuando aparcamos cerca del faro, diría que caben en su interior la misma cantidad de mariposas que en aquel bosque.
Norah se baja con la vista en el cielo, no como yo, que no puedo dejar de mirarla a ella.
Me pilla haciéndolo y, con una amplia sonrisa, rodea el coche y me besa contra la puerta.
No es un beso pasional, es un beso dulce, lleno de complicidad, de esos que se suelen ver en las parejas que apenas llevan unos meses juntos y han generado ya los primeros recuerdos.
Con la diferencia de que hace poco más de una semana no nos conocíamos.
Tira de mi mano y, en cuanto empezamos a caminar al unísono, me doy cuenta de que nuestros dedos se enlazan instintivamente y encajan a la perfección, como si lo hubieran hecho siempre.
El camino asfaltado de poca amplitud que bordea el faro y yace separado por una valla blanca, está totalmente a oscuras, con la excepción de la intermitencia de las vueltas del enorme lucero, el cual, efectivamente, sigue en funcionamiento.
Hay una explanada justo en frente, pero tiene unas enormes piedras blancas intercaladas para evitar que los coches aparquen ahí.
A pesar de eso, Norah me muestra justo el hueco por donde podemoscolarnos y estacionar el vehículo.
La llanura está limitada por otra valla, separada por el campo de golf, que desciende desde ahí hasta casi el nivel del mar.
Al fondo se intuye el oscuro y denso mar, donde se refleja, en forma de destellos sobre las olas, una luna llena especialmente brillante, que dota al lugar de una magia especial.
—¿Por qué siento que estamos haciendo algo ilegal? —verbalizo mis pensamientos.
—No estamos haciendo nada malo, Sasha. Aparcar en un descampado no es para que te encarcelen.
—Para eso no, pero tal vez para que te me multen sí, y créeme, no quiero tener que decirle a mi madre que la han multado de madrugada en el confín de la tierra.
—¿Quieres hacer el favor de relajarte? No hay nadie. Desde que quitaron ese parking natural, ya no es un lugar concurrido por las noches. Me consta que antiguamente se podían ver danzar varios vehículos a la vez en la noche… —utiliza el sarcasmo y lo pillo al vuelo.
—¿Así que esto había sido el picadero de Grove? Algo me contó Elery.
—Pagaría por saber a cuántas chicas trajo aquí siendo joven. No es por nada, pero el viejo está cañón y de joven sería un rompebragas .
Consigue hacerme reír con esa palabra inventada por ella.
—Pues ¿te puedes creer que él me contó que solo había venido con una de sus novias? Al parecer, contra todo pronóstico, era hombre de una sola mujer. O por lo menos eso me dio a entender, y no sé, yo creo al viejo . Por cierto, que conste que no apruebo ese mote.
—Cuesta creerlo, la verdad. Aunque Josh también es así. Tal vez vaya en los genes Cooper.
—Hablando de Josh...
—No quiero hablar de él —me corta la frase y cambia su semblante.
—Lo siento, no quiero incomodarte, pero dada la situación, creo que sí deberíamos hablar de Josh, porque si yo soy tu tirita, o segundo plato, quiero saberlo. No quiero hacer el ridículo, ni que se rían de mí.
—¿De verdad crees que eres mi tirita?
—No sé, es que hace dos días él era el amor de tu vida y hoy…
—Yo nunca he dicho que sea el amor de mi vida —me rectifica—. Él es él, yo una caprichosa y tú estás muy buena y me tienes loca.
Sonrío y la empujo con el hombro cuando estamos ya frente a la casa blanca que sustenta el faro.
—Entiendo. —bromeo—. Solo estás aquí porque estoy muy buena.
—Sí —afirma—, entre otras cosas.
—¿Y qué cosas?
Me mira, pero no contesta aún. Tira de mi mano y nos sentamos en los escalones de la casa que dan de costado al lejano mar.
Me siento con las piernas abiertas y ella lo hace en el escalón de debajo, entre ellas, de espaldas a mí.
Las dos fijamos la vista en el cielo y el mar, que se ve lejano.
No estamos tan cerca como cuando nos hemos besado en la arena de la playa, pero se puede oír el oleaje y puedo asegurar que no hay mejor medicina que ese sonido.
Siento paz, mi cabeza no está ruidosa, y no recuerdo haber estado así nunca.
Creo que me había acostumbrado a la tristeza y todo lo que conlleva.
—¿No te parece un poco ridículo este faro situado en este lugar? —rompe por fin el silencio.
—No vas a contestarme, ¿verdad? —no se lo digo con mala intención, simplemente resignándome.
Paso mis brazos por encima de sus hombros y la abrazo desde atrás.
Nos permitimos otro ratito de silencio. Cada vez que el faro gira e ilumina el mar al fondo, y de rebote la luz nos devuelve un poco de claridad, la observo desde arriba.
El perfil de su nariz, su pelo, sus brazos doblados, sus manos sobre las mías…
Suspiro porque sé cuánto me va a doler esto en algún momento.
Apenas está empezando a pasar y mi mente ya se anticipa al final.
Ella reacciona al notar cómo expulso el aire y es entonces cuando formula su respuesta:
—También eres una mujer muy valiente. Eres guapa, tienes carácter y tienes muy claro lo que quieres hacer en un futuro.
Paseas un gato. ¡Un gato! —Sonríe—. Sabes conducir.
Gustas a todo el mundo y tienes buen gusto musical.
Algo me dice que el arte no se te da muy bien, pero eso te lo puedo perdonar —bromea—.
Eres la única del mundo que come mermelada de kiwi.
—¡Eh! No es cierto. A Elery le encanta también.
—Joder con el viejo. Menos mal que la manera en que te mira no es para nada con segundas, si no me hubiera puesto muy celosa. Lo cierto es que conectáis genial. No lo he visto tan atento con nadie más, y mucho menos de nuestra edad. Algo ve en ti, algo que yo también veo.
—Qué bonito, Norah. Yo debería verme un poquito así, como tú me ves. Analizando tu descripción, siento como si se hablara de otra persona.
—Pues empieza a creértelo, porque Grove no miente, y has encajado perfectamente.
—Siento haberte dicho lo de Josh.
De nuevo un pequeño silencio.
—Mi ataque de celos de la otra noche no fue exactamente por él. Todavía estaba tratando de procesar lo que sea que causas en mí. Y no, no es por cómo tú lo mirabas a él, ni mucho menos, fue por cómo él te miraba a ti. Sentí pánico.
—Norah… yo…
—No es culpa tuya. Quiero a Josh y él a mí, nos queremos.
Somos como primos, aunque si se me hubiera presentado la oportunidad me hubiera acostado con él, ¡eso lo sabe Dios!
—bromea y yo apenas me río—. Pero no podía dejar que se me adelantara, porque desde que sentí que hacías vibrar algo en mí, no he sabido cómo manejar la situación y, sobre todo, no he querido forzar esto.
Quería que tú pudieras elegir y a la vez quería ser la elegida. No sé si me explico.
—Nunca hubo otra opción, Norah. Si a ti te ha estado dando miedo, imagínate a mí, para la que esto es totalmente nuevo.
Creo que a estas alturas ambas deberíamos saber que Josh no es, o no debería ser, una amenaza para ninguna.
Me encanta que lo quieras, y yo no voy a tardar nada en hacerlo también, pero no es nada sexual ni emocional.
En cuanto digo esto, Norah se levanta, se da la vuelta, se pone en pie y tira de mí para que baje hasta su escalón.
Una vez me tiene ahí, me besa. Con cada vuelta de la candela del faro, su rostro se ilumina y siento que me va a explotar el corazón.
Tengo que obligarme a cerrar los ojos y centrarme solo en el beso.
Nuestras lenguas se buscan con ganas, dándole al momento la profundidad que deseamos, y eso hace que la pasión vaya en aumento.
Es ella la primera que baja una de sus manos hasta colarse por debajo de mi camiseta y acaricia uno de mis pezones erguidos.
Mi cuerpo entero responde a su caricia con una descarga eléctrica y reacciono.
Yo también quiero tocarla. Lo hago por encima de la ropa, con algo más de timidez.
Nuestras respiraciones empiezan a ir descompasadas.
La excitación provoca que nos falte el aire.
Separamos nuestros labios unos milímetros y es entonces cuando me susurra:
—¿Quieres que vayamos al coche?
No me salen las palabras. ¿Quiero? La miro de nuevo. ¡Claro que quiero!
Asiento y emprendemos el camino de vuelta al descampado donde habíamos aparcado.
Presiono la llave y los cuatro intermitentes bañan el descampado por un momento, en una tonalidad anaranjada.
Suerte que Norah lleva la voz cantante y va directamente hacia los asientos traseros.
Estoy tan nerviosa que yo iba directamente a los delanteros.
En cuanto la puerta se cierra, mi corazón se desboca, tan solo puedo oír mis latidos.
Ella lo nota, no parece tan nerviosa, aunque su tembloroso pulso la delata.
¿Está bien lo que estamos haciendo? De repente, el miedo me envuelve, pero en cuanto vuelve a posar sus labios en los míos, se disipan todas las dudas; es justo entonces cuando ella nota mi desconcierto, cuando ya he tomado la única decisión que podía tomar.
—¿Estás bien? ¿Quieres que paremos? —pregunta, apretando su boca contra la mía.
—Nooo —susurro—. Yo, es que nunca… Ya sabes.
Me avergüenza volver a reconocer eso, pero es que besar a una mujer ya es algo totalmente nuevo para mí, y caer en la cuenta de que estoy intimando con ella me ha dado un poco de vértigo.
Pero no, no tengo dudas. Porque nunca antes, con ningún hombre, había sentido esta atracción, nunca antes había deseado tocar a alguien así, nunca antes se me había desatado el alma de esta manera, nunca antes me habían hecho así de feliz.
Ella lo ha conseguido. La sexualidad no define al amor.
Y Norah es todo. Es alegría, es pasión, es música, es mar y, sobre todo, es amor.
—Yo no es que tenga tampoco mucha experiencia, Sasha.
Me separo unos centímetros para tratar de enfocar sus ojos en la oscuridad que el coche nos brinda.
—Pero si me dijiste…