36. Verduritas #2
—Sí —me afirma Amber—. El interrogatorio que te ha hecho a ti hoy en el parking del supermercado no es nada en comparación con lo que puede llegar a hacer.
—En mi caso, creo que el único interés que despierta mi vida en ella es mi padre —excuso.
Oigo reír a Elery. Había olvidado su risa. «¿La había olvidado?», me pregunto un instante. «Ni de coña». La reconocería de entre todas las risas del mundo.
Me fijo en que estaba a punto de beber cuando ha oído eso y casi derrama la copa.
—Vaya con Gladys; con la edad que tiene y aún le pica la papaya. —Amber y sus ocurrencias.
—¿La papaya? —Ahora soy yo quien ríe.
—Sea como sea, te ha hecho un interrogatorio de primer grado. A ver con qué rumor nos sorprende.
—Tendré que avisar a mi padre, por si empieza a recibir mensajes.
Esta vez, los tres reímos al imaginar la situación de la pobre Gladys enamorada, colapsando el correo electrónico de mi progenitor.
No está bien reírse de la gente, pero es que esta mujer es muy peculiar y se ha interesado por todo, no solo por mi padre, sino por mí, por Alan y por Sasha. Sobre todo, por ella.
Cuando las risas cesan, Elery nos sorprende con una pregunta clara y concisa. Creo que Gladys no es la única que tiene interés en nuestra vida en Phoenix.
—¿Por qué no ha venido Alan con vosotras?
El silencio más incómodo de la noche llega con esa pregunta. Amber aprieta los labios y sube las cejas, como indicándome que ella no piensa abrir la boca.
—Pues, Alan… Teníamos algo que resolver en Phoenix. Se unirá a nosotras en dos o tres semanas.
—¿Por qué has vuelto? ¿Por qué ahora después de tanto tiempo? —suelta el bombazo así, sin anestesia.
Si la otra pregunta era incómoda, esta ya se lleva la palma.
Amber no sabe dónde meterse. Está claro que Elery está aprovechando el momento de reunión para resolver sus dudas.
—Yo… esto…
—¡Oh! ¡Vamos! ¡Elery, no seas así! ¿Qué mierda de pregunta es esa? —lo regaña Amber—. No necesita un motivo para venir al pueblo, aunque hayan pasado tantos años. Tú también has vuelto. Cada uno maneja el tiempo como puede.
—No voy a quedarme, por si te preocupa eso —me apresuro a aclarar con algo de retintín.
Lo miro directamente y cambio mi rostro a otro más duro. ¡Joder! Está guapísimo con las lucecitas de fondo que Amber tiene por todo su jardín.
—Te va a costar llevarte a tu hija —afirma él a la vez que da un largo trago.
Se me acelera el pulso al oírle decir eso.
—¿Por qué dices eso? Sasha empezará la universidad y dudo que quiera volver. Dudo que ni siquiera vuelva a Phoenix. Además, no hables de mi hija como si la conocieras; la has visto dos veces.
—Las suficientes para darme cuenta de que habéis perdido la conexión. No creo que conozca a tu hija mejor que tú, pero creo que sé cosas que tal vez tú no.
—Vale ya, Elery —trata de interponerse Amber.
—Ah, ¿sí? ¿Como qué? —caigo en su juego, pero con los brazos cruzados totalmente a la defensiva.
—Como por ejemplo que lleva pocos días aquí y ya se ha enamorado, y además me temo que es algo recíproco.
Enfurezco ante su afirmación, y no sé por qué solo puedo pensar en Josh tras oír eso.
—Mantén a tu sobrino lejos de mi hija —le ordeno.
Eso hace que Elery explote en carcajadas.
—Vaya, realmente necesitas volver a conectar con tu hija.
—¡Elery! ¡Basta! —Amber se pone en pie furiosa al ver el sarcasmo y la soberbia con la que habla.
Él reacciona a los gritos de Amber. Toma aire y se frota la cara con ambas manos.
—Lo siento. Disculpadme. Las dos. Yo no… Yo no soy así. —Suelta la copa, se levanta y se dispone a marcharse.
—¡Elery-Cooper-Lee! ¡Siéntate ahora mismo y acabemos con esto! —le ordena Amber con voz de pocos amigos.
Él se detiene y se sienta de nuevo.
La velada se ha roto y me siento muy incómoda.
Justo en ese momento, alguien se asoma a la puerta de la verja.
—¿Se puede?
Los tres miramos a la vez. Es el joven camarero levantando la mano tímidamente. Mira hacia ambos lados del jardín; supongo que trata de asegurarse de que Norah no esté.
—Mira, ¡qué oportuno! —Amber le dice a la vez que se levanta y va a recibir al chico.
Espero que no haga lo que creo que va a hacer. Coge la mano del joven y tira de él hacia la calle. Pues sí, sí lo hace.
—Vosotros dos —nos habla desde la acera— vais a hablar lo que tengáis que hablar y vamos a pasar los días que quedan en condiciones.
Se acabaron las malas caras, los malos entendidos, los reproches y las mierdas.
Sois adultos. Comportaos como tales, ¡joder!
Alberto y yo nos vamos a dar un paseo, a tomar algo y a echar un polvo.
¡Y eso es lo que deberíais hacer vosotros!
¡Se os pasaría toda la tontería de golpe a los dos!
Ninguno logra rechistar.
Amber cierra la puerta de la verja para que no se escape Dobby y desaparece con el joven, el cual tan solo levanta la mano para despedirse y se marcha alzando las cejas y simulando tener miedo a la mujer que ama. En realidad, hacen muy buena pareja.
El silencio que queda tras eso es abrumador. Bebo el vino de un trago, nerviosa, y cuando me dispongo a marcharme o, mejor dicho, a huir, siento una descarga eléctrica desde mi muñeca hasta el pecho.
Elery tira con suavidad de mí y me incita a volver a sentarme. Observo un segundo su mano en mi piel. Lo miro a los ojos. Es él, con su intenso color verde mar. Me siento lentamente.
—No te vayas, Megan. Lo siento. Amber tiene razón. No puedo dejar que te vayas sin que resolvamos esto.
—¿Resolver qué, Elery? —me pongo a la defensiva.
—No me acosté con Amber, nunca lo he hecho —aclara con firmeza—. Me rompiste la vida, Megan. Me partiste en dos —lo suelta bruscamente, sin florituras.
Oír esas firmes palabras hace que se me quebrante el alma un poco más, si es que eso es posible.
—No, Elery, no fue así. Lo que hice fue darte una vida; la que merecías y la que no hubieras tenido si a la vuelta me hubieras encontrado en Grove.
—¿Por qué dices eso? —pregunta indignado—. Tú lo eras todo, Megan. No quería una vida en la que no estuvieras.
—Elery… —Tengo que tragar saliva para digerir su confesión—. No cambiaría nada. Hice lo correcto.
—¿Correcto para quién?
—Déjame acabar. De haber hecho lo contrario, mi vida también hubiera sido otra y yo no hubiera tenido a Sammy.
—Sé lo que quieres decir, Megan, pero, de haberte quedado, tal vez ahora no estarías llorando su pérdida.
—¡Pienso llorarla eternamente! ¡No puedes entenderlo! —En cuanto digo eso me arrepiento. Sí, sí puede. Él también perdió a alguien a quien amó. Tomo aire y me disculpo—. Lo siento, no quise decir eso.
—¿Por qué Alan? —omite mis disculpas—. ¿Por qué mi mejor amigo?
—Eso tal vez deberías preguntárselo a él. Yo solo… Alan es un buen hombre.
—¿Lo has querido como me quisiste a mí? —añade tras mis palabras.
La sensación que me causa esa pregunta es parecida a estar corriendo una maratón y de repente detenerse en seco. El aire que entra en mis pulmones pesa más de lo que debería y siento pánico.
A duras penas, reacciono.
—Elery, por favor.
—Megan, mírame. —No puedo mirarlo, y no puedo contestar.
Él se levanta nervioso y se vuelve a sentar.
Vierte de nuevo vino blanco en las dos copas y prosigue—.
He estado volviendo a Grove durante años, creyendo que algún día cumplirías tu promesa y estarías aquí.
Yo lo hice. Lo he hecho todos estos años pese a seguir con mi vida.
He vuelto una y otra vez. ¿Por qué tú no? ¿Por qué has vuelto ahora?
—Yo… Lo siento. Yo no… No he vuelto por ti.
Noto cómo le escuecen esas palabras, cómo su mirada se cristaliza mínimamente; lo justo para que ese verde intenso brille. Tiene que obligarse a apretar los labios.
—Podríamos haberlo solucionado. No debiste marcharte. Yo te hubiera hecho feliz, Megan. —Dejo que el silencio me apuñale, creo que ya no sé ni respirar—. Estoy completamente seguro.
Quiero decirle algo que mitigue la desolación con que lo ha expresado. Pero solo hay una realidad en toda esta historia, y es la que le voy a expresar.
—Yo a ti no, Elery. Y créeme, también estoy segura.
—¿Cómo puedes asegurar eso? —alza un poco la voz, indignado—. Lo teníamos todo. Incluso hubiéramos puesto el Marilyn en pie juntos como te prometí, y lo sabes. —Toma aire y exhala una última frase llena de resignación—. Sabes que hubiera sido así.
—¡Basta ya, Elery! Por favor —me tiembla la voz—. Tú debías marcharte a Europa y…
—¿Y qué? —me recrimina—. ¡Ya lo habíamos hablado!
¿Qué hizo que cambiaras tanto de opinión?
Y no me digas que creerte la patraña de que Amber y yo nos habíamos acostado.
No era propio de ti salir huyendo, incluso creyendo eso como has estado haciendo durante años.
—Aprieto los ojos y tengo que esforzarme por no dejar caer ni una sola lágrima.
Me repito lentamente que esto ya no tiene sentido—.
Megan, mírame. ¿Por qué te marchaste con Alan? ¿Fue idea de él?
—Elery, basta ya. Todo esto ya no tiene sentido.
—Para mí, sí. Porque llevo muchos años queriendo entender esto.
Me dejaste un día antes de viajar a Europa.
¿Te haces una idea de cómo fueron mis primeras semanas en ese continente?
No contestabas a mis llamadas. Volví tras el primer trimestre con la esperanza de poder solucionarlo todo y te habías esfumado.
¡Te marchaste! ¡Desapareciste! Me rompiste el alma.
—Le tiembla el labio y por primera vez desde que he vuelto a toparme con él, tras mirarlo a los ojos, he reconocido al Elery que tanto amé.
El extraño verde azulado de su iris delata su tristeza.
Ahora convertida en impotencia, me traspasa la piel hasta impactar en lo más hondo de mi interior.
Me dan ganas de lanzarme a abrazarlo, de consolarlo.
Por primera vez en casi veinte años me estoy preguntando qué demonios hice—. Megan, no me has contestado aún.
Busca el contacto visual de nuevo.
—No, no me marché con Alan, eso surgió después —le confieso.
—Gracias por la aclaración, también la necesitaba, pero no es esa la pregunta que quiero que me contestes.
¡Mierda! Sé lo que quiere saber.
Me levanto nerviosa y él lo hace a su vez.
Acorta la distancia sin yo esperarlo. No puedo mirarlo y agacho la mirada.
Pero no está dispuesto a que vuelva a esquivar su pregunta.
Así que, con dulzura, pone su dedo índice bajo mi barbilla y la levanta lentamente hasta conseguir que mis temblorosos ojos se claven en su mirada marina.
—Megan —susurra mi nombre—. ¿Lo has querido? ¿Lo has querido como me quisiste a mí?