Aquel verano en Grove 36. Verduritas
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36. Verduritas

Megan

—¿Qué dicen las niñas? —me preocupo.

—Pues que vendrán de madrugada.

—¿Van a conducir de madrugada?

—Megan, no te preocupes, ya no son unas niñas.

—Sí lo son. Ninguna es mayor de edad.

—Megan, por favor, no son tontas. Son chicas responsables; dales un voto de confianza. Esto es Pacific Grove, relájate un poco.

Respiro hondo y cierro los ojos. En parte tiene razón. Decido hacer caso a Amber. Voy a darles el voto de confianza que merecen, aunque no puedo negar que me preocupa un poco.

La noche ha caído y estamos en el jardín de Amber, dispuestas a cenar lo que sea. Mi amiga ha encendido la barbacoa, pero no hay ni rastro de carne, la hemos llenado de verduras y hortalizas, y con eso pensamos darnos un buen festín.

He decidido traer a Sirius conmigo; parece ser que él y Dobby han empezado a amigarse y, pese a que la mayor parte del tiempo, el perro persigue al gato, también tienen sus ratos de olerse y estar juntos.

—Mientras yo acabo las verduras, ve a dentro y trae el vino —me ordena—. Está en la nevera.

—Claro.

Le hago caso, pese a que no sé exactamente dónde está la nevera.

Doy un par de vueltas hasta que me topo con la puerta de la cocina y un enorme refrigerador de dos puertas llama mi atención. Pienso en la del Marilyn y llego a la conclusión de que, si realmente fuera un hotel, necesitaría una incluso más grande que esta.

Cada vez me seduce más la idea de verlo así, como lo que siempre debió ser. Mi madre estaría tan orgullosa. Creo que incluso desde el cielo podría perdonarme y olvidar la razón por la que realmente abandonamos Grove. De momento, estas semanas, voy a darle todo el brillo que pueda.

Tardo un poco más en salir porque me doy un paseo por la casa con el vino en la mano.

Me gusta ver cómo vive mi amiga. Observo las fotografías de madre e hija, la de sus padres y las obras que adornan toda la casa, claramente creadas por ella y, por lo que veo, por Norah también.

Hasta la firma la tienen parecida. Sonrío al darme cuenta de que se llevan muy bien, todo lo contrario a la relación que tengo yo con Sasha.

No puedo evitar sentir una brizna de envidia.

—Tengo que hacerlo mejor. —Suspiro.

De camino a la entrada, encuentro el altavoz inalámbrico y decido sacarlo también, para poner un poquito de jazz , o algo así que amenice el momento. Ahora que la música ha vuelto a mi vida, la disfruto de otra manera; la valoro y la siento como un día lo hice.

Justo antes de salir, oigo un coche aparcar delante de la casa y la verja abrirse. Llámale instinto, pero juro que he notado su presencia antes que su voz.

—¿Podemos hablar? —se dirige a Amber.

Ella lo mira atónita.

—No es el momento. Hablamos otro día —contesta ella claramente incómoda por lo que debe intuir que va a generarse.

—Llevas esquivándome todos estos días. ¿Cuándo pensabas decírmelo? —Se le cortan las palabras al verme salir del interior de la casa.

Me mira y dejo de respirar, aunque no le aparto la mirada. Puedo ver el instante exacto en que sus ojos se alteran con mi presencia.

—Hola —saludo con voz tenue.

—Hola —responde sin mirarme esta vez.

Amber no sabe dónde meterse. Pese a que hemos estado toda la mañana trabajando juntos, este momento es diferente; estamos lejos de las miradas de las chicas y estamos frente a frente los tres. ¡Los tres! Esto no estaba previsto y puede cortarse la tensión. Esa misma que Amber decide romper.

—¿Te quedas a cenar? Solo hay verduras, pero te vendrán bien, que me parece que te está a punto de aparecer esa barriguita de fofisano .

Amber consigue que se me escape la risa con el comentario; sobre todo al ver que él se ofende.

—¿Perdona? ¿ Fofisano , yo? —Se toca el vientre y el pecho, y no puedo evitar clavar mi mirada justamente ahí.

Ese lugar en el que tantas veces me cobijé y tantas veces besé, y que ahora luce más musculado, casi como si hubiera estado esculpido. Pero de eso hace ya muchos años.

Sacudo la cabeza.

Que diga que no, que diga que no. Cruzo los dedos mentalmente.

—¿Te quedas o no? No te hagas ahora el interesante —le recrimina Amber.

Mi amiga no me mira. Sabe perfectamente que no apruebo esto.

—Claro. Seguro que están deliciosas las verduritas .

¡¡Mierda!! ¡Se queda!

Dejo todo lo que llevo sobre la mesa y me voy rápidamente junto a ella, frente a la barbacoa.

Somos adultos, no voy a hacerle una pataleta; simplemente huyo de estar a solas con él.

Amber me cede las pinzas y me deja a cargo del fuego.

Desde mi posición, voy alzando la vista disimuladamente.

Elery conecta su móvil al altavoz y pone una lista de reproducción de versiones en acústico.

Muy él. Siempre supo cómo manejar cada momento con su hilo musical. Eso no ha cambiado.

En ese momento hace acto de presencia Sirius, que ha estado paseándose por toda la parcela con Dobby a sus espaldas. El perro se alegra mucho de ver a Elery y mueve todo su cuerpo y su cola a un ritmo frenético, pero el gato…

—Pero ¿tú también estás aquí?

Se agacha sorprendido, queriendo acariciar también al felino, pero Sirius se hace el esquivo de una manera muy ágil y, cuando está a una distancia prudencial, le dirige un bufido.

—Vaya, al encantador de animales por fin se le resiste uno —se burla Amber.

—Antes de que acabe la noche, comerá de mi mano —añade chulesco.

—Ni lo sueñes —suelto sin ser consciente del todo que no es un pensamiento, sino que ambos me han oído.

El rubio me mira y Amber decide abandonar la conversación y ponerse a hacer vete a saber el qué. Yo me sonrojo, no puedo hacer otra cosa. No quería sonar tan seca.

—¿Así que un gato? —se dirige a mí—. Te pega.

—Ya, bueno, en realidad fue rescatado por mi hija, yo no… —Me doy cuenta de que estoy contando más de la cuenta y decido parar—. Voy a ver las verduras.

No añade nada más, aunque tampoco es que le haya dado opción.

Lo dejo con los animales y la música, y me aparto junto a la barbacoa, desde donde inevitablemente voy desviando la mirada para verlo juguetear con el perro.

Así también puedo ayudar a Amber a preparar la mesa.

Me pilla un par de veces espiándolo y me sonrojo como si fuera una quinceañera. ¿Qué me pasa?

Amber descorcha el vino, pero han olvidado las copas, así que él se adentra en la casa como si fuera suya. Exhalo como si perderlo de vista fuera un alivio, y me quedo con la mirada en la puerta por donde lo he visto desaparecer.

—Nunca he probado el brócoli carbonizado, pero puede estar bien… —se burla Amber aprovechando la ausencia del rubio.

Me he quedado embobada en mi mundo cuando las palabras de la rubia me hacen reaccionar.

—¡Mierda!

Tiene razón. Se me ha quemado por un lado. Amber no puede evitar reírse a carcajadas y yo lo hago también, avergonzada.

Elery aparece con tres copas.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta cuando nos encuentra a las dos riendo.

—Pues que aquí la cocinera parece ser que no domina igual las verduras que los pasteles —bromea.

—No me lo creo. —Se asoma incrédulo a comprobar el estado del brócoli—. Mucho han cambiado las cosas en veinte años.

Ninguna de las dos responde, y se da cuenta enseguida de que el comentario no ha sido de mi agrado.

Pero no trata de arreglarlo, simplemente se da media vuelta y vuelve a la mesa a servir el vino.

Siento alivio al ver que ya no está cerca de mí, pero cuando me parece tener la cosa controlada, veo aparecer una copa medio llena cerca de mi rostro.

Es su manera de pedir perdón. Lo conozco.

Quiero decir, lo conocía. Aunque el Elery de antes hubiera actuado tal cual.

Tal vez este lo haya hecho simplemente por ser amable. La acepto.

—Gracias —mi voz apenas es un susurro.

No contesta, asiente y se vuelve a la mesa donde se sienta estirando las piernas y echando la cabeza para atrás.

Me gusta la complicidad que tiene con Amber, aunque no sé si del todo.

Está claro que han logrado encontrar la comunión entre la obsesión que ella tuvo con él y la amistad que los ha acabado uniendo.

Me pregunto entonces si ella seguirá sintiendo algo, o si simplemente acabó aceptando la realidad, dejando a un lado esos sentimientos no correspondidos.

Trato de analizar eso en las miradas de ambos y también en sus gestos, pero por más que trato de encontrar algo, no lo consigo.

Son solo eso, amigos, no tengo ninguna duda.

Lo sé por la postura corporal de él, su tez relajada cuando mantienen una conversación y su risa sincera.

Además, a él nunca le atrajo Amber. O por lo menos es lo que siempre me había dicho.

Sin embargo, no lo creí cuando ella inventó aquella mierda que nos rompió, y el hecho de remarcar que estaban borrachos le dio más credibilidad a algo que no debió tenerla.

Mi amiga siempre había sido, y sigue siendo, todo eso que yo nunca fui.

Actualmente, no es envidia lo que siento, pero sé reconocer que me hubiera gustado poder ser un poco más como ella.

Nunca lo he verbalizado, y no pienso hacerlo delante de nadie; a cada una le tocó la vida que le tocó.

—¿Qué le pasa a esa mujer? Cada vez está más loca —oigo decir a Amber.

Pongo atención a la conversación.

—A saber qué se trae entre manos ahora. La que lio aquella vez, desvelando que el alcalde había traído a veranear al expresidente Obama a su mansión...

—¿Eso hizo? —Intuyo que hablan de la cotilla de Gladys y no puedo evitar meterme en la conversación y reírme.

—No te imaginas el despliegue de prensa que hubo —me informa Amber—, y todo porque el alcalde no quiso revelarle quién era el amigo que paseaba con él bajo unas gafas de sol enormes y una gorra de Los Dodgers.

—Pero ¿cómo lo hizo? —me intereso.

—Buena pregunta —intercede Elery—. Ató cabos con la ropa que vestía el expresidente, que al parecer ya había utilizado en otra ocasión yendo de incógnito.

—Nooo… —No puedo evitar volver a reírme.