Aquel verano en Grove 35. Sabor a mar
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35. Sabor a mar

Sasha

Si pudiera detener el tiempo lo haría en este preciso instante.

El aire de Grove nos despeina y a ninguna de las dos parece importarnos.

Norah está preciosa y radiante. Las ventanillas del coche están bajadas y la música suena alta, pero no lo suficiente como para no oírnos, y, sobre todo, para no oír mis propios pensamientos, que no paran de decir: «quiero que se detenga el tiempo».

No sé cómo ha pasado, pero hemos ido añadiendo gestos en nuestra relación que con otra persona me hubieran incomodado demasiado y que, sin embargo, con ella he normalizado.

Como, por ejemplo, que de vez en cuando frote mi brazo y me regale una caricia, aunque eso lo haga sin venir a cuento y en el momento menos inesperado; o ese gesto muy suyo cuando da un toque a mi nariz con la punta de su dedo.

Es algo que se le suele hacer a los niños y, aun así, ella aprovecha cada vez que me tiene a tiro para hacerlo; claro está, a mí me encanta.

No obstante, algo que aún me pone nerviosa es que ponga su mano en mi muslo para dar algún golpecito cuando explica algo. O que simplemente lo acaricie sin mirarme. Como está haciendo ahora mismo.

—Ya casi estamos; cuando hagamos esa curva, verás un parking de tierra.

Trato de hacer caso omiso a su mano en mi pierna, pero está tan cerca de mi ingle.

Aparcamos donde me indica y caminamos hasta el inicio del bosque, desde donde sale un camino vallado y nos recibe un cartel enorme de madera con el dibujo de una gran mariposa monarca.

Nos adentramos pese a no haber los mencionados insectos.

El bosque es bonito y variopinto, con pinos, cipreses y eucaliptos.

—Ahora que lo pienso, esto sin mariposas no tiene ninguna gracia —dice avergonzada.

—¡No digas eso! ¡Es precioso!

Y lo es de verdad. Mis ojos se van hacia todos lados. Me paro a leer cada cartel que habla acerca de los insectos y su migración. Norah lleva rato fotografiándome mientras vago embobada por el camino, hasta que damos con un banco de hierro en forma de mariposa.

—¡Ven! —le ordeno. Tiro de su mano sin saber que en ese preciso momento estaba retratándome; oigo el sonido del disparo del teléfono mientras la tironeo—. Lo siento. No quería estropearte la foto.

Lleva la mirada a la pantalla.

—No la has estropeado para nada. —No me la enseña—. Después te las mandaré.

Entonces se sienta a mi lado, saco mi teléfono y le ofrezco hacernos una selfie . Acepta sin dudarlo y pega su cara a la mía. No había tenido sus labios tan cerca en ningún momento y siento el impulso de besarla. Es más, voy a hacerlo, quiero hacerlo.

Inconscientemente, presiono el móvil con el dedo y el sonido de la imagen capturada hace que se levante y me inste a seguirla.

¡Voy a volverme loca! ¿Qué estoy haciendo?

Claramente, me trata como a una amiga, eso soy.

¡Céntrate, Sasha! No quieras pasarte las últimas semanas teniendo que esquivar a tu amiga-vecina.

—Ahora puedes pasear tranquila, pero si algún día vienes cuando el bosque esté plagado, vas a tener que fijarte incluso en dónde pones los pies. Está totalmente prohibido tocarlas.

—Ya he visto los carteles. Suelen estar por todo el camino.

—Aunque te encuentres alguna fuera de lugar, ni se te ocurra cogerla para acercarla al bosque. Tan solo la esquivas y punto. Por lo general, la gente respeta bastante.

—Créeme, no la tocaría.

—Te pueden sancionar.

—No es eso.

—No me digas que te dan miedo.

—Mmm, más o menos. Entre asco y miedo.

—¿Cómo? ¡Estamos hablando de mariposas! ¡El ser más indefenso de la tierra!

—Sé que no pican, no es eso. No sé, es que… son feas.

—¿¡Qué!? ¿Feas? ¡No me lo puedo creer!

—A ver, no me malinterpretes. Son de esos bichos de dos hostias .

Inevitablemente, ya se está riendo.

—A ver, argumenta eso.

—Pues que tú ves esas alas tan bonitas y esos colores y dices: «Hostias…» alucinando, porque te parece espectacular, pero cuando les das la vuelta y ves esa cara y esas patas de bichejo moviéndose, dices: «¡Hostias!», pero esta vez de asco.

Mi explicación consigue que se ría a carcajadas, de esas en las que se grita a pleno pulmón.

Norah tiene una de esas risas contagiosas.

Es imposible no hacerlo a la par con ella, está programada para conseguir ese efecto.

Así que, sin dejar de caminar a su lado, voy llorando de risa.

Entre carcajada y carcajada, inesperadamente, enlaza su brazo con el mío.

Dejo de reír porque mis latidos han ensordecido a todo lo demás.

¡Calma, Sasha! ¡Respira! Sabes hacerlo. Inhala y exhala. No es tan difícil. O tal vez sí.

—Si seguimos caminando, podemos llegar a la playa de Pismo Beach. Pero prefiero ir con el coche. ¿Volvemos? Allí encontrarás las tiendecitas artesanas que buscas.

—¡Oh! ¡Sí!

***

Ni cabe decir que esa playa es espectacular, como todas las californianas. Lo primero que me llama la atención es la pasarela del muelle; larguísima, de madera y repleta de gente paseando.

—¡Vayamos allí! —Le señalo un punto a la lejanía.

Estoy contenta, emocionada e ilusionada.

Todo es tan extrañamente bonito. Sentirme así de viva es increíble.

Aunque hay demasiada gente, y como Norah sigue empecinada en sacar fotos para que me lleve recuerdos, a menudo tengo que buscarla entre la multitud; ya que se adelanta para fotografiarme caminado en la pasarela.

Ahora mismo la tengo frente a mí, gritándome que sonría, como si hubiera dejado de hacerlo desde que llegamos. Está empezando a caer el sol y decidimos volver hasta la arena para verlo caer.

—¡Ven! ¡No quiero perdérmelo! —me dice con exigencia.

Ahora es ella quien coge mi mano, pero, antes de tirar de ella, entrelaza nuestros dedos. No es como las otras veces en que nos hemos cogido la mano momentáneamente; ahora nuestros dedos parecen anudados.

Guarda su teléfono en el bolsillo trasero de su pantalón y noto cómo me aprieta, como si fuera a marcharme o algo así.

¡Relájate, Sasha! Solo son sus dedos. Me lleva hasta la arena sin darme tiempo ni a descalzarme y, cuando a ella le parece bien, se planta.

Deja caer el trasero y tira de mí. Es raro sentarme a su lado sin desenredar nuestros dedos, pero no digo nada, le hago caso y me siento.

Ahora sí, el espectáculo está servido. El sol cae lentamente y una extraña calma inunda el lugar.

O quizá sea en mi interior donde se ha instalado esa calma que solo el mar me brinda.

Otro atardecer junto a Norah. A este verano no puedo exigirle nada más.

Así que disfruto en silencio y guardo este momento como uno de los recuerdos más bonitos de mi vida.

Es más fácil cuando nadie habla. Las dos entendemos que la situación lo requiere.

El color anaranjado del cielo empieza a ser rosado para, más tarde, dar paso a un violeta que acabará por volverse de un azul oscuro, intenso, casi negro.

Pero eso ya no logro verlo. Norah mueve el dedo anular de la mano que sostiene la mía y acaricia mi piel con él.

Bajo la mirada para comprobar que efectivamente está sucediendo, no me lo estoy imaginando, y cuando la levanto incrédula, sus ojos están posados en mí. Me sonrojo al instante.

—¿Te gusta lo que ves?

De nuevo esa misma pregunta que me hizo subida a la tabla de surf. Esta vez, la miro a los ojos, sin miedo; si quiere verme por dentro, que me vea de una vez.

—Es lo más bonito que he visto en mi vida —respondo con dulzura.

Titila su mirada, pero rápidamente la baja a mi boca y, antes que de que yo me lance y la bese de una vez, lo hace ella.

Nunca antes había besado a una mujer. Sus labios son tiernos y muy esponjosos en desacorde a su lengua, que es rígida y vivaz.

Su beso es exactamente como ella; una mezcla explosiva y adictiva.

Es salado, con sabor a mar, y no puede gustarme más.

Por fin desenreda su mano de la mía para subirla a mi cara y atraerme contra ella.

Toda mi piel está erizada, to-da. Muerdo su labio inferior con cariño.

Quiero morderla, besarla y lamerla. Estoy loca por ella.

Sin separar nuestros labios, baja su mano hasta rozar uno de mis pezones erguidos. Eso me da una descarga directa al bajo vientre. ¡Esto es deseo! Y ahora me doy cuenta de que nunca antes lo había experimentado. Dejo que me roce. No quiero salir de este beso, de este lugar, de este momento.

En cuanto abro los ojos, ya no queda rastro de los tonos anaranjados y los rosados en el cielo; ahora solo están en mis mejillas. Muerde mi labio una vez más justo antes de separarse y darme un toque con su dedo índice en la nariz. Adoro tanto este gesto que no voy a dejar que nadie más lo haga.

—Pensé que me rechazarías —susurra.

—¿Qué? ¿Estás de broma? Llevo queriendo hacer esto prácticamente desde que te conocí, es solo que…

—Nunca has estado con una chica —me corta.

—Nunca —confieso.

—Bien. Eso se puede remediar. —Sonríe pícaramente.

Me contagia el gesto, pero rápidamente ella misma se encarga de borrarlo, posando de nuevo sus labios en los míos. Su lengua me busca con fiereza. Nos dejamos perder entre suaves mordiscos, besos eléctricos y tímidas caricias.

Para cuando nos despegamos, nuestros labios están hinchados y el cielo casi estrellado. Ahora sí, definitivamente, que se pare el mundo, quiero quedarme aquí.

La tarde se nos ha ido y tenemos que volver, pero antes decidimos comprarnos unos perritos calientes para llenar nuestro estómago.

Es como si las mariposas que lo anidan estuvieran hambrientas.

Los comemos de camino al coche. Caminamos la una muy pegada a la otra, charlando con la boca llena.

Norah bromea sobre el momento en que conocí a la señora Gladys.

—Esa mujer está un poco chiflada, pero no es mala, solo muy cotilla —me informa.

—Me asustó un poco, la verdad; me repasó de arriba abajo. Tanto, que creo que ya debe haber adivinado el número de pie que calzo.

—La estás subestimando. ¡Ya sabe el pie que calzas! —Suelta una carcajada—. A estas alturas ya debe saber todo de ti. Si ahora mismo charláramos con ella cinco minutos, le sobrarían dos de ellos para saber que tú y yo hemos estado besándonos. ¡Es un lince!

—Pues nada. Si la vemos, cada una que se ponga en una acera —trato de seguir con la broma.

—¿Por qué? ¿Te avergüenza lo que hemos hecho? —Me deja helada notar el cambio de registro en su voz a otro más serio.

—No. No es eso. Es solo que yo… Bueno, es nuevo para mí. Mi madre no lo sabe.

—¿Estás de coña? ¡Las madres lo saben todo! Pero fingen no hacerlo.

—No es el caso de la mía, créeme.

—Pues en algún momento vas a tener que decírselo. Al final no es por ella, es por ti. No sabes el peso que te quitarás de encima.

—¿Tú como supiste que eras…?

—No le pongas etiqueta, por favor. Lo cierto es que no lo sé, simplemente lo sabía. Para mí, las personas son simplemente eso, personas. La sexualidad no define el alma.

—Joder, Norah, siempre dices cosas muy profundas para ser tan joven.

—¿Perdona? Solo tengo un año y poco menos que tú.

—Pues no lo parece. A tu lado me siento una cría.

—Pues no te preocupes; tienes unas cuantas semanas para empaparte de mi sabiduría anticipada —bromea.

Tal y como dice eso y sin dejar de caminar, acerca su cara a la mía y me da un beso en la comisura de los labios.

En realidad, lo que hace es lamer y succionar.

Caigo en ese instante en que está dando por hecho que esto que acaba de pasar va a alargarse lo que queda de verano, y mi palpitar se alborota, porque es exactamente lo único que deseo en estos momentos.

—Nunca había besado unos labios con sabor a mostaza —vuelve a bromear.

Trago el último bocado de perrito caliente y me limpio con la mano los labios de otro posible resto de salsa. Los junto y le hago una mueca poniendo morritos.

—¿Mejor así?

Tira de mí y me da un pico tierno en el que apenas se unen nuestras bocas, y en el que nuestras narices se chocan sin llegar a molestarse. Un gesto tan dulce y cariñoso que de nuevo se me vuelve a ensanchar el corazón.

Suspiro cuando se separa.

—Mucho mejor —asegura.

Paramos una última vez en un local, para poder ir al baño y comprar dos botellas de agua para el camino de vuelta. Cogidas de la mano, llegamos al coche cuando ya es de noche.

—Aviso a nuestras madres para que no se preocupen —dice en cuanto pone el trasero en el asiento de copiloto.

—Perfecto. Diles que como mucho en dos horas y media estamos allí.

—Creo que voy a decirles que llegaremos de madrugada. —Me mira de lado. He aprendido a interpretar la picardía de sus miradas. Así que sonrío y le doy mi aprobación.

El viaje de vuelta está siendo increíblemente bonito.

La música ya no la llevamos tan alta como en la ida, ahora dejamos espacio para que nuestros gestos y pensamientos nos dejen actuar con claridad.

Norah acaricia mi pelo de vez en cuando y me observa mientras conduzco.

Me mira mucho y me pone algo nerviosa. Posa su mano en mi muslo y las malditas mariposas no dejan de revolotear en mi estómago. Ya estamos llegando al pueblo.

—Tenemos margen de tiempo —insinúa.

¿Qué quiere decir con eso? ¿Es lo que realmente estoy pensando?

Aparto la vista de la oscura carretera para mirarla.

—¿Qué propones? —titubeo.

—¿Sabrías llegar al faro al que fuiste con Elery? Desde allí verás el cielo más estrellado que jamás hayas soñado.

—Guíame entonces —contesto volviendo la vista a la carretera.

—Bien. —Sube su mano hasta mi cabello y coloca un mechón tras mi oreja—. Me encantará ser tu guía.