Aquel verano en Grove 34. Instagram #2
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34. Instagram #2

Aunque sé que no me va a creer, le contesto:

—Todo bien. Estaba repasando en lo que me falta. Poca cosa.

Se queda unos instantes analizándome y decide cambiar de tema:

—¡Oye! ¿Por qué no compramos para hacer algún bizcocho de los tuyos?

O, mejor aún, aquellas magdalenas que eran tu especialidad.

Recuerdo que con mermelada de arándanos estaban buenísimas.

¿Por qué no preparas algo para todos? Vas a tener la casa con tráfico estos días e iría bien tener algo para picar por allí.

—No sé. Puedo comprar bollería en el supermercado.

—¿Tú comprando bollería industrial? ¿Ya no horneas? ¿Dejaste de hacer eso?

—No, bueno, sí. En realidad, dejé de hacer todo lo que tenía que ver conmigo. Ya no sé ni quién soy.

Le abro la puerta para que entre ella primero en el local, pero decide aguantarla y pasarme un brazo sobre el hombro, mientras con el otro sujeta al perro.

—Pues venga, vamos a comprar unos cuantos kilos de harina, levadura y huevos, y vamos a poner en marcha el engranaje de la vieja Megan.

—¡Vieja! ¡Eso es lo que soy ahora!

—Pero ¿qué dices? —Me da un golpecito con el hombro entre risas.

Paseamos del brazo por el supermercado. Para poder entrar al perro, lo llevamos en brazos y nos lo turnamos. Tan solo hemos cogido una cesta cada una y acaban ambas llenas hasta los topes. Llevamos material como para abastecer la pastelería del pueblo.

Cuando estamos en la caja a punto de pagar, Amber se percata de que llevo un bote de mermelada de kiwi.

—¿No estás mimando demasiado a tus ayudantes? —lo dice con sorna.

Ya sé a qué se refiere.

—No es lo que te imaginas. Es para Sasha. —No doy más explicaciones.

Amber ladea la cabeza y deja la mirada perdida un momento. Gesto que no me gusta nada. Tuerce mínimamente los ojos hacia arriba y un costado cuando piensa o maquina algo en su cabeza. Eso no ha cambiado. Por suerte, ese gesto suele durar segundos y rápidamente vuelve a la tierra.

Caminamos hacia el coche con las bolsas llenas y el perro trotando a nuestro lado cuando de la nada saca un nuevo tema de conversación:

—Me cae bien tu hija.

—¿Sasha?

¡Mierda! Claro que Sasha. Ha sido un pequeño lapsus, y las dos nos damos cuenta. Un instante de incertidumbre se apodera de la conversación.

—Sí, Sasha —responde serenamente, restándole importancia—. Me recuerda a ti.

—¿A mí? No se parece en nada. Somos el blanco y el negro literalmente, y no solo por el color de nuestro cabello.

—No digo físicamente.

—Ni espiritualmente tampoco. Sé que es mi hija porque yo la di a luz, pero si hubiera habido alguna complicación en el parto y se la hubieran llevado a la incubadora u otra habitación, podría dudar hasta de eso —trato de bromear, pero Amber no se ríe.

—Te entiendo. Los hijos son muy desagradecidos en eso.

Tú los gestas, nueve meses gastando toda tu energía en que se formen sanos y fuertes, eres capaz de quererlos por encima de todo incluso antes de verles la cara, y ellos…

En cuanto nacen, se parecen al padre. ¡Es injusto! —Me mira esperando algo.

—¿Norah es igual que su padre?

—¡Igualita! Mira.

Abre el maletero, guardamos la compra y, tras cerrarlo, nos apoyamos en la parte trasera del automóvil para husmearle las redes sociales al exmarido de Amber.

Es un montañero que viaja por todo el mundo y que siempre está rodeado de jovencitas. Muy guapo y con un cuerpazo de deportista increíble. Sí, muy del gusto de Amber. Aunque, pensándolo bien, cuando éramos jóvenes su gusto era bastante amplio.

—Pues sí. Tienes razón. ¡Si hasta tienen la misma sonrisa!

—Lo sé de sobras —añade fingiendo estar apenada—. ¿Tienes fotos de tu hija?

Me sorprende con esta tontería, como si no hiciera apenas una hora que no ve a Sasha.

—¿Yo? Bueno, la verdad es que no tengo muchas. Ella tiene su Instagram lleno, si...

—No me refiero a Sasha —lo dice bajando la voz, como el que está confesando un delito o teme una represalia.

Reconozco que se me ha helado el alma un segundo.

—Esto… También creo que en el Instagram de Sasha hay algunas fotografías de ambas.

Claro que tengo imágenes en mi móvil, pero no quiero toparme con tantos recuerdos a la vez, es demasiado íntimo y nunca nadie me ha pedido que le muestre una foto de Sammy.

Pese a ello, tomo aire, abro la aplicación y me meto a ojear el perfil de Sasha.

Hay muchísimas imágenes que desconozco. Es como ver su evolución hacia atrás.

¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Por qué no he sido consciente de estos cambios?

Trago saliva con dificultad y tengo que deslizar el dedo varias veces e ir muy abajo en sus fotos para encontrar una de las últimas de Sammy. Su sonrisa se me clava directa en el pecho. Tan risueña, tan vivaz y charlatana. Tras asimilar su carita, sonrío.

—Era preciosa —apunta Amber.

—Sí, lo era, por dentro y por fuera —añado orgullosa.

—¡Y confirmado! ¡Igualita a Alan!

Eso consigue hacerme reír. Tiene razón. Cabello castaño oscuro, indomable y con destellos pelirrojos; diminutas pecas difuminadas sobre la nariz y ojos pequeños, oscuros e intensos.

Es evidente que Amber quiere decirme algo. Siento que cada una de mis respuestas le genera una pregunta nueva. Incluso ha abierto la boca en dos ocasiones y se ha tragado sus palabras.

La dejo que ojee el sinfín de fotos de Sasha.

Hasta que se topa con una que antes he pasado sin detenerme, en la que sale rodeando el cuello de Alan desde atrás y ambas cabezas sonríen juntas dulcemente.

No hay ninguna de este estilo conmigo, de hecho, no hemos retrocedido lo suficiente para saber si hay alguna mía.

—¡Por amor al cielo! ¡Es Alan! —grita Amber como si estuviera viendo un fantasma—. ¿Qué ha hecho con esa mata de pelo que tenía?

—No seas mala. Está igual —miento.

—Eso lo dirás tú. Recuerdo esa cabeza mucho más poblada. Pero ¡si hasta va rapado! Aunque veo que sigue yendo al gimnasio. ¡Menos mal!

—Sí. Le gusta cuidarse. Creo que el deporte le ayudó mucho cuando… ya sabes.

—Ya veo, ya. Está cambiado, pero mira esa pose y esa sonrisa; es él.

Sigue con el escrutinio de la red social.

Se va deteniendo en imágenes al azar, para observar a Sasha.

La última que ha subido claramente es en Pacific Grove, y mi corazón se detiene al verla.

Reconozco esas siluetas en milésimas de segundo.

Sasha de espaldas, sentada en la arena sobre una tabla de surf, al lado de Elery. Esta vez sí. Se para. Todo lo hace.

El teléfono me resbala de los dedos, pero, por suerte, Amber lo caza al vuelo. Me sujeto con ambas manos hacia atrás en el maletero del coche.

—¿Megan? ¿Estás bien?

Carraspeo antes de contestar:

—Esto… Sí, sí. La medicación, ya sabes.

—¿La medicación? —Levanta una ceja dándome a entender la ironía del momento.

—Sí, es que creo que…

Me corta sin más:

—Yo te diré lo que creo. —Estoy a punto de entrar en pánico. Conozco esa cara—. Creo que deberías contarme más de una verdad.

La miro totalmente aterrorizada. No tengo escapatoria. No sé si echarme a llorar, fingir un desmayo o salir corriendo. No obstante, como ya empieza a ser habitual en este parking , la silueta de la señora Gladys nos aborda.

—¡Qué gusto da veros juntas como en los viejos tiempos, chicas!

Ufff.