Aquel verano en Grove 34. Instagram
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Megan

Está siendo todo tan raro que no sé si me está gustando o no.

Como si hubiera alguna cosa que no me deja acabar de disfrutar del momento.

Cuando todo parece ir bien, yo siempre creo intuir algo malo o provoco alguna desdicha.

Supongo que es lo que me ha pasado cuando al salir del fondo de la piscina he visto a Sasha tan cerca de Elery.

Es que no puedo. Me ha empezado a doler la cabeza y los lumbares simultáneamente y he decidido hacer un estiramiento que casi acaba por marearme.

Me he asustado. Pero más miedo he sentido cuando Elery se ha sobresaltado como si quisiera evitar mi caída.

Tan solo ha sido un movimiento, pero está claro cuál era la intención.

Yo lo he notado y mi hija lo ha notado. Por suerte, no me he caído.

No quiero tener que tenerlo demasiado cerca.

No quiero olerlo, ni sentir sus manos sobre mí, aunque sea para evitar que me caiga o que me ahogue con mi propia tos.

—¿Va todo bien? —Antes de decir hola, Amber se percata de mi pálida cara.

—Sí, me he mareado un poco. Llevo toda la mañana en el fondo de la piscina, ha sido un golpe de ca… —No acabo la frase cuando Amber me sujeta por un brazo y me acompaña hasta el baño.

—¿Necesitáis algo? —se ofrece Norah.

—No —contesta su madre—. En un minuto le devuelvo el color de la cara. Vamos a refrescar esa nuca.

La chica nos deja y, sin preocupación alguna, va en busca de los demás.

—¿Vas a contarme que te pasa? —Las palabras de Amber suenan a preocupación.

—He decidido dejar la medicación.

—¿Cuál de ellas?

—Todas.

—¿Estás loca? Los medicamentos tan fuertes no se pueden dejar así como así, es algo que hay que hacer gradualmente. ¿Dónde la tienes?

—En mi habitación.

—Está bien, no te muevas.

Me deja sentada en el váter y la oigo trotar escaleras arriba. En un par de minutos vuelvo a tenerla a mi lado con un montón de blísteres de medicamentos.

—Dime cuál es cuál y para qué sirven.

Y eso hago. Le explico la cantidad que tomo de cada uno y ella revisa internet desde su móvil y me informa de cómo tengo que hacerlo.

—Vamos a reducir un cuarto de pastilla de momento. En dos semanas, si la cosa va bien, se puede reducir un poco más, pero no del todo.

—¿Los somníferos también?

—No, esos no. Esos los vas a utilizar solo en caso de emergencia. Si has logrado dormir del tirón en el chéster, que parece de hormigón, podrás hacerlo más veces. No digo que no las utilices, solo que las dejes como último recurso. Todas las demás, empezaremos con un cuarto menos.

Se dedica a partirlas y a darme las que debo tomar.

Vamos hasta la cocina para hacerlo. En cuanto las ingiero, algo capta nuestra atención.

Afuera están cantando una canción que reconozco perfectamente, del grupo 4 Non Blondes.

Amber y yo nos miramos porque hemos cantado esa canción infinidad de veces.

Me sujeto a su brazo y vamos hasta el jardín trasero donde presenciamos un momento tan único como irrepetible.

Me emociono, se me cristalizan los ojos.

Lo hago porque es muy bonito encontrar gente con la que cantar, espero que Sasha lo valore.

También porque por un momento he visualizado cómo hubiera sido mi vida si no me hubiera marchado, si hubiera dado opción a que ambos se explicaran, si no hubiera creído que iba a arruinarle la vida a Elery y si no hubiera decidido iniciar la farsa más grande de mi vida.

¿Sería esta mi vida? ¿Seguiría él a mi lado?

Viéndolos cantar y disfrutar del momento podría decir que sí, pero es que este Elery no es el mismo que era entonces y, por supuesto, yo tampoco lo soy.

Así que sacudo la cabeza para sacarme ese pensamiento.

Recojo esa lágrima que estaba por salir y decido que lo único que puedo hacer es disfrutar de este momento, porque no sé si esto tan extrañamente maravilloso se volverá a repetir jamás.

Cuando Elery decide que no va a quedarse a comer, me siento aliviada. Es contradictorio sentir que me gusta tenerlo por aquí y a la vez querer que se marche. Pero es así.

Las chicas quieren ir a ver el bosque donde hibernan las mariposas monarcas y no me importa dejarles el coche. Es algo que he empezado a hacer y siento que puede unirnos un poco más. Así que no me lo pienso dos veces y le digo que sí.

Cuando Amber ha recordado la tienda ambulante de souvenirs de Doris, me ha desbloqueado un recuerdo que tenía muy olvidado.

—¡Quiero este!

Lo supe en cuanto lo vi. Un precioso colgante de mariposa monarca con brillantes naranjas, blancos y negros. Emitía tantos destellos cuando le daba el sol que parecía que estuviera disparando rayos láser. Era hipnótico, fue un amor a primera vista.

—¿Seguro? No te pega nada un colgante tan grande —trató de convencerme Amber.

—Me da igual. Es mío, tiene que ser mío.

Lo sostuve pacientemente en mi mano hasta que Doris pudo atenderme.

—Niña, te llevas la joya de la corona —bromeó—.

Todos mis colgantes son bonitos, pero este es único, tiene una energía especial y ¿sabes por qué?

Porque está hecho con amor. Y las cosas hechas con amor, atraen eso mismo.

Los otros son todos más o menos igual, del mismo tamaño y hechos en serie.

Pero eso no se lo digas a nadie —bromeó.

—Es precioso, Doris. Me lo llevo.

—Siempre supe que este acabaría en buenas manos. No todo el mundo puede apreciar la luz que desprende.

Pues yo lo hice, aunque con el tiempo, tras agujerear la camiseta de los Red Hot Chilli Peppers que Sasha lleva puesta, Elery se apoderó de él.

¡Mierda! ¡La camiseta! ¿La habrá reconocido?

Han pasado muchos años, no creo que lo haya hecho.

De ser así supongo que lo habría comentado.

O no. Lo cierto es que no tiene por qué.

Hemos quedado en que nosotros ya no tenemos nada que contarnos.

Hemos quedado en eso, ¿no? En que seríamos cordiales.

Lo he sido. O por lo menos lo estaba siendo hasta que he soltado que necesitaba tomar la maldita medicación.

Lo he dicho con tanta rabia. Ni que fuera su culpa que haya intentado dejarla yo sola sin avisar y eso me haya provocado un mareo inesperado.

En fin, espero que no me lo tenga en cuenta.

Pero ¿por qué me preocupa que me lo tenga en cuenta o no? Megan, ¡basta!

Me ha hecho mucha gracia ver a Josh pedalear mi vieja bicicleta.

Por lo que se ve, a las chicas también; las oigo reír a carcajadas desde aquí.

Es tan bonito oír reír a Sasha. Es inevitable que su risa me recuerde a la de Sammy.

Le hubiera gustado tanto este lugar. ¿Por qué fui tan cobarde?

¿Por qué nunca la traje aquí? ¿Por qué solo pensaba en mí?

Estoy segura de que ambas hubieran sido muy felices veraneando en este lugar, o quién sabe si hubiéramos acabado por venir a vivir de nuevo aquí.

Y de haberlo hecho, mi niña seguiría viva.

Vuelvo a atormentarme con las mil y una posibilidades del «y si…». Tengo que dejar de hacer eso. La última vez que estuve en terapia le mentí a la psicóloga; le dije que ya no lo hacía, sin embargo, lo sigo haciendo.

—Tengo que ir a comprar —Amber me saca de mi delirio pasajero—. ¿Te vienes?

—Es que les he dejado el coche a las chicas.

—Yo también tengo coche.

—¿Ah sí? No lo he visto aún.

—Porque apenas lo utilizo, está en el garaje. Te va a encantar.

—Pensaba que los hippies no tenían coche, por lo de la contaminación y esas cosas.

—Esto es Estados Unidos, nena, y los hippies existieron en los setenta. Tanto tú como yo nacimos en la década siguiente.

—Entonces, conociéndote, ¿tienes una pick-up o algo así?

—Pues no, nada de eso. Vamos.

En cuanto entramos en su parcela, el perro nos recibe dando coletazos de alegría. Amber lo alza y le da mil besos antes de volver a dejarlo en el césped. Entonces el animal viene a por mí y termino haciendo lo mismo que ella. Lo alzo, esquivo sus lengüetazos y me quedo frente al portón del garaje.

Amber lo abre con un mando a distancia y, en cuanto la luz deja ver con claridad el automóvil, me quedo perpleja.

—¿Tienes un Camaro?

—Sí. Bueno, no era mío, pero ahora sí. Tras el divorcio, acabó en mis manos, y no es un Chevrolet Camaro cualquiera, es el modelo del sesenta y siete.

—Guau.

El coche es de color negro, con un brillo tan destellante que parece charol. La típica reliquia de coleccionista.

Se sube en él, lo arranca y ruge como si fuera un coche de carreras. Huele a gasolina. En cuanto se baja la puerta del garaje, abre la del copiloto para que suba, pero antes de que yo pueda hacerlo, Dobby se me adelanta.

—Parece que alguien más quiere venir a comprar —la informo tontamente, ya que lo está acariciando.

—Nos lo llevamos. Alcanza esa correa que cuelga en la silla del jardín.

Le hago caso y, para cuando me subo en el coche, el animal ya se ha colocado en la parte trasera. Algo me dice que está más que acostumbrado a sentarse ahí, sabe perfectamente cuál es su lugar.

En el equipo de música del coche suena la vieja canción de Mamma mia.

— ¿Sigues escuchando a ABBA? —No sé por qué me sorprendo.

—¿Lo dudabas? Este CD morirá conmigo.

—No iba tan mal encaminada. Algo tenía que haber de los setenta.

Nos reímos a la vez y ella sube el volumen.

Paseamos por las calles de Pacific Grove como si estuviéramos patrullando el lugar.

Con las ventanillas bajadas, el aire despeinándonos y con la música a tope.

En cuanto aparcamos frente al supermercado, reviso mi teléfono, que es donde suelo ir anotando la lista de la compra, y me topo con el correo electrónico que Alan me había dicho.

Me tiemblan los dedos y el corazón empieza a bombearme con fuerza, pero no lo abro.

No es el momento, Amber está aquí. Sí abro, no obstante, la lista para darle un vistazo rápido.

—¿Va todo bien? —se interesa mi amiga.

¡Mierda! Tiene un radar. En pocos días ha aprendido a interpretar mi rostro.