32. Mermelada #2
—Creo que puedo sola, he podido sola todos estos años. —No sé por qué lo digo tan bruscamente.
Eso hace que a Josh se le escape la risa y su tío se dé la vuelta y me ignore.
Poco después, ya oigo cómo el chico por fin arranca la desbrozadora y empieza a cortar la hierba seca. Siento una especie de alegría al escuchar ese ruido. Por fin empieza a ir todo bien, y es tan extraño y reconfortante a la vez.
Estoy sudando, así que entro a tomar un poco de agua y me percato de que ni siquiera les he ofrecido un café. Tras pensarlo apenas unos segundos, preparo una bandeja con pan de molde tostado en la sartén, galletas, café, zumo, mantequilla y… miro la mermelada de kiwi. No debería hacerlo.
«No lo hagas, Megan».
No obstante, de nada me sirve negármelo a mí misma; acabo sacando también el bote.
Ambos se sorprenden al verme salir con el desayuno para los tres.
Lo agradecen enseguida. Nos sentamos en una de las viejas mesas redondas de madera desconchadas y Elery tarda apenas unos segundos en darse cuenta de cuál es el sabor del bote de mermelada.
Me mira un instante y yo disimulo agachando la mirada. No dice nada. Yo tampoco.
Unta su tostada y la saborea recostado en la silla.
Josh devora todo lo que encuentra. Es entonces cuando me percato de que Elery lleva tatuada una mariposa monarca en el brazo.
Una punzada directa a mi estómago me impide seguir comiendo.
Miro el dibujo disimuladamente y no tardo nada en darme cuenta de un pequeño detalle que delata todo lo que ese tatuaje esconde; el ala de la mariposa está como si llevara un mordisco en la punta.
Ahora sí que se me ha anudado la tostada en la garganta.
Empiezo a toser y los dos me miran a la vez.
—Toma un poquito de zumo —me ofrece el joven.
Trato de dar un sorbo, pero no logro tragar con facilidad.
Estoy haciendo el ridículo. Toso y toso, hasta que veo que a Elery le cambia el semblante; rodea la mesa hasta ponerse tras de mí y empieza a darme unos golpecitos en la espalda.
Josh también tiene cara de asustado. Esto empieza a preocuparme a mí también, hasta que, sin pedir permiso, el hombre me abraza por detrás y juro por mi vida que en vez de toser he cerrado los ojos y he dejado caer mi cuerpo a plomo en sus brazos.
Me da un solo apretón y un trozo de la tostada maldita sale a propulsión.
Debería haberme soltado instantáneamente, pero se queda así, detrás de mí.
—¿Estás bien?
Giro el cuello y me topo con su cara a escasos milímetros. ¡Sus labios! A apenas un suspiro de mí.
—Sí, ya está. Gracias. —La voz me sale en un susurro.
Rápidamente, ambos nos damos cuenta de la posición en la que estamos y, como si nos hubieran dado una descarga eléctrica, nos separamos. Él vuelve rápidamente a su asiento.
Josh nos mira con la boca abierta, totalmente perplejo. No está entendiendo nada y yo… ¡Me quiero morir!
Ahora sí, doy un trago al zumo sin volver a sentarme y agacho la mirada.
—¿Volvemos al trabajo? —No se me ocurre nada mejor que decir.
—Sí.
—Claro.
Ambos contestan y, antes de que levante la vista, Elery ya no está en mi campo de visión y el joven está de nuevo junto a la desbrozadora.
¡Uff! Esto va a ser más difícil de lo que creía.
Lavo los platos, guardo la mantequilla y la mermelada en la nevera y dejo todo limpio antes de volver al interior de la piscina.
Esta vez quiero amenizar un poco el ambiente y decido sacar la vieja radio al jardín trasero.
La enchufo y la sitúo cerca de la puerta trasera, la saco hasta donde me da el largo del cable.
Sintonizo la emisora del otro día y subo el volumen.
La habitación de Sasha está en el otro extremo de la casa, no creo que la despierte.
Aunque me doy cuenta al instante de que con dos máquinas funcionando a la vez, la radio no sirve de mucho, aun así, la dejo puesta.
Norah ha sacado la cabeza un instante para comunicarnos que ella y Amber se unirán en la tarde a ayudarnos. Van a estar ocupadas con la repartición del espacio de la exposición.
Pasamos toda la mañana cada uno en lo suyo. No volvemos a interactuar. De vez en cuando levanto la cabeza y espío lo que hace Elery. Se mueve con mucha soltura por este lugar; nada se ha movido en veinte años, y él y yo pasamos muchos ratos en este mismo sitio.
Me empieza a preocupar Josh; cada vez que espío a Elery, me pilla y hace un extraño movimiento de ojos, mirándonos a ambos como queriendo entender algo. Yo disimulo como si nada y sigo a lo mío, pero está claro que mi comportamiento no le cuadra. O tal vez sea el de su tío.
Veo cómo Elery entra en la casa de nuevo y lo sigo con la mirada, pero no pregunto, ya que temo que su sobrino piense algo raro.
Supongo que irá al baño, sabe perfectamente dónde está.
Me centro en mi trabajo. La pulidora va increíblemente bien, ya casi he terminado cuando oigo que la desbrozadora se detiene y Josh dice algo.
Levanto la cabeza y veo a mi hija recién levantada en el balcón trasero y, de repente se sonroja, se da media vuelta y desaparece. Josh se queda riendo.
¡Mierda! No me gusta esto. Estos dos no. ¡No puedo permitirlo!
Intuyo que va a bajar a desayunar, pese a que sea casi la hora de comer, y entro hasta la cocina. Al llegar, me topo con Elery, que está saliendo de esa estancia, y el pulso se me acelera. ¿Estaba con Sasha?
«Tranquila, Megan, todo está bien». Me tiembla hasta el alma.
Nos encontramos justo en el marco de la puerta y entro de lado a la vez que él sale. Ni se ha inmutado, y yo he estirado mi cuerpo tanto como he podido para ni siquiera rozarlo. He sentido verdadero terror.
Tengo que obligarme a poner toda la atención en mi hija. Le doy los buenos días y tras su reproche por no haberla despertado, la dejo desayunando tranquila y vuelvo a la piscina. Me queda muy poco para acabar con esa máquina.
Unos minutos después, la sombra de alguien, justo en el borde de la piscina, llama mi atención. Paro el aparato y oigo cómo la desbrozadora se detiene también. Es Sasha con su teléfono en la mano apuntándome.
—Es tu marido. ¿Te acuerdas de que sigues casada?
¿En serio me ha dicho esto? ¿Delante de estos dos? La fundo con la mirada a la vez que le cojo el teléfono y miro a Elery avergonzada. No porque haya mencionado las palabras «tu marido» con retintín, sino por cómo me ha hablado mi hija delante de él.
Él agacha la mirada. Sé que no le está haciendo gracia saber que es Alan. Ellos rompieron su relación casi a la vez que yo lo hice con todo, y entiendo que no le debe gustar la idea de que su ex mejor amigo se casara con la que un día fue su prometida.
Me aparto para hablar, aunque noto demasiadas miradas sobre mí.
—¿Alan?
—Te he llamado a tu teléfono. ¿Recibiste el correo electrónico? Ya tenemos fecha.