32. Mermelada
Megan
Yo tampoco podía dormir cuando he oído a Sasha bajar las escaleras de madrugada.
Enfrentarme a Elery después de tantos años es algo que no entraba en mis planes.
Anoche no solo me reencontré con el que claramente fue el amor de mi vida, anoche obtuve una pequeña pincelada de ese Elery que desconozco.
El maduro, el vivido, el sufrido, el humano.
Atrás quedó el aventurero y el soñador del que me enamoré.
Y, aun así, no he podido dejar de pensar en él.
¡Joder! Su voz no tendría que erizarme la piel, su olor no tendría que resultarme familiar y sus ojos no deberían recordarme al mar.
Nos pasamos la vida enladrillando recuerdos, momentos y personas tras una pared que creemos irrompible, pero se resquebraja, os juro que lo hace. Una vez que cae el primer ladrillo, el resto es solo cuestión de tiempo; el efecto dominó ya ha empezado.
En cuanto he visto a Sasha en la cocina, he sabido que ella tiene su propia pared y que estaba a punto de empezar el principio de su derribo. Me he sentado a su lado y la he visto caer en picado.
—Mamá… Fue culpa mía lo de Sammy —se ha autoinculpado, desgarrándose el alma.
La primera piedra de su muro ha caído frente a mí y, por primera vez en mucho tiempo, he podido abrazarla, dejar de lado mi dolor y compartir el suyo.
He besado su pelo y tratado de hacerle entender que está equivocada con ese pensamiento.
Porque lo está. En ese instante me he fustigado internamente por haber pasado tanto tiempo trasladándole ese sentimiento de culpa.
¡Soy una pésima madre! En un intento por querer buscar un culpable al accidente, mi mente la colocó en el lugar equivocado.
¡Es mi hija! ¿Cómo pude siquiera pensar que ella lo podría haber evitado de no haberla dejado sola?
¡Hubieran muerto las dos! Y probablemente yo lo hubiera hecho después.
Cuatro años más tarde, por fin he verbalizado la disculpa y pedido el perdón que mi hija merecía escuchar.
El resultado ha sido el esperado; se ha apartado y, en cuestión de segundos, se ha marchado.
Pero ya lo he hecho, y ella ya lo ha escuchado.
Sé que esto es un tormento menos, ella no lo ve aún, pero yo lo he sentido.
Desde que estoy aquí, he aligerado la mochila interna.
Aunque no es mi intención descargarla entera; sé que hay cosas que pesan toneladas y que arrastraré toda la vida.
Sasha apenas ha tardado unos minutos en dormirse.
Lo sé porque he subido enseguida a arroparla, a pesar de que ya no tenga edad para eso y que su última reacción haya sido esquiva.
Me he plantado en su cuarto, el que fue tan mío y ahora es tan suyo, y la he observado desde la puerta.
Estaba dormida completamente. Ya es una mujer, en unos meses se marchará a la universidad y odio haberme perdido estos años.
Tengo que contener las lágrimas mientras me acerco y me siento en la cama.
Le acaricio el pelo. Tiene una retirada a Sammy, aunque realmente eran la noche y el día.
La arropo solo con la sábana, no hace frío.
Está amaneciendo, así que cierro las cortinas para que el sol no la despierte en breve, le beso la cabeza y la dejo descansar.
Vuelvo la mirada de nuevo, ya desde la puerta, y suspiro.
Sé que puedo hacerlo mejor. Ahora entiendo por qué Alan quiere dejarnos estos días a solas.
Echo un último vistazo a la habitación antes de cerrar la puerta y curiosamente algo llama mi atención.
El cubrecama está hecho un ovillo en los pies de Sasha y eso hace que tenga una visión despejada de debajo de la cama, y no es la suciedad que hay acumulada lo que llama mi atención, sino un recipiente, tal vez una caja.
¿Se habrá comprado algunas zapatillas o sandalias nuevas?
Mi instinto me dice que me acerque, pero mi sentido común me pide que no lo haga, ya que, si se despierta y me encuentra hurgando en sus cosas, de nada habrá servido ese abrazo que le he dado antes.
Así que simplemente apago la luz y me marcho. Hay mucho trabajo por hacer.
Un par de horas después, ya casi he pintado el vestíbulo cuando oigo el motor de una camioneta.
Suelto el rodillo y salgo a ver de quién se trata.
En cuanto abro la puerta, se me cae el trapo con el que venía limpiándome las manos.
Elery y Josh descargan una nevera nueva.
Pero ¿qué demonios? Hay dos cosas que me desconciertan; por un lado, yo no he pedido una lavadora nueva y, por otro, Elery me dijo anoche que vendría Ryan en vez de él.
No digo nada hasta que se encuentran ya frente a a los cuatro escalones del porche de la entrada.
—¡Buenos días, señora Megan!
—Buenos días. Josh, por favor, deja ya lo de señora. Megan a secas. Que me haces sentir más vieja aún.
—Claro, disculpe, Megan. Mi padre le manda esta lavadora y dice que lo llame.
—¿Cómo? ¡No! No puedo aceptarla, yo no he pedido…
—Con Ryan no se discute, ya lo sabes —Elery se dirige a mí.
Su voz suena serena. Nada que ver con la de resentimiento que utilizaba anoche. Es como si dormir lo hubiera reseteado, y es otro.
—Creí que vendría él.
—¿Nos dejas descargarla? —Elery tira del soporte con ruedas en el que llevan cargado el electrodoméstico para subir los escalones, y Josh sujeta desde abajo.
Me aparto y los dejo entrar. Cuando el joven pasa por mi lado, saca su teléfono, busca algo en su pantalla y oigo los pitidos de una llamada.
—Tenga. Mi padre me ha pedido que lo llame —repite.
Le cojo el teléfono con un poco de mala hostia.
—Que no me trates de usted, o yo te trataré a ti como a un niño.
—Perdóóón... —El joven sale tras su tío, que ya se ha adentrado en la casa, y me deja con la llamada.
—¿Josh? —oigo desde el teléfono.
—¡Oh! Ryan, no. Soy Megan.
—¡Megan! ¡Qué gusto oír tu voz! ¡Qué alegría tu vuelta!
—Esto, no… Digo, gracias, Ryan.
—¿Te gusta ese modelo?
—Es que ha habido un error, yo no les pedí ninguna lavadora, solo quería saber si se podía reparar la vieja..
—La vieja es irreparable. Ya no hay piezas de recambio. No te preocupes por lo que vale, ya me lo irás pagando como te vaya bien. No iba a dejar que estéis sin lavadora.
—Gracias, Ryan, pero no puedo aceptarla.
—¿No te gusta esa?
—Sí, sí. No es eso.
—Pues que no se hable más. De verdad, Megan, no te preocupes, a tu ritmo.
Como si quieres tardar otros veinte años.
—Creo que ha tratado de bromear, pero no me ha hecho ni chispa de gracia.
Lo nota, porque se apresura a seguir con la conversación—.
Mi hijo me comentó lo de la piscina. Que sepas que llevan herramientas que pueden hacerte falta.
Forman parte del negocio, utilízalas el tiempo que necesites, no hay prisa .
—No puedo aceptar todo esto, Ryan, de verdad.
—Megan. Nos alegra tenerte aquí de nuevo.
Ven a vernos a la tienda. Cuando acabes la reforma vendré a ver qué trabajo han hecho ese par de liantes.
Son iguales. Lo sabes, ¿no? Tío y sobrino son igual de soñadores.
Por suerte, con el tiempo, todo vuelve a su cauce.
Que tengas un bonito día, Megan. Tengo que dejarte, que me reclaman.
No me da opción a nada más, ni tiempo me ha dado de despedirme, y me quedo perpleja con el teléfono en la mano.
¡Pues nada! ¡A trabajar!
No entiendo nada. ¿Se supone que se quedan aquí todo el día?
Cuando entro, la lavadora ya está conectada, y la están preparando con prelavado solo de agua para comprobar que todo esté correcto.
—¡Lavadora a punto! ¿Por dónde empezamos? —pregunta Elery con una mano en la cintura y otra con el antebrazo en la frente.
Se está secando la primera gota de sudor —ese gesto anuncia lo caluroso que va a ser el día— y me ha parecido intuir el dibujo de un tatuaje. Sin embargo, bajo la mirada antes de adivinarlo.
No me da tiempo a contestar, ya que lo hace el joven por mí:
—Empecemos por la parte trasera. Urge poner en funcionamiento esa piscina.
Elery me mira para que confirme la petición de Josh y lo único que puedo hacer es asentir. ¡Mierda! ¿Por qué me cuesta hablar cuando me mira? ¿Acaso tengo quince años? Lo que me faltaba.
Los sigo como si la casa fuera suya. Elery se asoma a la piscina y va directamente al cobertizo en busca de algo. Sale con una especie de manguera.
—Recemos por que funcione y no esté agujerada —refunfuña el hombre más para sí mismo que para nosotros.
Trastea algo más. Conecta un cacharro que lleva motor e introduce la manguera en el agua verdosa.
Las ranas empiezan a saltar por todos lados y Josh se desternilla de risa cuando me ve esquivarlas con cara de asco.
No sé a dónde van, pero huyen de este lugar al oír el fuerte ruido del motor y la vibración de la manguera.
—¿Alguien me puede explicar algo? —por fin hablo.
—Vamos a drenar el agua sucia, para poder ver cuánto arreglo necesita la piscina —me aclara Elery sin mirarme.
—¿Y el agua sucia a dónde va? —me preocupa.
—Al desagüe de al lado del cobertizo. Sigamos rezando por que no esté obstruido y no la liemos más de lo necesario.
—A este paso vas a rezar mucho —bromeo, levantado las manos y haciendo referencia al desastroso lugar.
Consigo que los dos se rían. Saben que tengo razón.
Poco después me encuentro fregando el suelo de la piscina mientras ellos tratan de arrancar el cortacésped. Al parecer va con gasolina, así que Elery desaparece un momento y aparece con una pulidora y un bidón pequeño de carburante.
—No están agrietadas —me informa, refiriéndose a las baldosas que ya he limpiado—, así que solo habrá que pulir y darles un tratamiento y un barniz especial.
Me señala la máquina de pulir y salgo en su búsqueda mientras ellos vuelven a centrarse en la cortadora de césped.
—Pesa un poco, ya lo haré yo —se ofrece de nuevo Elery, al verme bajar el aparato hasta el fondo.
El joven está cerca, pero sigue distraído, empecinado en arrancar la vieja cortadora.