31. Llegar tarde
Sasha
Anoche viví un extraño y mágico momento junto a Norah.
Es la primera vez en la vida que verbalizo que creo que no me gustan los hombres.
Eso me ha mantenido en vilo prácticamente toda la noche.
Inevitablemente, pienso en Sammy, tenía razón, solía tenerla a menudo para ser tan pequeña.
Razonaba de una manera que nos dejaba a todos boquiabiertos.
Sin embargo, cuando ella detectó mi orientación sexual, me enfadé y estuve un par de días casi sin dirigirle la palabra.
Me derrumbo de nuevo con su recuerdo. ¡Joder, Sam!
¡Te necesito! Quiero decirte que tenías razón, que estaba equivocada.
Quiero abrazarte. Quiero decirte que lo siento.
Quiero que me perdones por no haber estado allí para ti.
Quiero despertar y que estos años hayan sido un mal sueño. Quiero que vuelvas… Sammy.
Me levanto de la cama empapada en lágrimas. Aún no ha amanecido. Bajo sigilosamente las escaleras y voy directa a la cocina. Pongo agua a hervir en un cazo y me preparo una infusión. Juraría que estoy siendo muy silenciosa y, a pesar de todo, he despertado a mi madre.
—¿Va todo bien, cariño?
La miro. Está claro que ella tampoco estaba durmiendo mucho; por eso suele lucir esas ojeras que parecen tatuadas.
—Sí. Supongo.
—¿Necesitas algo?
Se acerca por detrás y me acaricia el brazo. Cuando me giro, noto como clava su mirada en la camiseta que no me he quitado para dormir. Solo llevo puesta esa prenda y las bragas.
—No era tuya esta, ¿verdad? —La sorprendo con esa pregunta, que es más afirmación que interrogación—. Dudo que a mi edad llevaras esta talla. Me va grande hasta a mí, y yo soy más alta que tú.
—No, no era mía. Me la regalaron. —Vuelve a centrarse en mi cara—. ¿Estás bien, Sasha?
—¿Quieres un té? —trato de cambiar de tema—. Ha quedado agua.
—Vale, sí, yo me lo preparo, siéntate.
—Mamá. —Veo cómo aprieta la taza antes de girarse y sentarse a mi lado—. Fue culpa mía lo de Sammy.
—¿Qué? ¡No! ¡Fue un accidente! ¿Cómo puedes pensar eso?
—Estaba a mi cargo y yo… —se me quiebra la voz.
—Sasha, cariño. No. No fue tu culpa. La desgracia podría haber sido doble si hubiera pasado unos minutos después. No te culpes —trata de animarme, pero su voz está rompiéndose con cada palabra.
Mi hermana murió arrollada por un conductor ebrio.
La parada del bus escolar estaba justo al otro lado de la calle donde vivíamos.
Mi madre nos preparaba el desayuno antes de irse a trabajar, así que yo me quedaba a cargo de Sammy.
Ella tenía diez años, le quedaban unos días para cumplir los once.
Yo tenía catorce y estaba acostumbrada a cuidar de ella a ratos.
Además, Sam era como un adulto en niña; se portaba increíblemente bien.
Pero eso sí, detestaba llegar tarde, y yo era de las que siempre iba corriendo a última hora.
Ese maldito día, me había gritado varias veces desde la acera que me diera prisa.
Recuerdo perfectamente el momento en el que saqué la cabeza yendo a la pata coja, calzándome para decirle que ya estaba lista, y no la encontré frente a la casa.
Lo demás, a partir de ese momento, es un estruendo.
El bus escolar con las puertas abiertas y los niños asomados, pegados al cristal, atónitos.
En mitad de la calle, gente agolpándose y la alarma de un coche sonado.
«Pi-pi-pi-pi-pi-pi». Ese sonido puedo oírlo hoy en día como si estuviera aquí mismo.
El mundo se paró.
Tardé unos segundos en entender lo que había pasado.
Sam se había cansado de esperarme y cruzó sola la carretera, en busca del transporte escolar que estaba a punto de marcharse.
El semáforo estaba en verde para los peatones, pero eso no impidió que un coche perdiera el control y se llevara por delante a una anciana y a mi hermana pequeña.
La anciana murió en el acto y Sammy murió horas después, en el hospital, tras ser intervenida sin éxito.
Los testigos, casi todos niños que ya estaban subidos en el bus amarillo, relataron que Sam vio el coche descontrolado y trató de ayudar a la mujer a ponerse a salvo, pero no fue posible.
Todo fue muy rápido, y probablemente, aunque esa anciana hubiera caminado más deprisa, ambas hubieran sido arrolladas de todos modos.
Jamás he vuelto a llegar tarde a ningún lado.
Hace mucho tiempo que mi madre no me ve llorar, y yo me había acostumbrado tanto a verla con lágrimas en la cara que había optado por darme media vuelta y marcharme cada vez que ocurría.
Pero ahora estamos las dos en la cocina de este lugar que hace apenas unos días que conozco, y ambas lloramos a la vez.
—Mamá, lo siento. Tendría que haberla cuidado mejor. No creí que fuera a marcharse sin mí —sollozo a lágrima viva.
—Shhh. Tranquila. —Me abraza y yo me dejo—.
Sammy fue un regalo de la vida, de diez años, y odio haberla perdido; me ha roto el alma su pérdida, pero prefiero haberla tenido estos diez años, que no haberla tenido en absoluto.
Aunque se haya marchado antes de tiempo.
Cada vez que me duele, significa que la echo de menos.
Y solo se echa de menos a las cosas que se quieren de corazón.
—Yo la quería mucho.
—Lo sé, y ella a ti. —Deja una pausa antes de proseguir. Acaricia mi cabeza—. Y yo os sigo queriendo a las dos. Espero que algún día puedas perdonar mi ausencia estos años.
En cuanto dice eso, me pongo rígida y ella lo nota. Me trago el llanto y vuelvo a subir mi coraza. ¿Quiere que la perdone? ¿Se puede perdonar haber dejado sola a tu hija cuando más te necesitaba? ¿Se puede perdonar que no quiera a mi padre?
Quiero decirle todo eso, pero opto por callarlo.
Hasta que no sepa qué mierda esconden ambos, no voy a plantearme la opción del perdón.
Si se van a separar, puedo llegar a entenderlo; son adultos y sé que no se quieren.
Pero si mi padre está realmente enfermo y me están privando de pasar tiempo junto a él, para eso, no creo que haya perdón.
Pagaría lo que fuera por haber tenido un poco más de tiempo junto a Sammy, no me parecería justo que me resten del que me queda con él.
Me zafo de su abrazo y me dedico a tomarme la infusión sin volver a abrir la boca. No es necesario, creo que mi energía habla por mí. Ella lo sabe, por eso se limita a sorber su bebida en silencio.
En cuanto me la acabo, ya ha amanecido.
—Me voy a echar un rato —le comunico.
—Yo voy a quedarme por aquí a empezar el día. Duerme un rato, cariño, trataré de no hacer mucho ruido.
Cuando paso por su lado, estira el brazo para regalarme una caricia, pero no me quedo a aceptarla. Apenas me roza, y yo ya he desaparecido escaleras arriba.
Me dejo caer sobre la cama, cierro los ojos e increíblemente me duermo.
***
Un ruido que no logro identificar me despierta.
Es molesto e intercalado. Proviene de la parte trasera de la casa.
Aún con la marca de la sábana en la cara de haber dormido boca abajo, me levanto.
Sirius salta desde la cama; deduzco que ha dormido conmigo.
Aunque hubiera tardado dos horas más en despertar, él seguiría descansando, a mi lado.
Me encamino hasta una especie de minisala de estar que hay al final del pasillo, con el gato a mi lado.
Hay un balcón en esa estancia que da a la parte trasera de la casa.
La abro de par en par y me asomo. El sol me ciega tanto que ni poniendo la mano a modo visera logro ver con claridad.
Tardo unos instantes en enfocar. Para mi sorpresa, Josh está cortando el césped con una vieja máquina, la cual parece estar trotando en vez de cortando la hierba.
Está sin camiseta, pero eso no es lo que llama mi atención.
Mi madre está dentro de la piscina, con una especie de cepillo enorme.
Está vacía. Han desaparecido las ranas y el color verdoso.
Por fin se pueden ver las baldosas que dibujan la silueta de Marilyn Monroe. ¡Me encanta! Siento emoción.
Suena música que desconozco, deben haber puesto la radio. Esto empieza a coger forma.
—¡Buenos días, Snoopy!
Estoy flipando tanto con lo de la piscina que no me he percatado de que, si oigo la música, significa que el cortacésped ha parado. Josh se encuentra apoyado en la máquina y está mirando hacia arriba, donde claramente está teniendo una buena visión de mis bragas.
Mi madre levanta la cabeza sin saber bien qué ha dicho el joven. En menos de dos segundos, ya me he sonrojado y dado media vuelta. Al hacerlo, casi piso a Sirius con la prisa que me he dado por volver a la habitación.
Me visto para bajar lo antes posible y, sin apenas pensarlo, me pongo la otra camiseta, la de los Red Hot Chilli Pepper; ahora ya sé que no eran exactamente de mi madre.
Necesito ir cómoda, así que opto por un pantalón deportivo corto y unas Nike.
Anudo mi pelo en un moño y me lavo la cara.
¡Dios! Tengo los ojos hinchados. Pero ¿cuánto he dormido?
Me apresuro a buscar mi teléfono y compruebo que casi es la hora de comer. ¡Con razón me rugen las tripas!
Bajo las escaleras trotando. Suena Amy Whinehouse de fondo.
Una especie de caos se ha apoderado del inmueble.
Todo está en obras. Hay muebles tapados con sábanas, botes de pintura en cada esquina, herramientas por el suelo, lámparas y enchufes descolgados.
Por suerte, la cocina está intacta. Pongo un poquito de comida al gato, que la devora como si no hubiera comido en años.
Antes de ponerme manos a la obra, necesito meterme algo en el estómago yo también.
Ya que la tostadora no es de fiar y el microondas explotó, opto por poner una sartén al fuego y tostar ahí uno de esos bagels que compró mi madre.
Una de las mitades se me quema un poco, pero está comestible. Abro la nevera y busco mi mermelada. Cuando la abro, compruebo que le falta bastante cantidad. Pero, ¿qué demonios? Unto el pan redondo con la mermelada y, cuando estoy a punto de dar el primer bocado, alguien me interrumpe.
—¿Así que eras tú la de la mermelada de kiwi? Ya decía yo.
Levanto la vista y Elery entra en la cocina.
—Esto… sí. Es mi favorita.
—Tu madre nos ha invitado a desayunar y no he podido evitar robarte un par de cucharadas.
—¿Mi madre os ha invitado? —Ahora sí que flipo—. No te preocupes. Me alegra que haya alguien más que aprecie semejante delicatessen .
Por un instante, Elery lleva la mirada a mi camiseta. Había abierto la boca para decirme algo, pero no lo hace. Se ha quedado como congelado.
Qué momento más incómodo. Sin mover la cabeza, desvío los ojos a los dos lados, dándole a entender que este momento está siendo raro, y entonces reacciona.
—Perdona, estoy pensando en mil cosas a la vez. Quería decirte que tienes que probarla con un cruasán de mantequilla francés. Después de eso, el bagel te parecerá insulso.
—Ojalá.
—Tienes a una repostera en casa, aprovéchate de eso, seguro que sabe hacer cruasanes. —No me mira cuando dice eso.
Un momento. ¿Cómo sabe que a mi madre le gusta la repostería?
—¡¡Elery!! ¡¡Te necesito!! —La voz de Josh lo reclama.
—El deber me llama.
Mientras mastico por fin mi desayuno, lo veo salir de la cocina. En ese instante, mi madre llega. Casi se chocan, pero no se miran. Entra con la mirada en el suelo y hace todo lo posible por pasar sin tocarlo. ¿Qué ha sido eso?
—Buenos días, dormilona —se dirige a mí.
—¿Por qué no me has despertado cuando ellos han llegado?
—Porque necesitabas descansar. Norah me ha dicho que te diga que esta mañana la pasará ayudando a montar la exposición de Amber, pero que después vendrá.
Vuelvo a mirar la hora.
—Pues la mañana ya ha pasado. ¿Desde qué hora llevan aquí?
Sabe perfectamente que me refiero a los chicos.
—Llegaron poco antes de las nueve.
—Pero Josh me dijo que están a tope de trabajo, no podemos monopolizarlos, mamá.
—Lo sé, he hablado por teléfono con Ryan esta mañana.
—¿Ryan? —Tardo unos segundos en asimilar el nombre del padre de Josh—. ¡Ah! ¡Sí! Te mandaron recuerdos el otro día.
—Sí, me lo ha dicho. Pasaré por la tienda a verlos.
Está tranquila. No está nerviosa ni huidiza con el pueblo como cuando llegamos. ¿Habrá hecho las paces con este lugar como mi padre quería? De ser así, no veo razón por la que no pueda adelantar su viaje. Tengo que hablar con él.
Acabo de desayunar y salgo fuera. Al parecer están todos esmerándose en la parte trasera. El césped ya está cortado y Josh se encuentra lijando las tumbonas de madera. Elery toma medidas del toldo y los parasoles, y mi madre sigue en el fondo de la piscina, esta vez con una lijadora o algo así.
Tomo cuatro fotos con el teléfono sin que se den cuenta y, justo cuando voy a enviárselas a mi padre, veo una llamada entrante suya.
—¿Papá?
—Hola, cariño. ¿Cómo vais por ahí? He llamado en varias ocasiones al teléfono de tu madre, pero no lo coge. ¿Va todo bien?
—¿Bien? Creo que está tan entretenida con la casa y desconectada, que hasta olvida el teléfono. No sé ni dónde lo tendrá, lo he visto en algún lugar, pero no sé dónde ahora mismo.
—Eso es bueno entonces.
—No tanto como para olvidarse de llamar a su marido. —Mi tonalidad empieza a delatar que no me ha hecho gracia saber que hace días que ni hablan.
—Créeme, cariño, es bueno. Me alegro de que así sea. Déjala que disfrute. ¿Cómo vas tú?
—Yo bien. He hecho una amiga, la hija de Amber. Supongo que la conoces.
—¿En serio?
—Sí. Viven justo en frente del Marilyn.
Es decir eso y colarse un silencio entre nosotros.
—Y ¿tu madre cómo lleva eso?
—¿Qué vivan delante? Pues casi diría que mejor que yo. Al principio fingieron no conocerse, pero ahora cenan juntas y salen a pasear, e incluso a tomarse una copa.
—No sabes lo que me alegra oír eso. Disfrutad mucho estos días.
—¿Quieres hablar con mamá?
—No, no hace…
—¡Mamá! —lo interrumpo y llamo a mi madre, que apenas me oye debido a la pulidora que maneja entre sus manos—. ¡Es papá! ¡Quiere hablar contigo!
Para la máquina y me mira esperando a que repita lo dicho. Le paso el teléfono bajo la atenta mirada de Elery, que ha decidido detener lo que estuviera haciendo para observar este momento.
—Es tu marido. ¿Te acuerdas de que sigues casada? —No puedo evitar decírselo de este modo.
Le doy el móvil a la vez que alzo una mirada burlona, como si lo que le acabo de decir tuviera alguna gracia. Lo sujeta algo indecisa. Carraspea y, por una milésima de segundo, justo antes de contestar, juraría que ha detenido fugazmente la vista en Elery. Con la misma velocidad la ha quitado.
—¿Alan?