Aquel verano en Grove 30. Frentes abiertos
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30. Frentes abiertos

Megan

Intervengo porque se está hablando de mí como si fuera invisible, y yo estoy escuchando como si no estuviera ante las dos personas que me hicieron daño, como si una de ellas no se negase a decirme la verdad.

También lo hago porque no entiendo la razón por la cual no lo deja beberse el maldito whisky.

Además, ese Elery enfadado y abatido que estoy viendo sentado en esa barra no es para nada lo que imaginaba que seguiría siendo él.

¿Qué ha pasado con aquel joven de hace veinte años?

Entonces pienso en mí, en mi vida y en todo lo fuerte que me ha sacudido, y en cómo eso cambió mi forma de vivir, y por un momento bajo el hacha de guerra e intuyo que algo que desconozco debe haber pasado para que se esté comportando así.

—Es demasiado tarde. No me creíste entonces y no voy a rebajarme a hacerlo ahora. Vuelve con Alan a ser infeliz, pero hazte un favor y cuida más de tu hija, no merece no sentirse querida, es una gran chica.

No quiere mirarme y vuelve toda su postura corporal contra la barra.

—¿Qué? —Me descolocan sus palabras—. ¿Qué sabes tú de mi hija?

—Al parecer más que tú.

—¿Cómo te atreves a juzgarme?

—No lo estoy haciendo. Pero tu hija, sí. Y no es conmigo con quien debes arreglar nada; el pasado no importa. Es con ella. Después de todo, eso deberías valorarlo más.

Me mira directamente a los ojos, pero rápidamente agacha la mirada, como si le diera miedo lo que va a ver en ellos.

¿Por qué me ha dicho eso? ¿Qué sabe él de mi vida? ¡Mierda! Sasha no solo ha dado con él, sino que encima han conectado. ¡No puedo permitirlo!

Se levanta y se marcha dejándome totalmente desconcertada con sus palabras.

Amber se mantiene a mi lado, sin entender qué acaba de pasar y por qué no hemos conseguido hablar nada. La miro a los ojos y de repente ve mis intenciones.

—¡No! —me dice, impidiéndome que me mueva—. Déjalo. Otro día, cuando no te hayas bebido cinco cervezas, le sueltas todo lo que quieras, pero hoy no.

—¿Cómo?

¿Mañana? ¡No existe un mañana! Siento que, si no salgo tras él, voy a arrepentirme lo que me quede de vida.

Yo elegí todo esto. Yo elegí marcharme y empezar de cero y no, no lo hice porque se hubiera acostado con Amber, aunque ahora ella me haya asegurado que no fue así.

Me fui porque, de no haber sido así, yo le hubiera arruinado la vida.

Hubiera cortado sus alas, destrozado su futura y brillante carrera, y eso probablemente hubiera acabado por destrozar lo nuestro.

Me fui porque no quería pasarme el resto de mis días siendo la culpable de su desdichada vida.

Se me brindó la excusa perfecta y me aferré a ella, y con eso arrollé todo: mis amistades, mis estudios y la vida que tanto amaba en Grove.

Así que tengo que salir tras él y dejarle claro que tal vez el pasado no importe, pero que no se atreva a cuestionar mi presente cuando él tampoco hizo el intento de querer cambiar mi decisión.

No sé de dónde saco la valentía cuando hace un rato estaba siendo una mujer débil, castigándome por algo tan absurdo como no verme guapa, pero siento que aún algo queda en mí de aquella joven que tomaba decisiones valientes, tal vez poco acertadas, pero valientes.

Amber exhala, cierra los ojos un instante y, tras abrirlos, me hace un gesto con la mano indicándome la salida.

—Anda, ve. Solo hazme un favor: no lo destroces más.

—¿Por qué me dices eso?

—No te das cuenta de nada, ¿verdad? La vida también lo ha golpeado, y cuando no ha sabido a qué aferrarse, lo ha hecho a una promesa. Así que no seas dura con él, a estas alturas no lo merece.

—Una promesa… —apenas lo pronuncio con un susurro, como si me lo estuviera recordando a mí misma.

Doy un abrazo a mi amiga y salgo sin rumbo exacto.

En cuanto hago un reconocimiento de los alrededores, lo veo caminar en dirección a la playa.

No lo sigo, me quedo observándolo. Se deja caer de culo en la arena, sube las rodillas y apoya sus antebrazos en ellas, con la mirada fija en el horizonte oscuro.

Tengo un flashback de esta misma situación.

—Te estaba buscando. —Me acerqué y me senté junto a él en la arena.

La noche parecía engullir el océano, la luna apenas tenía suficiente fuerza para verse reflejada en alguna ola del mar, el cual ese día andaba un poco ajetreado. Recuerdo eso, el ruido de las olas y a él, fumando.

—Necesitaba estar solo.

—¿Quieres que me vaya?

—No. Con solo, me refiero a fuera de todo ese ambiente que no entiende mis inquietudes. Tengo la mejor futura esposa del mundo. Ven aquí. —Me rodeó con el brazo derecho y me atrajo hasta él.

—Qué bien suena lo de «futura esposa».

Sonreí y se me ensanchó el alma con esas palabras.

—Mi hermano y mi padre son unos gilipollas.

—No digas eso. Es solo que no quieren que te vayas lejos.

—¿Te das cuenta de lo que me están pidiendo? ¿Que no vaya a Europa? ¿Que estudie en California? ¡Es mi sueño! ¡Es mi vida!

—Lo acabarán entendiendo.

—El mundo necesita a gente que se aventure a contar cosas que la mayoría no quiere oír, y ese quiero ser yo. No pienso vender latas de conservas toda la vida. No es para mí.

—Y no vas a vender latas, no te preocupes. Tú ve a Europa, forja tu carrera y demuestra que no hay nada que pueda interponerse en tus sueños.

—Cuando acabe la carrera, nos casaremos, si es que aún me quieres —bromeó—.

Y si deseas venir conmigo, podremos viajar una temporada y luego ya veremos.

Pero si decides quedarte, voy a casarme contigo de igual modo y, como ya te he prometido, siempre volveré a Grove, junto a ti.

Sé que puedo combinar mi sueño contigo. Si estamos juntos, voy a poder con todo.

De lo contrario, sé que todo esto carecerá de sentido, será un sueño a medias.

—Lo sé, cariño. Admiro esa convicción con la que hablas del futuro. Creo que eso me hace quererte un poco más. —Le di un beso suave en la mandíbula desde mi posición—. No tienes que cambiar nada, tu familia lo acabará entendiendo.

—Es que mi hermano Ryan es un idiota. Yo no soy como él.

Se cree mejor por haberse casado con veinte años y estar esperando su segundo hijo.

¿Qué clase de persona se arruina la vida teniendo hijos a los veinte?

¡Y encima dos seguidos! ¡Ni muerto quiero eso!

Quiero vivir, salir de aquí, viajar, llenarme de experiencias. ¿Tan difícil es de entender?

—Harás todo eso. —Me acurruqué en su pecho—. Anda, pásame ese cigarro.

Siento como si me dieran un golpe seco en mitad del pecho al volver a verlo sentado en la misma posición después de casi dos décadas. Creo que fue en ese momento en el que empezó a cambiar nuestro destino. Y es que Elery soñaba muy alto. Demasiado para lo que el destino nos tenía preparado.

Me saco las sandalias y las llevo en la mano.

Camino lentamente por la arena. Lo veo encenderse un cigarro, definitivamente parece un déjà vu .

No se percata de mi presencia hasta que mis pies descalzos aparecen a su lado.

Alza la vista, pero no dice nada. Ya ha desaparecido toda esa furia que me había invadido allí dentro.

—¿Puedo sentarme?

No contesta, aun así, lo hago.

—¿Qué quieres, Megan?

—Joder, Elery. Yo también me alegro de verte.

—Sí, seguro. —Ya está tirando de sarcasmo.

—Oye, que… gracias por lo de hoy. Intentaré no subirme más a una escalera.

—Las alturas nunca fueron lo tuyo.

—Ya. Pensé que descolgar una lámpara era una cosa que la hace cualquiera.

—Cualquiera que no tenga vértigo.

—Shhh. Ese secreto lo he guardado muy bien —trato de bromear para aflojar la tensión y lo consigo.

—Siempre se te dio bien guardar secretos —añade con una voz algo más suave.

Se me encoge el estómago con esa certeza. Si él supiera…

—Ya, bueno, también tengo la presión alta desde hace un tiempo, así que me sirve de excusa.

—Los años no pasan en balde para nadie.

—¿Tan vieja estoy?

—¿Qué dices? —Me mira de reojo, no quiere enfrentarse a mi mirada—. Estás como siempre.

—No es cierto, pero gracias por el intento de piropo.

—De nada.

Da una calada intensa y me quedo observándolo mientras expulsa el humo. Es tan hombre. Cuando me fui, era tan joven que me impacta ver la madurez de su rostro. Me atrevería a decir que ha mejorado un cincuenta por ciento o más.

—¿Me das una calada? —lo sorprendo.

—¿No me digas que sigues fumando?

—No, pero hay ocasiones que lo merecen. Con Amber, estos días, algún cigarro hemos compartido. Bueno, algún cigarro y algo más…

—¿Qué? ¿No me digas que habéis fumado porros? ¿Tú? Pues sí que has cambiado, sí.

Consigue que me ría.

—No me malinterpretes, ni fumo ni me drogo, por lo menos no con drogas ilegales —con esa frase consigo que me mire—, y por supuesto no fumo porros. Ni tengo edad ni va conmigo, ya lo sabes.

—No, no lo sé. Yo solo sabía cómo eras antes —suelta, y se queda tan ancho.

Me ha dolido, pero tiene razón, ya no me conoce de nada, ni yo a él.

—Voy a serte sincera, Elery, no pretendo remover el pasado, ni conseguir ni dar explicaciones. Solo quiero que sepas que he hablado con Amber y que eso ya está aclarado.

—¿Con Amber? ¿Aclarado? ¿Crees que algo así se aclara presentándote veinte años después y fingiendo que apenas nos conocemos? ¿Qué hay de mí?

—No me lo pongas más difícil. Voy a estar unas semanas en Pacific Grove, y si vamos a tener que vernos, por favor, no quiero que la cosa sea tensa, no delante de mi hija.

—No le has contado nada de tu pasado aquí, ¿verdad? —Niego con la cabeza—. Pues deberías. Porque no va a tardar en descubrirlo. Es una chica muy lista y con muchas inquietudes. Creo que debería felicitarte por tener una hija tan genial.

Se me aceleran el pulso y la respiración al oírlo hablar así de Sasha. ¿Tengo una hija genial? Seguro que sí, aunque haya conseguido que en ocasiones me parezca una desconocida.

—No lo he hecho tan bien, no te creas.

—Ya. —Deja que un pequeño silencio se cuele en la conversación—. Siento lo de tu otra hija.

Ahora sí, siento que sus palabras atraviesan mi cuerpo.

Se me cristalizan los ojos y contengo la respiración.

¿Qué se contesta cuando alguien te dice algo así?

¿Sientes qué? ¿Que haya perdido la mitad de mi alma?

Porque quizá decir eso sería lo más acertado.

Cuando uno pierde a un hijo, pierde la mitad de su alma, no hay más.

Nota que me ha dado con el tema delicado y trata de arreglarlo con una confesión inesperada, de esas que solo se hacen a alguien muy íntimo.

—Yo perdí a mi esposa, estaba embarazada, así que puedo entender parte de lo que estás pasando, o mejor dicho estáis pasando.

¿Qué? ¿Cómo puede hablarlo con tanta naturalidad? ¿Por qué me cuenta esto?

—No… No sabía nada. Lo siento.

—Ya. Uno no va por ahí alardeando de sus desgracias. La vida sigue, Megan.

No digo nada. Apago la colilla y la envuelvo en un pañuelo usado, con la intención de desecharlo en alguna papelera.

—Lo sé. Supongo que por eso estoy aquí. Alan opina que no hay que dejar frentes abiertos, y me alegro de haberle hecho caso. Volver a ver a Amber, reconciliarme con este lugar, poder…

—Muy sabio, Alan —me corta de nuevo, con sarcasmo. Está claro que recordar al que fue su mejor amigo no le hace gracia—. Aunque algo me dice que lo hace más por limpiar su conciencia que porque tú dejes frentes cerrados.

—¿Qué insinúas?

Se levanta y yo hago lo mismo.

—Todo está bien, Megan. No vamos a tener momentos tensos. Me alegro de que estés aquí con tu hija y de que hayas arreglado las cosas con Amber. Ya nos iremos viendo. Ryan y Josh te ayudarán con el Marilyn, es increíble que por fin vayas a cumplir el sueño de tu madre.

—Yo no… El Marilyn. Solo voy a ponerlo en condiciones un poco, no vamos a quedarnos.

—De igual modo, me alegro. No merecía verse así. Cuídate.

Y sin más dilaciones, se da media vuelta y se marcha.