29. No muerde
Sasha
Yo sé que para Norah no hay nada de anormal en que su madre salga a tomar una copa y que vaya guapa —Amber lo es, y mucho—, pero para mí es totalmente sorprendente.
Es como si mi madre hubiera echado un cable a tierra y por fin hubiera conectado con la vida, aunque fuera momentáneamente.
Creo que estoy presenciando un momento irrepetible y mi padre se lo está perdiendo.
Por otro lado, quizá mañana cuando despierte vuelva a ser ese fantasma triste que vaga por la casa.
Sea como sea, no puedo evitar sentir una pizca de alivio al comprobar que aún queda algo de lo que fue en su interior.
No todo está perdido. Tan solo mis años de adolescencia en los que estuvo ausente, y me enfada pensarlo, me enfada mucho, pero lamentablemente eso es irrecuperable.
—¿Nos damos una ducha y le damos un paseo a Dobby?
—Esto… Sí, sí. ¿Crees que sería posible que me llevara a Sirius también?
—¿Al gato? Los gatos no se pasean.
—Eso lo dirás tú. Sammy lo acostumbró a salir con arnés.
—¿Me lo dices en serio?
—Claro. Si conseguimos que Dobby se comporte, podemos salir a la vez.
—Esto será interesante. Nos vemos en un rato.
—Algo me dice que tú acabarás antes que yo, así que te dejo la puerta de abajo entornada.
—¡Perfectooo! —dice con voz cantarina y alargando la palabra.
Alza la tabla y la sujeta bajo el brazo antes de cruzar la calle hasta su casa.
No puedo hacer otra cosa que observarla embobada.
Lleva el cabello mojado y los pantalones cortos pegados y húmedos, al igual que el top.
Está terriblemente sexy . Siento un cosquilleo al verla caminar, lo siento por todo mi cuerpo y culmina en mi bajo vientre.
¡Mierda! Definitivamente, Norah me gusta demasiado.
No soy consciente del todo, pero subo las escaleras sonriendo sola.
Entro en la habitación, me descalzo y me desnudo ahí mismo.
Pienso en Norah y su sonrisa. Pienso en cómo la pillo de vez en cuando mirándome y me pregunto si ella…
Si yo… ¿Serán paranoias mías? Se supone que estaba encaprichada con Josh, pero me mira y me ve, lo sé.
Ve dentro de mí y a mí me gustaría poder verla un poco más de cerca.
Me quedo en braguitas, libre de sujetador.
Me dejo caer con los brazos abiertos sobre la cama.
¿Qué tendrá este lugar? ¿Será porque es verano?
Si hasta mi madre está siendo otra. No sé qué me pasa, pero cada dos pensamientos, Norah vuelve a mi cabeza.
Su sonrisa, su rostro sonriente sobre la tabla de surf, sus pezones erguidos, las gotitas de agua que resbalan por su ombligo…
Instintivamente, bajo una de mis manos hasta mi monte de Venus, queriendo calmar el hormigueo que me genera pensar en ella.
Pero no me detengo ahí, en cuanto mi mano ha rozado el botoncito mágico, el placer se ha intensificado con cada destello de las imágenes.
¿Qué estoy haciendo? No puedo dejar de pensar en ella.
El placer me hace sentir viva. Muerdo mi labio cuando consigo regalarme un orgasmo y mis dedos resbaladizos descansan sobre mi ropa interior.
La respiración sigue agitada cuando empiezo a avergonzarme de lo que he hecho.
Salgo a toda prisa en busca de la ducha y me meto bajo el agua.
Dejo que caiga por todo mi cuerpo; como si eso fuera a borrarme las huellas del deseo que he sentido hacia otra mujer.
No es nuevo sentirme atraída por el sexo femenino.
Recuerdo cuando estuve confundida con Rachel Owens; nos tocó hacer un trabajo juntas en el instituto y me fascinó con su belleza e inteligencia el resto del curso.
Era entre dulce y malvada a la vez. Tenía como dos versiones y la buena me encantaba.
Todo fue surgiendo gradualmente. Empecé a fijarme en sus delicadas manos, fui descubriendo y memorizando cada una de las diminutas pecas de su rostro.
Cada vez la escuchaba menos cuando me exponía algún tema, porque solo podía mirarla a ella.
Me encantó compartir esa hora diaria durante dos semanas, tanto que se fue volviendo mi obsesión.
Hasta que un día, tras el típico chisme de instituto en que se rumoreaba que una de nuestras compañeras era lesbiana, pude ver la otra cara de Rachel.
—¡Por Dios, qué asco! —dijo sin ningún pudor.
—¿De qué hablas?
—No le meto la lengua a una tía ni que me maten. Es antinatural.
—¿Cómo puedes decir eso, Rachel? ¿En qué siglo vives?
—Yo opino que se nos está yendo de las manos tanta libertad sexual.
—¿Lo estás diciendo en serio?
No daba crédito a que alguien tan inteligente como ella tuviera esa mentalidad.
—¡Pues claro! ¿Has follado ya, Sasha?
—Esto… No.
—Yo, sí. Y ¿sabes qué? Eso sí es natural. Dos piezas que encajan, una dentro de otra.
—No somos máquinas, Rachel —le recriminé ante su absurdo argumento a la vez que se me caía del pedestal.
—¿Que no? Pues yo conozco a alguno que lo parece. —Rio maliciosa, mordiéndose el labio—. Ay, Sash, necesitas un buen polvo.
—No lo creo.
—Por lo menos salir más. ¿Qué haces este sábado?
—Nada.
—¡Pues tienes una cita conmigo!
Eso me dejó totalmente desorientada. ¿Una cita?
—¿Perdona?
—Sí. Lo pasaremos bien. Quiero presentarte a Collin, es mi vecino, este año ya empieza la universidad. Follamos una vez, pero solo somos amigos. El otro día le enseñé una foto tuya y no ha dejado de preguntarme por ti.
—Yo… Yo, no…
—Sí, mujer. No muerde. A no ser que tú quieras, claro.
Y no sé por lo que lo hice. No sé si por la desilusión que me había llevado con Rachel como persona, o porque Collin era realmente guapo y divertido.
Aunque para ser sinceros, supongo que lo hice para quitarme ese estigma de encima y empezar a experimentar para así poder aclarar mi cabeza. Me dejé morder.
La primera vez que lo hicimos fue doloroso e incómodo.
Forjamos algo parecido a una relación que duró apenas cuatro meses, durante los que no tuve ni de lejos algo parecido a un orgasmo.
El problema no era Collin, ya que el chico lo daba todo; el problema era yo, y que me estaba tirando a un chico pensando en la sonrisa pícara de Rachel.
Desde entonces, no he vuelto a tener más relaciones.
No me han hecho falta. Ni me he vuelto a fijar en nadie más hasta que llegué a este lugar.
Después de enjabonarme me mantengo unos minutos más dejando que el agua aclare mi cabello.
Salgo con una toalla anudada a la cabeza y otra enrollada en mi cuerpo.
Lo primero que hago es poner música en mi teléfono.
Subo el volumen y disfruto escuchando a Taylor Swift mientras elijo mi ropa.
Volver a instaurar la música en mi vida a diario me está dando muy buenos momentos.
Saco unas braguitas al azar, son las de Snoopy.
Sí, tengo braguitas con dibujos; diría que el noventa por ciento de mi ropa interior lleva dibujos.
Por un momento, dudo si ponerme sujetador, pero finalmente lo hago.
Saco uno negro, básico. Tengo varios así.
Desdoblo un par de camisetas y vuelvo a optar por una de las viejas de mi madre.
La del grupo musical R.E.M. En cuanto me la pongo, pienso en Elery, le va a encantar. He notado cuánto le gusta este grupo.
Como la camiseta es negra, elijo unos shorts blancos.
Me van ajustados. Así que para ponérmelos doy unos saltitos muy ridículos.
Lo hago al ritmo de la música y, cuando me estoy subiendo la cremallera, noto una presencia.
Levanto la cabeza y Norah, como si fuera un fantasma, está apoyada en el marco de la puerta, con los brazos y las piernas cruzadas y sonriendo de oreja a oreja.
—¡Por Dios! ¡Nora! ¡Me has asustado! —le recrimino con una mano sujetándome el pecho.
Ella solo sonríe pícara. Le divierte la situación.
—Así que te gusta bailar a ritmo de Taylor Swift.
No contesto a eso. Lo que sí hago es sonrojarme en milésimas de segundo.
—¿Cuánto rato llevas ahí? —me intereso.
Para disimular, lo hago fingiendo mirarme algo de la cara en el espejo y acomodando el cabello mojado con las manos tras quitarme la toalla.
—El suficiente para saber que te gusta Snoopy.
¿Qué? Si antes estaba sonrojada ahora tengo las mejillas a punto de arder.
—Podrías haber llamado.
—Has sido tú la que me has dicho que dejabas la puerta entornada. Y créeme, ha valido la pena.
¿Qué quiere decir con eso? No lo sé por qué no tengo valor para mirarla; cepillo un poco mi cabello y cuando creo que mis mejillas ya han vuelto a su color natural, lo hago.
—¿Nos vamos?
Paso por su lado a toda prisa, aún avergonzada. Por un instante, nuestros brazos se rozan y no sé qué me pasa hoy, pero será mejor que mantenga la distancia con ella.
Cuando bajamos, ambas nos quedamos perplejas al ver que Sirius está olisqueando a Dobby. El perro se deja oler y solo se mueve cuando nos ve aparecer.
—Increíble —balbuceo.
—A mí no me extraña. Ese gato es exactamente igual que tú.
—¿A qué te refieres?
—Llegaste igual que él, arisca y manteniendo las distancias y, sin embargo, ahora…
—¿Ahora me dejo oler? —bromeo.
—No sé si tanto, pero ya sé cómo hueles.
No viene a cuento, pero me frota el brazo, algo parecido a una caricia. No estoy acostumbrada a tanto contacto, aun así, con ella no me molesta.
—¿Ah, sí? No me he puesto perfume, así que no sé a qué debo oler.
—A ver si adivino de que es tu champú… ¿Kiwi?
Consigue arrancarme la risa. Niego con la cabeza para quitarle importancia a que se haya percatado de eso, mientras le pongo el arnés al gato.
***
Por increíble que parezca, ambos animales se portan la mar de bien paseando, aunque de vez en cuando Dobby trate de acercarse a olerle el trasero a Sirius y este le suelte un bufido e incluso algún zarpazo. Al final va a resultar que el único que sabe educar al perro es mi gato.
Durante el paseo, Norah me va contando anécdotas de su instituto y me pone al día de cómo fue la relación que mantuvo Josh con Lily.
Si la cosa fue realmente como cuenta mi amiga, el pobre Josh lo pasó fatal.
Por eso decidió irse unos meses a casa de unos familiares a San Diego.
Y parece ser que su regreso fue el otro día, cuando ambos se reencontraron en la parte trasera del Marilyn.
Hablar de Josh me incomoda un poco porque sé que ella siente algo por él, aunque no tengo muy claro el qué.
Consciente o inconscientemente hemos llegado de nuevo al banco favorito de Norah, sobre el acantilado. Empieza a gustarme demasiado sentarme aquí con ella a ver el atardecer.
—Me dijo que quería viajar solo, que no entraba en sus planes que yo lo acompañara —me confiesa.
—Lo siento.
—Es su sueño, ¿sabes? Yo solo quería formar parte de eso. Pero no te puedes meter a la fuerza en el sueño de nadie.
—Quizá cambie de opinión en algún momento. —Me odio por intentar darle falsas esperanzas cuando Josh dejó claro que para él no existía esa posibilidad.
—¡Qué va! No lo conoces. Si ha decidido eso, pues así será. Lo admiro por estas cosas. Aunque una cosa te digo, ese no volverá solo de esa aventura.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que a las chicas les parecerá el doble de sexy conocer a un joven amable con espíritu aventurero.
—¿Y eso te molesta?
—A ver, que yo tampoco me iba a casar con él. Josh es mi amigo, no digo que no hubiéramos hecho una buena pareja, pero si tengo que ser sincera conmigo misma… No, no es él.
—¿No es él?
—Ya sabes. Esa persona con la se conecta a otro nivel. La que miras por fuera, pero ves por dentro. La que te va dando descargas eléctricas directas al alma con cada roce. Y no, ni de coña es Josh. Tiene pinta de follar bien, pero nada más.
—Ayyy, no. No me generes imágenes que no quiero —digo riendo.
—No hace falta que finjas que no te gusta. Tú si le gustas a él. No soy tonta.
—¿Qué dices, Norah?
—No pasa nada.
—Ya me preguntaste si me gustaba y te dije la verdad. No tengo por qué mentirte.
—¿Hacemos un pacto?
—Sorpréndeme.
—Ninguna de las dos ligará con Josh. Será nuestro amigo, pero ya está.
—No me hace falta ningún pacto para eso.
—Pues júramelo entonces.
—No.
—¿Por qué? Necesito tener esto superseguro.
—Déjalo, Norah.
—Va, prométemelo y me quedaré más tranquila.
—No voy a prometerte nada.
—¿Por qué?
—¡Porque creo que no me gustan los hombres!
Silencio. Más silencio.
¡Mierda!
Me mira y juraría que eso que asoma en los extremos de sus labios es algo parecido a una sonrisa retenida. Levanta su dedo índice y me golpea la nariz suavemente. Un gesto que reconozco ya como suyo.
—Lo imaginaba.